jueves, junio 18, 2026

Libro La era de las revoluciones de Fareed Zakaria

El secreto holandés que nadie cuenta. Antes de Inglaterra, antes de Francia, hubo un pueblo que aprendió a colaborar para no ahogarse

Un enemigo que no es un rey

Llevo días metido en La era de las revoluciones, de Fareed Zakaria. Y hay un capítulo que me detuvo más que los otros, justamente porque no habla de reyes ni de revoluciones sangrientas.

Habla de agua.

Mientras media Europa seguía atrapada en el feudalismo —castillos, señores, guerras locales sin sentido mayor— los Países Bajos enfrentaban un enemigo distinto. No un ejército. El mar.

Las inundaciones los obligaban a algo que el feudalismo nunca exigió: colaborar o desaparecer.

Lo que el agua enseña

De esa necesidad nacieron los molinos. Energía eólica moviendo agua, moviendo sierras, moviendo madera para construir barcos.

No es un detalle menor. Una sociedad que aprende a cooperar para sobrevivir a su geografía, termina desarrollando algo que el feudalismo jamás pudo dar: confianza horizontal. Gente que negocia entre pares, no que obedece a un señor.

Ciudades centradas en comercio. Artesanos. Puertos.

Y mientras Venecia —la gran potencia comercial de siglos— empezaba a desperfilarse, los puertos holandeses se transformaban en la nueva puerta de entrada a Europa para las mercaderías de oriente.

El centro de gravedad del mundo se movía. Y casi nadie lo vio venir.

De Holanda a Inglaterra: un préstamo silencioso

Aquí viene la parte que más me hizo pensar.

Guillermo de Orange —hijo del padre de la patria holandesa— es invitado a Inglaterra por quienes temían que Jacobo II los arrastrara hacia un absolutismo al estilo de Luis XVI. Se instala. Y con él entra algo más que un nuevo rey: entra un modelo.

El de un parlamento poderoso. El de instituciones que limitan al poder en vez de concentrarlo. El de la propiedad privada como base, no como privilegio.

Lo que en Holanda nació de pelear contra el agua, en Inglaterra se convierte en arquitectura política. La Revolución Gloriosa de 1688 no apareció de la nada. Llegó importada, adaptada, potenciada.

El modelo inglés 2.0

Y entonces el préstamo vuelve a viajar.

Trece colonias inglesas en la costa este de lo que sería Estados Unidos. Asambleas propias, miembros elegidos, resolviendo sus propios asuntos. Ya no era clima feudal. Era clima republicano, heredado de lo aprendido en los Países Bajos y reformulado por Inglaterra.

Cuando llega la independencia, en 1776, ocurre algo que nunca había pasado: una constitución escrita sobre principios filosóficos, no sobre la tradición de un linaje o la voluntad de un monarca.

Era el modelo inglés, otra vez mejorado. Y la revolución industrial que ahí explota termina, en poco tiempo, sobrepasando a la propia Inglaterra.

Lo que me quedo pensando

Tres países. Tres saltos. Ningún punto de partida épico.

Holanda no se propuso inventar la modernidad. Solo quería no ahogarse. Inglaterra no inventó la democracia liberal de un día para otro. Importó un modelo y lo perfeccionó. Estados Unidos no nació de una idea pura: nació de colonos resolviendo asuntos prácticos en asambleas, hasta que un día se dieron cuenta de que tenían algo nuevo entre las manos.

La gran transformación casi nunca llega con un plan maestro. Llega de la mano de gente resolviendo lo urgente, y descubriendo después que lo urgente cambió el mundo.

Y hoy, ¿qué nos obliga a colaborar?

Esto es lo que no puedo dejar de preguntarme.

El agua obligó a los holandeses a cooperar. La amenaza del absolutismo obligó a los ingleses a limitar el poder. La distancia del imperio obligó a los colonos americanos a autogobernarse.

Hoy vivimos, según Zakaria, la era de las identidades. Cada uno aferrado a la propia: raza, género, religión, postura frente a temas que dividen. Se suman los inmigrantes, el cambio climático, los populismos. Todo más enredado que nunca.

Pero noto una diferencia de fondo con Holanda, con Inglaterra, con las trece colonias: ahí la identidad se construía hacia afuera, resolviendo algo compartido. Hoy la identidad se construye, muchas veces, hacia adentro, marcando diferencia con el otro.

Quizás el desafío de nuestro tiempo no sea encontrar una nueva ideología. Sea recuperar la pregunta que sí supieron hacerse los holandeses frente al agua: ¿qué tenemos que resolver juntos, que no podamos resolver solos?

¿Y tú? Cuando piensas en lo que nos divide hoy —identidad, política, tecnología— ¿ves algo parecido a esa agua holandesa, algo que podría obligarnos a colaborar de nuevo en vez de fragmentarnos más?



5 comentarios:

  1. Anónimo10:32 p.m.

    La gran energía unificadora es la consciencia, tiene la capacidad de gestar felicidad, pero también sufrimiento. Tal como se mueven las consciencias actualmente es hacia el sufrimiento. Llegará el día en que de tanto sufrimiento, las consciencias comiencen a colaborar y con esto a gestar felicidad. Por de pronto, algo de esto ya existe, no tanto por el sufrimiento, si no previendo el sufrimiento que podría acarrear una guerra nuclear. Hay consciencias que se obligan, quizás no a colaborar, pero si, al menos a ponerse de acuerdo para no agredirse. Algo es algo, esto gracias a la capacidad de la consciencia.

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    1. Yo creo que Faggin nos aporta un cambio de paradigma, en el sentido de que la vida busca conocerse, la persona busca conocerse, porque el TODO busca conocerse a través nuestro, en un mundo que al avanzar se co crea, somos co creadores del universo y en el proceso nos maravillamos.

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    2. Anónimo8:21 a.m.

      Ojo, podemos ser cocreadores o codestructores. Todo depende de cómo decidamos colapsar las ondas. Al final sera hacia la unificación que es lo natural, el amor

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  2. Anónimo12:25 p.m.

    Falta que el "agua" nos este ahogando. Solo entonces buscaremos como sobrevivir.
    Muy buen texto y muy ricas tus reflexiones

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  3. Anónimo6:11 p.m.

    Les comparto algunos datos, segun Fernand Braudel el capitalismo no nació con la revolución industrial inglesa, sino antes, en las ciudades comerciales Venecia y Génova, luego maduró en Ámsterdam en el siglo XVII logrando un conjunto único:
    Mercado de Capitales (Bolsa de Ámsterdam operaba acciones de una compañía), Banco Central (Banco de Ámsterdam resolvió el problema de la confianza), Deuda Pública Confiable (Estado holandés podía endeudarse garantizando el pago), Seguros Marítimos (distribuye el riesgo), Mercado de Futuros (contratos de entrega futura). Todo eso es capitalismo financiero funcionando como hoy.

    El problema del agua no produjo una "cooperación espontánea", sino una sociedad donde la propiedad de la tierra era clara y defendible, porque recuperar tierra al mar requería inversión previa, registro preciso y protección legal de lo invertido. Esa cultura de la propiedad contractual y registrada es la base del capitalismo.

    Los sistemas de diques y molinos en los Países Bajos fueron gestionados por las Waterschappen (juntas de agua), instituciones locales con participación de los "propietarios" de tierra, no era todo el pueblo. Los que no tenían tierra no participaban en las decisiones, aunque vivieran en el mismo territorio inundable.

    La ingeniería hidráulica a gran escala requería capital, organización y poder de decisión. No era una asamblea de aldeanos que decidieron colaborar espontáneamente, hubo actores con poder que impusieron soluciones, financiaron obras y controlaron los beneficios.

    Si bien Las Waterschappen eran autogobernadas por propietarios locales que se autofinanciaban mediante impuestos propios sobre la tierra, no eran estatales, tampoco 100% privadas, pero podían obligar a los propietarios a contribuir. Ahora los grandes proyectos de drenaje fueron financiados por inversores privados que buscaban rentabilidad en tierras nuevas. Quienes pusieron el capital, ganaron tierras y los campesinos que ya vivían ahí quedaron en una posición subordinada.

    Si bien la cooperación horizontal existió, fue a nivel modesto (vecinos coordinando mantenimiento de diques locales), la solución al "problema del agua" fue en gran medida la inversión privada buscando rentabilidad en tierras ganadas al mar. Entonces la moraleja es "la necesidad compartida genera oportunidades de negocio para quienes tienen capital y eso produce infraestructura, desarrollo y beneficio colectivo como subproducto".

    Lo que Holanda desarrolló resolviendo el problema de las tierras inundadas, mas allá de la ingeniería hidráulica, no fue "cooperación", fueron instituciones que limitaban el poder y protegían la propiedad privada. Las Waterschappen eran cuerpos con reglas, rendición de cuentas entre pares y mecanismos para resolver disputas sin necesidad de un señor feudal que decidiera.

    El mismo patrón que se repite en Inglaterra, el capital privado pone el dinero, toma el riesgo y la ganancia, las instituciones establecen las reglas. El Estado aparece más tarde, cuando la escala supera lo que el capital privado puede o quiere resolver solo. La revolución industrial inglesa, fue masivamente privada, el Estado entró después con regulación laboral, salubridad, infraestructura, cuando los costos sociales se volvieron insostenibles.

    Lo que viaja de Holanda a Inglaterra y luego a EEUU no es "cooperación" ni "espíritu democrático", es el poder político limitado y predecible, que permite movilizar capital más eficientemente que el absolutismo. La democracia liberal, es un subproducto de necesidades económicas y financieras, no el resultado de una evolución moral hacia la cooperación. Por esto capitalismo financiero maduro prefiere instituciones predecibles y un Estado de derecho sólido.

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