viernes, enero 02, 2026

Libro Sobre el tiempo de Norbert Elias

Hay libros que llegan como quien no quiere la cosa… y se quedan para siempre. *Sobre el tiempo* es uno de ellos.

Su autor, Norbert Elias, fue un sociólogo judío alemán de trayectoria singular y vida marcada por la historia. Huyó del nazismo en 1933, vivió en Francia, luego enseñó en Inglaterra, Ghana y Holanda. Su madre fue asesinada en Treblinka en 1942. Elias murió en 1990, pero dejó preguntas que siguen vivas —y punzantes.

Mi propia inquietud por el tiempo tiene un origen doméstico y luminoso. Un día, Silvestre, mi nieto de tres años, le preguntó a su padre, mi hijo Diego:
—*Papá, ¿qué es el tiempo?*

No sé qué le respondió Diego. Pero sí sé que, minutos después, me llamó a Santiago para contarme la escena. Desde entonces, no he parado de pensar, leer y cavilar sobre esa pregunta simple y devastadora.

Este libro llegó a mis manos gracias a Klaus Heynig. El título ya seduce: *Sobre el tiempo*. Y el contenido cumple con creces.

Decimos “el tiempo corre”, como si fuera una cosa. Igual que decimos “el viento sopla”. Sustantivamos lo que no es objeto. Pero el tiempo **no es una cosa**. Entonces… ¿qué es?

Elias propone un recorrido histórico por la construcción del concepto de tiempo: cómo emerge, cómo se afina, cómo termina gobernándonos.

En la mitología griega aparece **Cronos**, el titán hijo de Urano y Gaia, que castra a su padre y devora a sus hijos por miedo a ser destronado. El tiempo lo devora todo. El mito lo dice sin rodeos, con brutal poesía.

Mucho antes, en Stonehenge —ese reloj cósmico de piedra erigido entre el 3000 y el 1600 a.C.— un rayo de sol, en el solsticio de verano, golpea un altar central. No había relojes, pero ya había **noción de tiempo**.

El tiempo no está quieto como el peso o la distancia. El tiempo **transcurre**. Se observa en el movimiento del sol y la luna: el sol marca el año; la luna, los meses.

En el siglo VIII a.C., el año romano tenía diez meses y comenzaba en marzo. Más tarde se añadieron enero y febrero, alcanzando doce meses y 355 días. Enero proviene de **Jano**, el dios de las dos caras: una mira al pasado, la otra al futuro. Nada más temporal que eso.

Será **Julio César** quien ordene el calendario, estableciendo los 365 días. Para ello trae a Roma al astrónomo alejandrino Sosígenes. Nace el calendario juliano. Y, de paso, julio recibe su nombre.

Luego aparece **Galileo Galilei**. Estudiando el deslizamiento de esferas por planos inclinados, descubre la aceleración de la gravedad. ¿Cómo mide el tiempo? Con agua. Un recipiente, un orificio, agua que escurre. No medía segundos ni minutos: medía **cantidad de agua**. Y sin embargo, medía tiempo.

Norbert Elias
Los primeros instrumentos no medían “el tiempo” como lo entendemos hoy: medían procesos naturales.

El tiempo social aparece temprano. En las asambleas griegas, los discursos se regulaban con relojes de arena. No hablaban de minutos: hablaban de **volumen de arena**.

Horas, minutos y segundos son inventos humanos. Convenciones útiles. El reloj es un mecanismo donde un movimiento regular —circular, constante— se convierte en patrón. Sesenta segundos, una hora, doce horas.

Y aquí estamos. Bastante esclavizados, si somos honestos. Organizamos reuniones, clases, entregas, trenes, vidas enteras siguiendo ese tic-tac consensuado.

En la era industrial, las ciudades se llenaron de relojes y los trenes empezaron a salir “a la hora”. Cuando los colonos estadounidenses se encontraron con los sioux, uno de los grandes problemas fue el acople temporal: los sioux no compartían esa abstracción.

Durante siglos, el tiempo se pensó como una dimensión fija de la naturaleza. Hasta que llegó **Albert Einstein** y lo relativizó: el tiempo depende de la velocidad del viajero.

El siglo XX terminó de sacudir el tablero:
– la relatividad de Einstein,
– la incertidumbre de **Werner Heisenberg** (1927),
– la incompletitud de **Kurt Gödel** (1931).

Todo lo que parecía firme, empezó a moverse.

Conclusión —sin anestesia:
el tiempo es una abstracción humana que se volvió realidad operativa. Nos permite coordinarnos, hacer ciencia, construir sociedad. Es clave en la separación entre naturaleza y cultura.

Hace pocos días celebramos el Año Nuevo —del 25 al 26— con fuegos artificiales y risas, completamente inconscientes de lo arbitrario que es fijar *ese* instante como fin y comienzo.

Desde que leo este libro, experimento el tiempo de otra manera. No sabría explicarlo del todo. Quizás con más conciencia. Con la sospecha persistente de que este invento humano —tan útil, tan brillante— también nos gobierna con una intensidad que rara vez cuestionamos.

Y todo empezó con una pregunta de un niño de tres años.
Como suelen empezar las cosas importantes.