miércoles, septiembre 02, 2026

La caluga de un millón y medio

El domingo fui a visitar a mi madre, la Chiví, que tiene 97 años. Como siempre, me tenía mis tres calugas Varsovienne.

Mientras comía una, ocurrió lo inesperado: la caluga me sacó un colmillo.

Nunca más calugas Varsovienne
No me dolía, pero quedé con un forado que se veía cuando me reía con ganas. Y debo reconocer que me produjo un pequeño bajón. A los 74 años, encontrarse de pronto con un diente en la mano tiene cierto efecto psicológico.

Fui a la urgencia dental de Redsalud. Me examinaron, hicieron una radiografía panorámica y apareció un diagnóstico bastante más complejo: había caries debajo, había que sacar raíces, poner hueso, esperar cuatro meses, entrar a pabellón, poner pernos y finalmente fabricar el nuevo diente.

Esperé el presupuesto: $1.500.000.

Me fui con la cola entre las piernas.

Al día siguiente decidí consultar a mi dentista habitual, Berta Munizaga, a quien últimamente había encontrado un poco cara.

Llegué con el diente en la mano. Lo miró, examinó la cavidad, limpió y escarbó cuidadosamente y me dijo:

—Te lo voy a pegar.

Aplicó un cemento muy resistente, instaló nuevamente el colmillo, me hizo apretar, limpió los excesos, comprobó que pasara bien el hilo dental y listo.

—¿Cuánto te debo?

$35.000.

Salí feliz, con mi diente nuevamente en su lugar y, curiosamente, encontrando baratísima a mi dentista, que es la mujer de mi amigo Juan Aviñó.

No sé cuánto durará. Quizás algún día tenga que hacerme el tratamiento completo. Pero esta experiencia me recordó algo importante: una segunda opinión puede cambiar completamente el problema que tenemos delante.

Vivimos fascinados por las soluciones completas, definitivas y sofisticadas. A veces son necesarias. Pero otras veces conviene hacer una pregunta mucho más sencilla:

¿Qué es lo mínimo que necesitamos hacer ahora?

Mi dentista me regaló algo muy valioso: tiempo. Y una solución proporcional a mi situación.

Así que a los 74 años recibí una pequeña lección de estrategia: antes de embarcarse en una solución de un millón y medio, vale la pena averiguar si existe una de treinta y cinco mil.

Eso sí, mi dentista fue terminante:

—Se acabaron las calugas.

El próximo domingo volveré donde la Chiví. Las Varsoviene seguramente estarán esperándome.

Tendré que mirarlas desde lejos.

Hay riesgos que a los 74 años ya no vale la pena correr.



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