El domingo fui a visitar a mi madre, la Chiví, que tiene 97 años. Como siempre, me tenía mis tres calugas Varsovienne.
Mientras comía una, ocurrió lo inesperado: la caluga me sacó un colmillo.
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| Nunca más calugas Varsovienne |
Fui a la urgencia dental de Redsalud. Me examinaron, hicieron una radiografía panorámica y apareció un diagnóstico bastante más complejo: había caries debajo, había que sacar raíces, poner hueso, esperar cuatro meses, entrar a pabellón, poner pernos y finalmente fabricar el nuevo diente.
Esperé el presupuesto: $1.500.000.
Me fui con la cola entre las piernas.
Al día siguiente decidí consultar a mi dentista habitual, Berta Munizaga, a quien últimamente había encontrado un poco cara.
Llegué con el diente en la mano. Lo miró, examinó la cavidad, limpió y escarbó cuidadosamente y me dijo:
—Te lo voy a pegar.
Aplicó un cemento muy resistente, instaló nuevamente el colmillo, me hizo apretar, limpió los excesos, comprobó que pasara bien el hilo dental y listo.
—¿Cuánto te debo?
$35.000.
Salí feliz, con mi diente nuevamente en su lugar y, curiosamente, encontrando baratísima a mi dentista, que es la mujer de mi amigo Juan Aviñó.
No sé cuánto durará. Quizás algún día tenga que hacerme el tratamiento completo. Pero esta experiencia me recordó algo importante: una segunda opinión puede cambiar completamente el problema que tenemos delante.Vivimos fascinados por las soluciones completas, definitivas y sofisticadas. A veces son necesarias. Pero otras veces conviene hacer una pregunta mucho más sencilla:
¿Qué es lo mínimo que necesitamos hacer ahora?
Mi dentista me regaló algo muy valioso: tiempo. Y una solución proporcional a mi situación.
Así que a los 74 años recibí una pequeña lección de estrategia: antes de embarcarse en una solución de un millón y medio, vale la pena averiguar si existe una de treinta y cinco mil.
Eso sí, mi dentista fue terminante:
—Se acabaron las calugas.
El próximo domingo volveré donde la Chiví. Las Varsoviene seguramente estarán esperándome.
Tendré que mirarlas desde lejos.
Hay riesgos que a los 74 años ya no vale la pena correr.



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