miércoles, agosto 26, 2026

¿Cómo viviríamos si dejáramos de tenerle miedo a la muerte?

Hay una pregunta que últimamente me ronda. No sé qué ocurre cuando morimos. Nadie lo sabe con certeza. Pero me he dado cuenta de que lo que creemos acerca de la muerte puede cambiar profundamente nuestra manera de vivir.

Pensemos en dos posibilidades opuestas. La primera: cuando muero, todo termina, mi conciencia desaparece. La segunda: cuando muero, continúo de alguna manera, y paso a un estado extraordinariamente agradable de paz, armonía y amor, quizás incluso reencontrándome con personas queridas.

No pretendo demostrar ninguna de las dos. Mi pregunta es otra: si creyéramos profundamente en una u otra, ¿viviríamos de la misma manera que estamos viviendo?

Si después no hay nada

Supongamos que estoy convencido de que la muerte es el final. Eso podría parecer terrible. Pero también podría producir el efecto contrario: hacer que la vida adquiera un valor gigantesco.

Porque entonces esta vida es la única que tengo. Esta mañana no vuelve. Esta conversación con un hijo no vuelve. Este abrazo no vuelve. Y la cantidad de veces que todavía podré sentarme a conversar con quienes quiero es finita.

Mirada así, la muerte no le quita valor a la vida: se lo da. Si todo termina, quizás debería preocuparme mucho más de vivir intensamente ahora: decir lo que quiero decir, perdonar antes, hacer ese viaje, llamar a ese amigo, dejar de gastar energía en peleas pequeñas y resentimientos que dentro de veinte años no significarán nada. La finitud vuelve precioso lo cotidiano.


¿Y si la muerte no fuera el final?

Ahora imaginemos lo contrario: creo —no que sé, sino que creo— que cuando muera voy a estar bien. Muy bien.

Puedo seguir teniendo miedo al proceso de morir, al dolor, a la enfermedad, a despedirme de quienes quiero. Pero tendría mucho menos sentido tener miedo a estar muerto. Y si la muerte deja de ser una catástrofe, aparece una pregunta extraordinaria: ¿cuántas decisiones de mi vida estoy tomando simplemente por miedo a perderla?

Quizás acumulamos más de lo necesario, buscamos demasiada seguridad, defendemos obsesivamente nuestro prestigio o nuestra imagen, nos tomamos demasiado en serio. Una persona con menos miedo puede ser mucho más libre: más disponible para amar, crear, equivocarse, aventurarse y vivir.


Dos creencias opuestas que llegan al mismo lugar

Aquí aparece la paradoja que más me interesa. Las dos hipótesis son metafísicamente opuestas —una dice que después no hay nada, la otra que hay algo maravilloso— pero llevadas hasta sus últimas consecuencias pueden conducirnos al mismo lugar: no desperdicies la vida.

La primera podría decir: ama ahora, porque después no habrá oportunidad. La segunda podría decir: ama ahora, porque quizás el amor sea precisamente aquello que continúa.

Tal vez no necesitemos resolver el misterio de la muerte para vivir de otra manera. Podríamos preguntarnos algo más práctico: ¿qué manera de vivir tendría sentido bajo ambas hipótesis? Querer más, cuidar más, conversar más, crear, aprender, perdonar, agradecer, dedicar tiempo a quienes importan, tomarnos menos en serio, no postergar lo que hace que una vida merezca ser vivida.


Una pregunta para experimentar

Se me ocurre un pequeño experimento. La próxima vez que tenga que tomar una decisión importante, podría preguntarme: si realmente creyera que la muerte no es una catástrofe y que finalmente voy a estar bien, ¿qué elegiría hacer ahora?

No sé qué respondería, pero sospecho que algunas respuestas me sorprenderían. Porque quizás una parte considerable de nuestra existencia está organizada no alrededor de vivir, sino alrededor de evitar perder la vida que tenemos.

La pregunta verdaderamente inquietante ya no es qué ocurre cuando morimos —eso quizás nunca podamos responderlo— sino: ¿cómo quiero vivir si dejo de organizar mi existencia alrededor del miedo a perderla? Y todavía queda otra, quizás la más incómoda de todas: si creo que cuando muera voy a estar bien, ¿qué tendría que cambiar hoy para poder decir que también estoy viviendo bien?

No tengo una respuesta. Por eso escribo esto. Me interesa saber la de ustedes.



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