jueves, junio 04, 2026

Libro Serenidad (Gelassenheit) de Martin Heidegger

El pensar que se detuvo.

Hay libros que entregan respuestas. Y hay libros que te obligan a hacerte preguntas que creías haber dejado atrás.

Serenidad (Gelassenheit) de Martin Heidegger es de los segundos.

No es un libro cómodo. Tampoco es largo ni complicado. Pero tiene esa característica de los textos que te siguen rondando días después de cerrarlos. Aparecen en una conversación, en el silencio de la mañana, en ese momento entre el sueño y la vigilia.


La distinción que lo cambia todo

Heidegger separa dos formas de pensar. Una la conocemos muy bien: el pensamiento calculador. Mide, proyecta, organiza, resuelve, optimiza. Es el pensamiento de la ingeniería, de los negocios, de la planificación estratégica. No tiene nada de malo. Yo lo practiqué durante décadas y lo sigo usando.

El problema, dice Heidegger, es cuando se convierte en el único modo disponible.

Porque existe otro pensar que la modernidad fue dejando al margen: el pensamiento meditativo. Ese que no pregunta cómo funciona, sino qué significa. Ese que no busca dominar la realidad, sino comprenderla. Ese que no tiene urgencia por resultados.

El pensamiento calculador pregunta: ¿cómo se optimiza esto?
El pensamiento meditativo pregunta: ¿qué nos revela esto de nuestra existencia?

Y la advertencia de Heidegger es que hemos desarrollado el primero hasta la maestría, mientras el segundo lo hemos ido olvidando silenciosamente.

Lo veo en el coaching todos los días.


Gelassenheit: el arte de dejar ser

La palabra central del libro no tiene traducción exacta. Gelassenheitserenidad— significa literalmente dejar ser. No es resignación. No es pasividad. No es indiferencia.

Es una actitud activa de no imponer. De no convertir todo en objeto de uso, en problema a resolver, en recurso a optimizar.

El ser humano moderno tiende a apropiarse de todo. Las cosas adquieren valor sólo en función de su utilidad. La serenidad rompe esa lógica. Propone contemplar antes de apropiarse. Escuchar antes de intervenir. Observar antes de juzgar.

En coaching lo llamamos presencia plena. Heidegger lo llama apertura al misterio. Son la misma cosa vista desde ángulos distintos.


Una frase que me quedó instalada

"El preguntar es la devoción del pensar."

Para Heidegger, el pensamiento auténtico no se caracteriza por poseer respuestas, sino por mantener vivas las preguntas. La filosofía no consiste en alcanzar una certeza absoluta. Consiste en mantenerse abierto al misterio de aquello que siempre supera nuestras explicaciones.

El verdadero pensador no elimina las preguntas fundamentales. Aprende a habitar en ellas.

Eso me recuerda a Sócrates. Y me recuerda también a lo que ocurre en una buena sesión de coaching: no el momento en que aparece la respuesta, sino el momento en que el cliente se hace por fin la pregunta correcta.


El sí y el no a la tecnología

Heidegger no propone rechazar la técnica. Eso sería absurdo y anacrónico. Tampoco propone entregarse completamente a ella.

Propone algo más difícil: usarla conservando una distancia interior. Decir sí a los beneficios, no a convertirnos en sus esclavos.

En esta época donde la inteligencia artificial está redefiniendo lo que significa pensar, producir y relacionarse, esa advertencia tiene una vigencia que asombra. El peligro no está en las máquinas. El peligro está en la mirada que reduce toda realidad a algo utilizable. Incluidos nosotros mismos.

Somos seres humanos. No recursos que deben optimizarse permanentemente.


Lo que más me movió

La imagen final del libro: una planta que necesita tanto raíces como apertura hacia la luz.

Sin raíces, desorientación. Sin apertura, encierro. El ser humano necesita historia, comunidad, tradición, un lugar. Pero también necesita asombro, cuestionamiento, disponibilidad para lo nuevo.

A esta altura de mi vida, esa imagen me habla directo. Las raíces están. El desafío es mantener viva la apertura.

Pensar bien, sugiere Heidegger, no es saber mucho. Es saber detenerse. Es recuperar la capacidad de asombro ante lo que siempre ha estado ahí y que el ruido moderno nos impide ver.

Y eso, paradójicamente, es también lo que intentamos despertar en el coaching: que alguien se detenga lo suficiente como para escucharse de verdad.

¿Cuándo fue la última vez que pensaste sin ningún objetivo en mente?

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