miércoles, agosto 17, 2016

Libro El Señor del Pochoco de Erling Villalobos

Este fin de semana leí el libro El Señor del Pochoco, La historia de Ugo Ravera, de Erling Villalobos.
Se lo había comprado a Erling personalmente. exactamente el domingo 6 de diciembre del año pasado, al pie del Pochoco donde figuraba parado con una mesita y sus libros.
Y lo había dejado por ahí. No se porque, en este viaje por el fin de semana largo, me lo llevé y me lo devoré.

Que notable es ver la vida de alguien a quien conociste, y del que ves que conociste tan poco, se despliega así, frente a tus ojos, como quien abre una baraja de naipes. Que tipo fue este Ugo Ravera !

Es el único italiano de sus cinco hermanos, con esto de ir y venir de sus padres a Italia, su tierra de origen de la familia, en la zona de la Liguria, al norte, cerca de Francia.
Al ver en el libro esa foto de muchos inmigrantes y la cantidad de instrumentos musicales, entiendo el gusto por el canto, la fiesta y el espectáculo, de Ugo.

Lo conocí en el Pochco; nos hicimos amigos y disfruté de la conversación con él y de sus chistes.
Recuerdo uno que me contó en la cumbre del Pochoco, de un tren, de un italiano con su familia que iban al sur y que cuando el boletero le pide los boletas que no tenía, explica el cagazo que era cada miembro de su familia y remata con el más chico, tarado, que se había comido los boletos. Recuerdo que el día anterior había hecho Grof con la Pía Sartorius y aun andaba alterado, que no paré de reírme hasta que llegué a los pies del Pochoco.

Él tenía esta costumbre de regalarle a quien fuera, subiera el Pochoco tres veces, un bastón hecho a la medida. Todos mis hijos llegaron a tener uno. Yo conservo el último que me dio, pues me lo cambió como tres veces, por lo gastados.

Me enteré por el libro de su restaurant Santiago, con tremendos espectáculos, que empleó mucha gente y dio muchos espectáculos artísticos, donde él solía cantar. Me enteré que murió sin pena ni gloria cuando el presidente Jorge Alesandri, decidió privatizar el edificio donde Ugo arrendaba.
Y después de eso se dedicó a abastecer Emporios, personalmente al principio, un  negocio en el que su padre había partido.
Ayer andaba por el Centro y fui a la esquina de Bandera con Huérfanos a imaginarme por ahí su restaurante Santiago. Ningún rastro y nadie supo decirme donde exactamente estaba.

cumbre del Pochoco
Ugo Ravera fue un gran deportista; lo se. Recuerdo haber subido con él el Pochoco cuando él tenía 80 años, la misma edad de mi padre (nacieron el mismo año, el 26), y me ganaba con facilidad. Tremendo estado físico. Sabía que en esos años subía cerros por lo menos tres veces a la semana.
El secreto me lo había dado una señora de edad similar, con la que me crucé bajando el Manquehue, la detuve y le pregunté la edad, pues era ver a mi abuela, ágil como una gacela. Y cómo lo hace, le pregunté. Muy fácil, me dijo, nunca pares de hacer deportes.

Ugo amaba a los perros, me consta. Lo vi dándole comida a los perros vagos en el estacionamiento del Pochoco. llevaba ollas con alimento que él mismo se afanaba en preparar.
Y me entero por el libro que sacaba de paseo a los niños de esas casas de los cuidadores que ahí vivían. Y los llevó al zoológico, a la playa.
Que corazón tenía ese hombre.

Ahora entiendo porque me gusta de vez en cuando ir a darme una vuelta al Pochoco, a sentir quizás el fantasma de Ugo por esas laderas, su sonrisa, su calidez y su jovial conversación. Y los infaltables dos chistes; porque eran siempre dos y ninguno más.
Tantas veces que pasé y estaba con un grupito en animada conversación. Algunos veces me quedé, otras pasé.

Ugo Ravera, un hombre sencillo, que a mi también me dijo que lo que hacia grande a un hombre no era cuanto tuviera, sino cuanto diera.
Hombre de gran corazón, sociable, de sonrisa permanente, generoso. Seductor, porque no hay que negarlo, las mujeres le producían gran atracción y les dedicaba atenciones especiales.
Hombre que dejó una huella en el Pochoco y leyendo el libro de Erling, veo que en muchas más partes.

Le agradezco a Erling Villalobos su esfuerzo, aparte de que considero el libro muy completo y bien documentado con memorables fotos.

Murió a los 81 años, volteado en su fortaleza por un perro enfermo. Un año después de la muerte de mi padre, que murió de un infarto, una forma no muy distinta de la de Ugo.

Imagino el funeral de Ugo, donde la Toty, su mujer, le pide a esta cantante, que le cante esta canción:



Relacionados:

3 comentarios:

  1. Sin duda una gran persona...!!

    ResponderEliminar
  2. Me regalo dos pochoqueros.muchas anecdotas.chistes ......Recuerdo cariñoso

    ResponderEliminar