Vivimos el triunfo de la ciencia.
Y hay que decirlo sin ambigüedades: bendito triunfo.
La ciencia desplazó al dogma religioso y abrió la puerta a una explosión de innovación que nos trajo electricidad, antibióticos, internet, inteligencia artificial y esta conversación que ahora mismo estamos teniendo. Nos regaló la modernidad.
Pero la modernidad vino con letra chica.El progreso material —ese dios silencioso del PIB, la productividad y el consumo— terminó instalando una visión del mundo donde lo real es lo medible, lo útil, lo rentable. Y todo lo demás… parece decorado.
El resultado está a la vista: crisis ecológica, ansiedad colectiva, vínculos frágiles, comunidades disueltas. Mucho desarrollo, poca dirección. Mucho tener, poco sentido.
No perdimos la religión.
Perdimos contacto con nuestra dimensión espiritual.
Y cuando digo espiritual no hablo de incienso ni de escapismo. Hablo del espacio interior donde se asientan los valores, la responsabilidad, el cuidado, el amor. Ese lugar desde donde decidimos qué hacer con el poder que la ciencia nos entregó.
Porque el problema no es la tecnología.
El problema es quién la orienta.
La Iglesia —al menos la institución tradicional— no logró acompañar este salto civilizatorio. Se quedó anclada en estructuras jerárquicas, en formas casi monárquicas, en una cultura marcadamente masculina que no supo reconocer a tiempo la potencia transformadora de la revolución feminista. Una revolución que, guste o no, ha sido uno de los motores morales más potentes de nuestra época.
Mientras el mundo cambiaba, ella defendía su arquitectura.
Y así, muchos nos quedamos huérfanos de comunidad espiritual.
Porque hay algo que no se puede ignorar: la dimensión espiritual es inseparable de la dimensión comunitaria. No se trata solo de experiencias interiores privadas. Necesitamos espacios donde el sentido se comparta, donde el cuidado sea mutuo, donde el amor no sea solo una emoción sino una práctica.
Entonces surge la pregunta incómoda:
¿Necesitamos una nueva religión?
No necesariamente un nuevo dogma.
Pero sí una nueva forma de comunidad espiritual.
Una que honre la ciencia sin idolatrarla.
Que abrace la igualdad sin diluir la profundidad.
Que entienda que la Tierra no es un recurso sino un hogar.
Que integre lo femenino y lo masculino como energías complementarias, no como jerarquías.
Que reconozca que el amor no es debilidad, sino inteligencia relacional.
Quizás no se trate de fundar otra institución, sino de inaugurar otra conciencia.
Una espiritualidad post-materialista.
Una espiritualidad ecológica.
Una espiritualidad compatible con la inteligencia artificial y, al mismo tiempo, profundamente humana.
Si la primera modernidad fue científica,
la siguiente tendrá que ser espiritual.
No para retroceder al pasado,
sino para darle dirección al futuro.
Porque si no reavivamos esa dimensión interior donde nacen los valores, la innovación seguirá acelerando… pero sin brújula.
Y una civilización sin brújula, por muy inteligente que sea, termina extraviada.
Tal vez la gran revolución pendiente no sea tecnológica.
Sea espiritual.
Y tal vez —solo tal vez— ya esté comenzando en conversaciones pequeñas, honestas, incómodas… como esta.


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