El secreto holandés que nadie cuenta. Antes de Inglaterra, antes de Francia, hubo un pueblo que aprendió a colaborar para no ahogarse
Un enemigo que no es un rey
Llevo días metido en La era de las revoluciones, de Fareed Zakaria. Y hay un capítulo que me detuvo más que los otros, justamente porque no habla de reyes ni de revoluciones sangrientas.
Habla de agua.Mientras media Europa seguía atrapada en el feudalismo —castillos, señores, guerras locales sin sentido mayor— los Países Bajos enfrentaban un enemigo distinto. No un ejército. El mar.
Las inundaciones los obligaban a algo que el feudalismo nunca exigió: colaborar o desaparecer.
Lo que el agua enseña
De esa necesidad nacieron los molinos. Energía eólica moviendo agua, moviendo sierras, moviendo madera para construir barcos.
No es un detalle menor. Una sociedad que aprende a cooperar para sobrevivir a su geografía, termina desarrollando algo que el feudalismo jamás pudo dar: confianza horizontal. Gente que negocia entre pares, no que obedece a un señor.
Ciudades centradas en comercio. Artesanos. Puertos.
Y mientras Venecia —la gran potencia comercial de siglos— empezaba a desperfilarse, los puertos holandeses se transformaban en la nueva puerta de entrada a Europa para las mercaderías de oriente.
El centro de gravedad del mundo se movía. Y casi nadie lo vio venir.
De Holanda a Inglaterra: un préstamo silencioso
Aquí viene la parte que más me hizo pensar.
Guillermo de Orange —hijo del padre de la patria holandesa— es invitado a Inglaterra por quienes temían que Jacobo II los arrastrara hacia un absolutismo al estilo de Luis XVI. Se instala. Y con él entra algo más que un nuevo rey: entra un modelo.
El de un parlamento poderoso. El de instituciones que limitan al poder en vez de concentrarlo. El de la propiedad privada como base, no como privilegio.Lo que en Holanda nació de pelear contra el agua, en Inglaterra se convierte en arquitectura política. La Revolución Gloriosa de 1688 no apareció de la nada. Llegó importada, adaptada, potenciada.
El modelo inglés 2.0
Y entonces el préstamo vuelve a viajar.
Trece colonias inglesas en la costa este de lo que sería Estados Unidos. Asambleas propias, miembros elegidos, resolviendo sus propios asuntos. Ya no era clima feudal. Era clima republicano, heredado de lo aprendido en los Países Bajos y reformulado por Inglaterra.
Cuando llega la independencia, en 1776, ocurre algo que nunca había pasado: una constitución escrita sobre principios filosóficos, no sobre la tradición de un linaje o la voluntad de un monarca.
Era el modelo inglés, otra vez mejorado. Y la revolución industrial que ahí explota termina, en poco tiempo, sobrepasando a la propia Inglaterra.
Lo que me quedo pensando
Tres países. Tres saltos. Ningún punto de partida épico.
Holanda no se propuso inventar la modernidad. Solo quería no ahogarse. Inglaterra no inventó la democracia liberal de un día para otro. Importó un modelo y lo perfeccionó. Estados Unidos no nació de una idea pura: nació de colonos resolviendo asuntos prácticos en asambleas, hasta que un día se dieron cuenta de que tenían algo nuevo entre las manos.
La gran transformación casi nunca llega con un plan maestro. Llega de la mano de gente resolviendo lo urgente, y descubriendo después que lo urgente cambió el mundo.
Y hoy, ¿qué nos obliga a colaborar?
Esto es lo que no puedo dejar de preguntarme.
El agua obligó a los holandeses a cooperar. La amenaza del absolutismo obligó a los ingleses a limitar el poder. La distancia del imperio obligó a los colonos americanos a autogobernarse.
Hoy vivimos, según Zakaria, la era de las identidades. Cada uno aferrado a la propia: raza, género, religión, postura frente a temas que dividen. Se suman los inmigrantes, el cambio climático, los populismos. Todo más enredado que nunca.
Pero noto una diferencia de fondo con Holanda, con Inglaterra, con las trece colonias: ahí la identidad se construía hacia afuera, resolviendo algo compartido. Hoy la identidad se construye, muchas veces, hacia adentro, marcando diferencia con el otro.
Quizás el desafío de nuestro tiempo no sea encontrar una nueva ideología. Sea recuperar la pregunta que sí supieron hacerse los holandeses frente al agua: ¿qué tenemos que resolver juntos, que no podamos resolver solos?
¿Y tú? Cuando piensas en lo que nos divide hoy —identidad, política, tecnología— ¿ves algo parecido a esa agua holandesa, algo que podría obligarnos a colaborar de nuevo en vez de fragmentarnos más?


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