viernes, octubre 16, 2026

Libro La lucha por el futuro humano de Jeremy Naydler

Un mito antiguo para un problema nuevo

Faetón era hijo de Helios, el dios que cada día conducía el carro del Sol por el cielo. Un día le pidió a su padre algo desmedido: manejar él mismo ese carro, aunque fuera una sola vez.

Helios había jurado concederle lo que pidiera. Intentó disuadirlo, pero ya no podía echar pie atrás. Faetón subió.

Los caballos notaron de inmediato que las riendas las sostenía una mano sin dominio. Se desbocaron. El carro se acercó demasiado a la Tierra, la quemó, y Zeus tuvo que fulminar al joven con un rayo. Faetón cayó muerto a un río.

Jeremy Naydler toma esta imagen para hablar de nosotros. ¿Y si estuviéramos subidos al carro del Sol sin haber desarrollado la sabiduría que se necesita para conducirlo?

Poder sin sabiduría

La tecnología que hoy llamamos inteligencia artificial es un poder de tal envergadura que no basta con aprender a usarla. Hay que preguntarse quién la va a conducir y desde dónde.

Faetón tenía la autorización. Tenía el carro. Le faltaba lo único que no se puede conseguir con un permiso: el desarrollo interior.

Por eso el libro es, en el fondo, un llamado a trabajar en las personas antes que en las máquinas. Sin interioridad, la herramienta más brillante termina en manos de un conductor que no sabe qué hacer con ella.

Un planeta que se vuelve "inteligente"

Lo que más se me quedó en la retina es lo que el autor dice sobre la infraestructura que hace posible todo esto. Miles de satélites en órbita, redes de quinta generación, antenas por todas partes, y la llamada internet de las cosas, donde los objetos se hablan entre sí y actúan con inteligencia artificial incorporada.

Es un mundo muy atractivo. Automático, eficiente, cómodo.

Pero Naydler pregunta algo incómodo: ¿de verdad el planeta necesita volverse "inteligente"? ¿Qué necesidad humana genuina estamos atendiendo?

Una de sus preocupaciones es que estamos llenando la atmósfera de radiación electromagnética en un nivel muy superior al natural. Él se pregunta qué efectos puede tener sobre los seres vivos, sobre los más pequeños, sobre aquello de lo que depende el equilibrio de la naturaleza. Es un tema en el que la ciencia no está de acuerdo, y justamente por eso merece conversación y no silencio.

Y hay un ejemplo que me inquietó: laboratorios que desarrollan abejas robóticas para reemplazar a las reales. Cuando se empieza a diseñar el reemplazo de un ser vivo, ¿no es una señal de que algo se nos fue de las manos?

Si las máquinas producen, ¿qué hacemos nosotros?

Durante siglos nos dedicamos a producir bienes y servicios. De eso hemos sacado buena parte de nuestro sentido, nuestra identidad y nuestro lugar en la sociedad.

Si ese trabajo lo van a hacer las máquinas, la tecnología y las cosas conectadas entre sí, ¿cuál será entonces nuestra tarea? ¿Para qué vamos a estar?

Son preguntas que no podemos dejar para después. Cuando la respuesta nos llegue hecha por el mercado, ya será tarde para elegirla.

Dos inteligencias que no hay que confundir

Este es, para mí, el corazón del libro.

Naydler compara el pensamiento humano con la luz. No vemos la luz, pero gracias a ella vemos el mundo. Así también el pensamiento: casi nunca lo miramos, y sin embargo es lo que ilumina todo lo demás.

Nuestro pensamiento es consciente. La inteligencia artificial procesa, calcula y responde, pero lo hace sin conciencia.

Y hay más. Nuestro pensamiento puede ser amoroso. En su mejor versión, como ocurre en una buena conversación de coaching, el pensar ilumina la existencia del otro. Le abre la posibilidad de ser más de lo que creía, y lo lleva hacia su propia interioridad.

Además, podemos pensar sobre el pensar. Podemos detenernos y mirarnos pensando. Eso, hasta donde entendemos, una máquina no lo hace.

La libertad en juego

El autor sostiene que la libertad pertenece a la esencia de lo humano, y que mientras más sofisticada se vuelve la tecnología, más tiende a erosionarla. No por maldad, sino por comodidad. Si todo se decide por nosotros, ¿cuándo volvemos a elegir?

Quizás por eso el libro insiste en recuperar el asombro y una mirada casi sagrada hacia la naturaleza. Lo que se pierde cuando miramos el mundo solo como un recurso que optimizar es justamente aquello que nos hace humanos.

Por qué vale la pena leerlo

No es un libro contra la tecnología, ni un manual de pánico. Es un discernimiento. Una invitación a distinguir qué es inteligencia y qué es pensamiento, y a no dejar que una se haga pasar por la otra.

Además recorre la historia de la conciencia humana, de modo que lo que dice sobre el presente tiene raíces profundas. Se puede estar de acuerdo con él o no. Lo que difícilmente se puede es leerlo y quedar indiferente.

Yo lo leí con un lápiz en la mano y muchas preguntas en la cabeza.

Para conversar

Si Faetón pidió el carro sin estar preparado, y su padre se lo concedió por un juramento, ¿quién nos está entregando hoy las riendas a nosotros? ¿Y qué estamos haciendo, cada uno, para llegar a ellas con la sabiduría que se necesita?



miércoles, octubre 14, 2026

El dinero según Rudolf Steiner, de acuerdo al libro anterior de Gary Lamb

Hay libros que uno lee con lápiz en la mano. Este me obligó a dejarlo sobre la mesa y mirar por la ventana un buen rato.

En Economía asociativa (Associative Economics: Spiritual Activity for the Common Good), Gary Lamb presenta una concepción del dinero, inspirada en Rudolf Steiner, que es profundamente distinta de la que domina nuestra economía actual.

Para entenderla hay que hacer algo difícil: abandonar por un momento nuestra manera habitual de pensar el dinero.


¿Para qué sirve el dinero?

La idea central es simple de enunciar y difícil de digerir.

El dinero no debería ser un instrumento para acumular riqueza y ejercer poder sobre los demás. Debería ser una herramienta que facilite la circulación de los bienes, el trabajo humano y la satisfacción de las necesidades de la comunidad.

Para Steiner, el dinero no tiene valor por sí mismo. Su importancia proviene de las relaciones económicas que representa y hace posibles.

Es decir, el dinero sería un medio. ¿Cuántas veces lo tratamos como un fin?

Tres funciones, no tres monedas

Aquí aparece una de las distinciones más interesantes: no todo el dinero cumple la misma función. Steiner distingue tres.

Dinero de compra. Es el que usamos para adquirir pan, ropa, transporte o alimentos. Hace que los productos del trabajo circulen y satisfagan necesidades.

Dinero de préstamo. Es el que financia iniciativas productivas: capital para que un agricultor desarrolle su campo o para que un emprendedor cree su empresa. Su valor económico depende de las capacidades de quien lo utiliza.

Dinero de donación. Es el que entregamos sin exigir una devolución económica equivalente. Sostiene la educación, el arte, la investigación y la cultura.

Esta distinción aparece de manera explícita en las conferencias económicas que Steiner dio en 1922. Y no se trata de crear tres monedas diferentes. Son tres funciones que el dinero ya cumple, aunque habitualmente no las distinguimos.

El dinero debería envejecer

Esta es la idea que más me sorprendió.

Pensemos en una manzana. Si no la comemos, se pudre. Una máquina se desgasta. Una casa pide mantenimiento.

El dinero, en cambio, puede quedar guardado durante años e incluso generar más dinero mediante inversiones. Parece escapar del paso del tiempo mientras todo lo real envejece.

Steiner veía ahí un problema, y por eso exploró la idea de un dinero que envejece, cuyo valor y función cambian a lo largo del ciclo económico.

La imagen sería esta: el dinero, en lugar de acumularse indefinidamente, circula, financia capacidades productivas, contribuye a actividades de interés común y se renueva. Steiner pensaba que las asociaciones económicas podrían ayudar a administrar esas transiciones.

Conviene aclarar que se trata de un esquema conceptual, no de un mecanismo monetario ya implementado.

¿Y los bancos? ¿Y los intereses?

También aquí cambia el enfoque.

En el sistema convencional, quien dispone de capital lo presta buscando una rentabilidad financiera. En la visión asociativa, la pregunta sería otra: ¿dónde puede este capital contribuir mejor a satisfacer necesidades humanas y a desarrollar capacidades productivas?

Las asociaciones económicas conectarían a quienes tienen recursos disponibles con quienes saben utilizarlos productivamente.

Esto no significa necesariamente prohibir todo interés ni eliminar cualquier intermediación financiera. Significa que el crédito esté vinculado de manera consciente con la economía real y con sus consecuencias sociales, y no que funcione como un fin en sí mismo.

El dinero de donación: una idea extraordinaria

De las tres funciones, esta es la que más me entusiasma.

Imaginemos una sociedad que destina parte de su excedente económico a financiar libremente escuelas, universidades, artistas, científicos y centros de investigación. Quienes reciben esos recursos no necesitan generar una rentabilidad financiera inmediata. Pueden dedicarse a desarrollar capacidades humanas y culturales que beneficiarán a generaciones futuras.

Para Steiner esto no es simple caridad. Es una función esencial de una economía sana.

La economía produce recursos materiales, pero también necesita sostener aquellas actividades que desarrollan las capacidades humanas de las que dependerá su propio futuro. Es una idea que se conecta de manera natural con la educación Waldorf.

La pregunta de los mil millones

Supongamos que una persona acumula una fortuna de mil millones de dólares.

En nuestra sociedad, esa fortuna le da una enorme capacidad de decidir sobre inversiones, empresas y recursos. Desde la mirada asociativa cabría preguntarse: ¿por qué la capacidad de orientar tantos recursos productivos debería depender principalmente de quién posee el dinero, y no de quién tiene las mejores capacidades para usarlos en beneficio de la comunidad?

Ahí está uno de los cambios profundos que propone esta corriente: separar progresivamente el poder que otorga la posesión del capital de la responsabilidad de administrarlo productivamente.

Naturalmente, queda pendiente una pregunta difícil: ¿quién determina qué constituye un beneficio para la comunidad? ¿Y cómo se evita que las asociaciones terminen concentrando un nuevo poder?

No tengo una respuesta. Pero me parece una pregunta honesta, y de las que vale la pena sostener.

Mi interpretación

Lo que más me impresiona es que esta concepción transforma nuestra relación con el dinero.

En lugar de preguntarnos solamente cuánto dinero tenemos, nos invita a preguntarnos qué estamos haciendo posible con él. Y eso enlaza con la fraternidad como principio de la economía.

Hay una diferencia fundamental entre:

tener dinero para ejercer poder,

tener dinero para hacer posibles iniciativas,

entregar dinero para que otros puedan desarrollar sus capacidades.

Las tres situaciones pueden parecer monetariamente similares. Sus consecuencias humanas son muy distintas.

Una pregunta para ti

Si miraras tu dinero del último año, ¿cuánto de él fue compra, cuánto fue préstamo y cuánto fue donación? ¿Y qué dice esa proporción de lo que realmente estás haciendo posible en el mundo?


martes, octubre 13, 2026

Libro Economía asociativa de Gary Lamb

Un faro de hace más de cien años

Rudolf Steiner planteó estas ideas hacia 1917. Gary Lamb las rescata y las ordena en Economía asociativa. Estamos en 2026, ha pasado más de un siglo y, mientras leía, tuve la sensación de que el libro describe nuestro presente con una precisión incómoda.

¿Y si lo que ocurre no es que las ideas hayan quedado viejas, sino que aún no estamos preparados para ellas?

Una sociedad en tres capas

Steiner propone que la vida social no es una sola cosa, sino tres, y que cada una necesita su propio principio:

  • Cultura y espiritualidad (educación, arte, religión): el principio es la libertad.
  • Derechos y gobierno (leyes, democracia): el principio es la igualdad. Una persona, un voto.
  • Economía: el principio es la fraternidad.

Las dos primeras me parecen de sentido común. La tercera es la que remece.

¿Fraternidad en la economía?

Hoy damos por obvio que la economía funciona con egoísmo individual y competencia. Steiner dice que ese es justamente el error. Propone una economía basada en el altruismo, en la preocupación por el otro y en la colaboración.

¿Suena ingenuo? Quizás. Pero ¿cuánto nos ha costado el camino contrario? Desigualdad en el reparto de los ingresos. Daño ecológico. Personas agotadas, compitiendo entre sí.


Cuando las capas se mezclan

Lo más potente de la propuesta es que las tres capas no deben interferir entre sí.

Y mira cómo estamos: las campañas políticas se financian con dinero. ¿Cuánto de lo que se legisla responde a quienes pueden pagar para que así sea?

La educación, por su parte, la define el Estado, es decir, los mismos políticos. Y en los colegios se han ido reduciendo el arte y la dimensión espiritual para concentrarnos en matemáticas y lenguaje. ¿Para qué educamos? ¿Para formar personas libres o personas dóciles y funcionales a una línea de producción?


La idea que toca lo sagrado

Aquí Gary Lamb, siguiendo a Steiner, es radical de verdad: la tierra y los bienes de producción no deberían ser propiedad privada.

No se trata de que los tenga el Estado. Se trata de que pertenezcan a fideicomisos u organizaciones sin fines de lucro, que los entregan a quienes puedan usarlos bien. Mientras los usas bien, son tuyos para trabajarlos. Cuando ya no puedes, o mueres, vuelven al fideicomiso, que decide a quién confiárselos a continuación.

Soy hijo del siglo XX. La propiedad privada es casi un bien sagrado de nuestro sistema. Tocarla parece impensable. Y sin embargo, ¿qué pasaría si la pregunta dejara de ser "¿de quién es?" y pasara a ser "¿quién puede hacerlo mejor para todos?"

Lo que está en juego es el ser humano

Esto no es solo ingeniería económica. Steiner sabía que ningún sistema funciona con personas que no han cambiado. Por eso desarrolló también un sistema educativo, la pedagogía Waldorf, pensado para formar niños capaces de altruismo, de cooperación y de preocuparse por los demás.

El cambio de sistema y el cambio de persona van de la mano. Uno sin el otro no se sostiene.

Un ejemplo concreto: la agricultura

Lo que más me alucinó son las asociaciones. Imagina esto: los agricultores se asocian entre ellos. Invitan a los consumidores, que también se organizan en colectivos. Se suma la dimensión legal. Y todos juntos conversan: cuánto hay que producir de cada alimento, y a qué precio, para que todo el mundo pueda acceder a él.

Sin que cada uno negocie a ciegas, sin guerra de precios, sin que el que produce le tema al que consume.

No puedo decir menos: me parece alucinante.

Por qué creo que hay que leerlo

Vivimos tiempos confusos. Como civilización andamos algo perdidos. Yo creo que Steiner es un faro en la noche oscura. No porque tenga todas las respuestas, sino porque hace preguntas que hemos dejado de hacer.

Este libro es, para mí, de lectura obligada.

Y tú, que estás leyendo esto: si la economía se guiara por la fraternidad y no por la competencia, ¿qué sería lo primero que cambiaría en tu vida?



jueves, octubre 08, 2026

El arte de preguntar y escuchar: metodologías de conversación que vale la pena conocer

Una intuición de partida

Pasamos buena parte de la vida conversando: en el trabajo, en la familia, con amigos, con nosotros mismos. Y sin embargo, casi nadie nos enseñó a conversar bien.

Aprendimos a debatir, a convencer, a defender una posición. Aprendimos a opinar rápido y a buscar soluciones antes de haber comprendido el problema.

¿Y si la calidad de nuestras decisiones dependiera, en gran parte, de la calidad de nuestras conversaciones?


Un tesoro poco conocido

Hace décadas que existen metodologías que se ocupan precisamente de eso: de cómo conversar para comprender, para decidir, para transformar. Nacieron en lugares distintos, con propósitos distintos, y muchas veces se las conoce sólo en círculos de facilitadores y consultores.

Creo que merecen ser mucho más difundidas. No son técnicas para "manejar" a otros. Son maneras de prestar atención, de preguntar y de escuchar que enriquecen cualquier encuentro humano.

Quiero presentarte cinco de ellas. Con ánimo de invitación, no de manual.

1. Indagación apreciativa: partir de lo que da vida

Desarrollada en los años ochenta por David Cooperrider (link) y Suresh Srivastva, en la Universidad Case Western Reserve, propone iniciar el cambio investigando lo que ya funciona.

Si en una organización hay poca colaboración, el camino habitual es preguntar por qué no colaboramos y quién lo impide. La indagación apreciativa pregunta otra cosa: ¿Cuándo colaboramos extraordinariamente bien? ¿Qué lo hizo posible?

Su idea más provocadora es que preguntar ya es intervenir. Las preguntas que hacemos orientan la atención y, con ella, lo que somos capaces de ver.

No se trata de pensar en positivo ni de esquivar el dolor. Se trata de no dejar que el problema sea la única definición de una persona o de un grupo.

2. Conversaciones enfocadas (ORID): no saltar de los hechos a las soluciones

Surgieron en el Institute of Cultural Affairs (link) y proponen una secuencia de cuatro momentos: lo objetivo (qué ocurrió), lo reflexivo (qué nos provocó), lo interpretativo (qué significa) y lo decisorio (qué haremos).

Su aporte es simple y poderoso: no confundir comprender con decidir. Entre una experiencia y una acción hay un proceso de elaboración que merece su propio espacio.

¿Cuántas decisiones habríamos tomado distinto si nos hubiéramos dado tiempo para pasar por los cuatro momentos?

3. Comunicación No Violenta: escuchar las necesidades detrás de las palabras

Marshall Rosenberg (link) planteó que, detrás de lo que decimos y hacemos, hay necesidades humanas que intentamos satisfacer. Su propuesta: observar sin juzgar, reconocer lo que sentimos, identificar qué necesitamos y formular peticiones claras, que el otro pueda responder con un sí o con un no.

Distingue además entre necesidad y estrategia. Que mi hijo me llame todos los días es una estrategia. La necesidad quizás sea conexión o tranquilidad. Y esas necesidades pueden satisfacerse de más de una manera.

Cuando dejamos de preguntarnos quién tiene la razón y empezamos a preguntarnos qué es importante para cada uno, la conversación cambia de naturaleza.

4. World Café: la inteligencia que aparece entre las personas

Juanita Brown y David Isaacs (link) lo desarrollaron a partir de 1995. Reúne a muchas personas en pequeñas mesas, con papel y lápices, para explorar una pregunta que realmente importe. Cada cierto tiempo la gente rota de mesa y las ideas viajan, se mezclan y evolucionan.

Su propósito no es alcanzar rápido un consenso, sino construir una comprensión colectiva más rica de lo que ninguno lograría solo.

Aquí la pregunta es el centro de todo. No es lo mismo preguntar "¿cómo aumentamos la productividad?" que "¿qué queremos hacer posible juntos que hoy ninguno podría lograr por separado?".


5. Conversación goethiana: quedarse junto al fenómeno

Inspirada en la manera en que Goethe (link) observaba la naturaleza, es una conversación que no busca ganar, sino comprender. Conviene aclararlo: tal como se practica hoy, es un desarrollo posterior inspirado en él, no un método que Goethe haya formulado.

Se parte de la observación atenta de una experiencia, se escuchan las distintas perspectivas sin apresurarse a rebatirlas y se deja que una comprensión más amplia vaya apareciendo. Al final no siempre hay un acuerdo, pero sí nuevas preguntas.

Es un antídoto contra la urgencia de tener respuestas. ¿Cuándo fue la última vez que permaneciste en una conversación sin saber todavía adónde iba?

Bonus: la Teoría U, o la calidad del lugar desde donde actuamos

Otto Scharmer (link), del MIT, sostiene que los resultados que producimos dependen de la calidad de la conciencia desde la cual actuamos. Su recorrido tiene forma de U: descender para observar y sentir con mayor profundidad, hacer una pausa en el fondo (lo que llama presencing) y ascender para crear y experimentar lo nuevo.

Uno de sus aportes más útiles son los cuatro niveles de escucha: escuchar para confirmar lo que ya pienso, escuchar los datos que me contradicen, escuchar con empatía y escuchar de manera generativa, abriendo posibilidades que nadie había considerado.

Si lo pienso con honestidad, buena parte de mis conversaciones ocurren en el primer nivel.


El hilo que las une

Cada una tiene su énfasis. La indagación apreciativa investiga lo que da vida. ORID ordena el paso de la experiencia a la decisión. La CNV sostiene el encuentro entre dos personas. El World Café conecta a una comunidad. La conversación goethiana cultiva la paciencia de comprender. La Teoría U transforma el lugar interior desde el cual miramos.

Y todas, de una u otra forma, se apoyan en lo mismo: en la convicción de que una buena pregunta y una escucha verdadera valen más que una respuesta apresurada.

Esa es también la razón por la que me interesan tanto en mi trabajo de coaching. Cuando acompaño a alguien a encontrar sus propias preguntas, esas de las que está dispuesto a hacerse cargo, cada una de estas metodologías me enseña algo sobre cómo hacerlo con más respeto y más paciencia.

Ninguna es una receta. Sirven como brújulas. Y en la era de la inteligencia artificial, cuando las respuestas son cada vez más abundantes y rápidas, quizás lo escaso sea justamente la calidad de nuestras preguntas y de nuestra escucha.

Una provocación final

Piensa en la última conversación importante que tuviste: una decisión difícil, un desacuerdo, un momento de verdad con alguien querido.

¿Escuchaste para comprender o para responder? ¿Qué pregunta habría cambiado el rumbo de esa conversación? Y si hoy pudieras elegir una sola de estas maneras de conversar para ensayar esta semana, ¿Cuál sería?



martes, octubre 06, 2026

IA, preguntas y humanidad: lo que aprendí en Cristo Vive

Cuatro lunes con quienes acompañan a los más pobres: lo que aprendí hablando de IA

Hace poco terminé un taller de Coaching en IA con el equipo ejecutivo de la Fundación Cristo Vive. Cuatro sesiones. Lo acordamos con su gerente general, Fernando Contardo, y puedo decir sin exagerar que fue una experiencia bella.

Cristo Vive trabaja con las personas que tienen menos recursos: capacitación, salud primaria, educación, discapacidad, adicciones. Gente que pasa sus días mirando de frente la vulnerabilidad. Y yo llegaba a hablarles de inteligencia artificial.

¿Qué podía tener que decirles una tecnología a quienes cuidan personas?

Alejandro Medina, Esteban Ramirez, Claudio Orrego, Ana María Salgado, Ivan Olate, Kelly Calderón

No fue un taller técnico

Hubo herramientas, claro. Probamos distintos modelos con una misma pregunta. Vimos cómo se arma un buen prompt, cómo conversar con un cuaderno de fuentes, qué diferencia hay entre un chat y un agente que actúa con autonomía.

Pero lo que de verdad ocurrió fue otra cosa. Se conversó de cómo les pasaba a ellos con todo esto. Había quienes sentían temor y quienes sentían fascinación. Algunos se preocupaban por el empleo, otros por los riesgos, otros veían una oportunidad para llegar más lejos con la gente que atienden.

Esa mezcla fue lo más valioso. Al final, el propio grupo lo dijo: lo que más apreciaban era la dinámica que se había dado entre ellos.

Creo que ahí está un ingrediente esencial de lo que yo hago. Facilitar no es transmitir información. Es abrir un espacio donde las personas puedan decir qué les pasa.

Una herramienta, dijeron

Si hubo una palabra que el grupo quiso conservar fue esa: herramienta. La IA es una herramienta.

Me gusta, porque ordena. Pero no estoy seguro de que alcance. Un martillo no escribe una carta. Una herramienta que escribe, que conversa, que consuela, ¿sigue siendo solo una herramienta?

El dilema del texto escrito desde el alma

En una de las sesiones surgió un punto que quedó flotando en el aire, y que todavía me ronda.

Cuando escribo algo desde el alma, con mis imperfecciones, y la IA produce un texto que puede ser leído y juzgado como mejor que el mío, ¿qué hago? ¿Me quedo con mi versión pristina, o me paso a la asistida?

Casi todos, en el grupo, dijeron que preferían la carta humana, aunque fuera menos impecable. Pero entonces vino la otra pregunta: ¿cómo vamos a distinguir su origen? Si ya no podemos, ¿qué le pasa a la confianza entre las personas?

Y hay un matiz que me parece importante. Puede ocurrir que lea lo que me propone la IA y diga: sí, esto es justo lo que quería decir, solo que yo no lo había podido decir así. ¿Puedo entonces asumir ese texto como mío? Creo que sí, si me hago cargo. Si lo leo, lo reconozco y respondo por él. Pero admito que no lo tengo resuelto.

Es un peligro y a la vez un aporte. Las dos cosas a la vez.

Fernando Contardo, Teresa Winter, Nicolas Morovich, Carmen, Verónica y Gabriel

No hay escapatoria, pero sí un borde

No llegamos a una conclusión definitiva, y no creo que fuera el objetivo. Lo que sí tengo claro es lo siguiente.

Esta ola nos va a alcanzar, queramos o no. Puede distorsionar algo de lo humano que somos. Ignorarla no nos protege.

Lo mejor que podemos hacer es no ser ignorantes. Aprender de estas tecnologías, probarlas, equivocarnos con ellas. Y buscar ese borde por el cual no nos aplasten, sino que nos potencien. Que nos hagan más humanos, no menos.

Uno de los temas que quedó asentado fue la potencia de las preguntas. En un mundo donde las respuestas se vuelven abundantes, lo escaso son las preguntas que uno habita y de las que uno se hace responsable. Fernando nos regaló las suyas en la última sesión, nacidas de su trabajo con quienes más lo necesitan. Eran preguntas con alma, y ninguna IA podría haberlas hecho por él.

Lo que me llevo

Me llevo la certeza de que la conversación entre personas vale más que cualquier demostración técnica. Me llevo el respeto por un equipo que, con todos sus temores, se atrevió a mirar de frente algo nuevo. Y me llevo la sospecha de que el recurso escaso del futuro no serán las respuestas, sino el propósito.

Y tú, que lees esto: si una máquina escribiera hoy mejor que tú lo que sientes, ¿publicarías su texto o el tuyo?



jueves, octubre 01, 2026

Cuidado con enamorarse

Visito a mi madre periódicamente y conversamos un día sobre la pareja, el amor y el enamoramiento, desde nuestras reflexiones y experiencias. Hay matices, diferencias, coincidencias. Llego a mi casa, retomo el tema con ChatGPT. Le cuento lo que he conversado, lo que pienso del tema y le pido ayuda para enriquecer la conversación. Le pido aportes. iniciamos una conversación. va y viene. Finalmente le pido que escriba un posteo de blog con lo que hemos conversado. Me entrega un material, lo leo, lo presenta bien, lo que me parece una buena provocación de un tema sensible. Te lo comparto:


Probablemente pocas frases parecen más absurdas que esta:

Cuidado con enamorarse.

Nos han enseñado exactamente lo contrario. Desde las novelas hasta las canciones, desde Hollywood hasta nuestros propios recuerdos, enamorarse aparece como una de las mejores cosas que pueden ocurrirnos.

Y, por supuesto, lo es.

Estar enamorado puede ser maravilloso.

Pero eso no significa que siempre sea bueno que nos ocurra.

Hace algún tiempo conocí los trabajos de Helen Fisher, antropóloga norteamericana que dedicó buena parte de su vida a estudiar el amor romántico. Sus investigaciones mediante imágenes cerebrales muestran algo fascinante: cuando una persona está intensamente enamorada se activan zonas del sistema de recompensa cerebral vinculadas con la dopamina, algunas de las mismas que participan en fenómenos adictivos. Fisher llegó a hablar del enamoramiento como una “adicción natural”.

Esto explica bastante bien algunas cosas que todos conocemos.

El enamorado no mira simplemente a otra persona.

La mira bajo una luz especial.

Esa persona se vuelve extraordinaria. Nos interesa cómo habla, cómo camina, qué piensa. Sus virtudes se magnifican y sus defectos pueden incluso parecernos encantadores.

Hay una focalización brutal de la atención.

Entre ocho mil millones de seres humanos, de pronto uno adquiere una luminosidad que los otros siete mil novecientos noventa y nueve millones no tienen.

Y aquí aparece lo que, para mí, es todavía más interesante.

Cuando me enamoro, no sólo descubro al otro

Descubro también una versión desconocida de mí mismo.

Me sorprendo diciendo cosas que no decía.

Siento emociones que creía perdidas.

Aparecen deseos, valentías, vulnerabilidades, fantasías.

El mundo parece ensancharse.

Tal vez por eso enamorarse resulta tan irresistible.

Creemos que estamos fascinados por otra persona, pero una parte importante de la fascinación puede provenir de la persona en que nosotros mismos nos convertimos cuando estamos con ella.

El otro nos abre una puerta.

Y detrás de esa puerta aparecemos nosotros.

Quizás sea por eso que una experiencia amorosa importante nos transforma, incluso cuando termina.

Uno rara vez sale del enamoramiento exactamente como entró.

El enamoramiento como fuerza evolutiva

Helen Fisher distingue tres grandes sistemas relacionados, pero diferentes: el deseo sexual, la atracción romántica y el apego. Su hipótesis es que el amor romántico habría evolucionado para concentrar nuestra energía reproductiva en una persona determinada, mientras que el apego favorecería la permanencia suficiente de la pareja para criar juntos.

Visto así, el enamoramiento es una maquinaria extraordinariamente poderosa.

Imaginemos una pareja joven, disponible, que se encuentra, se enamora, decide construir una vida, tiene hijos y con los años transforma la exaltación inicial en cariño, complicidad, sexualidad, amistad, cuidado y proyecto común.

En ese escenario, el enamoramiento parece casi una genialidad de la evolución.

Hace que dos desconocidos se digan:

“Contigo.”

Y comiencen una historia.


Pero la misma fuerza puede caer como una bomba

¿Qué ocurre cuando esa maquinaria se activa en una persona que ya tiene una historia construida?

Veinte años de matrimonio.

Tres hijos.

Una casa.

Una red de amistades.

Proyectos.

Una empresa.

Una identidad familiar.

Y un martes cualquiera aparece alguien.

Y ocurre.

Se enamora.

El sistema cerebral no pregunta por el estado civil.

No consulta a los hijos.

No revisa la cuenta corriente.

No calcula las consecuencias.

Simplemente se enciende.

Y comienza entonces una de las confusiones más peligrosas:

“Si siento algo tan intenso, debe ser verdadero.”

Puede ser verdadero.

Pero de ahí no se sigue que deba ser obedecido.

Ese me parece el punto central.

Sentir no obliga a actuar

Nos cuesta mucho aceptar esta distinción porque hemos convertido la autenticidad en una especie de mandamiento:

“Si esto es lo que siento, tengo que seguirlo.”

No necesariamente.

Un sentimiento puede ser auténtico y una decisión basada en él puede ser desastrosa.

Uno puede enamorarse genuinamente de alguien y, al mismo tiempo, concluir:

“Esto que me está ocurriendo no quiero convertirlo en acción.”

Esa posibilidad me parece profundamente humana.

No consiste en negar lo que sentimos.

Consiste en no entregar automáticamente el timón de nuestra vida a aquello que sentimos.

Porque el enamoramiento tiene una característica particularmente peligrosa: altera nuestra valoración de la realidad justamente cuando nos sentimos más lúcidos que nunca.

El enamorado suele pensar:

“Ahora finalmente entendí.”

Puede que haya entendido algo.

Pero también puede estar mirando la realidad desde un estado de intensificación emocional extraordinario.

No tomar decisiones permanentes desde estados transitorios

Ésta quizá sea la regla que me interesa rescatar.

No sólo para el amor.

También para el miedo, la rabia, la euforia, el resentimiento.

Los grandes estados emocionales contienen información preciosa.

Pero no necesariamente contienen instrucciones.

Escúchalos. No siempre los obedezcas.

Si alguien que lleva veinte años casado se enamora de otra persona, quizá la primera pregunta no debiera ser:

“¿Dejo a mi mujer?”

Tal vez debiera ser:

“¿Qué está despertando en mí esta persona?”

¿Qué parte mía estaba dormida?

¿Qué extraño?

¿Qué deseo?

¿Qué se perdió en mi vida?

¿Qué estoy proyectando sobre esta persona?

¿Qué me está mostrando este enamoramiento sobre mí?

Aquí aparece una posibilidad extraordinariamente interesante.

El enamoramiento que amenaza con destruir una vida podría convertirse también en una fuente de información para transformarla.

No siempre, por supuesto.

Hay matrimonios que deben terminar.

Hay encuentros tardíos que abren caminos verdaderos.

No pretendo defender la conservación de cualquier pareja a cualquier precio.

Mi punto es otro:

la intensidad de una emoción no constituye por sí sola evidencia de que debamos reorganizar nuestra vida alrededor de ella.


Quizás enamorarse sea maravilloso precisamente porque es peligroso

El fuego sirve para cocinar.

También puede quemar una casa.

Nadie concluye por eso que el fuego sea malo.

Aprendemos a relacionarnos con él.

Quizás con el enamoramiento deberíamos hacer algo parecido.

Celebrarlo cuando llega.

Escucharlo.

Dejarnos sorprender por aquello que revela de nosotros mismos.

Pero también conservar una pequeña zona de conciencia capaz de observarlo.

Una voz que diga:

“Estoy enamorado. Esto que siento es enorme. Precisamente por eso voy a tener cuidado con lo que hago.”

Porque algunas veces enamorarse puede ser el comienzo de una vida.

Y otras veces puede ser el comienzo de su demolición.

La emoción puede ser igualmente verdadera en ambos casos.

Lo que cambia es qué hacemos con ella.

A veces creemos que nos enamoramos de una persona. Quizás también nos enamoramos de quien descubrimos que podemos ser cuando estamos con ella.



jueves, septiembre 24, 2026

Con la IA florece el desierto florido

Esta metáfora del desierto florido, sobre la relación entre la inteligencia artificial (IA) y los humanos, me la aportó Pedro Flores. Él dice que el agua de nuestras preguntas, de nuestras intervenciones, hace que de la IA broten las flores de un desierto florido. Que no es en los fierros de la tecnología donde brotan las flores, sino en las mentes y los corazones de nosotros, las personas.

La inteligencia artificial es mirada por muchos con desconfianza, como un espacio desértico, como datos y más datos, amasados y recuperados a la velocidad del rayo, sin ser más que un "loro estocástico" (una conexión de palabras mediante algoritmos estadísticos).


Me pregunto cómo funciona nuestro cerebro cuando hablamos, generando ese río de palabras que no tuvieron tiempo para ningún preámbulo, ningún borrador, generadas en procesos de alta velocidad, una palabra tras otra, en apariencia con total lógica, sentido y racionalidad.
¿No seremos también algún tipo de loro estocástico más desarrollado?

La IA, esa cosa al otro lado de la pantalla, parece un verdadero desierto si no se nos ocurre nada que preguntar, nada que pedir.
Es cuando en nosotros brotan las preguntas, surgen los pedidos, que al ser lanzados a la superficie del desierto de la IA, hacen emerger y aflorar más maravillas.
Esto nos pone frente a frente al verdadero desafío que es la IA. ¿Cuáles son tus preguntas, cuáles son tus inquietudes, cuáles son tus intereses?

Tras estas preguntas está mi servicio, que llamo Coaching de las Preguntas para la Era de la IA.

Pero no es solo eso. Cuando te llega de vuelta la devolución de la IA, necesitas criterio, discernimiento, intención, para que de verdad puedan florecer las flores de lo que estoy llamando el desierto florido.
No se trata de que la IA piense por ti, sino de que te ayude a pensar mejor tú.

La IA puede generarte muchas ideas, muchos brotes. Solo tú puedes saber cuál te sirve y cuál no, cuál vale la pena y cuál más vale descartar; ese criterio es solo tuyo. Y debes tenerlo desarrollado.


Los principales brotes surgen de tu introspección, de tu silencio, de tu experiencia, de tus conversaciones con otros. Y a partir de ellos vas a la IA y profundizas, ensanchas, vas más lejos, en un diálogo entre pares, sabiendo siempre que el que tiene la experiencia, las emociones, la chispa divina, eres tú. Y solo tú.

Estoy convencido de que la convivencia con la IA nos obliga a profundizar y, a veces, a iniciar el desarrollo personal. Porque la IA, y el posible desierto florido que emerja, es solo resorte tuyo.



miércoles, septiembre 23, 2026

Libro Nunca te pares de Phil Knight

Un joven con una idea y 50 dólares prestados

Phil Knight es un norteamericano del estado de Oregon, justo al norte de California. Estudió periodismo en la Universidad de Oregon, donde practicaba mucho atletismo bajo la dirección de su entrenador —y más tarde socio— Bill Bowerman. Después hizo un MBA en Stanford, donde desarrolló, como trabajo de curso, la idea de un emprendimiento: importar zapatillas deportivas desde Japón.

¿Cuántas grandes empresas no nacieron así, como un ejercicio académico que alguien decidió tomarse en serio?

Le pidió un préstamo de 50 dólares a su padre y partió con un amigo a dar la vuelta al mundo, con la excusa de pasar por Japón y ofrecerse como representante de las zapatillas Tiger de Onitsuka Co. Les dijo a los japoneses que era representante de la firma Blue Ribbon Sports, que en ese momento no existía. Lo logró, y al volver a Estados Unidos comenzó su emprendimiento.


Un viaje que terminó solo

Ese viaje no lo inició solo Phil Knight, sino con su amigo de Stanford, Carter. Hicieron una parada en Hawái, donde se quedaron trabajando un tiempo. Ahí Carter conoció a una mujer de la que quedó prendado y decidió no continuar. Phil llegó a Japón solo y siguió solo el resto de la vuelta al mundo: Hong Kong, Filipinas, Tailandia, Vietnam, India, Nepal, Kenia, Egipto, Israel, Turquía, Italia, Francia, Alemania, Austria, Grecia e Inglaterra.

Fue en Grecia, visitando la Acrópolis, donde vio el templo de Atenea Niké, la diosa griega de la victoria. ¿Sabría entonces que ese nombre terminaría definiendo el resto de su vida?


Blue Ribbon Sports y los primeros pasos

En 1964, Phil y Bill Bowerman crean la sociedad Blue Ribbon Sports, con un aporte de aproximadamente 500 dólares cada uno. El primer pedido fue de 300 pares de zapatillas Tiger. Phil vendía personalmente, yendo a las competencias de atletismo en su auto, con las zapatillas en el maletero.

El primer empleado fue Jeff Johnson, otro atleta que había conocido en Stanford. Vendía igual que él, en los eventos deportivos, y fue quien años más tarde propuso el nombre Nike para la empresa —un nombre que había soñado—. Otra contratación relevante fue Bob Woodell, atleta entrenado también por Bowerman, que más tarde sería el primer COO de la compañía. Las primeras contrataciones fueron todas así: atletas y corredores que entendían el deporte porque lo vivían.


La empresa que crecía más rápido de lo que el banco toleraba

Un aspecto notable del desarrollo de la empresa de Phil Knight son sus frecuentes problemas con el banco, producto de un crecimiento rápido y de una falta de capital de trabajo adecuado. El banco veía poco patrimonio, poca caja y deuda creciente.

En 1971, el First National Bank of Oregon le cortó el financiamiento para las cartas de crédito que necesitaba para importar desde Japón. Knight salió a buscar un nuevo banco y lo encontró en el Bank of California. Fue por esa época que apareció una trading company japonesa, Nissho Iwai, que entendió el problema de Blue Ribbon y se convirtió en un pulmón financiero clave.

En 1975 debieron pagar una deuda importante con Nissho, para lo cual vaciaron las cajas de todos sus locales y empezaron a tener rebotes de cheques. El Bank of California les cortó el financiamiento y llamó al FBI por sospecha de estafa.

¿Cuánta innovación real nace justo en ese borde, entre la audacia y el desastre?


El nacimiento de una marca propia

La presión de los pedidos crecientes a Onitsuka fue deteriorando la relación. Phil entendió que no podían seguir dependiendo de un solo proveedor extranjero y decidieron fabricar sus propias zapatillas, bajo su propia marca.

Fue la diseñadora Carolyn Davidson, a quien había conocido en la universidad, quien diseñó el logo de Nike, el ya célebre "swoosh". Le pagó por ese trabajo 35 dólares. Corría el año 1972. Poco después, Phil Knight rompió con Onitsuka y se lanzó de lleno con su propia marca y su propia producción. En esa innovación, el aporte de Bill Bowerman como socio fue fundamental.


De 50 dólares a 32.000 millones

Cuando Phil Knight publicó este libro, en 2016, Nike tenía más de 50.000 empleados y había pasado de 30.000 a 32.000 millones de dólares en ventas anuales, con contratos de fabricación en más de 140 fábricas repartidas en 15 países.

Hoy entiendo que Nike está pasando por serios aprietos, llevando adelante medidas de ajuste estratégico, con ventas anuales por sobre los 46.000 millones de dólares y una planilla de 73.000 empleados a nivel global.

¿Será que toda gran historia empresarial está condenada a repetir, tarde o temprano, la misma tensión entre crecer y sobrevivir con la que empezó?



miércoles, septiembre 16, 2026

¿Quién condujo la creación de esto?

Hace unos días me quedé dando vueltas a una pregunta que aparece cada vez con más frecuencia en mis conversaciones: ¿quién es el autor de un texto escrito con ayuda de una inteligencia artificial?

La pregunta parece técnica. No lo es. Es una pregunta sobre qué significa crear, y por lo tanto sobre qué significa ser alguien que tiene algo que decir.


Autoría no es producción material

Empecemos por una distinción que me parece básica y que sin embargo olvidamos con facilidad: autoría no es lo mismo que fabricar cada pieza con las propias manos.

Un director de cine es autor de una película aunque no opere la cámara, no componga la música, no cosa el vestuario ni pronuncie una sola línea de diálogo. Un arquitecto es autor de una casa levantada por cientos de manos que no son las suyas.

¿Qué los hace autores, entonces? Sostienen una intención. Toman decisiones. Responden por el resultado.

Con la IA ocurre algo parecido, aunque más desconcertante, porque la máquina entra justamente en el territorio que considerábamos más íntimo: las ideas y las palabras.


La pregunta cambia de forma

Creo que "¿quién escribió esto?" va a ir perdiendo interés. Y que en su lugar aparecerá otra mucho más reveladora:

¿Quién condujo la creación de esto?

Pienso en cómo trabajo yo. Traigo una intuición nacida de una conversación, de una lectura, de una sesión de coaching. Le digo a la IA: hay algo aquí, ayúdame a pensarlo. Ella me propone tres interpretaciones. Una me incomoda, otra me parece trivial, la tercera abre una puerta que yo no había visto.

Yo atravieso esa puerta. Después corrijo, elimino, incorporo una experiencia propia, pregunto por un filósofo, rechazo una analogía, encuentro otra mejor, reorganizo el argumento y finalmente digo: esto expresa lo que quiero decir.

¿De quién es ese texto?

Para mí la pregunta decisiva no es cuántas palabras puse yo y cuántas puso la máquina. Es otra: ¿quién decidió qué merecía permanecer? ¿Quién le dio dirección y sentido? ¿Quién está dispuesto a poner su nombre debajo y responder por lo dicho?


Los cuatro verbos

Si tuviera que resumir la autoría que viene, la apoyaría en cuatro verbos: originar, conducir, discernir y hacerse responsable.

Originar una inquietud que sea realmente tuya. Conducir el proceso en vez de delegarlo. Discernir entre lo que la máquina propone, que es la parte más exigente y la que menos se nota. Y hacerse responsable por la obra terminada.

Ese último verbo me parece el más importante de todos. El botón "Generar" no puede cargar con ninguna responsabilidad. Tú sí.


Pero hay una trampa

No toda colaboración con IA convierte automáticamente a alguien en autor.

Si alguien escribe "hazme una novela sobre un hombre que pierde la memoria", recibe doscientas cincuenta páginas, las hojea y las publica con su nombre, su autoría creativa es, como mínimo, muy débil. No hubo intención sostenida, no hubo discernimiento, no hubo nada que responder.

En cambio, si una persona pasa meses conversando, construyendo personajes, rechazando caminos, introduciendo recuerdos propios, cambiando estructuras, reescribiendo escenas y preguntándose qué quiere realmente decir, estamos frente a otra cosa completamente distinta.

La diferencia no está en la herramienta. Está en cuánto de uno mismo se puso en juego.


Voces que estaban mudas

Hay algo que me entusiasma en todo esto, y es que la IA va a ensanchar enormemente el territorio de quienes pueden crear.

Durante siglos hubo millones de personas con historias extraordinarias que jamás escribieron un libro, no porque no tuvieran qué decir, sino porque escribir bien era una barrera técnica demasiado alta.

Hoy una mujer de ochenta y dos años puede contar oralmente su infancia, discutir esas historias durante meses con una IA, reconstruir episodios, organizar capítulos, cuestionar sus propios recuerdos y terminar dejándoles a sus nietos un libro que sola jamás habría podido producir.

¿Es menos valioso porque necesitó ayuda?

Yo diría que lo que estamos presenciando es la caída radical del costo de convertir una experiencia interior en una obra exterior. Eso va a producir muchísimo material mediocre, inevitablemente. Pero también va a liberar voces que hasta ahora permanecían mudas.


Lo que se vuelve escaso

Y aquí aparece la paradoja que más me interesa.

Cuando la máquina puede producir diez alternativas en segundos, escribir deja de ser el recurso escaso. Lo escaso pasa a ser tener algo que decir.

Por eso sospecho que mientras mejores sean las máquinas escribiendo, más importantes se volverán las preguntas profundamente humanas: ¿qué me importa? ¿Qué he vivido? ¿Qué quiero comprender? ¿Qué quiero decir? ¿Qué estoy dispuesto a sostener como mío?

Esto conecta directamente con algo que vengo trabajando en mi práctica: la autoría se desplaza parcialmente desde escribir las respuestas hacia hacerse responsable de las preguntas, de las elecciones y del sentido.


El arquitecto y los ladrillos

Quizás dentro de algunos años decir "este libro lo escribí completamente solo" resulte tan curioso como si hoy un arquitecto declarara con orgullo: "y además puse personalmente todos los ladrillos".

La IA no mata al autor. Puede estar obligándonos a descubrir que ser autor nunca consistió simplemente en poner palabras sobre una página. Consistía en hacerse cargo de una mirada sobre el mundo.

Y entonces te dejo la pregunta: de todo lo que has creado en tu vida, ¿qué estarías dispuesto a firmar hoy y sostener como tuyo?



lunes, septiembre 14, 2026

Libro Parásitos de la Argentina de Marcos Ayerra

Leyendo este libro de Marcos Ayerra tuve una sensación extraña: la posibilidad de un estallido social visto desde otro ángulo. No el de las consignas ni las movilizaciones, sino el de los miles de abusados por los parásitos múltiples que hay en cada país, en este caso en Argentina.


Una metáfora personal que se vuelve país

El autor tuvo una experiencia de salud que lo marcó. Siendo un tipo sano y deportista, empezó a decaer sistemáticamente, sin explicación, hasta que un buen médico detectó que tenía parásitos. Supo del remedio, lo aplicó, y poco a poco se fue sanando por completo.

De eso trata el libro: de la enfermedad de Argentina, producto de siete parásitos que Marcos Ayerra identifica y recorre a lo largo de sus páginas. ¿No es notable que un país entero pueda describirse con la misma lógica que un cuerpo enfermo?


La industria del juicio

El primero lo conozco de cerca, aquí en Chile, aunque el libro lo describe como la mafia judicial argentina. Un empleado de ingreso reciente a una empresa es despedido por pillarlo robando. Este demanda a la empresa, con un abogado elegido ad hoc, en un tribunal también ad hoc, por una suma exorbitante. Y gana el juicio.

Recuerdo a un amigo mío que pilló a un empleado robando salmones. Le descerrajaron el locker y ahí estaban, varios salmones. Lo despiden y él demanda. Gana el juicio con jugosos dividendos, por el indebido procedimiento de forzar un recinto privado. Recuerdo la furia de mi amigo, e imagino las decisiones que tomó después, ninguna a favor de seguir siendo empresario.


Gremios, impuestos y prebendas

Después vienen los excesos gremiales: sindicatos fuertes que se nutren de una caja basada en aportes no menores de los empleados, sin preguntarles nunca si querían pertenecer o no. Alianzas entre políticos y dirigentes gremiales poderosos, que usaban ese poder para movilizar gente a favor de esos mismos políticos.

Y las prebendas, ese entramado de favores y privilegios que el Estado reparte entre unos pocos mientras el resto paga la cuenta.

Después está la carga impositiva. Argentina sostiene más de 140 impuestos, tasas y contribuciones entre nación, provincias y municipios, aunque solo seis de ellos concentran cerca del 85% de toda la recaudación. ¿Para qué sirven entonces los más de 130 restantes, salvo para justificar burocracia y desincentivar el trabajo formal? Sería tan fácil eliminarlos.


La burocracia absurda

Para importar cualquier cosa hay que obtener la firma de algún funcionario. Terreno fértil para la corrupción. Y por otro lado, burocracias que pretendían proteger a empresarios locales, de manera que no tuvieran competencia extranjera. Todo este tipo de trabas está siendo atacado por el nuevo gobierno de Milei.


La informalidad como síntoma

Me llamó especialmente la atención el ataque a la informalidad. Un número no menor de personas que trabajan en empresas lo hacen de manera informal, eludiendo así el pago de impuestos y sus aportes al sistema de salud y de jubilación. El número de informales en Argentina es monumental, y de ahí las pésimas jubilaciones y la pobreza extendida.


¿Quién paga estos costos?

Todos estos costos dificultan el arranque del país, el camino de vuelta a lo que alguna vez fue: uno de los más ricos del mundo. Y los culpables de todo esto, la propagada corrupción nacional, son los que Ayerra llama parásitos, sembrados y multiplicados por gobiernos de izquierda y gobiernos populistas por igual.

Claro que hace falta un estallido social, pero no el de siempre. Uno que venga de ese mar de gente sin poder, resignada, acostumbrada a soportar estas malas prácticas.

¿Será Milei la solución?

domingo, septiembre 13, 2026

Libro El desborde de Eugenio Tironi

El país que no vimos venir

El estallido social que ocurrió en Chile el 18 de octubre de 2019 (18-O) fue un evento inesperado, violento, de amplio espectro, que nos remeció a todos.

No lo esperábamos, está claro. El presidente llegó a decir que estábamos siendo atacados por poderes externos, en aquella frase que ya quedó en la memoria colectiva: "estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie". El desconcierto era total, desde abajo hasta el más alto nivel.

Eugenio Tironi publica este libro a principios de marzo de 2020, muy poco después del estallido. Y en él intenta entender qué pasó.


Una explicación que no se conforma con una sola causa

Me llama la atención la complejidad que despliega Eugenio Tironi. La cosa es multidimensional. ¿Cómo reducir a una sola causa algo que se venía gestando por tantos frentes distintos? Los intérpretes monocausales están, sin duda, equivocados.

Tironi recurre a muchos autores a nivel global que analizan fenómenos parecidos ocurriendo en muchos lugares, dejando la sensación de que lo que pasaba aquí no era un fenómeno local, sino una expresión bastante global.


El fin de la promesa meritocrática

Un hecho concreto: la baja en el crecimiento y en la productividad. El producto interno bruto viene cayendo de un rango de 5 a 7 % de crecimiento anual, a uno de 2 a 4 %, llegando incluso al 0,6 %.

Esto deshace la expectativa de la meritocracia, es decir, la idea de que si trabajas duro, lograrás lo que sueñas. Eso empieza a no cumplirse. Y genera una frustración fuerte y transversal. El malestar.


El Modelo y la soledad del individuo

Hay un sistema de pensamiento instalado que justifica las diferencias de ingresos y riqueza: el llamado Modelo. Se centra en un eje fundamental en lo económico, el mercado como el gran regulador, con precios libremente fijados que guardan una información que un Estado nunca es capaz de recopilar.

Y está también el individualismo y el fin de los movimientos masivos. El marxismo, la socialdemocracia y el social cristianismo sucumben ante esta lógica. La lucha de clases se evapora. Cada persona pasa a ser responsable y culpable de su propio éxito o fracaso.

¿Qué le queda entonces a quien fracasa, si ya no hay a quién culpar más que a sí mismo? De ahí que el estallido provocó la congregación de miles de hombres y mujeres reducidos a la soledad de la nada, que al ser parte de esta masa que se congrega, sienten algo muy especial de pertenencia, de ser parte de algo significativo. Aunque lo que persigan sea quemarlo todo, ya es un sentimiento fundamental muy valorado.


El empoderamiento femenino y el fin de la deferencia

Un factor esencial en todo esto es el empoderamiento de la mujer, la revolución feminista, que es un fenómeno global de gran importancia en nuestra época.

La educación ensanchada que hemos vivido transforma la idea de sí mismo que la gente tiene. En Río de Janeiro, cuando un carabinero detiene a alguien por exceso de velocidad, por ejemplo, y este le dice "usted sabe a quién está tratando", el carabinero se cohíbe y lo deja ir.

Esto ya no pasa en Argentina, y tampoco en Chile. La respuesta que se viene imponiendo es otra: "y a mí qué me importa".


Los airbags que dejaron de proteger

Tironi llama "los airbags" a instituciones como la Iglesia, los gremios y los partidos políticos, que han perdido su peso y prestigio social.

La Iglesia, por los abusos sexuales y la forma en que la institución los escondió —y con ello los protegió—, dañó gravemente su prestigio. Los partidos políticos dejaron de representarnos y se transformaron en máquinas de empleo y asignación de cargos, de una tribu preocupada solo de autosustentarse en sus posiciones de privilegio.

Los fraudes de las grandes empresas, como el del papel confort de una papelera que gozaba del mejor prestigio de Chile, se fueron al carajo. Lo mismo con las farmacias y los pollos. Y el financiamiento de los políticos a cambio de prebendas fue dañándolo todo. Mal también los empresarios.

¿Cómo no iba a estallar algo, cuando incluso los referentes de la élite recomendaban hacer bingos para financiar el arreglo del techo de una escuela, o levantarse más temprano para lidiar con el aumento de las tarifas del transporte? Y para rematar, aquel empresario que intentó echar a unas bañistas de "su" playa —siendo abogado, y por ello mejor conocedor de las leyes— se viralizó rápidamente en las redes sociales.


Lo que vino después

Al final, el estallido social estaba cantado. Lo que siguió, el acuerdo del 15 de noviembre para ir por el cambio de la Constitución, fue un acto genial. Aparte, el encierro de la pandemia fue un factor no menor.

Tironi recomienda descartar medidas violentas contra el estallido y, más bien, dejarlo evolucionar: esa energía se irá consumiendo sola. Surfear la ola, se podría decir, en vez de intentar detenerla. Y reflexionar sobre lo que está pasando.

Lo que vino después ya lo sabemos, y Tironi no lo sabía cuando escribió el libro. Al parecer esa energía rabiosa se calmó. ¿Sigue por ahí escondida, esperando su momento, o simplemente se apagó de pura desazón?

Un libro importante, escrito con la lucidez y el profesionalismo de un intelectual como Eugenio Tironi.

¿Tú qué crees: la rabia del 18-O se transformó en algo nuevo, o simplemente quedó dormida esperando la próxima chispa?

jueves, septiembre 10, 2026

Un ERP antes de que existiera esa palabra

Hace poco tuve en mis manos un documento fechado en mayo de 1975: una propuesta comercial escrita por Dabor Domic para Manufacturas Orlando S.A.C.I. Cincuenta años después, esa misma lógica de diseño terminó convirtiéndose en un sistema que hoy se llama DADO y que opera en 18 clientes, a plena satisfacción. Leerlo hoy es una experiencia extraña: es como encontrar el plano de una casa que todavía no se ha terminado de construir, pero que ya lleva medio siglo habitada.

¿Qué se puede aprender de una propuesta comercial de hace cincuenta años? Bastante más de lo que uno esperaría.

Una idea que no necesitaba tecnología nueva, sino claridad

En 1975 no había bases de datos relacionales ni mucho menos nube. Había tarjetas perforadas, cintas magnéticas y procesamiento por lotes. Y sin embargo, ahí ya estaba la idea central de lo que hoy llamamos un ERP: que una empresa no es una colección de departamentos aislados, sino un organismo donde sueldos, producción, existencias e inventarios deberían hablar entre sí.

Lo que me llama la atención no es la tecnología —obsoleta, por supuesto— sino la arquitectura del pensamiento. Domic ya distinguía operaciones que hoy llamaríamos Crear, Leer, Actualizar y Eliminar, codificadas en letras simples: A de agregar, M de modificar, S de calcular sueldo, T de eliminar. El CRUD, avant la lettre.

¿No es curioso que las categorías fundamentales de cómo organizamos la información cambien tan poco, aunque las herramientas cambien todo el tiempo?

La fábrica como ecuación

Otra cosa que me sorprendió fue el salto que da el documento hacia la ingeniería de producción. No se conformaba con automatizar papeleo: proponía un modelo matemático de la fábrica completa, con sus seis secciones —cueros, corte, aparado, suela, armado, envase— traducidas a restricciones y ecuaciones de flujo.

Una sección no puede procesar más de lo que recibe de la anterior. El tiempo disponible en cada sección pone un techo real a lo que se puede fabricar. Y sobre esa base, la gerencia podía elegir su objetivo: minimizar tiempo ocioso, minimizar bodegaje, o acortar el calendario total de fabricación.

Es un gemelo digital de la fábrica, cuarenta años antes de que ese término se pusiera de moda.

Confianza, no solo control

Hay un detalle que me parece más humano que técnico. El sistema detectaba desviaciones —piezas que no cuadraban, cuero que rendía menos de lo esperado— pero el documento insiste en que debía ser transparente para el trabajador, que pudiera verificar sus propios registros.

¿Cuántos sistemas de control que diseñamos hoy, con toda la potencia de la inteligencia artificial, siguen olvidando ese detalle? Se puede construir vigilancia, o se puede construir confianza. La diferencia no está en la tecnología, está en la intención con que se diseña.

Un ciclo, no una línea

Lo que más resuena conmigo, quizás porque es también la lógica que aplico en mi trabajo de coaching, es que el sistema no terminaba en un reporte. Domic diseñó un ciclo cerrado: información, decisión, acción, retroalimentación. Los resultados de la producción volvían a alimentar el próximo ciclo de planificación.

Eso es exactamente lo que distingue a un sistema vivo de un archivo muerto. Los datos por sí solos no sirven de nada si no vuelven a entrar en la conversación.

Lo que no cambió en cincuenta años


El documento cierra con una idea que podría haber sido escrita hoy mismo, en plena discusión sobre inteligencia artificial: el valor del computador no está en el cálculo en sí, sino en su capacidad de ampliar la comprensión y la capacidad de actuar del ser humano.

Cincuenta años, un cambio radical de tecnología, y el mismo principio de fondo. La tarjeta perforada se convirtió en formulario digital, el archivo maestro en base de datos, el procesamiento por lotes en tiempo real. Pero la pregunta esencial —para qué sirve toda esta información, a quién sirve— sigue siendo exactamente la misma.

¿Será que las herramientas que usamos importan menos de lo que creemos, y lo que realmente importa es la claridad con la que entendemos el problema que queremos resolver?