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miércoles, mayo 27, 2026

Libro El pedestal vacío de Cristián Warnken Lihn

Este libro, de reciente publicación, es un relato personal de un pasaje relevante en la vida de nuestro querido y lúcido hombre de letras, Cristián Warnken.

Muy cercano a su madre, de sensibilidad de izquierda —izquierda dura—, casada con su padre, todo lo contrario. Eso los fue distanciando; terminaron durmiendo en piezas separadas. Y se metió por los palos el poeta Eduardo Anguita, gran amigo de su madre y asiduo visitante de la casa.

Fue su madre quien lo introdujo en la literatura, la poesía y el amor intenso por la "madre revolución".

Ambos sintieron profundamente, lloraron incluso, el golpe militar y la muerte trágica del presidente Salvador Allende. Vivían en un barrio donde todos alrededor celebraban su caída. Su padre tuvo que sujetar a su madre, que quiso salir a defender a Allende en las calles.

Cristián participó en un movimiento de resistencia, fue a marchas —algunas arriesgadas— durante la dictadura de Pinochet, y participó activamente en procesos electorales como el del Sí y el No, que abrió el camino a la democracia.

Un punto de quiebre para él fue el estallido social de octubre de 2019. Estuvo íntegramente en contra de la violencia y la destrucción que ahí se produjo, y quedó muy sorprendido por el silencio cómplice de toda la izquierda frente a esos actos, ocurridos a lo largo de todo el país.

Se atrevió a publicar una carta oponiéndose a la destrucción de estaciones del Metro, iglesias, centros culturales, bibliotecas... todo. Los grafitis azuzaban a matar carabineros, y había que quemarlo todo. Fue identificado, atacado ferozmente en redes sociales y un día funado en las calles de Isla Negra, mientras caminaba con su mujer e hijos. Unos jóvenes iracundos lo insultaron, y fue ahí donde uno le espetó: "amarillo".

A Cristián Warnken le gustaba flanear, caminar por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, disfrutando lo que se le iba apareciendo y los encuentros fortuitos. Dejó de hacerlo. Ese fue un doloroso cambio en los hábitos y placeres que se daba.

Desde esa posición, empezó a recibir tanto ataques como acercamientos de personas que compartían su visión. Fueron creando un movimiento, una tendencia, una voz.

Llegó la pandemia, que detuvo el estallido social. En 2022, los grupos políticos acordaron crear una vía institucional para la crisis: un proceso constituyente para dotar a Chile de una nueva Constitución.

Fue en ese proceso donde Cristián Warnken y quienes se le fueron allegando decidieron consolidarse como un movimiento de rechazo a esa Constitución, al que él mismo bautizó: Amarillos.

Y ganaron. La nueva Constitución fue rechazada por aplastante mayoría, en buena medida gracias a este movimiento que Cristián presidía.

Surgió entonces la idea —no de él— de crear un partido político. Y terminó como su presidente, participando activamente en medios y reuniones del Congreso para diseñar el siguiente proceso constituyente. Se había metido en un mundo donde jamás soñó estar. Lo suyo era la literatura, la poesía, las entrevistas en radio y televisión.

Se fue a vivir al sur, a Puerto Varas, como una forma de escapar del estrés que todo esto le generaba.

En el libro, Cristián Warnken comparte con notable honestidad su proceso interno de apóstata —como él mismo se califica en la portada: Confesiones de un apóstata—. Alguien que era de izquierda y deja de serlo, sin pasarse a la derecha.

Impresionante es su viaje con su mujer a Cuba, a La Habana. Ve la realidad del mundo de la "madre revolución", el daño que le hacía a los artistas, en particular a poetas y poetisas. Conversa con ellos, asiste a eventos oficiales, observa a los poetas que sí aparecen, lo contraídos que están. Ese viaje fue la constatación definitiva de que la izquierda y su amor por la "madre revolución" era un sueño fallido.

Notable es también su alejamiento de ese mundo, sin poder del todo romper con artistas como Silvio Rodríguez o los Inti Illimani, que resonaron tan hondo en su vida.

Finalmente, renuncia a su liderazgo en el partido político y se aleja de ese mundo, volviendo a lo suyo: la poesía, las entrevistas y el flanear por las calles, algo que, varios años después, puede volver a hacer.

Un libro honesto, franco, bien escrito, que da gusto leerlo. La vida de una persona en un tiempo y un espacio donde yo también estuve, de maneras tan distintas.

Lo recomiendo especialmente.

2 comentarios:

  1. Anónimo9:12 a.m.

    Apostatas de izquierda, derecha, y dogmatismos, bien por ellos.
    Lo hemos comentado tantas veces, el “ideal” es el vivir conscientes, manifestando el propio SER.
    En “general” los movimientos colectivos dogmáticos (para mí) canalizan ideologías de quienes carecen de manifestación propia.
    El liberalismo consciente es individual. Aplaudo a los apostatas vengan de donde vengan.

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  2. Anónimo7:42 p.m.

    Recuerdo que durante el estallido social de 2019, Warnken publicó una columna oponiéndose a la destrucción de estaciones del Metro, iglesias y centros culturales. Eso lo convirtió en un traidor a ojos de su sector y en Isla Negra fue encarado en la calle por jóvenes que lo increparon y le gritaron "amarillo".

    En vez de rechazar el término, Warnken escribió otra columna poco después donde lo resignificó, tomó el insulto y lo convirtió en identidad. Ese texto atrajo a otras personas de centroizquierda y ex Concertación que se contactaron con él para firmar un manifiesto conjunto explicando las razones para rechazar la propuesta constitucional.

    "Amarillo" como identidad política fue paradójico desde su nacimiento, un movimiento que nace definido por la negación (no soy de izquierda, pero tampoco de derecha) tiene una debilidad constitutiva. No convoca desde una visión, sino desde un rechazo y los rechazos, por intensos que sean, no pueden construir una comunidad política duradera.

    Cuando el daño estructural es de cierta magnitud, las posiciones intermedias simplemente no tienen suelo donde pararse. En contextos de polarización aguda, el centro no es percibido como síntesis, sino como evasión. La gente que sufrió las consecuencias concretas del modelo que la izquierda defendió (o de la violencia que no condenó) no busca una posición "razonable y equilibrada". Busca algo que reconozca la profundidad de lo que ocurrió. El amarillismo, al moderarse, se volvió irrelevante precisamente para los que más lo necesitaban como voz.

    Warnken parece haber creído que el problema era de exceso ideológico en la izquierda, corregible con más moderación y más cultura. Pero si el problema era más profundo, una desconexión estructural entre la izquierda y la realidad del país, acumulada por décadas. Entonces la solución no era un ajuste fino desde el centro, sino algo más radical. Ahí está la ironía, para reparar un daño profundo, se necesita una postura igualmente profunda, no una intermedia. El amarillismo fue una respuesta intelectual equivocada a un problema que era material, mas bien una forma de evasión.

    Hay una interrogante moral razonable detrás de esto: quien ha contribuido durante décadas a construir un escenario político, legitimarlo y difundirlo en la opinión pública tiene una responsabilidad proporcional a su influencia. Desde esta perspectiva, su retiro hacia la poesía y la vida privada podría leerse como una pregunta incómoda: el que ayudó a construir puede darse el lujo de alejarse cuando las cosas se complican, mientras otros cargan con las consecuencias?
    El amarillismo como símbolo de evasión se refuerza al salir de la política.

    Lo que sí puede ser moralmente cuestionable, es si el libro y la narrativa del "apóstata" funcionan como una forma de elaborar la decepción propia sin hacerse cargo de la pregunta:
    ¿qué parte de lo que construí contribuyó a lo que hoy lamento?
    Esa pregunta, parece estar más ausente que presente en el texto.
    Tendremos que leerlo.
    Gracias por la recomendación.

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