lunes, junio 08, 2026

Carta Encíclica La magnifica humanidad

«La Iglesia no pregunta qué tan inteligente llegará a ser la inteligencia artificial; pregunta qué tan humanos seguiremos siendo nosotros mientras la desarrollamos.» León XIV, Magnifica Humanitas

¿Qué tan humanos seguiremos siendo?

Hay preguntas que ningún algoritmo puede responder. Y la encíclica Magnifica Humanitas (La magnifica humanidad)—firmada por León XIV— parte precisamente de ahí.

No es un documento sobre tecnología. Es un documento sobre el ser humano.

Me llamó la atención que el Papa no llegue asustado a este tema, como tantos. No hay en estas páginas un rechazo de la inteligencia artificial ni una condena del progreso técnico. Hay algo más difícil: una pregunta. ¿Al servicio de qué visión del ser humano estamos desarrollando todo esto?

Porque la IA puede optimizar procesos, predecir patrones, generar texto e imágenes, diagnosticar enfermedades y traducir idiomas. Todo eso es real y valioso. Pero ningún modelo de lenguaje —por sofisticado que sea— puede amar gratuitamente, actuar por compasión, asumir responsabilidades morales ni abrirse a la trascendencia. Y ahí está la diferencia que la encíclica defiende con firmeza: la diferencia entre inteligencia y humanidad.

¿No es esa, en el fondo, la pregunta de Heidegger reformulada para nuestra época? La técnica no es neutra. Siempre revela una manera de estar en el mundo, una manera de entender lo que vale y lo que no. La Gestell —ese enmarcar todo como recurso disponible— llega hoy con la cara de un dashboard y un modelo predictivo. El Papa lo dice de otro modo, pero apunta al mismo fondo: cuando reducimos a las personas a datos procesables, algo esencial se pierde.

La encíclica también toca un nervio que yo siento en mi propio trabajo como coach: el valor irremplazable de la presencia. La mesa compartida. La conversación cara a cara. El silencio entre dos personas que se están diciendo algo importante. La IA puede facilitar encuentros. No puede reemplazar el encuentro mismo.

Y sin embargo —y aquí el documento sorprende por su equilibrio— el Papa reconoce que la inteligencia artificial puede contribuir a lo que él llama una "civilización del amor". No es una utopía ingenua. Es una pregunta práctica: ¿hace más humana a la humanidad? ¿Fortalece la dignidad? ¿Protege a los más vulnerables?

Si la respuesta es afirmativa, la tecnología se convierte en colaboradora.

Si no, incluso el avance más impresionante puede ser una forma de empobrecimiento espiritual.

Yo llevo años trabajando en la intersección entre ingeniería, coaching e inteligencia artificial. Y esta encíclica me confirma algo que he ido aprendiendo despacio: el riesgo no está en que las máquinas se vuelvan demasiado inteligentes. El riesgo está en que nosotros nos volvamos demasiado cómodos delegando en ellas lo que solo la conciencia humana puede hacer.

¿Seguiremos siendo los que preguntan, o nos conformaremos con los que responden?

Esa, al final, es la pregunta que Magnifica Humanitas nos deja sobre la mesa.


¿Y tú qué piensas? ¿Qué tan humanos queremos seguir siendo mientras construimos todo esto?

sábado, junio 06, 2026

No leo ni escribo pero de alguna manera lo estoy haciendo

¿Estoy leyendo si no leo las palabras?

El otro día iba a devolver un libro. En el ascensor lo abrí, casi por inercia. Recorrí una página con los ojos y algo me golpeó con extraña claridad: no había leído ni una línea de este libro.

Y sin embargo, lo conocía. Podía hablar de sus ideas, relacionarlas con otros autores, discutir sus argumentos. Había producido un post de blog a partir de él.

¿Cómo es posible eso?


Hace un tiempo cambié mi forma de acercarme a los libros. Le saco fotos a las páginas —en lotes de diez— y se las paso a ChatGPT. Le pido que transcriba, que traduzca si es necesario, que me explique el contenido. Leo en alemán de esa manera. O en inglés denso. O en cualquier idioma que se resiste al ritmo que yo le quiero imponer.

Al terminar el libro, le pido un resumen de todas las explicaciones que me fue dando. Después ese resumen llega a Claude, y Claude produce un post en mi estilo. Lo leo. Normalmente me encanta. Publico.

Proceso un libro. Produzco un texto. No he leído ni he escrito nada.

¿Qué estoy haciendo?


Se lo conté a Klaus y la pregunta nos quedó flotando. Él tampoco tenía una respuesta fácil. Porque la pregunta no es trivial.

Durante siglos entendimos la lectura como el acto físico de recorrer palabras con los ojos. La escritura, como el acto físico de producir palabras con la mano. Pero quizás eso nunca fue lo esencial.

Lo esencial, creo, era otra cosa: incorporar ideas, relacionarlas con experiencias previas, generar comprensión, producir significado, comunicarlo a otros.

Si miramos así el asunto, entonces sí estoy leyendo. Y sí estoy escribiendo. Solo que he externalizado parte del proceso.

Antes el recorrido era lineal: Libro → Lectura → Comprensión → Escritura.

Ahora es: Libro → IA → Conversación → Comprensión → IA → Texto → Ajustes → Publicación.

La lectura y la escritura no desaparecieron. Se desplazaron.


Pero hay algo que me parece más importante que el desplazamiento en sí.

Yo no consumo pasivamente lo que produce la IA. Hago preguntas. Pido aclaraciones. Relaciono autores. Comparo ideas. Extraigo lo que me parece relevante. Y después evalúo si el texto final representa mi mirada o no.

Eso se parece más al trabajo de un editor o de un director de orquesta que al de un lector convencional.

Cuando abrí ese libro en el ascensor y pensé "no he leído una sola línea", estaba diciendo una verdad. Pero también una falsedad. No había leído las líneas. Pero sí había leído las ideas. No había recorrido las palabras. Pero sí había recorrido el significado.


Me recuerda algo que ocurrió con la escritura misma.

Durante miles de años la memoria era oral. Entonces apareció la escritura. Muchos pensaron que las personas dejarían de recordar. Y tenían razón en un sentido: dejamos de memorizar poemas completos, genealogías, leyes. Pero apareció una capacidad nueva. Después ocurrió algo parecido con la imprenta. Luego con las calculadoras. Y ahora con la inteligencia artificial.

Cada vez externalizamos una capacidad. Y desarrollamos otra.


Creo que lo que estoy haciendo tiene un nombre que todavía no existe del todo.

No es lectura en el sentido clásico. No es escritura en el sentido clásico. Es algo parecido a conversar con los libros. Porque eso es exactamente lo que hago: no leo a Schmid o a Heidegger como un estudiante frente a una página. Los interrogo. La IA se transforma en un mediador entre el autor y yo.

Y aquí aparece la pregunta que más me ronda:

Si entiendo el libro, puedo discutir sus ideas, puedo relacionarlas con otros autores, puedo explicar su contenido a otra persona y puedo producir un texto original a partir de él… ¿importa tanto que no haya leído físicamente las palabras?

Hace cien años la respuesta habría sido sí, sin dudar. Hoy ya no estoy tan seguro. Y creo que dentro de veinte años la respuesta será todavía menos evidente.


Tal vez no esté dejando de leer y escribir.

Tal vez esté inaugurando una nueva forma de hacerlo. Una forma en que la energía humana deja de dedicarse a decodificar símbolos y se concentra en algo más valioso: comprender, relacionar, crear y dar sentido.

Y eso, curiosamente, conecta con algo que vengo pensando sobre la inteligencia artificial en general: la IA no reemplaza lo humano. Desplaza parte del trabajo mecánico para que podamos concentrarnos más en aquello que solo nosotros podemos hacer.

Lo que estoy haciendo con los libros puede ser una de las primeras manifestaciones cotidianas de esa transformación.


¿Y tú? ¿Seguirías llamando a esto leer?

jueves, junio 04, 2026

Libro Serenidad (Gelassenheit) de Martin Heidegger

El pensar que se detuvo.

Hay libros que entregan respuestas. Y hay libros que te obligan a hacerte preguntas que creías haber dejado atrás.

Serenidad (Gelassenheit) de Martin Heidegger es de los segundos.

No es un libro cómodo. Tampoco es largo ni complicado. Pero tiene esa característica de los textos que te siguen rondando días después de cerrarlos. Aparecen en una conversación, en el silencio de la mañana, en ese momento entre el sueño y la vigilia.


La distinción que lo cambia todo

Heidegger separa dos formas de pensar. Una la conocemos muy bien: el pensamiento calculador. Mide, proyecta, organiza, resuelve, optimiza. Es el pensamiento de la ingeniería, de los negocios, de la planificación estratégica. No tiene nada de malo. Yo lo practiqué durante décadas y lo sigo usando.

El problema, dice Heidegger, es cuando se convierte en el único modo disponible.

Porque existe otro pensar que la modernidad fue dejando al margen: el pensamiento meditativo. Ese que no pregunta cómo funciona, sino qué significa. Ese que no busca dominar la realidad, sino comprenderla. Ese que no tiene urgencia por resultados.

El pensamiento calculador pregunta: ¿cómo se optimiza esto?
El pensamiento meditativo pregunta: ¿qué nos revela esto de nuestra existencia?

Y la advertencia de Heidegger es que hemos desarrollado el primero hasta la maestría, mientras el segundo lo hemos ido olvidando silenciosamente.

Lo veo en el coaching todos los días.


Gelassenheit: el arte de dejar ser

La palabra central del libro no tiene traducción exacta. Gelassenheitserenidad— significa literalmente dejar ser. No es resignación. No es pasividad. No es indiferencia.

Es una actitud activa de no imponer. De no convertir todo en objeto de uso, en problema a resolver, en recurso a optimizar.

El ser humano moderno tiende a apropiarse de todo. Las cosas adquieren valor sólo en función de su utilidad. La serenidad rompe esa lógica. Propone contemplar antes de apropiarse. Escuchar antes de intervenir. Observar antes de juzgar.

En coaching lo llamamos presencia plena. Heidegger lo llama apertura al misterio. Son la misma cosa vista desde ángulos distintos.


Una frase que me quedó instalada

"El preguntar es la devoción del pensar."

Para Heidegger, el pensamiento auténtico no se caracteriza por poseer respuestas, sino por mantener vivas las preguntas. La filosofía no consiste en alcanzar una certeza absoluta. Consiste en mantenerse abierto al misterio de aquello que siempre supera nuestras explicaciones.

El verdadero pensador no elimina las preguntas fundamentales. Aprende a habitar en ellas.

Eso me recuerda a Sócrates. Y me recuerda también a lo que ocurre en una buena sesión de coaching: no el momento en que aparece la respuesta, sino el momento en que el cliente se hace por fin la pregunta correcta.


El sí y el no a la tecnología

Heidegger no propone rechazar la técnica. Eso sería absurdo y anacrónico. Tampoco propone entregarse completamente a ella.

Propone algo más difícil: usarla conservando una distancia interior. Decir sí a los beneficios, no a convertirnos en sus esclavos.

En esta época donde la inteligencia artificial está redefiniendo lo que significa pensar, producir y relacionarse, esa advertencia tiene una vigencia que asombra. El peligro no está en las máquinas. El peligro está en la mirada que reduce toda realidad a algo utilizable. Incluidos nosotros mismos.

Somos seres humanos. No recursos que deben optimizarse permanentemente.


Lo que más me movió

La imagen final del libro: una planta que necesita tanto raíces como apertura hacia la luz.

Sin raíces, desorientación. Sin apertura, encierro. El ser humano necesita historia, comunidad, tradición, un lugar. Pero también necesita asombro, cuestionamiento, disponibilidad para lo nuevo.

A esta altura de mi vida, esa imagen me habla directo. Las raíces están. El desafío es mantener viva la apertura.

Pensar bien, sugiere Heidegger, no es saber mucho. Es saber detenerse. Es recuperar la capacidad de asombro ante lo que siempre ha estado ahí y que el ruido moderno nos impide ver.

Y eso, paradójicamente, es también lo que intentamos despertar en el coaching: que alguien se detenga lo suficiente como para escucharse de verdad.

¿Cuándo fue la última vez que pensaste sin ningún objetivo en mente?

miércoles, junio 03, 2026

Libro Serenidad (Gelassenheit) de Wilhelm Schmid

La serenidad no se encuentra. Se construye.

Hay una palabra alemana que me ha estado rondando estos días: *Gelassenheit*.

No tiene traducción exacta al español. Algo así como soltar, dejar ir, dejarse llevar sin perder el centro. Wilhelm Schmid la usa como título de su libro —traducido como Serenidad— y propone algo que, a mi edad, resuena con fuerza: que la serenidad no es un estado de calma superficial, ni resignación disfrazada de madurez. Es una forma de sabiduría que se va construyendo, despacio, a lo largo de toda una vida.

¿Y cuál es la diferencia entre resignarse y ser sereno?

Resignarse es rendirse. Es decirle al mundo "haz lo que quieras conmigo" y retirarse hacia adentro. La serenidad, en cambio, es algo más valiente: es aceptar lo que no puede cambiarse, y al mismo tiempo seguir actuando allí donde todavía es posible hacerlo. Schmid lo dice con una claridad que me recuerda a Epicteto: hay cosas que dependen de nosotros, cosas que no dependen, y cosas que dependen parcialmente. La sabiduría —¿y el coaching?— consiste en aprender a distinguir entre ellas.

Me pregunto cuántas personas confunden estas tres categorías a lo largo de su vida.

Hay otro punto del libro que no puedo dejar pasar: la necesidad de desarrollar una amistad con uno mismo. Schmid observa que muchos de nosotros pasamos décadas intentando cumplir expectativas ajenas, construyendo imágenes para el mundo externo, sin dedicar tiempo real a conocernos. Escucharnos. Reconciliarnos con nuestra propia historia.

No es complacencia. Es respeto.

Y luego está el tiempo. El envejecimiento. Schmid propone algo que va contra la corriente cultural: que cada etapa de la vida tiene sus dones particulares. Que los años no solo restan —también dan perspectiva, libertad respecto de las opiniones ajenas, y una capacidad creciente para distinguir lo importante de lo accesorio. A los 74 años, puedo decir que eso es verdad. No siempre fácil. Pero verdad.

¿Qué estás soltando tú en este momento de tu vida?

Porque de eso se trata, en el fondo: de aprender a soltar. Proyectos que no serán. Imágenes de uno mismo que ya no encajan. Expectativas que pertenecían a otra época. Y descubrir —esto es lo que más me sorprende del libro— que muchas veces es precisamente al soltar cuando aparece una nueva libertad.

La conclusión de Schmid no promete inmortalidad ni certezas. Ofrece algo más sencillo y, a mi juicio, más valioso: la posibilidad de reconciliarse con la vida tal como es. Llegar al final pudiendo decir: participé plenamente de esta extraordinaria aventura.

Si después hay algo más, será un regalo.
Y si no, habrá bastado.

jueves, mayo 28, 2026

Libro The meaning of your life de Arthur C. Brooks

El significado no se fabrica. Se revela.

Hay una frase de Tolstói que Arthur Brooks pone en el centro de este libro y que se me quedó dando vueltas mucho tiempo.
No es una frase sobre la muerte. Es sobre algo más perturbador:

"Muriendo de horror, no tanto ante la muerte, sino ante la vida."

La dice —o la vive— Konstantin Levin, el protagonista de Anna Karenina. Un hombre con dinero, posición, inteligencia, una vida aparentemente lograda. Y sin embargo, angustiado. Vacío. Sin respuesta para la pregunta que no puede acallar: ¿para qué?

Brooks usa esa imagen como diagnóstico de una epidemia contemporánea. Y lo que hace bien el libro es insistir en que ese sufrimiento no es exclusivo de los fracasados. Aparece, con especial frecuencia, en quienes han tenido éxito.

Lo he visto muchas veces en mi trabajo como coach.

El hemisferio que sobrevaloramos

Uno de los conceptos que más me movió tiene que ver con los hemisferios cerebrales. La cultura moderna ha hipertrofiado el izquierdo: análisis, control, lógica, eficiencia, cálculo. Y ha empobrecido el derecho: intuición, belleza, contemplación, misterio, vínculos, experiencia trascendente.

El problema no es la razón. El problema es vivir exclusivamente dentro de ella.

Una vida completamente dominada por análisis y productividad termina desconectándose de las dimensiones más profundas de la existencia. Y esa desconexión, a la larga, se siente. Se siente como vacío. Como una sensación persistente de que algo falta, aunque no sepamos bien qué.

El sufrimiento como puerta

La cultura contemporánea trata el dolor como un error que hay que corregir lo antes posible. Brooks sostiene exactamente lo contrario: el sufrimiento es inevitable y, bien atravesado, puede transformarse en fuente de crecimiento, profundidad y significado.

La fórmula que propone —tomada del budismo y de la tradición de mindfulness— es simple y poderosa:

Sufrimiento = Resistencia × Dolor

El dolor forma parte de la vida: pérdidas, envejecimiento, fracasos, incertidumbre, muerte. Pero cuando dejamos de luchar compulsivamente contra la realidad, el dolor puede transformarse en sabiduría. Lo que multiplica el sufrimiento no es el dolor. Es la resistencia.

Concentrarse en el proceso, no en el resultado

Aquí Brooks conecta con algo que en coaching trabajamos constantemente. La ansiedad moderna nace, en buena parte, de una obsesión permanente por resultados futuros que no dependen completamente de nosotros.

La alternativa no es la resignación. Es una orientación distinta: concentrarse en el proceso presente.

Hacer bien el trabajo de hoy. Amar hoy. Escuchar hoy. Crear hoy. Servir hoy.

La vida significativa no aparece de golpe al final del camino. Se construye lentamente en la calidad de la atención cotidiana. Y esa es, precisamente, una de las cosas que el coaching intenta despertar en los clientes: la capacidad de habitar el presente con intención.

La belleza como necesidad existencial

Hay algo en este libro que no encontré en otros sobre el mismo tema, y es la centralidad que Brooks le da a la belleza.

No como lujo cultural ni decoración estética. Como necesidad existencial.

La vida moderna priva a muchas personas de belleza: demasiadas pantallas, demasiado ruido, ciudades agresivas, hiperproductividad, vida completamente funcional. Pero el ser humano necesita belleza porque la belleza abre la percepción hacia algo mayor que uno mismo.

La belleza interrumpe el ego. Despierta asombro. Conecta con trascendencia.

Salir a la naturaleza. Contemplar paisajes. Escuchar música. Leer grandes obras. Exponerse al arte. No son actividades de tiempo libre. Son prácticas de cuidado existencial.

El Camino de Santiago como metáfora

Hacia el final, Brooks relata algo de su propia vida: el Camino de Santiago, recorrido después de abandonar una carrera que lo había agotado. Durante semanas caminó con simplicidad, dejó atrás el ruido y los dispositivos, conversó con desconocidos, soportó dolor físico, habitó el tiempo de otra manera.

Y ahí descubrió algo que me parece la tesis más profunda del libro:

Él creía estar buscando el significado de su vida. Pero en realidad el significado había estado buscándolo a él desde siempre.

El problema es que su vida estaba demasiado llena de distracción, ego, ambición, complejidad. La peregrinación simplemente eliminó esas barreras.

Lo que el libro deja instalado

El significado de la vida no es algo que se inventa artificialmente ni una fórmula intelectual que se resuelve racionalmente. Aparece cuando la persona se vuelve más presente, más abierta, más vulnerable, más contemplativa, más conectada con los vínculos reales, más disponible para la experiencia profunda de vivir.

No se trata de controlar totalmente la existencia.

Se trata de aprender a habitarla.

Y eso, para quienes trabajamos acompañando a otros en procesos de coaching, es una invitación constante. Porque la pregunta que Brooks despliega en todo el libro no es solo filosófica. Es la pregunta que aparece en la sala cuando alguien se sienta frente a uno, con sus logros y su vacío, y dice en voz baja:

¿Y ahora qué?

¿Y tú? ¿Dónde estás encontrando —o construyendo— el significado en esta etapa de tu vida?

miércoles, mayo 27, 2026

Libro El pedestal vacío de Cristián Warnken Lihn

Este libro, de reciente publicación, es un relato personal de un pasaje relevante en la vida de nuestro querido y lúcido hombre de letras, Cristián Warnken.

Muy cercano a su madre, de sensibilidad de izquierda —izquierda dura—, casada con su padre, todo lo contrario. Eso los fue distanciando; terminaron durmiendo en piezas separadas. Y se metió por los palos el poeta Eduardo Anguita, gran amigo de su madre y asiduo visitante de la casa.

Fue su madre quien lo introdujo en la literatura, la poesía y el amor intenso por la "madre revolución".

Ambos sintieron profundamente, lloraron incluso, el golpe militar y la muerte trágica del presidente Salvador Allende. Vivían en un barrio donde todos alrededor celebraban su caída. Su padre tuvo que sujetar a su madre, que quiso salir a defender a Allende en las calles.

Cristián participó en un movimiento de resistencia, fue a marchas —algunas arriesgadas— durante la dictadura de Pinochet, y participó activamente en procesos electorales como el del Sí y el No, que abrió el camino a la democracia.

Un punto de quiebre para él fue el estallido social de octubre de 2019. Estuvo íntegramente en contra de la violencia y la destrucción que ahí se produjo, y quedó muy sorprendido por el silencio cómplice de toda la izquierda frente a esos actos, ocurridos a lo largo de todo el país.

Se atrevió a publicar una carta oponiéndose a la destrucción de estaciones del Metro, iglesias, centros culturales, bibliotecas... todo. Los grafitis azuzaban a matar carabineros, y había que quemarlo todo. Fue identificado, atacado ferozmente en redes sociales y un día funado en las calles de Isla Negra, mientras caminaba con su mujer e hijos. Unos jóvenes iracundos lo insultaron, y fue ahí donde uno le espetó: "amarillo".

A Cristián Warnken le gustaba flanear, caminar por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, disfrutando lo que se le iba apareciendo y los encuentros fortuitos. Dejó de hacerlo. Ese fue un doloroso cambio en los hábitos y placeres que se daba.

Desde esa posición, empezó a recibir tanto ataques como acercamientos de personas que compartían su visión. Fueron creando un movimiento, una tendencia, una voz.

Llegó la pandemia, que detuvo el estallido social. En 2022, los grupos políticos acordaron crear una vía institucional para la crisis: un proceso constituyente para dotar a Chile de una nueva Constitución.

Fue en ese proceso donde Cristián Warnken y quienes se le fueron allegando decidieron consolidarse como un movimiento de rechazo a esa Constitución, al que él mismo bautizó: Amarillos.

Y ganaron. La nueva Constitución fue rechazada por aplastante mayoría, en buena medida gracias a este movimiento que Cristián presidía.

Surgió entonces la idea —no de él— de crear un partido político. Y terminó como su presidente, participando activamente en medios y reuniones del Congreso para diseñar el siguiente proceso constituyente. Se había metido en un mundo donde jamás soñó estar. Lo suyo era la literatura, la poesía, las entrevistas en radio y televisión.

Se fue a vivir al sur, a Puerto Varas, como una forma de escapar del estrés que todo esto le generaba.

En el libro, Cristián Warnken comparte con notable honestidad su proceso interno de apóstata —como él mismo se califica en la portada: Confesiones de un apóstata—. Alguien que era de izquierda y deja de serlo, sin pasarse a la derecha.

Impresionante es su viaje con su mujer a Cuba, a La Habana. Ve la realidad del mundo de la "madre revolución", el daño que le hacía a los artistas, en particular a poetas y poetisas. Conversa con ellos, asiste a eventos oficiales, observa a los poetas que sí aparecen, lo contraídos que están. Ese viaje fue la constatación definitiva de que la izquierda y su amor por la "madre revolución" era un sueño fallido.

Notable es también su alejamiento de ese mundo, sin poder del todo romper con artistas como Silvio Rodríguez o los Inti Illimani, que resonaron tan hondo en su vida.

Finalmente, renuncia a su liderazgo en el partido político y se aleja de ese mundo, volviendo a lo suyo: la poesía, las entrevistas y el flanear por las calles, algo que, varios años después, puede volver a hacer.

Un libro honesto, franco, bien escrito, que da gusto leerlo. La vida de una persona en un tiempo y un espacio donde yo también estuve, de maneras tan distintas.

Lo recomiendo especialmente.

domingo, mayo 24, 2026

Conversando con la Chivi de espiritualidad

Visitaba a mi mamá. Ella tiene 97 años. Yo, 74.

En algún momento de la conversación me hizo una pregunta que no esperaba: ¿qué es la espiritualidad?

Buena pregunta, pensé. Le propuse lo siguiente, yo contesto primero, luego tú me dices lo que piensas y luego le contamos a chatGPT qué hemos dicho y le preguntamos, qué nos dice ella de qué es la espiritualidad.

Lo que yo le dije:

Le dije que la espiritualidad es una dimensión natural del ser humano. Que la necesitamos. Que está muy olvidada, porque el mundo en que vivimos nos tiene concentrados en producir, en ser eficientes, en juntar plata, en entretenernos y consumir. Que en ese ruido, la dimensión espiritual quedó relegada.

Y le señalé también que espiritualidad no es lo mismo que religión. Las religiones son instituciones que se han apropiado de un libro sagrado —la Biblia, el Corán— y han construido alrededor de él un sistema de normas, reglas, jerarquías. Esa parte me carga bastante.

Lo que mi mamá me dijo:

La espiritualidad para ella tiene que ver con su relación con Jesús.

No es algo que tenga que ver con doctrina. Es una relación. Ella conversa con Dios, conversa con Jesús, y lo vive como algo real y diario. Lo vive no como una creencia intelectual, sino como una compañía genuina. Dice que es una relación muy real. Y que por ahí le viene también el sentido de lo que está bien y lo que está mal.

Yo le dije que eso era meter la moral en el baile. Pero en el fondo, sí, tiene razón: el bien y el mal son parte de la espiritualidad.

La diferencia entre nosotros no es tanta. Ella dice: "Jesús me lo muestra." Yo digo: "me sale de dentro." Pero llegamos al mismo lugar. Tenemos la misma manera de pensar sobre cómo hay que vivir.

Lo que le nos aportó la IA:

Le conté la conversación que habíamos sostenido a chatGPT y le pregunté qué nos podía decir al respecto.

Me respondió algo que me pareció un buen aporte:

"Hay ahí dos formas distintas de caminar hacia una misma montaña."

Y agregó: cuando mi mamá habla de Jesús guiándola hacia el bien, y yo hablo de una intuición profunda sobre lo correcto y lo incorrecto, ambos estamos describiendo algo parecido: una brújula interior. La diferencia está en el lenguaje del relato.

Y planteó una pregunta interesante: ¿y si "de dentro" fuera precisamente el lugar donde muchas personas encuentran a Dios?

Eso se me quedó dando vueltas.

Nuestra época ha hipertrofiado el "hacer" y ha dejado anémico el "ser". Somos brillantes fabricando medios y bastante torpes preguntándonos para qué. Tenemos más pantallas que silencio. Más conexión que comunión. Más información que sabiduría.

La espiritualidad no necesariamente pertenece a las religiones, aunque las religiones intentaron custodiarla. A veces lo lograron maravillosamente. Otras veces la encerraron en reglamentos, culpas y burocracias celestiales. Como si Dios necesitara oficinas administrativas.

Pero hay algo en lo que sí creo: la espiritualidad auténtica no se mide por las creencias que uno declara. Se mide por la calidad de presencia que uno trae al mundo: cómo ama, cómo escucha, cómo cuida, cómo enfrenta el sufrimiento, cómo trata a los otros, cómo habita el tiempo.

Y hay algo más. La IA nos señaló algo que me pareció muy cierto: dos generaciones sentadas juntas preguntándose por el alma, eso ya es espiritualidad. Porque el espíritu también aparece cuando dejamos de correr y nos detenemos a conversar de verdad.

Mi mamá a los 97 años me hace preguntas que vale la pena pensar. Eso no es menor.

¿Y tú? ¿Qué es la espiritualidad para ti?