En 1932, en el breve intervalo entre dos guerras mundiales, Albert Einstein y Sigmund Freud sostuvieron un intercambio epistolar extraordinario. La pregunta que los convocó fue tan simple como desafiante: ¿por qué las guerras? ¿Podemos eliminarlas o es una tarea imposible?
Einstein, quien inicia la conversación, acude a Freud como experto en las profundidades del alma humana, buscando comprender si existe alguna salida.Freud responde desde su teoría de las pulsiones: eros y tánatos. Eros, la pulsión de vida, nos impulsa hacia el amor y la convivencia. Tánatos, hacia la destrucción y la muerte. Pero estas fuerzas no actúan por separado; están entrelazadas en el corazón mismo de nuestra naturaleza. Amas a tu mujer, pero también quieres poseerla. Y quien intente entrometerse enfrentará tus impulsos destructivos.
Einstein no es nacionalista. Imagino que esto significa que rechaza la división artificial en naciones y el cultivo de sentimientos patrios exaltados, factores esenciales en las guerras entre vecinos. Las propias naciones, después de todo, nacieron de guerras de conquista. Son hijas de la violencia.
¿Qué propone Einstein en su lugar? No queda claro en el texto, y cuesta imaginarlo. Salvo que seamos todos seres tan evolucionados que hayamos superado la necesidad de pertenecer a una nación, y nos baste con reconocernos simplemente como parte de la humanidad.
Los períodos de paz, nos recuerdan, no son tan pacíficos como parecen. Son guerra congelada. Hemos transferido nuestro poder al Estado para que haga regir la Constitución y las leyes mediante violencia institucionalizada. Cuando las instituciones pierden fuerza y se les arrebata el monopolio del uso legítimo de la violencia, cuando su autoridad flaquea, es momento de temer una nueva guerra.Los tiempos que vivimos hoy me parecen tiempos en que soplan vientos de guerra.
La solución, nunca lograda, sería una institución global con verdadero poder sobre las naciones, poder otorgado voluntariamente por esas mismas naciones. Hoy existen las Naciones Unidas, donde se delibera, pero que nunca logran —que yo sepa— detener ninguna guerra.
Lo que vendría después de ese intercambio sería la Segunda Guerra Mundial: entre 70 y 85 millones de muertos, cinco civiles por cada dos militares.
Esta conversación entre dos de los hombres más sabios de su tiempo no deja ninguna esperanza de solución para las guerras.
Preocupante. Muy preocupante.


Hola Gabriel. No sé si se requiere ser tan evolucionado para superar el concepto de nación, sólo existe el estado - nación desde el tratado de Westfalia (1648), es decir que no es intrínsico a lo humano. (Estado-nación: sistema político soberano delimitado territorialmente —es decir, un Estado— que se gobierna en nombre de una comunidad de ciudadanos que se identifican como una nación). Antes de eso las personas vivían bajo los dictámenes de un señor feudal, no muy a gusto por cierto. En la antigüedad el Estado estaba limitado por ciudades y sus conquistas territoriales, cuando eran imperios. La nación no es más que una forma de organización, la que se puede expandir si quisieramos no armar nuevas guerras. Pero tánatos siempre encuentra escusas.
ResponderBorrarConcusion equivocada. Los estados son los que inician las guerras. Mas poder al estado, mas guerras. Podemos verlo hoy. Como diria Nietsche, el hombre fue hecho para la guerra, ...
ResponderBorrarNo necesariamente, en Chile durante los 80 el estado evitó una guerra con nuestros vecinos argentinos
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