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jueves, mayo 14, 2026

Libro No teníamos negros de Montserrat Arre

Terminé de leer No teníamos negros, de Montserrat Arre Marfull, y quedé golpeado.

No por sorpresa intelectual. Sino por algo más incómodo: el reconocimiento.

Montserrat Arre
Hay hechos históricos que uno "sabe" de manera abstracta. Pero de pronto —por cómo están narrados, o por el momento en que uno los lee— adquieren otra densidad. Eso me pasó aquí con la esclavitud. Europeos viajando a África a capturar seres humanos. Transportándolos hacinados en barcos. Vendiéndolos como propiedad. Y lo más perturbador: aquello no era visto como una aberración. Era parte de la normalidad del mundo.

La historia humana está llena de horrores que alguna vez parecieron naturales.


Chile abolió la esclavitud en 1823. Antes incluso existía la "libertad de vientre": todo hijo de esclava nacía libre. Estuvimos entre los primeros en América Latina en avanzar en esa dirección.

Pero abolir una ley no significa abolir una mirada.

Lo que el libro muestra con mucha fuerza es que, después de la Guerra del Pacífico, Chile incorporó territorios del norte donde la presencia afrodescendiente era estructural —no marginal. El sistema minero de Potosí había requerido enormes cantidades de mano de obra esclava. Arica era la salida al Pacífico de toda esa riqueza. Los negros estaban ahí desde hace siglos, tejidos en la historia de esa tierra.

Y sin embargo, Chile fue construyendo una narrativa de sí mismo como país "blanco-mestizo", dejando lo negro en un rincón borroso de la memoria.

"No teníamos negros."

El título del libro es brutal en ese sentido. No significa que no existieran. Significa que aprendimos a no verlos.


Leyendo esto, me vino un recuerdo personal que me incomodó bastante.

Hace años, un pololo de una hija mía me generaba una reacción física extraña. Yo conscientemente quería recibirlo bien. Pero algo en mí —quizás por cómo se vestía, cómo se movía— reaccionaba con desconfianza. Como si se me "pararan los pelos".

Esa experiencia me hizo pensar que dentro de nosotros todavía habitan mecanismos tribales muy profundos.

La pregunta no es si los tenemos. La pregunta es qué hacemos con ellos.

Porque una cosa es sentir el impulso primario. Otra muy distinta es convertirlo en desprecio, discriminación o violencia. Y la historia muestra cuán fácilmente lo segundo puede ocurrir cuando nadie lo cuestiona.


Hoy Chile vuelve a transformarse.

Las calles se llenaron de nuevos colores, nuevos acentos, nuevas culturas. Venezolanos, haitianos, colombianos. El país se volvió de nuevo más mestizo, más híbrido, más múltiple.

Y las reacciones son diversas. Hay miedo. Hay rechazo. Hay racismo abierto. Pero también hay apertura.

En mi caso, siempre he sentido más curiosidad que amenaza ante lo distinto. Creo que tiene que ver con años de coaching: he aprendido que cada mirada diferente amplía el mundo. Que cada cultura trae conversaciones nuevas. Que cuando aparece alguien distinto en un grupo, la conversación se enriquece. Se vuelve menos tribal. Más humana.


Por eso este libro me dejó pensando no solo en la historia de Chile, sino en algo más amplio y más urgente:

Lo rápido que construimos jerarquías entre personas.

Y lo difícil que nos resulta mirar verdaderamente al otro como un igual.

Quizás una de las tareas más profundas de una sociedad —y de cada uno de nosotros— sea justamente esa: aprender a convivir con la diferencia sin convertirla en amenaza.

Porque cuando una cultura empieza a creer que ciertos seres humanos valen menos que otros, la barbarie nunca está demasiado lejos.

Y la historia, cuando se cuenta bien, nos lo recuerda.

5 comentarios:

  1. Hoy percibo retrocesos. Loa avances parecen generar retrocesos que no solo anulan los avances. No dejan de impresionarme la xenofobia, la aporofobia, la homofobia que están en curso, y que amenazan los avances alcanzados.

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  2. Anónimo1:27 p.m.

    Es legítimo valorar que Chile haya abolido tempranamente la esclavitud y condenar las atrocidades cometidas por los esclavistas del siglo XIX. Aunque Chile tuvo esclavitud, lo admirable es haber avanzado hacia su abolición en 1823. Según el Archivo Nacional, al dictarse la Ley de Abolición vivían en Chile entre tres mil y cinco mil esclavos negros y pardos. El libro se ve muy atractivo, hay que darse el espacio para disfrutar de una buena pluma.

    Concuerdo con el análisis final, aunque mi preocupación es todavía mas profunda, no basta con condenar las cadenas visibles del pasado si hoy somos indiferentes ante las cadenas invisibles de otras formas de sometimiento que podemos ver hoy en nuestro Chile. Cuando menores de edad son seducidos, pervertidos y utilizados para enfrentarse a Carabineros, fabricar artefactos incendiarios y convertir un colegio en campo de batalla político. Estamos frente a algo gravísimo: grupos de poder (adultos) usando mentes inmaduras y cuerpos jóvenes como instrumentos.

    No digo que sea la misma esclavitud jurídica de los barcos que arrancaban personas de África, han transcurrido mas de 200 años, pero hay un principio moral común: deshumanizar a una persona vulnerable y reducirla a herramienta. Ayer fue el esclavo tratado como mercancía, hoy es el adolescente inmaduro tratado como soldado ideológico. Eso debería alarmarnos.

    En las juventudes hitlerianas podemos encontrar mecanismo histórico conocido, otros regímenes totalitarios también entendieron que controlar a la juventud era controlar el futuro. El Museo del Holocausto de Estados Unidos explica cómo las juventudes nazis fueron usadas para introducir a niños y adolescentes en la ideología del régimen y prepararlos para la guerra. El ingrediente perverso es moldear mentes para luego instrumentalizar los individuos, convertidos en esclavos. Asimismo, los niños soldados en África son convertidos en "asesinos amorales" mediante adoctrinamiento temprano.

    Por eso me incomoda celebrar las glorias morales de 1823 mientras hoy se relativiza la violencia política dentro de los colegios. En Chile hemos visto incidentes recientes con molotov, ataques a funcionarios y enfrentamientos en liceos emblemáticos, incluso hubo estudiantes gravemente heridos tras la explosión de un artefacto incendiario en el INBA. Tampoco podemos ser tan ingenuos para pensar que todo eso ocurre en forma espontanea, aunque si puede ser tranquilizante ignorarlo.

    Si de verdad creemos en la libertad y la dignidad humana, entonces debemos rechazar toda forma de esclavitud, la del cuerpo, la de la conciencia y la de la juventud capturada por ideologías . Qué lejos estamos, en espíritu, de aquel Chile que alguna vez entendió que ninguna causa justifica convertir seres humanos en instrumentos.

    Cuidemos a nuestros niños, son el futuro de un gran país que abolió la esclavitud en 1823.

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    Respuestas
    1. Anónimo11:44 p.m.

      Muy de acuerdo, esos adulto que adoctrinan niños y jóvenes para sus objetivos, vendrían a ser equivalente a pedófilos políticos.

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    2. Anónimo7:48 p.m.

      Exacto, así de grave es el problema.

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  3. Totalmente de acuerdo con el análisis del adoctrinamiento de niños y jóvenes.

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