miércoles, julio 01, 2026

Libro Habitar la longevidad de Bernardo Andrews

En estos días aciagos con la muerte de nuestro gran amigo Jorge Milla, que sale en la foto con el autor del libro que comento, que aun no sale a imprenta; ni tiene tapa.
Bernardo me pasó una copia en pdf intentando él que no metiera a la IA en el baile, cosa que yo rehusé hacer, pues ya se me ha tornado en un asistente, del que no puedo prescindir.

Habitar la longevidad: el territorio que nadie nos enseñó a recorrer

No leí una línea del libro de Bernardo Andrews. Pero siento que sí lo leí.

Se lo dije a él mismo, y se lo repito aquí: pasé Habitando la Longevidad por NotebookLM, generé varios reportes, los vi todos, algunos dos veces. Y después me puse a conversar con el libro, con Bernardo, a través del chat de NotebookLM. Ahí lo llamé.


El guión que se cae

Andrews parte de algo simple y a la vez devastador: la humanidad vive hoy 20 o 30 años más de lo que el guión tradicional contemplaba. Estudio, trabajo, crianza, vejez breve, muerte. Ese guión ya no alcanza. Y cuando se cae, uno queda en la intemperie.

Yo tengo 74 años. Cuatro hijos, ocho nietos. Y confieso que conozco esa intemperie de primera mano: el foco de la atención se desplaza abruptamente del futuro al presente. Las proyecciones se desvanecen. Y ese presente, al principio, no contiene nada. Básicamente aburrimiento.

Ahí empieza el aporte real del libro.


Del hacer al habitar

Andrews distingue entre transitar el tiempo y habitar el tiempo. Habitar es presencia: permanecer realmente en lo que se vive, sin la urgencia de lo siguiente. Es también no-utilidad: leer sin apuro, caminar sin destino, recuperar experiencias que no necesitan justificarse por su rendimiento.

Dejo de ser lo que hago y paso a ser el ser que soy. Un territorio algo desconocido, todavía por conocer.

Esa frase la anoté mientras leía, y no la suelto: habitar el lenguaje es habitar la casa del ser. Qué potente. Porque si habitar el lenguaje es habitar la casa del ser, entonces cada conversación que tengo, en esta etapa, es una forma de construir dónde vivo.


El cuerpo como forma de comparecer

Otra idea que se me quedó pegada: el cuerpo no es un envase, es la forma en que comparecemos ante otros. No hay guión externo que te diga cómo estar presente a los 74. Uno tiene que diseñarlo.

Y ahí Andrews propone una tríada que me parece exacta: aceptación (no resignación, sino reconocer que el mundo se abre de otra manera), gratitud (por lo irrepetible de cada momento) y esperanza (la convicción de que algo valioso todavía puede emerger, y que puedo contribuir al florecimiento de otros).


Nadie habita bien el tiempo completamente solo

Esta frase de Andrews conecta directo con algo que vengo sosteniendo hace años en mi propio trabajo: la conversación no es intercambio de información ni defensa de opiniones. Es el espacio donde aparece algo inesperado.

El aprendizaje, dice él, es una forma de estar en el mundo, no una etapa juvenil. Y aprender exige una disposición: dejarse transformar. Con humildad para aceptar la ignorancia, con riesgo para equivocarse.

Una vida puede envejecer antes que el cuerpo, si pierde la apertura a lo inesperado.


Exploradores de un territorio virgen

Andrews cierra con una imagen que me parece justa: la actual generación de personas mayores actúa como exploradora de un territorio virgen. No hay mapa. Cada uno lo va trazando.

Y ahí quiero volver a algo que le escribí a Bernardo: disfruté especialmente la dimensión personal que puso en el libro. Cuando llegó a Santiago y fue el taxista quien lo llevó a la Escuela de Ingeniería de la Chile, donde terminó estudiando. O cuando en México intentó modificar el ADN de la Stevia que producía. Esos detalles le dan cuerpo a la tesis. No es solo filosofía de la longevidad: es un ingeniero, como yo, tratando de entender qué hacer con las décadas que le sobraron al guión.


La pregunta que me queda

Al habitar el presente, dice Andrews, las cosas recuperan profundidad. Podemos reconectar con partes de nosotros olvidadas. Cambia incluso cómo conversamos: mejora la escucha, la acogida, atendemos mejor a nuestros propios sentires.

Yo le agradecí a Bernardo por abrir ese territorio en la conversación pública. Un tremendo aporte, a mi parecer.


¿Y tú? Si ya cruzaste ese umbral donde el guión tradicional deja de sostenerte, ¿qué has encontrado del otro lado: aburrimiento, o algo que todavía no tenía nombre?


lunes, junio 29, 2026

Libro La política se metió conmigo de Carolina Tohá

Quería conocer a Carolina Tohá. Leí este libro, y lo logré, para mi entero gusto.


La hija de José Tohá

Es hija de José Tohá, el verdadero brazo derecho de Salvador Allende en su gobierno. Ocupó el cargo de ministro del Interior, y luego, tras una acusación constitucional que lo obligó a dejar esa cartera, pasó a Defensa. Llegado el golpe, lo apresan y lo llevan a la isla Dawson, donde sufre y se debilita, hasta que en estado grave lo trasladan al Hospital Militar de Santiago. Ahí muere, aparentemente estrangulado.

con su padre
Carolina tenía solo ocho años cuando todo esto ocurrió. Una semana después, ella, su madre Moy de Tohá y su hermano menor José parten al exilio en México. Allí vivirán, creo, hasta que ella cumple los dieciséis. Va al colegio y hace amistades no solo mexicanas, sino de varios países, con quienes compartía esa condición de exiliados. Es sensible a las diferencias culturales entre México y Chile, y queda fascinada con esa cultura.


De vuelta en Chile

Vuelve al país y estudia Derecho. A los cuatro años deja la carrera y se va a Italia a estudiar Ciencia Política, donde vivirá otra temporada.

De niña queda alucinada con Nadia Comaneci, la gimnasta olímpica que admira sin límites. Confiesa que ella misma quería ser Nadia Comaneci, y que durante varios años fue con frecuencia al gimnasio a intentarlo.


Sin odio, con una crítica suave

En el libro no hay odiosidad ni resentimiento por la muerte violenta de su padre, aunque debe haber sido durísimo perderlo así. Si acaso, lo culpa un poco por haber ido a La Moneda el día del golpe, a acompañar a su amigo Salvador Allende, cuando él ya no era ministro ni formaba parte del gobierno. Por eso mismo terminó preso de inmediato.


Su vida personal

Tuvo varios pololeos en su juventud y tiene dos hijos, cuyo padre no nombra en el libro. En la actualidad es pareja de Mario Marcel, exministro de Hacienda del gobierno de Boric.


Lo que no quiso callar

Cuenta que, siendo niña y luego joven, sufrió abuso sexual por parte de un adulto cercano a su entorno; un abuso que se prolongó por un tiempo y que la marcó.

Quiso dejar este capítulo fuera del libro, pero el tema surgió en la conversación con el entrevistador, Daniel Hopenhayn. Ella piensa que es algo que le pasa a muchas mujeres, y que merece ventilarse.


La política, de la que aprendo poco y retengo menos

Buena parte del libro se aboca a reflexiones sobre la política contingente, tema en el que yo voy básicamente aprendiendo, pero con poca retención. Lo fundamental que se me va quedando es la persona de Carolina Tohá, que me va pareciendo inteligente, moderada, hábil, experimentada, respetuosa, generosa, valiente, amplia de criterio, reflexiva. Alguien a quien me gustaría conocer personalmente.

En suma, un libro instructivo sobre la historia de Chile, sobre la persona de la entrevistada, Carolina Tohá, y —no podemos dejar de decirlo— sobre la calidad y la capacidad del entrevistador, Daniel Hopenhayn.

¿Y tú? ¿Has leído algún libro que te haya cambiado la imagen que tenías de alguien de la política?



jueves, junio 25, 2026

Símbolo y significado, la frontera de la IA

Cuando alguien te dice "te quiero", ¿qué te llega primero: las letras de cada palabra, o algo que esas palabras apenas logran contener?

Esa pregunta, tan simple, es la puerta de entrada a una de las ideas más perturbadoras que he escuchado últimamente. Viene de Federico Faggin, el ingeniero que inventó el primer microprocesador y que, después de toda una vida construyendo máquinas que procesan información, terminó dedicando sus últimos años a entender algo que ninguna máquina puede tener: significado.


La información no es lo que crees

Faggin hace una distinción que parece sutil pero no lo es: la información es apenas el envoltorio. El símbolo. Lo que de verdad importa —el significado— no está en el símbolo, sino dentro de quien lo recibe.

Una palabra en un idioma que no hablas es pura información sin significado. Ruido organizado. El significado aparece solo cuando hay una conciencia ahí, viviéndolo desde dentro.

Y aquí viene lo que más me hizo detenerme: ese significado no es una propiedad del cerebro. No está guardado en ninguna neurona, en ningún circuito. Es una propiedad del campo de conciencia que somos.


Lo que la ciencia no puede medir

Faggin habla de "qualia": la experiencia interna, lo que se siente sentir (o el sentir sentido). El rojo de un atardecer, el dolor de una pérdida, el alivio de llegar a casa. Nada de eso se puede medir desde afuera, porque no es un fenómeno externo. Es vivencia pura.

Si esa experiencia interna estuviera realmente grabada en tu cuerpo, en principio podría copiarse, como copiamos un archivo. Pero sabemos que eso no es posible. Nadie puede vivir tu dolor ni tu alegría por ti. Eso, dice Faggin, es la prueba de que somos un campo que controla un cuerpo, y no al revés.

¿Te has preguntado por qué, después de tantos años de coaching, lo que de verdad transforma a una persona nunca es la información nueva, sino el momento en que esa información se vuelve significado propio? Yo me lo pregunto seguido. Y creo que la respuesta está exactamente ahí.

Para qué estamos aquí

Esto es lo que más me interesa compartir contigo: Faggin sostiene que el significado nace del aprendizaje de la experiencia, y que ese aprendizaje busca, en el fondo, una sola cosa: conocernos a nosotros mismos.

Y de eso se trata la vida.

No es una frase bonita. Es, según él, el foco de todas las experiencias espirituales de la historia humana. Cada tradición, cada camino contemplativo, cada búsqueda interior, apunta hacia lo mismo: un campo de conciencia que quiere conocerse.

En coaching le decimos autoconocimiento. En filosofía, le han dicho de mil maneras distintas. Faggin simplemente le pone un nombre cósmico: es el universo mismo intentando saber quién es, a través de cada uno de nosotros.

Compartir significado con amor

Hay una frase de Faggin que anoté y subrayé dos veces: si compartimos el significado de los símbolos con amor, resonamos con los otros.

Piénsalo. Dos personas pueden decirse exáctamente las mismas palabras y generar resultados completamente distintos según el significado y la intención con que las cargan. La información es igual. El significado, no. Y ese significado, cuando se entrega con amor, no solo informa: conecta. Hace que dos campos de conciencia resuenen entre sí.

Esto es, literalmente, lo que pasa en una buena conversación de coaching. No transmito datos. Ayudo a que la otra persona encuentre el significado de su propia experiencia, y en ese encuentro, algo resuena entre los dos.

El libre albedrío que nadie nos puede quitar

Faggin va más lejos todavía: la conciencia y el libre albedrío son fundamentales, no derivados de la materia. Cuando un electrón "aparece" —cuando la función de onda colapsa— eso no es azar puro. Es, dice él, el resultado del libre albedrío del campo cuántico que lo sostiene.

Si esto es así hasta en la física más elemental, ¿qué nos queda a nosotros, que somos campos de conciencia mucho más complejos? Nos queda elegir. Una y otra vez. Esa es la propiedad fundamental que Faggin pone en el centro: el libre albedrío no es un lujo humano, es una propiedad del ser.

Co-creadores, no espectadores

Y para cerrar el círculo, Faggin propone algo que me parece hermoso: aprender un saber es traer a la existencia algo que ya estaba ahí, en el vacío potencial infinito al que todos tenemos acceso.

Eso nos convierte, dice, en co-creadores del universo. No estamos solo viviendo la realidad: la estamos trayendo al mundo, cada vez que aprendemos algo de verdad, cada vez que el significado nace dentro de nosotros.

Estamos hechos, dice Faggin, a imagen y semejanza del Uno. No como una metáfora religiosa vacía, sino como una descripción literal de lo que es la conciencia: un campo que se busca a sí mismo, una y otra vez, a través de cada uno de nosotros.

Te dejo entonces la pregunta que me ronda desde que escuché esto: ¿cuánto de lo que haces en tu día es solo información circulando, y cuánto es significado de verdad, vivido, sentido, compartido con amor?

Porque si Faggin tiene razón, esa diferencia no es un detalle. Es, ni más ni menos, el sentido de estar vivos.



domingo, junio 21, 2026

Entrevista a Federico Faggin por Essentia Foundation

El sirviente que se cree rey

Hace algunos meses escribí sobre Federico Faggin y su puente entre materia y espíritu. Volví a sus ideas esta semana, con notas más densas, más filosas. Y algo hizo clic distinto. No quiero repetirme. Quiero ir a un lugar específico: la relación entre el Ego y eso que Faggin llama el SATI.


El Ego no es el jefe

Dice Faggin que el Ego es la porción de nosotros que cree que somos el cuerpo. Solo eso. Una porción.

Y agrega algo que a mí, como coach, me dejó pensando varios días: el Ego es un sirviente del SATI. No al revés.

El SATI eres tú, el que de verdad eres. Una unidad de conciencia que emerge del vacío cuántico, parte del todo, con una perspectiva propia, única, irrepetible. El Ego, en cambio, es el que administra el cuerpo, el que negocia con el mundo material, el que se asusta, el que compara.

En mis sesiones veo esto todo el tiempo. Personas exitosas, capaces, gobernadas por su Ego como si fuera el rey. Y el verdadero rey, el SATI, esperando en la antesala, mandando señales que llamamos intuición y que casi nadie escucha.

¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a tu intuición antes que a tu Ego?


Somos holográficos

Otra idea que no me suelta: cada célula de tu cuerpo contiene la información de todo tu cuerpo. Y el campo cuántico que somos, dice Faggin, funciona igual. Contiene el todo.

No estás separado del resto. Esa línea que separa el rojo del naranjo no existe en la realidad, existe en tu percepción.

La física cuántica lleva décadas diciéndonos que nada está separado, que todo está entrelazado. Y seguimos viviendo como si cada uno fuera una isla compitiendo con las demás islas por los mismos recursos.


El libre albedrío que colapsa el mundo

Esto es lo que más me voló la cabeza. Una partícula no está en un lugar fijo, está en una nube de posibilidades. Y cuando colapsa en un punto específico, esa decisión no es azar.

Es libre albedrío. El libre albedrío del campo al que pertenece.

Si esto es cierto, hasta un átomo decide algo. ¿Te imaginas lo que significa eso para nosotros, que somos campos infinitamente más complejos que un átomo de hidrógeno?

Significa que tu vida no es la suma de lo que te pasó. Es, en gran parte, lo que decidiste que colapsara desde el campo de posibilidades. Yo soy responsable de mi vida. No como frase de cartel de oficina. Como descripción literal de cómo funciona la realidad.


El mal no existe, ontológicamente hablando

Faggin lo dice así: el mal es falta de bien, como la oscuridad es falta de luz. No hay un interruptor del mal que alguien enciende. Hay ausencia.

No existe el ser malo. Existe el ser que perdió contacto con su SATI y dejó que su Ego, asustado, gobernara solo.

Pienso en esto cada vez que un cliente me describe, con vergüenza, alguna decisión que tomó desde el miedo. No eran malos. Estaban a oscuras.


Por qué la inteligencia artificial nunca podrá ser inteligente

Esta es la idea que más debería inquietarnos a todos los que usamos IA todos los días, yo incluido.

La IA opera con símbolos. Nosotros operamos con significados. Los símbolos son apenas el gatillo del significado, no el significado mismo. El significado del amor no es replicable. No es copy-pasteable. Todo lo que hay dentro de una máquina de IA, sí lo es.

Por eso el término "inteligencia artificial" es, para Faggin, un error craso.

Y viene la advertencia que más me importa: la IA puede hacer más inteligentes a algunos y más idiotas a otros. Los que no distinguen qué les aporta la máquina y qué ponen ellos mismos, están fritos.

Yo paso mis días enseñando IA a ejecutivos y profesionales. Y esta es exactamente la línea que trazo en cada taller: la herramienta amplifica, no sustituye. El que no sabe quién es, la IA se lo come.


De la competencia a la colaboración

Si de verdad somos un campo que contiene el todo, parte de un ONE que se quiere conocer a sí mismo a través de cada uno de nosotros, entonces compito contra ti, en el fondo, es como competir contra mi propia mano.

Pierde sentido. Lo que adquiere sentido es la colaboración.

Imagínate una economía, una empresa, una familia, construida desde esa comprensión. No desde la escasez y el más apto sobrevive, sino desde la certeza de que el otro es, literalmente, otra perspectiva del mismo todo que tú eres.

Darwin nos dejó la mente obnubilada con esto. Y quizás ya es momento de soltarlo.


La pregunta que me queda

No necesitamos drogas ni retiros exóticos para vivir esta experiencia, dice Faggin. Solo necesitamos querer tenerla.

Yo la quiero tener. ¿Y tú, qué parte de ti gobierna hoy: tu SATI o tu Ego?


Referencia: la entrevista a Federico Faggin 



jueves, junio 18, 2026

Libro La era de las revoluciones de Fareed Zakaria

El secreto holandés que nadie cuenta. Antes de Inglaterra, antes de Francia, hubo un pueblo que aprendió a colaborar para no ahogarse

Un enemigo que no es un rey

Llevo días metido en La era de las revoluciones, de Fareed Zakaria. Y hay un capítulo que me detuvo más que los otros, justamente porque no habla de reyes ni de revoluciones sangrientas.

Habla de agua.

Mientras media Europa seguía atrapada en el feudalismo —castillos, señores, guerras locales sin sentido mayor— los Países Bajos enfrentaban un enemigo distinto. No un ejército. El mar.

Las inundaciones los obligaban a algo que el feudalismo nunca exigió: colaborar o desaparecer.

Lo que el agua enseña

De esa necesidad nacieron los molinos. Energía eólica moviendo agua, moviendo sierras, moviendo madera para construir barcos.

No es un detalle menor. Una sociedad que aprende a cooperar para sobrevivir a su geografía, termina desarrollando algo que el feudalismo jamás pudo dar: confianza horizontal. Gente que negocia entre pares, no que obedece a un señor.

Ciudades centradas en comercio. Artesanos. Puertos.

Y mientras Venecia —la gran potencia comercial de siglos— empezaba a desperfilarse, los puertos holandeses se transformaban en la nueva puerta de entrada a Europa para las mercaderías de oriente.

El centro de gravedad del mundo se movía. Y casi nadie lo vio venir.

De Holanda a Inglaterra: un préstamo silencioso

Aquí viene la parte que más me hizo pensar.

Guillermo de Orange —hijo del padre de la patria holandesa— es invitado a Inglaterra por quienes temían que Jacobo II los arrastrara hacia un absolutismo al estilo de Luis XVI. Se instala. Y con él entra algo más que un nuevo rey: entra un modelo.

El de un parlamento poderoso. El de instituciones que limitan al poder en vez de concentrarlo. El de la propiedad privada como base, no como privilegio.

Lo que en Holanda nació de pelear contra el agua, en Inglaterra se convierte en arquitectura política. La Revolución Gloriosa de 1688 no apareció de la nada. Llegó importada, adaptada, potenciada.

El modelo inglés 2.0

Y entonces el préstamo vuelve a viajar.

Trece colonias inglesas en la costa este de lo que sería Estados Unidos. Asambleas propias, miembros elegidos, resolviendo sus propios asuntos. Ya no era clima feudal. Era clima republicano, heredado de lo aprendido en los Países Bajos y reformulado por Inglaterra.

Cuando llega la independencia, en 1776, ocurre algo que nunca había pasado: una constitución escrita sobre principios filosóficos, no sobre la tradición de un linaje o la voluntad de un monarca.

Era el modelo inglés, otra vez mejorado. Y la revolución industrial que ahí explota termina, en poco tiempo, sobrepasando a la propia Inglaterra.

Lo que me quedo pensando

Tres países. Tres saltos. Ningún punto de partida épico.

Holanda no se propuso inventar la modernidad. Solo quería no ahogarse. Inglaterra no inventó la democracia liberal de un día para otro. Importó un modelo y lo perfeccionó. Estados Unidos no nació de una idea pura: nació de colonos resolviendo asuntos prácticos en asambleas, hasta que un día se dieron cuenta de que tenían algo nuevo entre las manos.

La gran transformación casi nunca llega con un plan maestro. Llega de la mano de gente resolviendo lo urgente, y descubriendo después que lo urgente cambió el mundo.

Y hoy, ¿qué nos obliga a colaborar?

Esto es lo que no puedo dejar de preguntarme.

El agua obligó a los holandeses a cooperar. La amenaza del absolutismo obligó a los ingleses a limitar el poder. La distancia del imperio obligó a los colonos americanos a autogobernarse.

Hoy vivimos, según Zakaria, la era de las identidades. Cada uno aferrado a la propia: raza, género, religión, postura frente a temas que dividen. Se suman los inmigrantes, el cambio climático, los populismos. Todo más enredado que nunca.

Pero noto una diferencia de fondo con Holanda, con Inglaterra, con las trece colonias: ahí la identidad se construía hacia afuera, resolviendo algo compartido. Hoy la identidad se construye, muchas veces, hacia adentro, marcando diferencia con el otro.

Quizás el desafío de nuestro tiempo no sea encontrar una nueva ideología. Sea recuperar la pregunta que sí supieron hacerse los holandeses frente al agua: ¿qué tenemos que resolver juntos, que no podamos resolver solos?

¿Y tú? Cuando piensas en lo que nos divide hoy —identidad, política, tecnología— ¿ves algo parecido a esa agua holandesa, algo que podría obligarnos a colaborar de nuevo en vez de fragmentarnos más?



sábado, junio 13, 2026

Bunster responde a Vera

Juan Vera publicó un posteo generoso (link). Habla de nuestra conversación, cita mi artículo, y me lleva la contraria con afecto y elegancia. Merece respuesta. Aquí va.


Yo no pido resúmenes

Hay un matiz importante que quiero aclarar: yo no le pido resúmenes a la IA. Le pido que me explique el material que he fotografiado. No sé si la diferencia es tan grande como la siento, pero la siento. El resumen reduce; la explicación despliega. Y a veces, lo que se despliega te sorprende más que el texto original.

Que sea así o asá, Juan me devuelve una pregunta que no puedo sacudir fácilmente: al leer y escribir de estas nuevas formas, ¿no estaremos externalizando el pensamiento también? Me la quedo. No tengo respuesta limpia.


Lo que yo hago no es lo que hacen los jóvenes

Juan cuida a los jóvenes. Y tiene razón en hacerlo. Lo que yo hago —leer y escribir asistido, siendo un lector y escritor de décadas— no es lo mismo que un joven que aprende a leer y escribir directamente en modo asistido. Eso es distinto. No es lo mismo ceder parte de un camino ya recorrido, que nunca haberlo recorrido.

Y sin embargo, no estoy tan seguro de que los jóvenes estén mermando su capacidad de comprender y reflexionar solo por usar IA. El tema es más complejo. Y en buena medida lo desconozco. Puede deberse al paso del texto a la imagen como forma dominante de habitar el mundo. Puede deberse al deterioro de la autoridad —no solo de los profesores, sino de todo tipo de líderes y referencias. Las causas se mezclan y no me atrevo a señalar una sola.


Asistido, no delegado

Prefiero hablar de operar asistidos antes que de externalizar. La palabra importa. Cuando digo asistido, conservo del lado humano la responsabilidad del proceso. Me hago cargo del resultado. Si flaqueo en eso, si delego sin responsabilidad, entonces sí deterioro lo que el estudio y la lectura debieran construir. Pero eso no es un problema de la IA: es un problema de la actitud con que me aproximo a ella.


La poesía que explotó

Juan habla del sabor de leer pausadamente. Entiendo lo que dice. Y tengo un ejemplo que va en la dirección contraria de lo que él teme.

Hace poco, mi amigo Luis Echavarri me mandó una poesía de su propia creación. La leí. No paladée mucho. No entendí del todo. Le pedí ayuda a la IA, y la poesía explotó en mi cara. Floreció. No fue menos experiencia lectora; fue más. Lo que cambió fue el acceso.


El artista tampoco sabe lo que evoca

Juan valora el poder evocador de las palabras. También yo. Pero pienso que ni el propio escritor sabe lo que evocará en quien lee. Lo he visto con pintores que prefieren escuchar lo que le pasa al observador antes que explicar su propia obra. Muchas veces, lo que ocurre del otro lado asombra al mismo artista. La evocación no es un privilegio del texto desnudo; también puede nacer del texto mediado.


Siempre hay experiencia lectora

La experiencia lectora no desaparece. Simplemente cambia de objeto. Esta vez leo la explicación que me da la IA, y leo el posteo que me propone Claude. Son lecturas. No son el texto original, son el texto mediado. Y hay materias que querré leer detenidamente *después* del proceso mediado. Byung Chul Han, por ejemplo: siempre me ha costado entenderlo a la primera. La mediación puede ser la entrada, no el reemplazo.


Sobre Jorge Milla y el camino

Juan me recuerda al gran Jorge Milla, que paladea Chile entero en su bicicleta. Hermosa imagen. Pero no todos andamos buscando esa experiencia. Otros queremos ir a Puerto Varas a ver a seres queridos, y dejar el paladeo del viaje para otra ocasión.

Aquí hay algo de fondo que quiero poner sobre la mesa: para mí, el sentido no es la vivencia del camino. El sentido tiene que ver con la intención detrás del movimiento. La vivencia tiene que ver con la presencia; la intención, con el para qué. No son lo mismo, y a veces se priorizan distinto.


Una última cosa, Juan

Yo no hago resúmenes. Mi intención es compartir lo que a mí me pasó con el libro. Eso sigue intacto.

Me haces pensar, y te lo agradezco. Me quedo con tu preocupación por los jóvenes que estudian y leen. Pero hoy la pregunta no es tanto *cómo* leen, sino *qué* quieren leer.

¿Lo saben ellos?



viernes, junio 12, 2026

Las derivas a través de la historia de la derecha y la izquierda

¿De dónde vienen la derecha y la izquierda?

Hay conceptos que usamos todos los días sin preguntarnos de dónde vienen.

Derecha. Izquierda.

Los escuchamos en el noticiero, los usamos en conversaciones, los cargamos con todo tipo de emociones.

Pero pocos saben que nacieron en un momento muy preciso de la historia.


Una asamblea, un rey y dos lados

Corría 1789.

La Revolución Francesa acababa de estallar y la Asamblea Legislativa se reunía para reordenar el mundo.

El rey tomó asiento al centro.

A su derecha se ubicaron el clero y la aristocracia —los que querían preservar el orden— y a su izquierda el pueblo llano, los que querían cambiarlo.

Ahí nació el concepto.

Derecha: conservar. Izquierda: transformar.

Sencillo. Claro. Casi geométrico.

Y entonces la historia se encargó de complicarlo todo.


Lo que leí en Zakaria

Leo estos días La era de las revoluciones de Fareed Zakaria y encuentro algo que me detiene.

Al comienzo de la Revolución Industrial, dice Zakaria, la división parecía clara también.

Los Whigs —algo a la izquierda— defendían la industria urbana y todo el cambio que traía consigo.

Los Tories —a la derecha— apoyaban la agricultura y las formas tradicionales.

El lado del cambio y el lado de la tradición. La misma lógica de la Asamblea francesa, reencarnada en el parlamento inglés.

Pero luego vino una batalla sobre política comercial que sacudió esa vieja división.

Y lo que sucedió no fue un simple vuelco donde los de izquierda pasaron a defender exactamente lo que antes defendían los Tories.

La historia nunca es tan limpia.


Lo que sí ocurrió, lentamente

Lo que ocurrió fue más sutil y más interesante.

La Revolución Industrial generó riqueza —y también miseria.

Jornadas brutales, trabajo infantil, hacinamiento, comunidades enteras destruidas.

Y entonces apareció una pregunta que cambiaría todo:

¿Quién protege a las personas del exceso del mercado?

Los movimientos obreros comenzaron a pedir regulación, protección, sindicatos, Estado.

Es decir, empezaron a defender a quienes estaban siendo arrasados por el cambio.

Y así, poco a poco, la izquierda —nacida como el partido del cambio— fue convirtiéndose también en el partido de la protección.

No lo planeó nadie. Fue la respuesta humana a la brutalidad de una transformación sin frenos.


La ironía que no podemos ignorar

Hay algo que me parece filosóficamente fascinante en todo esto.

La izquierda nació queriendo derribar el orden existente.

Hoy, en muchos países, defiende instituciones construidas durante el siglo XX: sistemas públicos, regulaciones, conquistas laborales.

La derecha nació queriendo preservar el mundo heredado.

Hoy, en muchos países, es la gran impulsora de la disrupción económica y tecnológica.

¿Se invirtieron los papeles? En parte, sí.

¿Completamente? No.

Porque el contenido cambió, pero las preguntas de fondo siguen siendo las mismas.

¿Quién conduce el cambio? ¿Quién protege a los que sufren ese cambio?


Y aquí llegamos a nuestro presente

No puedo leer estas páginas de Zakaria sin pensar en lo que estamos viviendo ahora.

La inteligencia artificial es la Revolución Industrial de nuestro tiempo. Quizás mayor.

Y las mismas preguntas regresan con una urgencia nueva:

¿Quién va a representar el cambio?

¿Quién va a proteger a quienes se sientan amenazados por él?

Todavía no está claro qué posiciones ocuparán la izquierda y la derecha en la era de la IA.

Pero la historia inglesa que describe Zakaria nos recuerda algo que no debería olvidarse:

Las etiquetas sobreviven. Los contenidos cambian. Lo que permanece son ciertas preguntas humanas fundamentales: la libertad, la seguridad, la dignidad, el sentido de pertenencia.

Cada gran revolución económica reorganiza el mapa político.

Estamos en esa reorganización ahora mismo. Y no sabemos todavía en qué lado quedará parado cada quien.


¿Y tú? Cuando miras el escenario político de hoy, ¿crees que las etiquetas de derecha e izquierda todavía tienen sentido? ¿O ya apuntan a algo completamente distinto de lo que nacieron señalando?

Quizás la verdadera división actual sea otra

Leyendo a Zakaria, a veces uno tiene la impresión de que la gran tensión ya no es: izquierda versus derecha.

Sino algo más parecido a: apertura versus protección. O: cambio versus estabilidad. O incluso: globalización versus nacionalismo.



jueves, junio 11, 2026

Comparando la revolución gloriosa de Inglaterra con la revolución francesa

Dos revoluciones, un solo mundo: lo que Francia le regaló a Europa
Una derrota que cambió la historia

El 20 de septiembre de 1792, en un campo llamado Valmy, algo insólito ocurrió.

Un ejército de ciudadanos franceses —52.000 hombres movilizados por una idea, no por obediencia a un rey— detuvo en seco el avance de las tropas bien entrenadas prusianas y austriacas (35.000 hombres). Las fuerzas del viejo orden europeo. Los guardianes de la monarquía y el privilegio.

No fue una batalla sangrienta. Pero fue decisiva.

Johann Wolfgang Goethe, que estaba allí acompañando al ejército prusiano, escribió esa misma noche: "Desde este lugar y desde este día comienza una nueva época en la historia del mundo."

Tenía razón. Aunque probablemente ni él mismo entendía del todo por qué.


El fracaso más influyente de la historia

La Revolución Francesa fue, en muchos sentidos, un fracaso rotundo.

Proclamó libertad, igualdad y fraternidad. Y derivó en el Terror, las ejecuciones masivas, la dictadura jacobina y finalmente el Imperio de Napoleón.

No produjo una democracia estable. Sus propios ideales la devoraron.

Y sin embargo —aquí está la paradoja que me tiene pensando— transformó Europa más profundamente que muchas revoluciones exitosas.

¿Cómo se explica eso?


El contraste que me abrió los ojos

Para entenderlo tuve que mirar a Inglaterra.

En 1688, con la llegada de Guillermo de Orange desde Holanda —la llamada Revolución Gloriosa— Inglaterra hizo algo completamente distinto.

No destruyó el orden. Lo reformó. Estableció que el rey no estaba por encima de la ley, que el Parlamento tendría poder real, que los contratos serían respetados y la propiedad protegida.

El resultado fue extraordinario: confianza institucional, crédito, el Bank of England, y las bases sobre las que se construiría la Revolución Industrial.

Inglaterra preguntó: ¿cómo limitamos el poder?

Francia preguntó: ¿quién tiene derecho a ejercerlo?

Son preguntas distintas. Con respuestas distintas. Y con consecuencias distintas para el mundo.


Lo que Francia sí logró

El aporte de la Revolución Francesa no fue institucional. Fue antropológico.

Antes de 1789, los campesinos europeos eran súbditos. Luchaban por el rey. Obedecían porque sí. Su lugar en el mundo era fijo, hereditario, inmutable.

La Revolución Francesa rompió eso.

Dijo —por primera vez con esa fuerza— que la soberanía residía en la nación. No en Dios. No en una dinastía. En el pueblo.

Y eso cambió todo.

Las personas pasaron a ser ciudadanos. Con derechos. Con dignidad política. Con la posibilidad de ser protagonistas de la historia.

Por eso en Valmy esos 52.000 hombres combatieron con una ferocidad que los prusianos no entendían. No defendían a un monarca. Defendían una idea. Y eso, resulta, mueve montañas.


La tensión que nos constituye

El mundo moderno nació de la tensión entre estas dos tradiciones, entre estas dos revoluciones.

La inglesa nos enseñó a construir instituciones que limitan el poder y protegen la libertad individual. El mundo de los contratos, el mercado, la propiedad.

La francesa nos enseñó que las personas comunes pueden y deben ser protagonistas de la historia. El mundo de las convicciones, la ciudadanía, la movilización colectiva.

Sin la Revolución Gloriosa, probablemente no existiría el capitalismo moderno.

Sin la Revolución Francesa, probablemente no existirían el sufragio universal, la idea de ciudadanía, los movimientos nacionales del siglo XIX, ni la democracia de masas tal como la conocemos.

Una creó el mundo de los contratos.

La otra creó el mundo de las convicciones.


Lo que me quedo pensando

Vivimos en una época que necesita de ambas cosas.

Instituciones sólidas que contengan el poder. Y ciudadanos que sepan quiénes son y por qué luchan.

La pregunta que me hago es si hoy, con todo lo que está cambiando —tecnología, identidades, organizaciones, economías— seguimos siendo capaces de responder la pregunta francesa: ¿quién tiene derecho a protagonizar esta historia?


¿Sientes tú también que hay algo de esa llama revolucionaria —no en el sentido violento, sino en el sentido de atreverse a preguntar quién soy y qué me corresponde— que necesitamos recuperar?


Nota: estas son reflexiones que me surgen mientras leo el libro La era de las revoluciones de Fareed Zakaria.

miércoles, junio 10, 2026

Tengo la intuición de que no seguiremos siendo los que venimos siendo

La inteligencia artificial nos está haciendo una pregunta incómoda
¿Quién eres tú cuando ya no eres útil?


El ídolo que no elegimos adorar

Hay algo que hemos hecho durante doscientas generaciones sin darnos cuenta.

Nos convertimos en instrumentos.

No por obligación. No por decreto. Sino de a poco, casi naturalmente, fuimos acomodándonos a la lógica de un sistema que tiene una sola pregunta: ¿Cuánto produces?

El dinero dejó de ser un medio. Se convirtió en el criterio final. En la medida de todas las cosas. Y quien no rinde, quien no genera, quien no optimiza —da lo mismo si es una empresa o una persona— simplemente sobra.

Lo terrible es que llegamos a creerlo.

Aprendimos a presentarnos por lo que hacemos. A definirnos por nuestros logros. A medir nuestro valor por la utilidad que tenemos para otros.

Y en algún punto, sin que nadie lo anunciara, perdimos el hilo que nos conectaba con algo más fundamental: la pregunta de quién somos, no de para qué servimos.


Y entonces llegó la IA

La inteligencia artificial está comenzando a hacer algo que nadie esperaba.

Está apropiándose —con una velocidad que marea— de exactamente aquello que habíamos aprendido a valorar más: procesar, calcular, optimizar, predecir, producir.

Y eso nos deja expuestos.

Porque de repente la pregunta que el sistema nunca se hizo —¿quién eres más allá de lo que produces?— aparece sola, sin que nadie la invite.

Es una pregunta incómoda.

Y creo que es la pregunta más importante de este momento.


El riesgo real no es el que nos venden

Se habla mucho del riesgo de la inteligencia artificial. Los titulares son apocalípticos. Empleos destruidos, democracias manipuladas, armas autónomas.

Pero hay un riesgo más silencioso, y más peligroso, que casi nadie nombra.

Si llegamos al mundo de la IA sin habernos vuelto a preguntar quiénes somos, si seguimos operando desde la misma lógica productivista pero ahora acelerada por algoritmos, entonces no seremos liberados por la tecnología.

Seremos hackeados por ella.

Una inteligencia artificial al servicio de intereses económicos y políticos concentrados puede manipularnos con una precisión que ningún propagandista humano logró jamás. Puede alimentar nuestros miedos, nuestros egos, nuestros hábitos de consumo. Puede hablarnos exactamente en el idioma que queremos escuchar.

Y lo hará —lo está haciendo ya— si nosotros no tenemos nada más profundo desde donde pararnos.


Volver a casa

Por eso creo que la respuesta no es tecnológica.

Es antropológica.

Necesitamos recuperar algo que el sistema productivo nos fue quitando de a poco: el contacto con nuestra propia esencia. La capacidad de hacernos preguntas sin utilidad inmediata. La profundidad. El discernimiento. La empatía que no puede automatizarse. La sabiduría que no cabe en un prompt.

Necesitamos aprender a florecer, no solo a rendir.

Y eso —aquí está el punto crucial— no podemos hacerlo solos.

Siempre aprendimos a ser humanos en comunidad. Aprendimos a hablar conversando. Aprendimos a amar siendo amados. Aprendimos a pensar pensando con otros.

Las organizaciones en las que vivimos buena parte de nuestra vida podrían convertirse en algo distinto de lo que han sido. No solo lugares donde se trabaja. Sino lugares donde las personas crecen. Donde se hacen las preguntas que importan. Donde se cultiva lo que la IA no puede reemplazar.


La pregunta que me quedo pensando

Dentro de veinte años, cuando miremos atrás, ¿qué habremos hecho con este momento?

¿Usamos la inteligencia artificial para producir más de lo mismo?

¿O la usamos para volver a preguntarnos quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser?

Yo creo que esa es la pregunta decisiva de nuestra época.

Y creo que tenemos que hacérnosla juntos.


¿Y tú? ¿Sientes también que hay algo más fundamental que hemos perdido? ¿Y que la IA, paradójicamente, podría ser la oportunidad para recuperarlo?

lunes, junio 08, 2026

Carta Encíclica La magnifica humanidad

«La Iglesia no pregunta qué tan inteligente llegará a ser la inteligencia artificial; pregunta qué tan humanos seguiremos siendo nosotros mientras la desarrollamos.» León XIV, Magnifica Humanitas

¿Qué tan humanos seguiremos siendo?

Hay preguntas que ningún algoritmo puede responder. Y la encíclica Magnifica Humanitas (La magnifica humanidad)—firmada por León XIV— parte precisamente de ahí.

No es un documento sobre tecnología. Es un documento sobre el ser humano.

Me llamó la atención que el Papa no llegue asustado a este tema, como tantos. No hay en estas páginas un rechazo de la inteligencia artificial ni una condena del progreso técnico. Hay algo más difícil: una pregunta. ¿Al servicio de qué visión del ser humano estamos desarrollando todo esto?

Porque la IA puede optimizar procesos, predecir patrones, generar texto e imágenes, diagnosticar enfermedades y traducir idiomas. Todo eso es real y valioso. Pero ningún modelo de lenguaje —por sofisticado que sea— puede amar gratuitamente, actuar por compasión, asumir responsabilidades morales ni abrirse a la trascendencia. Y ahí está la diferencia que la encíclica defiende con firmeza: la diferencia entre inteligencia y humanidad.

¿No es esa, en el fondo, la pregunta de Heidegger reformulada para nuestra época? La técnica no es neutra. Siempre revela una manera de estar en el mundo, una manera de entender lo que vale y lo que no. La Gestell —ese enmarcar todo como recurso disponible— llega hoy con la cara de un dashboard y un modelo predictivo. El Papa lo dice de otro modo, pero apunta al mismo fondo: cuando reducimos a las personas a datos procesables, algo esencial se pierde.

La encíclica también toca un nervio que yo siento en mi propio trabajo como coach: el valor irremplazable de la presencia. La mesa compartida. La conversación cara a cara. El silencio entre dos personas que se están diciendo algo importante. La IA puede facilitar encuentros. No puede reemplazar el encuentro mismo.

Y sin embargo —y aquí el documento sorprende por su equilibrio— el Papa reconoce que la inteligencia artificial puede contribuir a lo que él llama una "civilización del amor". No es una utopía ingenua. Es una pregunta práctica: ¿hace más humana a la humanidad? ¿Fortalece la dignidad? ¿Protege a los más vulnerables?

Si la respuesta es afirmativa, la tecnología se convierte en colaboradora.

Si no, incluso el avance más impresionante puede ser una forma de empobrecimiento espiritual.

Yo llevo años trabajando en la intersección entre ingeniería, coaching e inteligencia artificial. Y esta encíclica me confirma algo que he ido aprendiendo despacio: el riesgo no está en que las máquinas se vuelvan demasiado inteligentes. El riesgo está en que nosotros nos volvamos demasiado cómodos delegando en ellas lo que solo la conciencia humana puede hacer.

¿Seguiremos siendo los que preguntan, o nos conformaremos con los que responden?

Esa, al final, es la pregunta que Magnifica Humanitas nos deja sobre la mesa.


¿Y tú qué piensas? ¿Qué tan humanos queremos seguir siendo mientras construimos todo esto?

sábado, junio 06, 2026

No leo ni escribo pero de alguna manera lo estoy haciendo

¿Estoy leyendo si no leo las palabras?

El otro día iba a devolver un libro. En el ascensor lo abrí, casi por inercia. Recorrí una página con los ojos y algo me golpeó con extraña claridad: no había leído ni una línea de este libro.

Y sin embargo, lo conocía. Podía hablar de sus ideas, relacionarlas con otros autores, discutir sus argumentos. Había producido un post de blog a partir de él.

¿Cómo es posible eso?


Hace un tiempo cambié mi forma de acercarme a los libros. Le saco fotos a las páginas —en lotes de diez— y se las paso a ChatGPT. Le pido que transcriba, que traduzca si es necesario, que me explique el contenido. Leo en alemán de esa manera. O en inglés denso. O en cualquier idioma que se resiste al ritmo que yo le quiero imponer.

Al terminar el libro, le pido un resumen de todas las explicaciones que me fue dando. Después ese resumen llega a Claude, y Claude produce un post en mi estilo. Lo leo. Normalmente me encanta. Publico.

Proceso un libro. Produzco un texto. No he leído ni he escrito nada.

¿Qué estoy haciendo?


Se lo conté a Klaus y la pregunta nos quedó flotando. Él tampoco tenía una respuesta fácil. Porque la pregunta no es trivial.

Durante siglos entendimos la lectura como el acto físico de recorrer palabras con los ojos. La escritura, como el acto físico de producir palabras con la mano. Pero quizás eso nunca fue lo esencial.

Lo esencial, creo, era otra cosa: incorporar ideas, relacionarlas con experiencias previas, generar comprensión, producir significado, comunicarlo a otros.

Si miramos así el asunto, entonces sí estoy leyendo. Y sí estoy escribiendo. Solo que he externalizado parte del proceso.

Antes el recorrido era lineal: Libro → Lectura → Comprensión → Escritura.

Ahora es: Libro → IA → Conversación → Comprensión → IA → Texto → Ajustes → Publicación.

La lectura y la escritura no desaparecieron. Se desplazaron.


Pero hay algo que me parece más importante que el desplazamiento en sí.

Yo no consumo pasivamente lo que produce la IA. Hago preguntas. Pido aclaraciones. Relaciono autores. Comparo ideas. Extraigo lo que me parece relevante. Y después evalúo si el texto final representa mi mirada o no.

Eso se parece más al trabajo de un editor o de un director de orquesta que al de un lector convencional.

Cuando abrí ese libro en el ascensor y pensé "no he leído una sola línea", estaba diciendo una verdad. Pero también una falsedad. No había leído las líneas. Pero sí había leído las ideas. No había recorrido las palabras. Pero sí había recorrido el significado.


Me recuerda algo que ocurrió con la escritura misma.

Durante miles de años la memoria era oral. Entonces apareció la escritura. Muchos pensaron que las personas dejarían de recordar. Y tenían razón en un sentido: dejamos de memorizar poemas completos, genealogías, leyes. Pero apareció una capacidad nueva. Después ocurrió algo parecido con la imprenta. Luego con las calculadoras. Y ahora con la inteligencia artificial.

Cada vez externalizamos una capacidad. Y desarrollamos otra.


Creo que lo que estoy haciendo tiene un nombre que todavía no existe del todo.

No es lectura en el sentido clásico. No es escritura en el sentido clásico. Es algo parecido a conversar con los libros. Porque eso es exactamente lo que hago: no leo a Schmid o a Heidegger como un estudiante frente a una página. Los interrogo. La IA se transforma en un mediador entre el autor y yo.

Y aquí aparece la pregunta que más me ronda:

Si entiendo el libro, puedo discutir sus ideas, puedo relacionarlas con otros autores, puedo explicar su contenido a otra persona y puedo producir un texto original a partir de él… ¿importa tanto que no haya leído físicamente las palabras?

Hace cien años la respuesta habría sido sí, sin dudar. Hoy ya no estoy tan seguro. Y creo que dentro de veinte años la respuesta será todavía menos evidente.


Tal vez no esté dejando de leer y escribir.

Tal vez esté inaugurando una nueva forma de hacerlo. Una forma en que la energía humana deja de dedicarse a decodificar símbolos y se concentra en algo más valioso: comprender, relacionar, crear y dar sentido.

Y eso, curiosamente, conecta con algo que vengo pensando sobre la inteligencia artificial en general: la IA no reemplaza lo humano. Desplaza parte del trabajo mecánico para que podamos concentrarnos más en aquello que solo nosotros podemos hacer.

Lo que estoy haciendo con los libros puede ser una de las primeras manifestaciones cotidianas de esa transformación.


¿Y tú? ¿Seguirías llamando a esto leer?

jueves, junio 04, 2026

Libro Serenidad (Gelassenheit) de Martin Heidegger

El pensar que se detuvo.

Hay libros que entregan respuestas. Y hay libros que te obligan a hacerte preguntas que creías haber dejado atrás.

Serenidad (Gelassenheit) de Martin Heidegger es de los segundos.

No es un libro cómodo. Tampoco es largo ni complicado. Pero tiene esa característica de los textos que te siguen rondando días después de cerrarlos. Aparecen en una conversación, en el silencio de la mañana, en ese momento entre el sueño y la vigilia.


La distinción que lo cambia todo

Heidegger separa dos formas de pensar. Una la conocemos muy bien: el pensamiento calculador. Mide, proyecta, organiza, resuelve, optimiza. Es el pensamiento de la ingeniería, de los negocios, de la planificación estratégica. No tiene nada de malo. Yo lo practiqué durante décadas y lo sigo usando.

El problema, dice Heidegger, es cuando se convierte en el único modo disponible.

Porque existe otro pensar que la modernidad fue dejando al margen: el pensamiento meditativo. Ese que no pregunta cómo funciona, sino qué significa. Ese que no busca dominar la realidad, sino comprenderla. Ese que no tiene urgencia por resultados.

El pensamiento calculador pregunta: ¿cómo se optimiza esto?
El pensamiento meditativo pregunta: ¿qué nos revela esto de nuestra existencia?

Y la advertencia de Heidegger es que hemos desarrollado el primero hasta la maestría, mientras el segundo lo hemos ido olvidando silenciosamente.

Lo veo en el coaching todos los días.


Gelassenheit: el arte de dejar ser

La palabra central del libro no tiene traducción exacta. Gelassenheitserenidad— significa literalmente dejar ser. No es resignación. No es pasividad. No es indiferencia.

Es una actitud activa de no imponer. De no convertir todo en objeto de uso, en problema a resolver, en recurso a optimizar.

El ser humano moderno tiende a apropiarse de todo. Las cosas adquieren valor sólo en función de su utilidad. La serenidad rompe esa lógica. Propone contemplar antes de apropiarse. Escuchar antes de intervenir. Observar antes de juzgar.

En coaching lo llamamos presencia plena. Heidegger lo llama apertura al misterio. Son la misma cosa vista desde ángulos distintos.


Una frase que me quedó instalada

"El preguntar es la devoción del pensar."

Para Heidegger, el pensamiento auténtico no se caracteriza por poseer respuestas, sino por mantener vivas las preguntas. La filosofía no consiste en alcanzar una certeza absoluta. Consiste en mantenerse abierto al misterio de aquello que siempre supera nuestras explicaciones.

El verdadero pensador no elimina las preguntas fundamentales. Aprende a habitar en ellas.

Eso me recuerda a Sócrates. Y me recuerda también a lo que ocurre en una buena sesión de coaching: no el momento en que aparece la respuesta, sino el momento en que el cliente se hace por fin la pregunta correcta.


El sí y el no a la tecnología

Heidegger no propone rechazar la técnica. Eso sería absurdo y anacrónico. Tampoco propone entregarse completamente a ella.

Propone algo más difícil: usarla conservando una distancia interior. Decir sí a los beneficios, no a convertirnos en sus esclavos.

En esta época donde la inteligencia artificial está redefiniendo lo que significa pensar, producir y relacionarse, esa advertencia tiene una vigencia que asombra. El peligro no está en las máquinas. El peligro está en la mirada que reduce toda realidad a algo utilizable. Incluidos nosotros mismos.

Somos seres humanos. No recursos que deben optimizarse permanentemente.


Lo que más me movió

La imagen final del libro: una planta que necesita tanto raíces como apertura hacia la luz.

Sin raíces, desorientación. Sin apertura, encierro. El ser humano necesita historia, comunidad, tradición, un lugar. Pero también necesita asombro, cuestionamiento, disponibilidad para lo nuevo.

A esta altura de mi vida, esa imagen me habla directo. Las raíces están. El desafío es mantener viva la apertura.

Pensar bien, sugiere Heidegger, no es saber mucho. Es saber detenerse. Es recuperar la capacidad de asombro ante lo que siempre ha estado ahí y que el ruido moderno nos impide ver.

Y eso, paradójicamente, es también lo que intentamos despertar en el coaching: que alguien se detenga lo suficiente como para escucharse de verdad.

¿Cuándo fue la última vez que pensaste sin ningún objetivo en mente?

miércoles, junio 03, 2026

Libro Serenidad (Gelassenheit) de Wilhelm Schmid

La serenidad no se encuentra. Se construye.

Hay una palabra alemana que me ha estado rondando estos días: *Gelassenheit*.

No tiene traducción exacta al español. Algo así como soltar, dejar ir, dejarse llevar sin perder el centro. Wilhelm Schmid la usa como título de su libro —traducido como Serenidad— y propone algo que, a mi edad, resuena con fuerza: que la serenidad no es un estado de calma superficial, ni resignación disfrazada de madurez. Es una forma de sabiduría que se va construyendo, despacio, a lo largo de toda una vida.

¿Y cuál es la diferencia entre resignarse y ser sereno?

Resignarse es rendirse. Es decirle al mundo "haz lo que quieras conmigo" y retirarse hacia adentro. La serenidad, en cambio, es algo más valiente: es aceptar lo que no puede cambiarse, y al mismo tiempo seguir actuando allí donde todavía es posible hacerlo. Schmid lo dice con una claridad que me recuerda a Epicteto: hay cosas que dependen de nosotros, cosas que no dependen, y cosas que dependen parcialmente. La sabiduría —¿y el coaching?— consiste en aprender a distinguir entre ellas.

Me pregunto cuántas personas confunden estas tres categorías a lo largo de su vida.

Hay otro punto del libro que no puedo dejar pasar: la necesidad de desarrollar una amistad con uno mismo. Schmid observa que muchos de nosotros pasamos décadas intentando cumplir expectativas ajenas, construyendo imágenes para el mundo externo, sin dedicar tiempo real a conocernos. Escucharnos. Reconciliarnos con nuestra propia historia.

No es complacencia. Es respeto.

Y luego está el tiempo. El envejecimiento. Schmid propone algo que va contra la corriente cultural: que cada etapa de la vida tiene sus dones particulares. Que los años no solo restan —también dan perspectiva, libertad respecto de las opiniones ajenas, y una capacidad creciente para distinguir lo importante de lo accesorio. A los 74 años, puedo decir que eso es verdad. No siempre fácil. Pero verdad.

¿Qué estás soltando tú en este momento de tu vida?

Porque de eso se trata, en el fondo: de aprender a soltar. Proyectos que no serán. Imágenes de uno mismo que ya no encajan. Expectativas que pertenecían a otra época. Y descubrir —esto es lo que más me sorprende del libro— que muchas veces es precisamente al soltar cuando aparece una nueva libertad.

La conclusión de Schmid no promete inmortalidad ni certezas. Ofrece algo más sencillo y, a mi juicio, más valioso: la posibilidad de reconciliarse con la vida tal como es. Llegar al final pudiendo decir: participé plenamente de esta extraordinaria aventura.

Si después hay algo más, será un regalo.
Y si no, habrá bastado.

jueves, mayo 28, 2026

Libro The meaning of your life de Arthur C. Brooks

El significado no se fabrica. Se revela.

Hay una frase de Tolstói que Arthur Brooks pone en el centro de este libro y que se me quedó dando vueltas mucho tiempo.
No es una frase sobre la muerte. Es sobre algo más perturbador:

"Muriendo de horror, no tanto ante la muerte, sino ante la vida."

La dice —o la vive— Konstantin Levin, el protagonista de Anna Karenina. Un hombre con dinero, posición, inteligencia, una vida aparentemente lograda. Y sin embargo, angustiado. Vacío. Sin respuesta para la pregunta que no puede acallar: ¿para qué?

Brooks usa esa imagen como diagnóstico de una epidemia contemporánea. Y lo que hace bien el libro es insistir en que ese sufrimiento no es exclusivo de los fracasados. Aparece, con especial frecuencia, en quienes han tenido éxito.

Lo he visto muchas veces en mi trabajo como coach.

El hemisferio que sobrevaloramos

Uno de los conceptos que más me movió tiene que ver con los hemisferios cerebrales. La cultura moderna ha hipertrofiado el izquierdo: análisis, control, lógica, eficiencia, cálculo. Y ha empobrecido el derecho: intuición, belleza, contemplación, misterio, vínculos, experiencia trascendente.

El problema no es la razón. El problema es vivir exclusivamente dentro de ella.

Una vida completamente dominada por análisis y productividad termina desconectándose de las dimensiones más profundas de la existencia. Y esa desconexión, a la larga, se siente. Se siente como vacío. Como una sensación persistente de que algo falta, aunque no sepamos bien qué.

El sufrimiento como puerta

La cultura contemporánea trata el dolor como un error que hay que corregir lo antes posible. Brooks sostiene exactamente lo contrario: el sufrimiento es inevitable y, bien atravesado, puede transformarse en fuente de crecimiento, profundidad y significado.

La fórmula que propone —tomada del budismo y de la tradición de mindfulness— es simple y poderosa:

Sufrimiento = Resistencia × Dolor

El dolor forma parte de la vida: pérdidas, envejecimiento, fracasos, incertidumbre, muerte. Pero cuando dejamos de luchar compulsivamente contra la realidad, el dolor puede transformarse en sabiduría. Lo que multiplica el sufrimiento no es el dolor. Es la resistencia.

Concentrarse en el proceso, no en el resultado

Aquí Brooks conecta con algo que en coaching trabajamos constantemente. La ansiedad moderna nace, en buena parte, de una obsesión permanente por resultados futuros que no dependen completamente de nosotros.

La alternativa no es la resignación. Es una orientación distinta: concentrarse en el proceso presente.

Hacer bien el trabajo de hoy. Amar hoy. Escuchar hoy. Crear hoy. Servir hoy.

La vida significativa no aparece de golpe al final del camino. Se construye lentamente en la calidad de la atención cotidiana. Y esa es, precisamente, una de las cosas que el coaching intenta despertar en los clientes: la capacidad de habitar el presente con intención.

La belleza como necesidad existencial

Hay algo en este libro que no encontré en otros sobre el mismo tema, y es la centralidad que Brooks le da a la belleza.

No como lujo cultural ni decoración estética. Como necesidad existencial.

La vida moderna priva a muchas personas de belleza: demasiadas pantallas, demasiado ruido, ciudades agresivas, hiperproductividad, vida completamente funcional. Pero el ser humano necesita belleza porque la belleza abre la percepción hacia algo mayor que uno mismo.

La belleza interrumpe el ego. Despierta asombro. Conecta con trascendencia.

Salir a la naturaleza. Contemplar paisajes. Escuchar música. Leer grandes obras. Exponerse al arte. No son actividades de tiempo libre. Son prácticas de cuidado existencial.

El Camino de Santiago como metáfora

Hacia el final, Brooks relata algo de su propia vida: el Camino de Santiago, recorrido después de abandonar una carrera que lo había agotado. Durante semanas caminó con simplicidad, dejó atrás el ruido y los dispositivos, conversó con desconocidos, soportó dolor físico, habitó el tiempo de otra manera.

Y ahí descubrió algo que me parece la tesis más profunda del libro:

Él creía estar buscando el significado de su vida. Pero en realidad el significado había estado buscándolo a él desde siempre.

El problema es que su vida estaba demasiado llena de distracción, ego, ambición, complejidad. La peregrinación simplemente eliminó esas barreras.

Lo que el libro deja instalado

El significado de la vida no es algo que se inventa artificialmente ni una fórmula intelectual que se resuelve racionalmente. Aparece cuando la persona se vuelve más presente, más abierta, más vulnerable, más contemplativa, más conectada con los vínculos reales, más disponible para la experiencia profunda de vivir.

No se trata de controlar totalmente la existencia.

Se trata de aprender a habitarla.

Y eso, para quienes trabajamos acompañando a otros en procesos de coaching, es una invitación constante. Porque la pregunta que Brooks despliega en todo el libro no es solo filosófica. Es la pregunta que aparece en la sala cuando alguien se sienta frente a uno, con sus logros y su vacío, y dice en voz baja:

¿Y ahora qué?

¿Y tú? ¿Dónde estás encontrando —o construyendo— el significado en esta etapa de tu vida?

miércoles, mayo 27, 2026

Libro El pedestal vacío de Cristián Warnken Lihn

Este libro, de reciente publicación, es un relato personal de un pasaje relevante en la vida de nuestro querido y lúcido hombre de letras, Cristián Warnken.

Muy cercano a su madre, de sensibilidad de izquierda —izquierda dura—, casada con su padre, todo lo contrario. Eso los fue distanciando; terminaron durmiendo en piezas separadas. Y se metió por los palos el poeta Eduardo Anguita, gran amigo de su madre y asiduo visitante de la casa.

Fue su madre quien lo introdujo en la literatura, la poesía y el amor intenso por la "madre revolución".

Ambos sintieron profundamente, lloraron incluso, el golpe militar y la muerte trágica del presidente Salvador Allende. Vivían en un barrio donde todos alrededor celebraban su caída. Su padre tuvo que sujetar a su madre, que quiso salir a defender a Allende en las calles.

Cristián participó en un movimiento de resistencia, fue a marchas —algunas arriesgadas— durante la dictadura de Pinochet, y participó activamente en procesos electorales como el del Sí y el No, que abrió el camino a la democracia.

Un punto de quiebre para él fue el estallido social de octubre de 2019. Estuvo íntegramente en contra de la violencia y la destrucción que ahí se produjo, y quedó muy sorprendido por el silencio cómplice de toda la izquierda frente a esos actos, ocurridos a lo largo de todo el país.

Se atrevió a publicar una carta oponiéndose a la destrucción de estaciones del Metro, iglesias, centros culturales, bibliotecas... todo. Los grafitis azuzaban a matar carabineros, y había que quemarlo todo. Fue identificado, atacado ferozmente en redes sociales y un día funado en las calles de Isla Negra, mientras caminaba con su mujer e hijos. Unos jóvenes iracundos lo insultaron, y fue ahí donde uno le espetó: "amarillo".

A Cristián Warnken le gustaba flanear, caminar por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, disfrutando lo que se le iba apareciendo y los encuentros fortuitos. Dejó de hacerlo. Ese fue un doloroso cambio en los hábitos y placeres que se daba.

Desde esa posición, empezó a recibir tanto ataques como acercamientos de personas que compartían su visión. Fueron creando un movimiento, una tendencia, una voz.

Llegó la pandemia, que detuvo el estallido social. En 2022, los grupos políticos acordaron crear una vía institucional para la crisis: un proceso constituyente para dotar a Chile de una nueva Constitución.

Fue en ese proceso donde Cristián Warnken y quienes se le fueron allegando decidieron consolidarse como un movimiento de rechazo a esa Constitución, al que él mismo bautizó: Amarillos.

Y ganaron. La nueva Constitución fue rechazada por aplastante mayoría, en buena medida gracias a este movimiento que Cristián presidía.

Surgió entonces la idea —no de él— de crear un partido político. Y terminó como su presidente, participando activamente en medios y reuniones del Congreso para diseñar el siguiente proceso constituyente. Se había metido en un mundo donde jamás soñó estar. Lo suyo era la literatura, la poesía, las entrevistas en radio y televisión.

Se fue a vivir al sur, a Puerto Varas, como una forma de escapar del estrés que todo esto le generaba.

En el libro, Cristián Warnken comparte con notable honestidad su proceso interno de apóstata —como él mismo se califica en la portada: Confesiones de un apóstata—. Alguien que era de izquierda y deja de serlo, sin pasarse a la derecha.

Impresionante es su viaje con su mujer a Cuba, a La Habana. Ve la realidad del mundo de la "madre revolución", el daño que le hacía a los artistas, en particular a poetas y poetisas. Conversa con ellos, asiste a eventos oficiales, observa a los poetas que sí aparecen, lo contraídos que están. Ese viaje fue la constatación definitiva de que la izquierda y su amor por la "madre revolución" era un sueño fallido.

Notable es también su alejamiento de ese mundo, sin poder del todo romper con artistas como Silvio Rodríguez o los Inti Illimani, que resonaron tan hondo en su vida.

Finalmente, renuncia a su liderazgo en el partido político y se aleja de ese mundo, volviendo a lo suyo: la poesía, las entrevistas y el flanear por las calles, algo que, varios años después, puede volver a hacer.

Un libro honesto, franco, bien escrito, que da gusto leerlo. La vida de una persona en un tiempo y un espacio donde yo también estuve, de maneras tan distintas.

Lo recomiendo especialmente.