martes, abril 14, 2026

Reflexiones sobre el libro "El ojo de la aguja" — la conversación entre Jelle Van der Meulen y Bernard Lievegoed

El hombre que llegó a ser él mismo

El ojo de la aguja es la conversación que Jelle Van der Meulen sostuvo con Bernard Lievegoed en 1991, un año antes de que este muriera a los 86 años. No es una entrevista periodística. Es algo más parecido a un testamento hablado, a la destilación de una vida entera puesta sobre la mesa sin adornos.

Jelle Van Der Meulen
Lievegoed pasó sus primeros años en Sumatra y Java, inmerso en una naturaleza que lo abrumaba y lo formaba al mismo tiempo. En ese mundo aprendió algo que pocos aprenden: que la riqueza real no se acumula, se reparte. Allá, ser rico significa haber ayudado a mucha gente. Cuanto más das, más rico te vuelves. Así de simple. Así de subversivo.


Una vida que comenzó a la mitad

Lievegoed se doctoró en medicina, perdió a su primera mujer prematuramente, se casó de nuevo —con la mejor amiga de ella— y tuvo seis hijos. Vivió de frente la Segunda Guerra, el nazismo, la persecución de todo pensamiento libre en Europa. Pero lo que él mismo reconocía como el verdadero comienzo de su vida fue otro: el encuentro con la antroposofía, la corriente espiritual fundada por Rudolf Steiner.

Desde ese momento, su brújula fue otra.

Fundó el primer instituto de pedagogía curativa en Holanda. Dirigió un colegio hasta los 77 años. Escribió sobre desarrollo organizacional, sobre etapas del ser humano, sobre corrientes mistéricas, sobre el desarrollo interior. Fue presidente de la Sociedad Antroposófica de los Países Bajos. Una vida desbordante hacia afuera. Y sin embargo, lo que más le importaba era hacia adentro.


La pregunta que no te deja dormir

En algún momento de la conversación aparece la pregunta que, según Lievegoed, es quizás la más importante que un ser humano puede hacerse:

¿Cuál es la tarea que vine a hacer aquí en la Tierra?

No como ejercicio filosófico. No como retiro espiritual de fin de semana. Sino como norte real de cada decisión, cada proyecto, cada relación. Una pregunta que, si se toma en serio, lo cambia todo.

Bernard Lievegoed
Yo llevo años trabajando con esa pregunta en procesos de coaching. Y lo que he visto es que la mayoría de las personas nunca se la hacen —o se la hacen demasiado tarde. Vivimos respondiendo preguntas que otros nos formularon: qué carrera seguir, qué empresa construir, qué rol ocupar. Y de pronto, a cierta edad, algo cruje por dentro y la pregunta aparece sola, sin permiso.

Lievegoed la hizo consciente y temprana. Eso marcó todo lo demás.


Lo que Steiner puso sobre la mesa

La antroposofía, tal como Lievegoed la vivía, no es una religión ni una doctrina cerrada. Es, en sus propias palabras, un camino para despertar en cada individuo el potencial de actuar desde su propia libertad e intuición espiritual.

Eso resuena con fuerza en mí.

Rudolf Steiner propuso un orden social con tres dimensiones que deben ser creadas por el propio ser humano: la vida del espíritu —basada en la libertad—, la vida del derecho —basada en la igualdad—, y la vida económica —basada en la fraternidad. No como slogan heredado de la Revolución Francesa, sino como tarea activa de cada generación.

Y en ese marco, Lievegoed hacía una distinción que encuentro brillante: distinguía entre lo que viene de Lucifer el apego a lo conocido, el querer que todo siga como siempre fue, el actuar desde el deber— y lo que viene de Ahriman el pensamiento sin alma, la vida social construida como máquina, sin espíritu.

El mundo empresarial, decía, es ahrimánico por naturaleza: trata todo como si fuera un mecanismo. Sin preguntarse por el ser de las cosas. Sin preguntarse por el alma de lo que se está construyendo.

¿Les suena familiar?


La vida interior es lo que importa

Hay una frase en el libro que desde que la leí no se me va:

"La vida interior es finalmente lo que importa. Lo que quiera que hagas en el mundo, si no está fundado en una vida interior real, en una experiencia concreta de la realidad espiritual, no vale mucho."

Eso no lo dice un monje retirado del mundo. Lo dice un hombre que fundó instituciones, escribió decenas de libros, formó generaciones y trabajó hasta casi el final de su vida.

La acción en el mundo sin raíz interior es ruido. La espiritualidad sin encarnación en el mundo es evasión. El desafío —el de Lievegoed, el mío, quizás el tuyo— es sostener los dos en tensión creativa.


Lo que me llevo

A mis 74 años, este libro me llegó en el momento justo. No porque me dé respuestas, sino porque afina las preguntas.

Me quedo con la imagen de un hombre que a los 85, sentado a conversar, no habla de lo que logró sino de lo que aprendió a ver. Que mira hacia atrás sin nostalgia y hacia adelante sin miedo. Que sabe que la propia vida es la más importante escuela.

Y que actúa, hasta el final, desde una intuición clara sobre su misión. No desde el deber. No desde la presión externa. Desde adentro.

Eso, a esta altura del camino, es lo único que me parece que vale la pena perseguir.


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