Verdad y Ciencia: cuando conocer es crear mundo
Hay libros que no se leen: te leen.
Verdad y Ciencia es uno de ellos. En estas páginas, Rudolf Steiner no discute detalles; discute el suelo mismo sobre el que caminamos cuando decimos “conocer”.
Y lo hace enfrentándose, sin rodeos, al gran arquitecto de la modernidad: Immanuel Kant.
Kant postula un límite: hay una realidad última —la cosa en sí— inaccesible al conocimiento humano. Steiner responde con una sonrisa tranquila y una pregunta afilada:
¿y si ese “más allá” no existiera?
¿Y si el mundo no estuviera completo sin el pensar humano?
Para Steiner, no hay un trasfondo incognoscible escondido detrás del telón. El pensar no es un espejo que refleja; es un acto del mundo que ocurre en nosotros. El mundo, sin el pensar humano, queda a medio hacer.
Conocer no es fotografiar: es terminar la obra
Aquí aparece una de las tesis más bellas y más incómodas del libro:
El conocer no copia la realidad: la completa.
No somos espectadores en una platea cósmica. Somos cocreadores. El pensar no acompaña al conocimiento: lo constituye.
El concepto no se agrega desde fuera; emerge cuando el pensar entra en contacto vivo con lo dado.
La verdad, entonces, no cae del cielo. Se genera.
Es una producción del espíritu humano en encuentro con el mundo.
La experiencia: puerta de entrada, no juez supremo
Todo conocimiento comienza como experiencia.
Pero la experiencia —dice Steiner— no es el criterio último de verdad. Es apenas el umbral.
¿Conclusión?
No percibimos el mundo “tal cual es”, sino como representación.
Y sin embargo —aquí viene el giro— eso no nos encierra en un idealismo estéril. Porque el pensar no inventa la esencia: la hace visible.
Donde nace el error (y donde no)
El error no está en la percepción.
Está en el juicio.
Donde no hay juicio, no hay error. El error surge dentro del acto de conocer, cuando el concepto no logra unirse correctamente con lo dado. La teoría del conocimiento, por eso, no estudia objetos: se estudia a sí misma. Piensa el pensar.
Idealismo objetivo: una síntesis audaz
Steiner no niega el mundo exterior ni lo disuelve en la mente. Propone algo más fino:
la realidad plena aparece cuando lo dado y el concepto se unen.
A eso lo llama idealismo objetivo.
El conocimiento no sustituye la realidad ni la refleja: la culmina.
Las leyes no nacen del pensar solo, ni del mundo solo.
Nacen del encuentro.
El yo no crea el mundo.
Lo que hace es restaurar la unidad que el mundo ya es, pero que aparece fragmentada en la experiencia inmediata.
Conocer es un acto de libertad. El primero.
Porque comprender una ley como propia —no como imposición externa— es el inicio de la libertad.
La libertad no es ausencia de ley.
Es posesión consciente de la ley.
Así, el proceso del conocer se revela como un camino evolutivo hacia la libertad.
Cuando el yo se disuelve… y el mundo aparece
En la contemplación pensante auténtica ocurre algo extraño y hermoso:
el “yo aquí” y el “objeto allá” se desvanecen.
Queda la estructura inteligible del mundo.
El yo deja de ser límite y se vuelve lugar de revelación.
No hay verdad sin pensamiento.
No hay mundo completo sin conciencia.
Epistemología: el significado de saber
Las ciencias nos dicen qué sabemos.
La teoría del conocimiento nos dice qué significa que sepamos.
Y en ese acto —humano, creativo, libre— se manifiesta, dice Steiner, el núcleo más íntimo del mundo.
Conocer no es un lujo intelectual.
Es una responsabilidad ontológica.
Porque al conocer, el mundo termina de llegar a ser.



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