sábado, noviembre 05, 2016

Nancy Coñopán, pehuenche y artesana de la lana

Conocí a Nancy Coñopan en el contexto de unos talleres a artesanas de la lana que realicé en Marchihue, zona de San Fernando a la costa.
Eran cuatro sesiones de trabajo y ella se incorporó a partir de la tercera; por lo que estuve con ella en solo dos sesiones de trabajo grupal. Eran como 10 en total, todas mujeres.

La particularidad suya, es que era pehuenche, del pueblo mapuche de la cordillera. Originaria de la zona de Conguillio, de la reducción de Collico.
Tiene 48 años, es casada con huinca (chileno), con cuatro hijos, de entre 18 y 11 años. Un hombre y tres mujeres. Su marido se dedica al transporte, camionero.

Me llama la atención su carácter calmo, tranquilo y a la vez fuerte, valiente, incluso ambiciosa. No se queda callada y dice lo que piensa, aunque sea a la persona que tiene al frente. Es bien intensionada; quiere el bien para todos.

Cuando se presenta nos cuenta que su madre queda embarazada de otro mapuche, como de paso. No tiene ayuda en la crianza de esta niña, por lo que se va a la ciudad a trabajar. La cría su abuela, en una casa donde sus compañeros eran los animalitos del lugar, como perros, gatos, ovejas, chanchos. Está sola.

A los cinco años empieza a ir al colegio, que quedaba como a dos kilómetros, adonde tiene que ir caminando todos los días. Van siempre en grupos de niños, pues se pasan a buscar unos a otros.
Recuerda en más de una ocasión que su abuela la llevó a caballo.
En el colegio eran como 40 alumnos, de distintas edades, con un solo profesor. Ahí estuvo hasta los 6 años.

A los 7 años se va interna a un colegio de monjas españolas en el pueblo de Curacautín, el colegio Santa Elena, donde aumentó la disciplina y tenía que rezar mañana y tarde. Al principio se resiste y solo agradece, pero finalmente se somete.
Ella era chistosa, siempre sobresalía, era pícara, le gustaba estar al centro de todo.
Siempre tuvo claro que tenía que aplicar, tenía que estudiar para salir adelante.
A veces eso si, era retraída, quizás por la tristeza de no tener a su madre presente, que trabajaba en la ciudad.
Igual sobresalía, ya fuera en teatro, folclor, grupos juveniles.

Lo que más le gustaba y destacaba, era en lenguaje; opina que tiene buena ortografía, algo que siempre se preocupó de cuidar. Sigue siendo estudiosa, me cuenta.
Cuando quiere aprender de algo, se las arregla para encontrar los materiales y aprende. Es movida.

A los 15 años migra a Temuco, a un colegio de monjas canadienses. También está interna ahí. Como la ven piadosa, las monjas intentarán reclutarla para ser monja. Al final no toma los votos.
Tiene que sacarse sobre 5,5 para acceder a la beca que le permite seguir estudiando; se trata de la beca indígena, de la que se siente muy agradecida.

Sus habilidades le permiten hacer buenas amigas, una de las cuales, Flor Campos, será como su hermana. Tiene pololos con cuyas familias establece relaciones que persisten después de terminada la relación.

Estudia Secretariado en el Instituto Secnor de Temuco y trabaja luego cuatro años en la Municipalidad, como Secretaria.

A los 27 años conoce a su marido en un paseo que hace a Idahue y ahí es donde vive en la actualidad en una pequeña propiedad en el campo, rodeada del verde y la naturaleza, que le encanta.

Es tejedora de telar y recuerdo en una de las sesiones con las artesanas, pregunto quien andaba vestida con prendas hechas por ellas en el telar y ella era la única. Una bella prenda que está en la foto de más arriba, que le sacamos ese día.

Me la encontré estos días por Santiago en un evento de cambio climático, tema que sin duda le apasiona. Está preocupada de hecho.
Conversando con ella, veo que muy probablemente, por ser ella pueblo originario, tienen un contacto con la naturaleza, se relacionan con ella de una manera intensa, y ven que nosotros los huincas, no. Y estamos dejando la tendalá.

Siempre noté que su conexión con sus emociones, las emociones de los otros, era potente. Su conexión desde el cuerpo, con el entorno, es otra cosa.
Le decía que quizás eso es algo que ustedes los pehuenches pueden enseñarnos a nosotros los huincas. A sentir la naturaleza, a sentirnos a nosotros mismos, a sentir al otro. Todas sensibilidades que hemos disminuido fuertemente, especialmente cuando miramos este hecho, desde el espejo de la mirada de una pehuenche.

Quiere montar una ruca en su propiedad, una ruca turística, Y usar ese espacio como taller para enseñar a tejer y enseñar de la cocina mapuche; que me dice, es muy rica y sabrosa.

Yo la invito a sacar la voz a través de un blog, para decirnos, a los huincas y a quien quiera escuchar, qué ven ellos. Que nos muestren lo que echan de menos en las sensibilidades del humano civilizado, que tiene muchas cosas buenas, pero ha perdido cosas de la humanidad misma, que son, parece, esenciales.

Es muy posible, concluyo yo, que los pueblos originarios, en vez de fosilizar cosas antiguas, nos enseñen cosas de nuestra naturaleza originaria que hemos perdido.

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