jueves, junio 18, 2026

Libro La era de las revoluciones de Fareed Zakaria

El secreto holandés que nadie cuenta. Antes de Inglaterra, antes de Francia, hubo un pueblo que aprendió a colaborar para no ahogarse

Un enemigo que no es un rey

Llevo días metido en La era de las revoluciones, de Fareed Zakaria. Y hay un capítulo que me detuvo más que los otros, justamente porque no habla de reyes ni de revoluciones sangrientas.

Habla de agua.

Mientras media Europa seguía atrapada en el feudalismo —castillos, señores, guerras locales sin sentido mayor— los Países Bajos enfrentaban un enemigo distinto. No un ejército. El mar.

Las inundaciones los obligaban a algo que el feudalismo nunca exigió: colaborar o desaparecer.

Lo que el agua enseña

De esa necesidad nacieron los molinos. Energía eólica moviendo agua, moviendo sierras, moviendo madera para construir barcos.

No es un detalle menor. Una sociedad que aprende a cooperar para sobrevivir a su geografía, termina desarrollando algo que el feudalismo jamás pudo dar: confianza horizontal. Gente que negocia entre pares, no que obedece a un señor.

Ciudades centradas en comercio. Artesanos. Puertos.

Y mientras Venecia —la gran potencia comercial de siglos— empezaba a desperfilarse, los puertos holandeses se transformaban en la nueva puerta de entrada a Europa para las mercaderías de oriente.

El centro de gravedad del mundo se movía. Y casi nadie lo vio venir.

De Holanda a Inglaterra: un préstamo silencioso

Aquí viene la parte que más me hizo pensar.

Guillermo de Orange —hijo del padre de la patria holandesa— es invitado a Inglaterra por quienes temían que Jacobo II los arrastrara hacia un absolutismo al estilo de Luis XVI. Se instala. Y con él entra algo más que un nuevo rey: entra un modelo.

El de un parlamento poderoso. El de instituciones que limitan al poder en vez de concentrarlo. El de la propiedad privada como base, no como privilegio.

Lo que en Holanda nació de pelear contra el agua, en Inglaterra se convierte en arquitectura política. La Revolución Gloriosa de 1688 no apareció de la nada. Llegó importada, adaptada, potenciada.

El modelo inglés 2.0

Y entonces el préstamo vuelve a viajar.

Trece colonias inglesas en la costa este de lo que sería Estados Unidos. Asambleas propias, miembros elegidos, resolviendo sus propios asuntos. Ya no era clima feudal. Era clima republicano, heredado de lo aprendido en los Países Bajos y reformulado por Inglaterra.

Cuando llega la independencia, en 1776, ocurre algo que nunca había pasado: una constitución escrita sobre principios filosóficos, no sobre la tradición de un linaje o la voluntad de un monarca.

Era el modelo inglés, otra vez mejorado. Y la revolución industrial que ahí explota termina, en poco tiempo, sobrepasando a la propia Inglaterra.

Lo que me quedo pensando

Tres países. Tres saltos. Ningún punto de partida épico.

Holanda no se propuso inventar la modernidad. Solo quería no ahogarse. Inglaterra no inventó la democracia liberal de un día para otro. Importó un modelo y lo perfeccionó. Estados Unidos no nació de una idea pura: nació de colonos resolviendo asuntos prácticos en asambleas, hasta que un día se dieron cuenta de que tenían algo nuevo entre las manos.

La gran transformación casi nunca llega con un plan maestro. Llega de la mano de gente resolviendo lo urgente, y descubriendo después que lo urgente cambió el mundo.

Y hoy, ¿qué nos obliga a colaborar?

Esto es lo que no puedo dejar de preguntarme.

El agua obligó a los holandeses a cooperar. La amenaza del absolutismo obligó a los ingleses a limitar el poder. La distancia del imperio obligó a los colonos americanos a autogobernarse.

Hoy vivimos, según Zakaria, la era de las identidades. Cada uno aferrado a la propia: raza, género, religión, postura frente a temas que dividen. Se suman los inmigrantes, el cambio climático, los populismos. Todo más enredado que nunca.

Pero noto una diferencia de fondo con Holanda, con Inglaterra, con las trece colonias: ahí la identidad se construía hacia afuera, resolviendo algo compartido. Hoy la identidad se construye, muchas veces, hacia adentro, marcando diferencia con el otro.

Quizás el desafío de nuestro tiempo no sea encontrar una nueva ideología. Sea recuperar la pregunta que sí supieron hacerse los holandeses frente al agua: ¿qué tenemos que resolver juntos, que no podamos resolver solos?

¿Y tú? Cuando piensas en lo que nos divide hoy —identidad, política, tecnología— ¿ves algo parecido a esa agua holandesa, algo que podría obligarnos a colaborar de nuevo en vez de fragmentarnos más?

sábado, junio 13, 2026

Bunster responde a Vera

Juan Vera publicó un posteo generoso (link). Habla de nuestra conversación, cita mi artículo, y me lleva la contraria con afecto y elegancia. Merece respuesta. Aquí va.


Yo no pido resúmenes

Hay un matiz importante que quiero aclarar: yo no le pido resúmenes a la IA. Le pido que me explique el material que he fotografiado. No sé si la diferencia es tan grande como la siento, pero la siento. El resumen reduce; la explicación despliega. Y a veces, lo que se despliega te sorprende más que el texto original.

Que sea así o asá, Juan me devuelve una pregunta que no puedo sacudir fácilmente: al leer y escribir de estas nuevas formas, ¿no estaremos externalizando el pensamiento también? Me la quedo. No tengo respuesta limpia.


Lo que yo hago no es lo que hacen los jóvenes

Juan cuida a los jóvenes. Y tiene razón en hacerlo. Lo que yo hago —leer y escribir asistido, siendo un lector y escritor de décadas— no es lo mismo que un joven que aprende a leer y escribir directamente en modo asistido. Eso es distinto. No es lo mismo ceder parte de un camino ya recorrido, que nunca haberlo recorrido.

Y sin embargo, no estoy tan seguro de que los jóvenes estén mermando su capacidad de comprender y reflexionar solo por usar IA. El tema es más complejo. Y en buena medida lo desconozco. Puede deberse al paso del texto a la imagen como forma dominante de habitar el mundo. Puede deberse al deterioro de la autoridad —no solo de los profesores, sino de todo tipo de líderes y referencias. Las causas se mezclan y no me atrevo a señalar una sola.


Asistido, no delegado

Prefiero hablar de operar asistidos antes que de externalizar. La palabra importa. Cuando digo asistido, conservo del lado humano la responsabilidad del proceso. Me hago cargo del resultado. Si flaqueo en eso, si delego sin responsabilidad, entonces sí deterioro lo que el estudio y la lectura debieran construir. Pero eso no es un problema de la IA: es un problema de la actitud con que me aproximo a ella.


La poesía que explotó

Juan habla del sabor de leer pausadamente. Entiendo lo que dice. Y tengo un ejemplo que va en la dirección contraria de lo que él teme.

Hace poco, mi amigo Luis Echavarri me mandó una poesía de su propia creación. La leí. No paladée mucho. No entendí del todo. Le pedí ayuda a la IA, y la poesía explotó en mi cara. Floreció. No fue menos experiencia lectora; fue más. Lo que cambió fue el acceso.


El artista tampoco sabe lo que evoca

Juan valora el poder evocador de las palabras. También yo. Pero pienso que ni el propio escritor sabe lo que evocará en quien lee. Lo he visto con pintores que prefieren escuchar lo que le pasa al observador antes que explicar su propia obra. Muchas veces, lo que ocurre del otro lado asombra al mismo artista. La evocación no es un privilegio del texto desnudo; también puede nacer del texto mediado.


Siempre hay experiencia lectora

La experiencia lectora no desaparece. Simplemente cambia de objeto. Esta vez leo la explicación que me da la IA, y leo el posteo que me propone Claude. Son lecturas. No son el texto original, son el texto mediado. Y hay materias que querré leer detenidamente *después* del proceso mediado. Byung Chul Han, por ejemplo: siempre me ha costado entenderlo a la primera. La mediación puede ser la entrada, no el reemplazo.


Sobre Jorge Milla y el camino

Juan me recuerda al gran Jorge Milla, que paladea Chile entero en su bicicleta. Hermosa imagen. Pero no todos andamos buscando esa experiencia. Otros queremos ir a Puerto Varas a ver a seres queridos, y dejar el paladeo del viaje para otra ocasión.

Aquí hay algo de fondo que quiero poner sobre la mesa: para mí, el sentido no es la vivencia del camino. El sentido tiene que ver con la intención detrás del movimiento. La vivencia tiene que ver con la presencia; la intención, con el para qué. No son lo mismo, y a veces se priorizan distinto.


Una última cosa, Juan

Yo no hago resúmenes. Mi intención es compartir lo que a mí me pasó con el libro. Eso sigue intacto.

Me haces pensar, y te lo agradezco. Me quedo con tu preocupación por los jóvenes que estudian y leen. Pero hoy la pregunta no es tanto *cómo* leen, sino *qué* quieren leer.

¿Lo saben ellos?

viernes, junio 12, 2026

Las derivas a través de la historia de la derecha y la izquierda

¿De dónde vienen la derecha y la izquierda?

Hay conceptos que usamos todos los días sin preguntarnos de dónde vienen.

Derecha. Izquierda.

Los escuchamos en el noticiero, los usamos en conversaciones, los cargamos con todo tipo de emociones.

Pero pocos saben que nacieron en un momento muy preciso de la historia.


Una asamblea, un rey y dos lados

Corría 1789.

La Revolución Francesa acababa de estallar y la Asamblea Legislativa se reunía para reordenar el mundo.

El rey tomó asiento al centro.

A su derecha se ubicaron el clero y la aristocracia —los que querían preservar el orden— y a su izquierda el pueblo llano, los que querían cambiarlo.

Ahí nació el concepto.

Derecha: conservar. Izquierda: transformar.

Sencillo. Claro. Casi geométrico.

Y entonces la historia se encargó de complicarlo todo.


Lo que leí en Zakaria

Leo estos días La era de las revoluciones de Fareed Zakaria y encuentro algo que me detiene.

Al comienzo de la Revolución Industrial, dice Zakaria, la división parecía clara también.

Los Whigs —algo a la izquierda— defendían la industria urbana y todo el cambio que traía consigo.

Los Tories —a la derecha— apoyaban la agricultura y las formas tradicionales.

El lado del cambio y el lado de la tradición. La misma lógica de la Asamblea francesa, reencarnada en el parlamento inglés.

Pero luego vino una batalla sobre política comercial que sacudió esa vieja división.

Y lo que sucedió no fue un simple vuelco donde los de izquierda pasaron a defender exactamente lo que antes defendían los Tories.

La historia nunca es tan limpia.


Lo que sí ocurrió, lentamente

Lo que ocurrió fue más sutil y más interesante.

La Revolución Industrial generó riqueza —y también miseria.

Jornadas brutales, trabajo infantil, hacinamiento, comunidades enteras destruidas.

Y entonces apareció una pregunta que cambiaría todo:

¿Quién protege a las personas del exceso del mercado?

Los movimientos obreros comenzaron a pedir regulación, protección, sindicatos, Estado.

Es decir, empezaron a defender a quienes estaban siendo arrasados por el cambio.

Y así, poco a poco, la izquierda —nacida como el partido del cambio— fue convirtiéndose también en el partido de la protección.

No lo planeó nadie. Fue la respuesta humana a la brutalidad de una transformación sin frenos.


La ironía que no podemos ignorar

Hay algo que me parece filosóficamente fascinante en todo esto.

La izquierda nació queriendo derribar el orden existente.

Hoy, en muchos países, defiende instituciones construidas durante el siglo XX: sistemas públicos, regulaciones, conquistas laborales.

La derecha nació queriendo preservar el mundo heredado.

Hoy, en muchos países, es la gran impulsora de la disrupción económica y tecnológica.

¿Se invirtieron los papeles? En parte, sí.

¿Completamente? No.

Porque el contenido cambió, pero las preguntas de fondo siguen siendo las mismas.

¿Quién conduce el cambio? ¿Quién protege a los que sufren ese cambio?


Y aquí llegamos a nuestro presente

No puedo leer estas páginas de Zakaria sin pensar en lo que estamos viviendo ahora.

La inteligencia artificial es la Revolución Industrial de nuestro tiempo. Quizás mayor.

Y las mismas preguntas regresan con una urgencia nueva:

¿Quién va a representar el cambio?

¿Quién va a proteger a quienes se sientan amenazados por él?

Todavía no está claro qué posiciones ocuparán la izquierda y la derecha en la era de la IA.

Pero la historia inglesa que describe Zakaria nos recuerda algo que no debería olvidarse:

Las etiquetas sobreviven. Los contenidos cambian. Lo que permanece son ciertas preguntas humanas fundamentales: la libertad, la seguridad, la dignidad, el sentido de pertenencia.

Cada gran revolución económica reorganiza el mapa político.

Estamos en esa reorganización ahora mismo. Y no sabemos todavía en qué lado quedará parado cada quien.


¿Y tú? Cuando miras el escenario político de hoy, ¿crees que las etiquetas de derecha e izquierda todavía tienen sentido? ¿O ya apuntan a algo completamente distinto de lo que nacieron señalando?

Quizás la verdadera división actual sea otra

Leyendo a Zakaria, a veces uno tiene la impresión de que la gran tensión ya no es: izquierda versus derecha.

Sino algo más parecido a: apertura versus protección. O: cambio versus estabilidad. O incluso: globalización versus nacionalismo.

jueves, junio 11, 2026

Comparando la revolución gloriosa de Inglaterra con la revolución francesa

Dos revoluciones, un solo mundo: lo que Francia le regaló a Europa
Una derrota que cambió la historia

El 20 de septiembre de 1792, en un campo llamado Valmy, algo insólito ocurrió.

Un ejército de ciudadanos franceses —52.000 hombres movilizados por una idea, no por obediencia a un rey— detuvo en seco el avance de las tropas bien entrenadas prusianas y austriacas (35.000 hombres). Las fuerzas del viejo orden europeo. Los guardianes de la monarquía y el privilegio.

No fue una batalla sangrienta. Pero fue decisiva.

Johann Wolfgang Goethe, que estaba allí acompañando al ejército prusiano, escribió esa misma noche: "Desde este lugar y desde este día comienza una nueva época en la historia del mundo."

Tenía razón. Aunque probablemente ni él mismo entendía del todo por qué.


El fracaso más influyente de la historia

La Revolución Francesa fue, en muchos sentidos, un fracaso rotundo.

Proclamó libertad, igualdad y fraternidad. Y derivó en el Terror, las ejecuciones masivas, la dictadura jacobina y finalmente el Imperio de Napoleón.

No produjo una democracia estable. Sus propios ideales la devoraron.

Y sin embargo —aquí está la paradoja que me tiene pensando— transformó Europa más profundamente que muchas revoluciones exitosas.

¿Cómo se explica eso?


El contraste que me abrió los ojos

Para entenderlo tuve que mirar a Inglaterra.

En 1688, con la llegada de Guillermo de Orange desde Holanda —la llamada Revolución Gloriosa— Inglaterra hizo algo completamente distinto.

No destruyó el orden. Lo reformó. Estableció que el rey no estaba por encima de la ley, que el Parlamento tendría poder real, que los contratos serían respetados y la propiedad protegida.

El resultado fue extraordinario: confianza institucional, crédito, el Bank of England, y las bases sobre las que se construiría la Revolución Industrial.

Inglaterra preguntó: ¿cómo limitamos el poder?

Francia preguntó: ¿quién tiene derecho a ejercerlo?

Son preguntas distintas. Con respuestas distintas. Y con consecuencias distintas para el mundo.


Lo que Francia sí logró

El aporte de la Revolución Francesa no fue institucional. Fue antropológico.

Antes de 1789, los campesinos europeos eran súbditos. Luchaban por el rey. Obedecían porque sí. Su lugar en el mundo era fijo, hereditario, inmutable.

La Revolución Francesa rompió eso.

Dijo —por primera vez con esa fuerza— que la soberanía residía en la nación. No en Dios. No en una dinastía. En el pueblo.

Y eso cambió todo.

Las personas pasaron a ser ciudadanos. Con derechos. Con dignidad política. Con la posibilidad de ser protagonistas de la historia.

Por eso en Valmy esos 52.000 hombres combatieron con una ferocidad que los prusianos no entendían. No defendían a un monarca. Defendían una idea. Y eso, resulta, mueve montañas.


La tensión que nos constituye

El mundo moderno nació de la tensión entre estas dos tradiciones, entre estas dos revoluciones.

La inglesa nos enseñó a construir instituciones que limitan el poder y protegen la libertad individual. El mundo de los contratos, el mercado, la propiedad.

La francesa nos enseñó que las personas comunes pueden y deben ser protagonistas de la historia. El mundo de las convicciones, la ciudadanía, la movilización colectiva.

Sin la Revolución Gloriosa, probablemente no existiría el capitalismo moderno.

Sin la Revolución Francesa, probablemente no existirían el sufragio universal, la idea de ciudadanía, los movimientos nacionales del siglo XIX, ni la democracia de masas tal como la conocemos.

Una creó el mundo de los contratos.

La otra creó el mundo de las convicciones.


Lo que me quedo pensando

Vivimos en una época que necesita de ambas cosas.

Instituciones sólidas que contengan el poder. Y ciudadanos que sepan quiénes son y por qué luchan.

La pregunta que me hago es si hoy, con todo lo que está cambiando —tecnología, identidades, organizaciones, economías— seguimos siendo capaces de responder la pregunta francesa: ¿quién tiene derecho a protagonizar esta historia?


¿Sientes tú también que hay algo de esa llama revolucionaria —no en el sentido violento, sino en el sentido de atreverse a preguntar quién soy y qué me corresponde— que necesitamos recuperar?


Nota: estas son reflexiones que me surgen mientras leo el libro La era de las revoluciones de Fareed Zakaria.

miércoles, junio 10, 2026

Tengo la intuición de que no seguiremos siendo los que venimos siendo

La inteligencia artificial nos está haciendo una pregunta incómoda
¿Quién eres tú cuando ya no eres útil?


El ídolo que no elegimos adorar

Hay algo que hemos hecho durante doscientas generaciones sin darnos cuenta.

Nos convertimos en instrumentos.

No por obligación. No por decreto. Sino de a poco, casi naturalmente, fuimos acomodándonos a la lógica de un sistema que tiene una sola pregunta: ¿Cuánto produces?

El dinero dejó de ser un medio. Se convirtió en el criterio final. En la medida de todas las cosas. Y quien no rinde, quien no genera, quien no optimiza —da lo mismo si es una empresa o una persona— simplemente sobra.

Lo terrible es que llegamos a creerlo.

Aprendimos a presentarnos por lo que hacemos. A definirnos por nuestros logros. A medir nuestro valor por la utilidad que tenemos para otros.

Y en algún punto, sin que nadie lo anunciara, perdimos el hilo que nos conectaba con algo más fundamental: la pregunta de quién somos, no de para qué servimos.


Y entonces llegó la IA

La inteligencia artificial está comenzando a hacer algo que nadie esperaba.

Está apropiándose —con una velocidad que marea— de exactamente aquello que habíamos aprendido a valorar más: procesar, calcular, optimizar, predecir, producir.

Y eso nos deja expuestos.

Porque de repente la pregunta que el sistema nunca se hizo —¿quién eres más allá de lo que produces?— aparece sola, sin que nadie la invite.

Es una pregunta incómoda.

Y creo que es la pregunta más importante de este momento.


El riesgo real no es el que nos venden

Se habla mucho del riesgo de la inteligencia artificial. Los titulares son apocalípticos. Empleos destruidos, democracias manipuladas, armas autónomas.

Pero hay un riesgo más silencioso, y más peligroso, que casi nadie nombra.

Si llegamos al mundo de la IA sin habernos vuelto a preguntar quiénes somos, si seguimos operando desde la misma lógica productivista pero ahora acelerada por algoritmos, entonces no seremos liberados por la tecnología.

Seremos hackeados por ella.

Una inteligencia artificial al servicio de intereses económicos y políticos concentrados puede manipularnos con una precisión que ningún propagandista humano logró jamás. Puede alimentar nuestros miedos, nuestros egos, nuestros hábitos de consumo. Puede hablarnos exactamente en el idioma que queremos escuchar.

Y lo hará —lo está haciendo ya— si nosotros no tenemos nada más profundo desde donde pararnos.


Volver a casa

Por eso creo que la respuesta no es tecnológica.

Es antropológica.

Necesitamos recuperar algo que el sistema productivo nos fue quitando de a poco: el contacto con nuestra propia esencia. La capacidad de hacernos preguntas sin utilidad inmediata. La profundidad. El discernimiento. La empatía que no puede automatizarse. La sabiduría que no cabe en un prompt.

Necesitamos aprender a florecer, no solo a rendir.

Y eso —aquí está el punto crucial— no podemos hacerlo solos.

Siempre aprendimos a ser humanos en comunidad. Aprendimos a hablar conversando. Aprendimos a amar siendo amados. Aprendimos a pensar pensando con otros.

Las organizaciones en las que vivimos buena parte de nuestra vida podrían convertirse en algo distinto de lo que han sido. No solo lugares donde se trabaja. Sino lugares donde las personas crecen. Donde se hacen las preguntas que importan. Donde se cultiva lo que la IA no puede reemplazar.


La pregunta que me quedo pensando

Dentro de veinte años, cuando miremos atrás, ¿qué habremos hecho con este momento?

¿Usamos la inteligencia artificial para producir más de lo mismo?

¿O la usamos para volver a preguntarnos quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser?

Yo creo que esa es la pregunta decisiva de nuestra época.

Y creo que tenemos que hacérnosla juntos.


¿Y tú? ¿Sientes también que hay algo más fundamental que hemos perdido? ¿Y que la IA, paradójicamente, podría ser la oportunidad para recuperarlo?

lunes, junio 08, 2026

Carta Encíclica La magnifica humanidad

«La Iglesia no pregunta qué tan inteligente llegará a ser la inteligencia artificial; pregunta qué tan humanos seguiremos siendo nosotros mientras la desarrollamos.» León XIV, Magnifica Humanitas

¿Qué tan humanos seguiremos siendo?

Hay preguntas que ningún algoritmo puede responder. Y la encíclica Magnifica Humanitas (La magnifica humanidad)—firmada por León XIV— parte precisamente de ahí.

No es un documento sobre tecnología. Es un documento sobre el ser humano.

Me llamó la atención que el Papa no llegue asustado a este tema, como tantos. No hay en estas páginas un rechazo de la inteligencia artificial ni una condena del progreso técnico. Hay algo más difícil: una pregunta. ¿Al servicio de qué visión del ser humano estamos desarrollando todo esto?

Porque la IA puede optimizar procesos, predecir patrones, generar texto e imágenes, diagnosticar enfermedades y traducir idiomas. Todo eso es real y valioso. Pero ningún modelo de lenguaje —por sofisticado que sea— puede amar gratuitamente, actuar por compasión, asumir responsabilidades morales ni abrirse a la trascendencia. Y ahí está la diferencia que la encíclica defiende con firmeza: la diferencia entre inteligencia y humanidad.

¿No es esa, en el fondo, la pregunta de Heidegger reformulada para nuestra época? La técnica no es neutra. Siempre revela una manera de estar en el mundo, una manera de entender lo que vale y lo que no. La Gestell —ese enmarcar todo como recurso disponible— llega hoy con la cara de un dashboard y un modelo predictivo. El Papa lo dice de otro modo, pero apunta al mismo fondo: cuando reducimos a las personas a datos procesables, algo esencial se pierde.

La encíclica también toca un nervio que yo siento en mi propio trabajo como coach: el valor irremplazable de la presencia. La mesa compartida. La conversación cara a cara. El silencio entre dos personas que se están diciendo algo importante. La IA puede facilitar encuentros. No puede reemplazar el encuentro mismo.

Y sin embargo —y aquí el documento sorprende por su equilibrio— el Papa reconoce que la inteligencia artificial puede contribuir a lo que él llama una "civilización del amor". No es una utopía ingenua. Es una pregunta práctica: ¿hace más humana a la humanidad? ¿Fortalece la dignidad? ¿Protege a los más vulnerables?

Si la respuesta es afirmativa, la tecnología se convierte en colaboradora.

Si no, incluso el avance más impresionante puede ser una forma de empobrecimiento espiritual.

Yo llevo años trabajando en la intersección entre ingeniería, coaching e inteligencia artificial. Y esta encíclica me confirma algo que he ido aprendiendo despacio: el riesgo no está en que las máquinas se vuelvan demasiado inteligentes. El riesgo está en que nosotros nos volvamos demasiado cómodos delegando en ellas lo que solo la conciencia humana puede hacer.

¿Seguiremos siendo los que preguntan, o nos conformaremos con los que responden?

Esa, al final, es la pregunta que Magnifica Humanitas nos deja sobre la mesa.


¿Y tú qué piensas? ¿Qué tan humanos queremos seguir siendo mientras construimos todo esto?

sábado, junio 06, 2026

No leo ni escribo pero de alguna manera lo estoy haciendo

¿Estoy leyendo si no leo las palabras?

El otro día iba a devolver un libro. En el ascensor lo abrí, casi por inercia. Recorrí una página con los ojos y algo me golpeó con extraña claridad: no había leído ni una línea de este libro.

Y sin embargo, lo conocía. Podía hablar de sus ideas, relacionarlas con otros autores, discutir sus argumentos. Había producido un post de blog a partir de él.

¿Cómo es posible eso?


Hace un tiempo cambié mi forma de acercarme a los libros. Le saco fotos a las páginas —en lotes de diez— y se las paso a ChatGPT. Le pido que transcriba, que traduzca si es necesario, que me explique el contenido. Leo en alemán de esa manera. O en inglés denso. O en cualquier idioma que se resiste al ritmo que yo le quiero imponer.

Al terminar el libro, le pido un resumen de todas las explicaciones que me fue dando. Después ese resumen llega a Claude, y Claude produce un post en mi estilo. Lo leo. Normalmente me encanta. Publico.

Proceso un libro. Produzco un texto. No he leído ni he escrito nada.

¿Qué estoy haciendo?


Se lo conté a Klaus y la pregunta nos quedó flotando. Él tampoco tenía una respuesta fácil. Porque la pregunta no es trivial.

Durante siglos entendimos la lectura como el acto físico de recorrer palabras con los ojos. La escritura, como el acto físico de producir palabras con la mano. Pero quizás eso nunca fue lo esencial.

Lo esencial, creo, era otra cosa: incorporar ideas, relacionarlas con experiencias previas, generar comprensión, producir significado, comunicarlo a otros.

Si miramos así el asunto, entonces sí estoy leyendo. Y sí estoy escribiendo. Solo que he externalizado parte del proceso.

Antes el recorrido era lineal: Libro → Lectura → Comprensión → Escritura.

Ahora es: Libro → IA → Conversación → Comprensión → IA → Texto → Ajustes → Publicación.

La lectura y la escritura no desaparecieron. Se desplazaron.


Pero hay algo que me parece más importante que el desplazamiento en sí.

Yo no consumo pasivamente lo que produce la IA. Hago preguntas. Pido aclaraciones. Relaciono autores. Comparo ideas. Extraigo lo que me parece relevante. Y después evalúo si el texto final representa mi mirada o no.

Eso se parece más al trabajo de un editor o de un director de orquesta que al de un lector convencional.

Cuando abrí ese libro en el ascensor y pensé "no he leído una sola línea", estaba diciendo una verdad. Pero también una falsedad. No había leído las líneas. Pero sí había leído las ideas. No había recorrido las palabras. Pero sí había recorrido el significado.


Me recuerda algo que ocurrió con la escritura misma.

Durante miles de años la memoria era oral. Entonces apareció la escritura. Muchos pensaron que las personas dejarían de recordar. Y tenían razón en un sentido: dejamos de memorizar poemas completos, genealogías, leyes. Pero apareció una capacidad nueva. Después ocurrió algo parecido con la imprenta. Luego con las calculadoras. Y ahora con la inteligencia artificial.

Cada vez externalizamos una capacidad. Y desarrollamos otra.


Creo que lo que estoy haciendo tiene un nombre que todavía no existe del todo.

No es lectura en el sentido clásico. No es escritura en el sentido clásico. Es algo parecido a conversar con los libros. Porque eso es exactamente lo que hago: no leo a Schmid o a Heidegger como un estudiante frente a una página. Los interrogo. La IA se transforma en un mediador entre el autor y yo.

Y aquí aparece la pregunta que más me ronda:

Si entiendo el libro, puedo discutir sus ideas, puedo relacionarlas con otros autores, puedo explicar su contenido a otra persona y puedo producir un texto original a partir de él… ¿importa tanto que no haya leído físicamente las palabras?

Hace cien años la respuesta habría sido sí, sin dudar. Hoy ya no estoy tan seguro. Y creo que dentro de veinte años la respuesta será todavía menos evidente.


Tal vez no esté dejando de leer y escribir.

Tal vez esté inaugurando una nueva forma de hacerlo. Una forma en que la energía humana deja de dedicarse a decodificar símbolos y se concentra en algo más valioso: comprender, relacionar, crear y dar sentido.

Y eso, curiosamente, conecta con algo que vengo pensando sobre la inteligencia artificial en general: la IA no reemplaza lo humano. Desplaza parte del trabajo mecánico para que podamos concentrarnos más en aquello que solo nosotros podemos hacer.

Lo que estoy haciendo con los libros puede ser una de las primeras manifestaciones cotidianas de esa transformación.


¿Y tú? ¿Seguirías llamando a esto leer?

jueves, junio 04, 2026

Libro Serenidad (Gelassenheit) de Martin Heidegger

El pensar que se detuvo.

Hay libros que entregan respuestas. Y hay libros que te obligan a hacerte preguntas que creías haber dejado atrás.

Serenidad (Gelassenheit) de Martin Heidegger es de los segundos.

No es un libro cómodo. Tampoco es largo ni complicado. Pero tiene esa característica de los textos que te siguen rondando días después de cerrarlos. Aparecen en una conversación, en el silencio de la mañana, en ese momento entre el sueño y la vigilia.


La distinción que lo cambia todo

Heidegger separa dos formas de pensar. Una la conocemos muy bien: el pensamiento calculador. Mide, proyecta, organiza, resuelve, optimiza. Es el pensamiento de la ingeniería, de los negocios, de la planificación estratégica. No tiene nada de malo. Yo lo practiqué durante décadas y lo sigo usando.

El problema, dice Heidegger, es cuando se convierte en el único modo disponible.

Porque existe otro pensar que la modernidad fue dejando al margen: el pensamiento meditativo. Ese que no pregunta cómo funciona, sino qué significa. Ese que no busca dominar la realidad, sino comprenderla. Ese que no tiene urgencia por resultados.

El pensamiento calculador pregunta: ¿cómo se optimiza esto?
El pensamiento meditativo pregunta: ¿qué nos revela esto de nuestra existencia?

Y la advertencia de Heidegger es que hemos desarrollado el primero hasta la maestría, mientras el segundo lo hemos ido olvidando silenciosamente.

Lo veo en el coaching todos los días.


Gelassenheit: el arte de dejar ser

La palabra central del libro no tiene traducción exacta. Gelassenheitserenidad— significa literalmente dejar ser. No es resignación. No es pasividad. No es indiferencia.

Es una actitud activa de no imponer. De no convertir todo en objeto de uso, en problema a resolver, en recurso a optimizar.

El ser humano moderno tiende a apropiarse de todo. Las cosas adquieren valor sólo en función de su utilidad. La serenidad rompe esa lógica. Propone contemplar antes de apropiarse. Escuchar antes de intervenir. Observar antes de juzgar.

En coaching lo llamamos presencia plena. Heidegger lo llama apertura al misterio. Son la misma cosa vista desde ángulos distintos.


Una frase que me quedó instalada

"El preguntar es la devoción del pensar."

Para Heidegger, el pensamiento auténtico no se caracteriza por poseer respuestas, sino por mantener vivas las preguntas. La filosofía no consiste en alcanzar una certeza absoluta. Consiste en mantenerse abierto al misterio de aquello que siempre supera nuestras explicaciones.

El verdadero pensador no elimina las preguntas fundamentales. Aprende a habitar en ellas.

Eso me recuerda a Sócrates. Y me recuerda también a lo que ocurre en una buena sesión de coaching: no el momento en que aparece la respuesta, sino el momento en que el cliente se hace por fin la pregunta correcta.


El sí y el no a la tecnología

Heidegger no propone rechazar la técnica. Eso sería absurdo y anacrónico. Tampoco propone entregarse completamente a ella.

Propone algo más difícil: usarla conservando una distancia interior. Decir sí a los beneficios, no a convertirnos en sus esclavos.

En esta época donde la inteligencia artificial está redefiniendo lo que significa pensar, producir y relacionarse, esa advertencia tiene una vigencia que asombra. El peligro no está en las máquinas. El peligro está en la mirada que reduce toda realidad a algo utilizable. Incluidos nosotros mismos.

Somos seres humanos. No recursos que deben optimizarse permanentemente.


Lo que más me movió

La imagen final del libro: una planta que necesita tanto raíces como apertura hacia la luz.

Sin raíces, desorientación. Sin apertura, encierro. El ser humano necesita historia, comunidad, tradición, un lugar. Pero también necesita asombro, cuestionamiento, disponibilidad para lo nuevo.

A esta altura de mi vida, esa imagen me habla directo. Las raíces están. El desafío es mantener viva la apertura.

Pensar bien, sugiere Heidegger, no es saber mucho. Es saber detenerse. Es recuperar la capacidad de asombro ante lo que siempre ha estado ahí y que el ruido moderno nos impide ver.

Y eso, paradójicamente, es también lo que intentamos despertar en el coaching: que alguien se detenga lo suficiente como para escucharse de verdad.

¿Cuándo fue la última vez que pensaste sin ningún objetivo en mente?

miércoles, junio 03, 2026

Libro Serenidad (Gelassenheit) de Wilhelm Schmid

La serenidad no se encuentra. Se construye.

Hay una palabra alemana que me ha estado rondando estos días: *Gelassenheit*.

No tiene traducción exacta al español. Algo así como soltar, dejar ir, dejarse llevar sin perder el centro. Wilhelm Schmid la usa como título de su libro —traducido como Serenidad— y propone algo que, a mi edad, resuena con fuerza: que la serenidad no es un estado de calma superficial, ni resignación disfrazada de madurez. Es una forma de sabiduría que se va construyendo, despacio, a lo largo de toda una vida.

¿Y cuál es la diferencia entre resignarse y ser sereno?

Resignarse es rendirse. Es decirle al mundo "haz lo que quieras conmigo" y retirarse hacia adentro. La serenidad, en cambio, es algo más valiente: es aceptar lo que no puede cambiarse, y al mismo tiempo seguir actuando allí donde todavía es posible hacerlo. Schmid lo dice con una claridad que me recuerda a Epicteto: hay cosas que dependen de nosotros, cosas que no dependen, y cosas que dependen parcialmente. La sabiduría —¿y el coaching?— consiste en aprender a distinguir entre ellas.

Me pregunto cuántas personas confunden estas tres categorías a lo largo de su vida.

Hay otro punto del libro que no puedo dejar pasar: la necesidad de desarrollar una amistad con uno mismo. Schmid observa que muchos de nosotros pasamos décadas intentando cumplir expectativas ajenas, construyendo imágenes para el mundo externo, sin dedicar tiempo real a conocernos. Escucharnos. Reconciliarnos con nuestra propia historia.

No es complacencia. Es respeto.

Y luego está el tiempo. El envejecimiento. Schmid propone algo que va contra la corriente cultural: que cada etapa de la vida tiene sus dones particulares. Que los años no solo restan —también dan perspectiva, libertad respecto de las opiniones ajenas, y una capacidad creciente para distinguir lo importante de lo accesorio. A los 74 años, puedo decir que eso es verdad. No siempre fácil. Pero verdad.

¿Qué estás soltando tú en este momento de tu vida?

Porque de eso se trata, en el fondo: de aprender a soltar. Proyectos que no serán. Imágenes de uno mismo que ya no encajan. Expectativas que pertenecían a otra época. Y descubrir —esto es lo que más me sorprende del libro— que muchas veces es precisamente al soltar cuando aparece una nueva libertad.

La conclusión de Schmid no promete inmortalidad ni certezas. Ofrece algo más sencillo y, a mi juicio, más valioso: la posibilidad de reconciliarse con la vida tal como es. Llegar al final pudiendo decir: participé plenamente de esta extraordinaria aventura.

Si después hay algo más, será un regalo.
Y si no, habrá bastado.

jueves, mayo 28, 2026

Libro The meaning of your life de Arthur C. Brooks

El significado no se fabrica. Se revela.

Hay una frase de Tolstói que Arthur Brooks pone en el centro de este libro y que se me quedó dando vueltas mucho tiempo.
No es una frase sobre la muerte. Es sobre algo más perturbador:

"Muriendo de horror, no tanto ante la muerte, sino ante la vida."

La dice —o la vive— Konstantin Levin, el protagonista de Anna Karenina. Un hombre con dinero, posición, inteligencia, una vida aparentemente lograda. Y sin embargo, angustiado. Vacío. Sin respuesta para la pregunta que no puede acallar: ¿para qué?

Brooks usa esa imagen como diagnóstico de una epidemia contemporánea. Y lo que hace bien el libro es insistir en que ese sufrimiento no es exclusivo de los fracasados. Aparece, con especial frecuencia, en quienes han tenido éxito.

Lo he visto muchas veces en mi trabajo como coach.

El hemisferio que sobrevaloramos

Uno de los conceptos que más me movió tiene que ver con los hemisferios cerebrales. La cultura moderna ha hipertrofiado el izquierdo: análisis, control, lógica, eficiencia, cálculo. Y ha empobrecido el derecho: intuición, belleza, contemplación, misterio, vínculos, experiencia trascendente.

El problema no es la razón. El problema es vivir exclusivamente dentro de ella.

Una vida completamente dominada por análisis y productividad termina desconectándose de las dimensiones más profundas de la existencia. Y esa desconexión, a la larga, se siente. Se siente como vacío. Como una sensación persistente de que algo falta, aunque no sepamos bien qué.

El sufrimiento como puerta

La cultura contemporánea trata el dolor como un error que hay que corregir lo antes posible. Brooks sostiene exactamente lo contrario: el sufrimiento es inevitable y, bien atravesado, puede transformarse en fuente de crecimiento, profundidad y significado.

La fórmula que propone —tomada del budismo y de la tradición de mindfulness— es simple y poderosa:

Sufrimiento = Resistencia × Dolor

El dolor forma parte de la vida: pérdidas, envejecimiento, fracasos, incertidumbre, muerte. Pero cuando dejamos de luchar compulsivamente contra la realidad, el dolor puede transformarse en sabiduría. Lo que multiplica el sufrimiento no es el dolor. Es la resistencia.

Concentrarse en el proceso, no en el resultado

Aquí Brooks conecta con algo que en coaching trabajamos constantemente. La ansiedad moderna nace, en buena parte, de una obsesión permanente por resultados futuros que no dependen completamente de nosotros.

La alternativa no es la resignación. Es una orientación distinta: concentrarse en el proceso presente.

Hacer bien el trabajo de hoy. Amar hoy. Escuchar hoy. Crear hoy. Servir hoy.

La vida significativa no aparece de golpe al final del camino. Se construye lentamente en la calidad de la atención cotidiana. Y esa es, precisamente, una de las cosas que el coaching intenta despertar en los clientes: la capacidad de habitar el presente con intención.

La belleza como necesidad existencial

Hay algo en este libro que no encontré en otros sobre el mismo tema, y es la centralidad que Brooks le da a la belleza.

No como lujo cultural ni decoración estética. Como necesidad existencial.

La vida moderna priva a muchas personas de belleza: demasiadas pantallas, demasiado ruido, ciudades agresivas, hiperproductividad, vida completamente funcional. Pero el ser humano necesita belleza porque la belleza abre la percepción hacia algo mayor que uno mismo.

La belleza interrumpe el ego. Despierta asombro. Conecta con trascendencia.

Salir a la naturaleza. Contemplar paisajes. Escuchar música. Leer grandes obras. Exponerse al arte. No son actividades de tiempo libre. Son prácticas de cuidado existencial.

El Camino de Santiago como metáfora

Hacia el final, Brooks relata algo de su propia vida: el Camino de Santiago, recorrido después de abandonar una carrera que lo había agotado. Durante semanas caminó con simplicidad, dejó atrás el ruido y los dispositivos, conversó con desconocidos, soportó dolor físico, habitó el tiempo de otra manera.

Y ahí descubrió algo que me parece la tesis más profunda del libro:

Él creía estar buscando el significado de su vida. Pero en realidad el significado había estado buscándolo a él desde siempre.

El problema es que su vida estaba demasiado llena de distracción, ego, ambición, complejidad. La peregrinación simplemente eliminó esas barreras.

Lo que el libro deja instalado

El significado de la vida no es algo que se inventa artificialmente ni una fórmula intelectual que se resuelve racionalmente. Aparece cuando la persona se vuelve más presente, más abierta, más vulnerable, más contemplativa, más conectada con los vínculos reales, más disponible para la experiencia profunda de vivir.

No se trata de controlar totalmente la existencia.

Se trata de aprender a habitarla.

Y eso, para quienes trabajamos acompañando a otros en procesos de coaching, es una invitación constante. Porque la pregunta que Brooks despliega en todo el libro no es solo filosófica. Es la pregunta que aparece en la sala cuando alguien se sienta frente a uno, con sus logros y su vacío, y dice en voz baja:

¿Y ahora qué?

¿Y tú? ¿Dónde estás encontrando —o construyendo— el significado en esta etapa de tu vida?

miércoles, mayo 27, 2026

Libro El pedestal vacío de Cristián Warnken Lihn

Este libro, de reciente publicación, es un relato personal de un pasaje relevante en la vida de nuestro querido y lúcido hombre de letras, Cristián Warnken.

Muy cercano a su madre, de sensibilidad de izquierda —izquierda dura—, casada con su padre, todo lo contrario. Eso los fue distanciando; terminaron durmiendo en piezas separadas. Y se metió por los palos el poeta Eduardo Anguita, gran amigo de su madre y asiduo visitante de la casa.

Fue su madre quien lo introdujo en la literatura, la poesía y el amor intenso por la "madre revolución".

Ambos sintieron profundamente, lloraron incluso, el golpe militar y la muerte trágica del presidente Salvador Allende. Vivían en un barrio donde todos alrededor celebraban su caída. Su padre tuvo que sujetar a su madre, que quiso salir a defender a Allende en las calles.

Cristián participó en un movimiento de resistencia, fue a marchas —algunas arriesgadas— durante la dictadura de Pinochet, y participó activamente en procesos electorales como el del Sí y el No, que abrió el camino a la democracia.

Un punto de quiebre para él fue el estallido social de octubre de 2019. Estuvo íntegramente en contra de la violencia y la destrucción que ahí se produjo, y quedó muy sorprendido por el silencio cómplice de toda la izquierda frente a esos actos, ocurridos a lo largo de todo el país.

Se atrevió a publicar una carta oponiéndose a la destrucción de estaciones del Metro, iglesias, centros culturales, bibliotecas... todo. Los grafitis azuzaban a matar carabineros, y había que quemarlo todo. Fue identificado, atacado ferozmente en redes sociales y un día funado en las calles de Isla Negra, mientras caminaba con su mujer e hijos. Unos jóvenes iracundos lo insultaron, y fue ahí donde uno le espetó: "amarillo".

A Cristián Warnken le gustaba flanear, caminar por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, disfrutando lo que se le iba apareciendo y los encuentros fortuitos. Dejó de hacerlo. Ese fue un doloroso cambio en los hábitos y placeres que se daba.

Desde esa posición, empezó a recibir tanto ataques como acercamientos de personas que compartían su visión. Fueron creando un movimiento, una tendencia, una voz.

Llegó la pandemia, que detuvo el estallido social. En 2022, los grupos políticos acordaron crear una vía institucional para la crisis: un proceso constituyente para dotar a Chile de una nueva Constitución.

Fue en ese proceso donde Cristián Warnken y quienes se le fueron allegando decidieron consolidarse como un movimiento de rechazo a esa Constitución, al que él mismo bautizó: Amarillos.

Y ganaron. La nueva Constitución fue rechazada por aplastante mayoría, en buena medida gracias a este movimiento que Cristián presidía.

Surgió entonces la idea —no de él— de crear un partido político. Y terminó como su presidente, participando activamente en medios y reuniones del Congreso para diseñar el siguiente proceso constituyente. Se había metido en un mundo donde jamás soñó estar. Lo suyo era la literatura, la poesía, las entrevistas en radio y televisión.

Se fue a vivir al sur, a Puerto Varas, como una forma de escapar del estrés que todo esto le generaba.

En el libro, Cristián Warnken comparte con notable honestidad su proceso interno de apóstata —como él mismo se califica en la portada: Confesiones de un apóstata—. Alguien que era de izquierda y deja de serlo, sin pasarse a la derecha.

Impresionante es su viaje con su mujer a Cuba, a La Habana. Ve la realidad del mundo de la "madre revolución", el daño que le hacía a los artistas, en particular a poetas y poetisas. Conversa con ellos, asiste a eventos oficiales, observa a los poetas que sí aparecen, lo contraídos que están. Ese viaje fue la constatación definitiva de que la izquierda y su amor por la "madre revolución" era un sueño fallido.

Notable es también su alejamiento de ese mundo, sin poder del todo romper con artistas como Silvio Rodríguez o los Inti Illimani, que resonaron tan hondo en su vida.

Finalmente, renuncia a su liderazgo en el partido político y se aleja de ese mundo, volviendo a lo suyo: la poesía, las entrevistas y el flanear por las calles, algo que, varios años después, puede volver a hacer.

Un libro honesto, franco, bien escrito, que da gusto leerlo. La vida de una persona en un tiempo y un espacio donde yo también estuve, de maneras tan distintas.

Lo recomiendo especialmente.

domingo, mayo 24, 2026

Conversando con la Chivi de espiritualidad

Visitaba a mi mamá. Ella tiene 97 años. Yo, 74.

En algún momento de la conversación me hizo una pregunta que no esperaba: ¿qué es la espiritualidad?

Buena pregunta, pensé. Le propuse lo siguiente, yo contesto primero, luego tú me dices lo que piensas y luego le contamos a chatGPT qué hemos dicho y le preguntamos, qué nos dice ella de qué es la espiritualidad.

Lo que yo le dije:

Le dije que la espiritualidad es una dimensión natural del ser humano. Que la necesitamos. Que está muy olvidada, porque el mundo en que vivimos nos tiene concentrados en producir, en ser eficientes, en juntar plata, en entretenernos y consumir. Que en ese ruido, la dimensión espiritual quedó relegada.

Y le señalé también que espiritualidad no es lo mismo que religión. Las religiones son instituciones que se han apropiado de un libro sagrado —la Biblia, el Corán— y han construido alrededor de él un sistema de normas, reglas, jerarquías. Esa parte me carga bastante.

Lo que mi mamá me dijo:

La espiritualidad para ella tiene que ver con su relación con Jesús.

No es algo que tenga que ver con doctrina. Es una relación. Ella conversa con Dios, conversa con Jesús, y lo vive como algo real y diario. Lo vive no como una creencia intelectual, sino como una compañía genuina. Dice que es una relación muy real. Y que por ahí le viene también el sentido de lo que está bien y lo que está mal.

Yo le dije que eso era meter la moral en el baile. Pero en el fondo, sí, tiene razón: el bien y el mal son parte de la espiritualidad.

La diferencia entre nosotros no es tanta. Ella dice: "Jesús me lo muestra." Yo digo: "me sale de dentro." Pero llegamos al mismo lugar. Tenemos la misma manera de pensar sobre cómo hay que vivir.

Lo que le nos aportó la IA:

Le conté la conversación que habíamos sostenido a chatGPT y le pregunté qué nos podía decir al respecto.

Me respondió algo que me pareció un buen aporte:

"Hay ahí dos formas distintas de caminar hacia una misma montaña."

Y agregó: cuando mi mamá habla de Jesús guiándola hacia el bien, y yo hablo de una intuición profunda sobre lo correcto y lo incorrecto, ambos estamos describiendo algo parecido: una brújula interior. La diferencia está en el lenguaje del relato.

Y planteó una pregunta interesante: ¿y si "de dentro" fuera precisamente el lugar donde muchas personas encuentran a Dios?

Eso se me quedó dando vueltas.

Nuestra época ha hipertrofiado el "hacer" y ha dejado anémico el "ser". Somos brillantes fabricando medios y bastante torpes preguntándonos para qué. Tenemos más pantallas que silencio. Más conexión que comunión. Más información que sabiduría.

La espiritualidad no necesariamente pertenece a las religiones, aunque las religiones intentaron custodiarla. A veces lo lograron maravillosamente. Otras veces la encerraron en reglamentos, culpas y burocracias celestiales. Como si Dios necesitara oficinas administrativas.

Pero hay algo en lo que sí creo: la espiritualidad auténtica no se mide por las creencias que uno declara. Se mide por la calidad de presencia que uno trae al mundo: cómo ama, cómo escucha, cómo cuida, cómo enfrenta el sufrimiento, cómo trata a los otros, cómo habita el tiempo.

Y hay algo más. La IA nos señaló algo que me pareció muy cierto: dos generaciones sentadas juntas preguntándose por el alma, eso ya es espiritualidad. Porque el espíritu también aparece cuando dejamos de correr y nos detenemos a conversar de verdad.

Mi mamá a los 97 años me hace preguntas que vale la pena pensar. Eso no es menor.

¿Y tú? ¿Qué es la espiritualidad para ti?

martes, mayo 19, 2026

Libro Finding happiness through meaning and purpose de Arthur Brooks

La elección delante de nosotros.

¿Qué tipo de vida merece realmente el tiempo limitado que tenemos?

Hay momentos en la vida en que algo se detiene. No necesariamente el mundo exterior —las agendas siguen, los correos llegan, las obligaciones continúan. Pero internamente aparece una pausa. Una pregunta silenciosa emerge desde algún lugar profundo:

"¿Es esta realmente la vida que quiero vivir?"

Arthur Brooks
He visto esa pregunta emerger en clientes que acaban de recibir un ascenso importante, y también en quienes acaban de perder algo o a alguien. Lo notable es que aparece en los extremos: en el éxito inesperadamente vacío y en la pérdida que sacude la estructura de todo. Eso me dice que no es una pregunta de circunstancias. Es una pregunta de fondo.

Arthur Brooks parte exactamente desde ahí. Y su respuesta, que he estado explorando con cuidado, me parece una de las más lúcidas y desafiantes que he encontrado en mucho tiempo.


El gran error que nadie nos enseñó a evitar

Gran parte de la cultura moderna nos empuja hacia una persecución interminable: más dinero, más reconocimiento, más productividad, más validación. La promesa implícita es seductora: "cuando alcances eso, finalmente te sentirás pleno."

Pero la evidencia —y la experiencia de quienes acompañamos en procesos de coaching— muestra que esa promesa suele fracasar. Muchas personas alcanzan éxito profesional, estabilidad económica, prestigio, logros visibles... y aun así experimentan vacío, ansiedad, desconexión. No porque hayan hecho algo mal. Sino porque estaban buscando plenitud en lugares que son, por su propia naturaleza, incapaces de entregarla de manera estable.

La felicidad basada exclusivamente en logros externos es frágil. Depende de circunstancias que cambian constantemente, y atrapa a las personas en una lógica de satisfacción momentánea seguida siempre por una nueva carencia.


Placer versus significado: la distinción que cambia todo

Brooks no niega que el placer importa. Los seres humanos necesitamos alegría, descanso, disfrute. Pero el placer por sí solo no sostiene una vida.

El significado aparece cuando las acciones están conectadas con valores, cuando existe contribución, cuando hay relaciones profundas, cuando la vida tiene coherencia interna. Y su observación más poderosa es esta: las personas más satisfechas al final de sus vidas no son necesariamente las más ricas o famosas, sino aquellas que sienten que amaron bien, sirvieron a otros, crecieron interiormente, y vivieron de forma congruente con quienes realmente eran.


El propósito no se encuentra: se construye

Aquí Brooks critica algo que se ha vuelto un cliché de la cultura contemporánea: la fantasía de "encontrar tu pasión perfecta", como si existiera una respuesta definitiva esperando ser descubierta en algún rincón del alma.

La realidad es más interesante y más exigente: el propósito emerge gradualmente desde la interacción entre talentos, experiencias, sufrimientos, relaciones y deseos de contribuir. La dirección de una vida no suele revelarse completamente al inicio. Se vuelve visible mientras se camina.

No necesitamos claridad perfecta para empezar. Necesitamos dar el próximo paso con intención.


Vivir eligiendo, no solo ocurriendo

Quizás la pregunta más incómoda de todo este marco es esta: ¿La vida está siendo elegida conscientemente, o simplemente está ocurriendo?

Muchas personas no toman grandes decisiones equivocadas. Simplemente nunca se detienen a elegir realmente. La vida entonces se llena de ocupación sin dirección, actividad sin sentido, éxito sin satisfacción, metas heredadas de otros, hábitos automáticos. La vida reactiva tiene sus propias comodidades: no exige cuestionamiento. Pero tiene un costo silencioso.

La vida intencional, en cambio, exige preguntarse: ¿Qué importa realmente? ¿Qué valores quiero encarnar? ¿Qué tipo de persona estoy llegando a ser? ¿Qué merece mi tiempo y mi energía?


El legado que nadie ve

Brooks también redefine algo que muchos de mis clientes cargan con peso innecesario: la idea de legado. La cultura lo asocia con fama, monumentos, reconocimiento público. Pero él propone otra mirada.

El verdadero legado suele ser invisible. Una conversación. Una enseñanza. Un acto de bondad. Una presencia constante. Un ejemplo silencioso. Pequeñas acciones pueden generar efectos que atraviesan generaciones sin que quien las realizó llegue siquiera a conocer su impacto completo.

Esto devuelve una dignidad enorme a la vida cotidiana. Y para quienes trabajamos acompañando a otros, es un recordatorio poderoso: lo que sembramos en una sesión, en una conversación difícil, en una pregunta bien hecha, puede importar mucho más de lo que creemos.


Una invitación, no una fórmula

Lo que me parece más valioso de todo este proyecto es que no es un manual de instrucciones. No promete que si sigues cinco pasos serás feliz. Es una invitación a una conversación más honesta con uno mismo.

La felicidad duradera no consiste en eliminar el sufrimiento. La vida seguirá incluyendo pérdidas, incertidumbre, frustraciones, envejecimiento, dolor. La diferencia está en si ese sufrimiento ocurre al servicio de algo que realmente importa, o persiguiendo cosas incapaces de satisfacer el corazón humano.

Y el punto de partida no requiere condiciones perfectas. No es cuando haya más tiempo, cuando desaparezcan los problemas, cuando llegue más dinero. Es ahora. Con la vida real, los recursos disponibles, las limitaciones actuales.


¿Qué tipo de vida merece realmente el tiempo limitado que tenemos?

Esa pregunta no tiene una respuesta única. Pero hacérsela con seriedad —y con honestidad— es, quizás, uno de los actos más importantes que una persona puede realizar.

lunes, mayo 18, 2026

Reflexiones sobre una longevidad consciente

Del hacer al ser:
la pregunta que cambia todo

Una conversación entre amigos sobre cómo vivir con sentido cuando ya no hay nada que demostrar.

Hoy hablé con un amigo de 82 años. Yo tengo 74. Estábamos conversando —ya no era la primera vez— sobre longevidad. No sobre remedios ni exámenes. Sobre algo más difícil: cómo vivir bien hasta el final. Cómo hacer que estos años sean significativos.

Nos dimos cuenta que la pregunta que casi siempre nos hacen es "¿qué estás haciendo?" Como si el hacer fuera todavía el asunto.

Y yo me pregunto: ¿lo sigue siendo?


Durante décadas, casi todos vivimos organizados alrededor del hacer. Estudiar, producir, criar hijos, sostener proyectos, pagar cuentas, cumplir roles. El hacer nos daba identidad, estructura y reconocimiento. "¿Qué haces?" era casi lo mismo que "¿quién eres?"

Pero llega un momento —muchas veces después de jubilarse, o cerca de la conciencia de la propia finitud— en que el hacer pierde centralidad. No desaparece, pero deja de ser suficiente. Y ahí aparece una pregunta mucho más desnuda:

¿Quién estoy siendo cuando ya no necesito demostrar nada?

Muchos hombres, especialmente, quedamos entrenados para producir más que para habitarnos. Sabemos resolver problemas, pero no siempre sabemos permanecer con nosotros mismos en silencio. Entonces aparece el vacío, la sensación de irrelevancia, o esa ansiedad rara de "debería estar haciendo algo".

Pero quizás la vida tardía no sea una etapa de disminución.

Quizás sea una etapa de decantación.

Como el vino bueno, que pierde volumen y gana profundidad.


La longevidad no es solo durar más. Eso lo puede hacer cualquiera conectado a remedios. La pregunta verdadera es otra: ¿cómo vivir de manera significativa mientras uno se aproxima lentamente a la muerte? Esa pregunta cambia todo. El foco pasa de la productividad a la calidad del ser. Y el ser, a diferencia del hacer, no se mide. Se cultiva.

He estado pensando en algunos territorios del ser que, a esta altura, merecen atención deliberada:

  1. La conversación interior

    Muchos pasamos la vida conversando hacia afuera y casi nunca hacia adentro. Aprender a observarse —qué me emociona todavía, qué me duele, qué resentimientos sigo cargando, qué quiero agradecer antes de irme— deja de ser lujo filosófico y se vuelve higiene del alma.

  2. La capacidad de asombro

    Hay ancianos viejos a los 60 y otros jóvenes a los 90. La diferencia no siempre es física. Muchas veces es la curiosidad. El asombro mantiene viva la conciencia. La vida se empieza a apagar cuando dejamos de sorprendernos.

  3. La calidad de las conversaciones

    Uno descubre tarde que la vida ocurre conversando. Y que las conversaciones superficiales cansan, mientras las conversaciones verdaderas alimentan. La necesidad profunda no es solo "estar con alguien". Es ser visto.

  4. El cuerpo como acto espiritual

    A esta edad el cuerpo ya no se puede tratar como esclavo silencioso. Dormir, caminar, comer bien, mantener movilidad… no son vanidades. Son formas de dignidad. El cuerpo es la casa final del ser.

  5. La transmisión

    Hay algo profundamente humano en legar. No solo dinero: experiencia, mirada, historias, preguntas, sabiduría práctica. Los pueblos antiguos entendían algo que la modernidad olvidó: los viejos no eran personas fuera del sistema productivo. Eran memoria viva.

  6. La reconciliación con la finitud

    A cierta edad, la muerte deja de ser una abstracción estadística. Aparece en amigos, diagnósticos, funerales, ausencias. Y curiosamente, cuando uno deja de negarla, la vida se vuelve más intensa y más simple. Menos necesidad de aparentar. Más deseo de verdad.

Heidegger decía que el ser humano auténtico es aquel que vive consciente de su muerte. No deprimido por ella: despertado por ella.

Creo que los que hoy tenemos 70 u 80 años y seguimos lúcidos somos una generación inédita en la historia humana. Nunca habían existido tantos años de vida después de la jubilación, con salud razonable y capacidad intelectual. La sociedad todavía no sabe bien qué hacer con eso.

Pero quizás ahí hay una misión nueva: inventar una nueva forma de vejez. No la vejez del retiro pasivo. Tampoco la caricatura juvenil del viejo que quiere parecer de 40. Sino una vejez consciente, profunda, conversante, libre.

Una vejez capaz de decir: ya no necesito conquistar el mundo; ahora quiero comprenderlo, habitarlo y transmitir algo valioso antes de partir.

Y quizás, al final, una vida significativa no sea una vida llena de logros. Sino una vida en la que uno logró volverse cada vez más humano.


¿Y tú? ¿Qué estás cultivando en esta etapa?
Me gustaría escucharlo.

domingo, mayo 17, 2026

Libro The Learning Imperative — Harvard Business Review

Terminé de leer, asistido por chatGPT, The Learning Imperative, publicado por Harvard Business Review, y quedé pensativo un buen rato.

No porque sea un libro difícil. Sino porque dice algo que yo ya sospechaba, y verlo escrito con tanta claridad tiene el efecto extraño de confirmar una intuición que uno preferiría seguir ignorando.

La tesis central, sin adornos

La propuesta del libro se puede resumir en una frase: la capacidad de aprender más rápido que el cambio se convierte en la ventaja competitiva más importante de una organización.

Suena razonable. Hasta que te das cuenta de lo que implica realmente.

Porque si aprender es la ventaja competitiva central, entonces todo lo demás —la tecnología, los procesos, los activos— pasa a ser secundario. Y la IA, que acelera todo lo demás, no hace sino profundizar esta lógica. Más velocidad afuera exige más capacidad de aprendizaje adentro.

La empresa como organismo vivo

Durante más de un siglo diseñamos empresas como máquinas: jerarquías, procesos, control, repetición. Funcionó bien en un mundo estable.

El problema es que ese mundo ya no existe.

Lo que el libro propone —y yo encuentro muy acertado— es que la organización necesita parecerse más a un organismo vivo. Algo que detecta señales, reinterpreta su entorno, se reinventa. Un sistema adaptativo, no una estructura rígida.

La IA amplifica esto radicalmente. Porque el conocimiento ya no está solo en los expertos. Circula. Y la inteligencia organizacional empieza a surgir de conversaciones cruzadas, no de manuales y organigramas.

El liderazgo entra en crisis

Esta es la parte que más me movilizó, quizás porque es lo que vivo todos los días en mi trabajo como coach.

Durante décadas, el líder era quien sabía. Quien tenía respuestas. Quien decidía desde arriba.

Pero en entornos complejos y cambiantes, nadie sabe suficiente. Ni siquiera los expertos. La velocidad del cambio supera la capacidad individual de comprensión.

Entonces emerge otro tipo de liderazgo. El libro lo describe así: el líder que crea condiciones para que otros aprendan. Que dice no "yo sé", sino "aprendamos".

Eso requiere humildad cognitiva. Escucha. Apertura. Tolerancia a la incertidumbre.

El liderazgo se vuelve menos heroico y más conversacional. Porque el desafío ya no es controlar. Es coordinar inteligencia distribuida.

El problema no es tecnológico

Aquí el libro dice algo que en el mundo del coaching sabemos bien, pero que los ingenieros y gerentes suelen subestimar:

La mayoría de los proyectos de transformación digital no fracasan por tecnología. Fracasan por personas.

Fracasan porque amenazan identidades. Porque alteran jerarquías. Porque exponen incompetencias. Porque generan miedo. Porque cambian quién sabe qué dentro de la organización, y con eso, quién tiene poder.

La resistencia rara vez es contra la herramienta. Es contra la pérdida de estabilidad psicológica.

Por eso la transformación real pasa por confianza, conversaciones honestas, aprendizaje colectivo y adaptación emocional. No por mejores softwares.

La IA no viene solo a optimizar

La narrativa dominante sobre IA es productividad, eficiencia, automatización. Reducir costos. Hacer más en menos tiempo.

Eso es real. Pero el libro apunta hacia algo más grande.

Si la IA se lleva el trabajo repetitivo, el cognitivo estructurado, los procesos administrativos, ¿qué queda para los humanos?

Juicio. Criterio. Interpretación. Intuición. Creatividad. Conversaciones que importan. Formulación de preguntas. Propósito.

Paradójicamente, mientras más inteligente se vuelve la tecnología, más importante se vuelve lo profundamente humano.

Y eso me parece la idea más poderosa del libro: la IA no viene solo a optimizar procesos. Viene, de manera indirecta, a redescubrir lo humano.

Porque al delegar capacidades cognitivas a máquinas, nos obliga a preguntarnos qué aportamos nosotros. Qué tipo de conversaciones tienen valor. Qué tipo de organizaciones queremos construir. Cómo queremos vivir.

Mi lectura como coach

He acompañado procesos de desarrollo en muchas organizaciones. Y lo que más me llama la atención no es la resistencia a la tecnología —que existe— sino la resistencia al aprendizaje.

Porque aprender de verdad duele un poco. Implica abandonar certezas. Reconocer que lo que sabías ya no alcanza. Modificar modelos mentales que habías construido con esfuerzo.

Las organizaciones que aprenden no son las que hacen más capacitaciones. Son las que tienen conversaciones más honestas. Las que toleran mejor el error. Las que se preguntan juntas qué está pasando, en vez de defender lo que ya sabían.

Esa capacidad no se compra. Se construye lentamente. Y en eso, el libro tiene razón: es la verdadera ventaja competitiva.

Una pregunta para cerrar

¿Tu organización —o tú mismo— está aprendiendo más rápido de lo que el entorno está cambiando?

Si la respuesta es no, o no lo sé, quizás esa es la conversación más importante que tienes pendiente.

jueves, mayo 14, 2026

Libro No teníamos negros de Montserrat Arre

Terminé de leer No teníamos negros, de Montserrat Arre Marfull, y quedé golpeado.

No por sorpresa intelectual. Sino por algo más incómodo: el reconocimiento.

Montserrat Arre
Hay hechos históricos que uno "sabe" de manera abstracta. Pero de pronto —por cómo están narrados, o por el momento en que uno los lee— adquieren otra densidad. Eso me pasó aquí con la esclavitud. Europeos viajando a África a capturar seres humanos. Transportándolos hacinados en barcos. Vendiéndolos como propiedad. Y lo más perturbador: aquello no era visto como una aberración. Era parte de la normalidad del mundo.

La historia humana está llena de horrores que alguna vez parecieron naturales.


Chile abolió la esclavitud en 1823. Antes incluso existía la "libertad de vientre": todo hijo de esclava nacía libre. Estuvimos entre los primeros en América Latina en avanzar en esa dirección.

Pero abolir una ley no significa abolir una mirada.

Lo que el libro muestra con mucha fuerza es que, después de la Guerra del Pacífico, Chile incorporó territorios del norte donde la presencia afrodescendiente era estructural —no marginal. El sistema minero de Potosí había requerido enormes cantidades de mano de obra esclava. Arica era la salida al Pacífico de toda esa riqueza. Los negros estaban ahí desde hace siglos, tejidos en la historia de esa tierra.

Y sin embargo, Chile fue construyendo una narrativa de sí mismo como país "blanco-mestizo", dejando lo negro en un rincón borroso de la memoria.

"No teníamos negros."

El título del libro es brutal en ese sentido. No significa que no existieran. Significa que aprendimos a no verlos.


Leyendo esto, me vino un recuerdo personal que me incomodó bastante.

Hace años, un pololo de una hija mía me generaba una reacción física extraña. Yo conscientemente quería recibirlo bien. Pero algo en mí —quizás por cómo se vestía, cómo se movía— reaccionaba con desconfianza. Como si se me "pararan los pelos".

Esa experiencia me hizo pensar que dentro de nosotros todavía habitan mecanismos tribales muy profundos.

La pregunta no es si los tenemos. La pregunta es qué hacemos con ellos.

Porque una cosa es sentir el impulso primario. Otra muy distinta es convertirlo en desprecio, discriminación o violencia. Y la historia muestra cuán fácilmente lo segundo puede ocurrir cuando nadie lo cuestiona.


Hoy Chile vuelve a transformarse.

Las calles se llenaron de nuevos colores, nuevos acentos, nuevas culturas. Venezolanos, haitianos, colombianos. El país se volvió de nuevo más mestizo, más híbrido, más múltiple.

Y las reacciones son diversas. Hay miedo. Hay rechazo. Hay racismo abierto. Pero también hay apertura.

En mi caso, siempre he sentido más curiosidad que amenaza ante lo distinto. Creo que tiene que ver con años de coaching: he aprendido que cada mirada diferente amplía el mundo. Que cada cultura trae conversaciones nuevas. Que cuando aparece alguien distinto en un grupo, la conversación se enriquece. Se vuelve menos tribal. Más humana.


Por eso este libro me dejó pensando no solo en la historia de Chile, sino en algo más amplio y más urgente:

Lo rápido que construimos jerarquías entre personas.

Y lo difícil que nos resulta mirar verdaderamente al otro como un igual.

Quizás una de las tareas más profundas de una sociedad —y de cada uno de nosotros— sea justamente esa: aprender a convivir con la diferencia sin convertirla en amenaza.

Porque cuando una cultura empieza a creer que ciertos seres humanos valen menos que otros, la barbarie nunca está demasiado lejos.

Y la historia, cuando se cuenta bien, nos lo recuerda.