viernes, septiembre 04, 2026

Entrevista al malabarista de esquina Raymi Cufré

Me llamó la atención un día mientras hacía malabares en la esquina de Isabel La Católica con Vespucio. Buen manejo de las clavas, y también del monociclo. Le propuse entrevistarlo y aceptó de inmediato.

—Voy al gimnasio, después me ducho en mi casa y me vengo; hora y media más o menos —le dije.

Conforme, quedamos así.

Origen y familia

Raymi Cufré tiene 34 años y un claro acento argentino. Es originario de Córdoba, aunque en realidad nació y se crió en Villa General Belgrano, un lugar muy bonito, según me cuenta, parecido a la zona de Puerto Varas en Chile. Se mudó a Córdoba a los 12 años, al pasar a segundo medio.

Es el único hijo varón del primer matrimonio de su padre, y tiene dos hermanas con las que mantiene buena relación. Su padre es carpintero de profesión y, en un segundo matrimonio, tuvo cuatro hijos más. Su madre murió de leucemia cuando él tenía un año.

Hay algo curioso en los nombres de la familia: el apellido es de origen vasco-francés, y su nombre es de origen quechua, y los de sus dos hermanas son mapuches. Los hijos del segundo matrimonio de su padre, en cambio, llevan nombres cristianos. Su padre vive y tiene poco más de 60 años.

Formación

Raymi estudió panadería y pastelería. Después estudió cinco años el folclore, disciplina en la que tiene título de profesor. Más tarde llegó el mundo circense. Dice haber crecido en un ambiente con mucho folclore.

Vida personal

No tiene hijos ni pretende tenerlos, y se declara separado de su última pareja desde hace dos años.

Su oficio le ha permitido recorrer buena parte de América Latina: Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Brasil, Paraguay y Chile. La primera vez que vino a Chile le encantó, y quedó con ganas de volver. Ya lleva un año viviendo en Santiago.

Vive en un cuarto que arrienda en Lo Hermida, Peñalolén, con baño y una pequeña cocina, por el que paga $190.000 mensuales. Ha recorrido bastante el país: desde La Serena y el Valle del Elqui hasta Coyhaique, Puerto Varas y Puerto Montt, ciudad donde vivió dos años.

El oficio

Hoy trabaja como artista circense callejero. Habla de "habitar los espacios": se dedica principalmente al malabarismo de esquina, actos muy cortos pensados para el tránsito de la calle. A veces lo contratan para eventos, cumpleaños y matrimonios, y también tiene una función unipersonal de 35 minutos, para la que además maneja su propio vestuario.

Es una persona alegre, contenta con lo que hace. Me dice que disfruta su trabajo y que la gente lo trata bien. Ha trabajado tanto en pareja como con amigos, y además de malabarista es acróbata.

Otros aspectos

Es vegetariano desde hace siete años —no le gusta la matanza que implica comer carne— y aspira a hacerse vegano.

Políticamente, considera importante tener una posición: no habría votado por Milei, a quien considera "un loco". Se declara más bien anarquista y ateo.

En cuanto a lo económico, gana en torno a 500 lucas al mes. En un buen día saca entre 20 y 25 lucas, y hay jornadas en que ha llegado a 40 o 45.

Celular: 9 4897-8440
Mail: raymicufre92@gmail.com
Instagram: raymi_ska



jueves, septiembre 03, 2026

Somos cuánticos

Conversando con Pedro Arellano apareció una imagen que me sigue dando vueltas: somos ondas, pero muchas veces vivimos como partículas.

Lo digo como metáfora, no como una explicación física de la conciencia. Pero como metáfora me sirve, porque describe algo que reconozco todos los días.

Vivir como partícula

Hay momentos en que me vivo como una unidad aislada. Mi historia. Mis problemas. Mis logros. Mis amenazas. El mundo está afuera y yo tengo que encontrar la manera de defenderme, hacerme un lugar, demostrar lo que valgo.

A eso le llamamos, en nuestra conversación, "vivir como partícula".

Desde ahí, la relación se vuelve un trabajo entre dos entidades separadas. Tengo que acercarme al otro, entenderlo, negociar, construir un puente. Y la competencia aparece fácilmente: tu espacio puede parecer una reducción del mío; tu logro, una medida de mi insuficiencia.

¿Te ha pasado sentir que el éxito del otro te resta algo, aunque nada tuyo haya cambiado?

Vivir como onda

Pero también conocemos otra experiencia.

Una conversación en la que aparece una idea que ninguno traía. Un grupo en el que la confianza permite decir algo que a solas no habríamos podido formular. Un encuentro después del cual ya no somos exactamente quienes éramos antes.

Ahí la imagen de la onda cobra sentido. Lo que cada uno trae se entremezcla y se transforma en el encuentro.

Pedro pone mucha atención en la relación. Tiene una capacidad especial para propiciar esa sintonía entre personas. Escuchándolo, me surgió una pregunta: ¿y si la relación empieza mucho antes de que decidamos construirla?


Una trama que ya estaba ahí

Antes de este encuentro ya hay otros en mí: en el lenguaje con que pienso, en las historias que me cuento, en lo que aprendí a temer y en lo que me atrevo a imaginar. Mi singularidad también está hecha de relaciones.

Quizás "volver a la onda" sea reconocer esa trama.

Desde ahí, colaborar adquiere otro sentido. Puedo aportar algo propio y, al mismo tiempo, dejar que el encuentro lo transforme. Lo que emerge puede ampliar las posibilidades de todos.

Eso requiere trabajo. La confianza, la escucha y el cuidado no aparecen por arte de magia. Pero cambia el lugar desde el que hacemos ese trabajo: reconocemos que lo que ocurre entre nosotros también forma parte de quienes somos.


Ser alguien y, a la vez, ser parte

Necesitamos identidad, límites y voz propia. Podemos tenerlos sin olvidar nuestra pertenencia.

Me quedo con esa imagen de nuestra conversación con Pedro: ser alguien y, a la vez, ser parte.

¿Cuánto cambiaría nuestra manera de vivir y de trabajar si tuviéramos más presente esa doble condición?



miércoles, septiembre 02, 2026

La caluga de un millón y medio

El domingo fui a visitar a mi madre, la Chiví, que tiene 97 años. Como siempre, me tenía mis tres calugas Varsovienne.

Mientras comía una, ocurrió lo inesperado: la caluga me sacó un colmillo.

Nunca más calugas Varsovienne
No me dolía, pero quedé con un forado que se veía cuando me reía con ganas. Y debo reconocer que me produjo un pequeño bajón. A los 74 años, encontrarse de pronto con un diente en la mano tiene cierto efecto psicológico.

Fui a la urgencia dental de Redsalud. Me examinaron, hicieron una radiografía panorámica y apareció un diagnóstico bastante más complejo: había caries debajo, había que sacar raíces, poner hueso, esperar cuatro meses, entrar a pabellón, poner pernos y finalmente fabricar el nuevo diente.

Esperé el presupuesto: $1.500.000.

Me fui con la cola entre las piernas.

Al día siguiente decidí consultar a mi dentista habitual, Berta Munizaga, a quien últimamente había encontrado un poco cara.

Llegué con el diente en la mano. Lo miró, examinó la cavidad, limpió y escarbó cuidadosamente y me dijo:

—Te lo voy a pegar.

Aplicó un cemento muy resistente, instaló nuevamente el colmillo, me hizo apretar, limpió los excesos, comprobó que pasara bien el hilo dental y listo.

—¿Cuánto te debo?

$35.000.

Salí feliz, con mi diente nuevamente en su lugar y, curiosamente, encontrando baratísima a mi dentista, que es la mujer de mi amigo Juan Aviñó.

No sé cuánto durará. Quizás algún día tenga que hacerme el tratamiento completo. Pero esta experiencia me recordó algo importante: una segunda opinión puede cambiar completamente el problema que tenemos delante.

Vivimos fascinados por las soluciones completas, definitivas y sofisticadas. A veces son necesarias. Pero otras veces conviene hacer una pregunta mucho más sencilla:

¿Qué es lo mínimo que necesitamos hacer ahora?

Mi dentista me regaló algo muy valioso: tiempo. Y una solución proporcional a mi situación.

Así que a los 74 años recibí una pequeña lección de estrategia: antes de embarcarse en una solución de un millón y medio, vale la pena averiguar si existe una de treinta y cinco mil.

Eso sí, mi dentista fue terminante:

—Se acabaron las calugas.

El próximo domingo volveré donde la Chiví. Las Varsoviene seguramente estarán esperándome.

Tendré que mirarlas desde lejos.

Hay riesgos que a los 74 años ya no vale la pena correr.



martes, septiembre 01, 2026

Lo que la física cuántica nos dice de la conciencia

Llevo años sospechando que la ciencia, con toda su rigurosidad, se equivocó de mapa. Y esta semana, de vuelta en unas notas sobre física cuántica, encontré una idea que me sacudió: la realidad no es una máquina. Es un campo vivo, y nosotros no estamos afuera mirándolo. Estamos adentro, participando en su creación.

Suena grande. Lo es. Pero vamos por partes.

El mundo que nos vendieron

Crecimos con una idea de la realidad heredada de la física clásica: las cosas siguen reglas, la materia es lo primero y la conciencia es apenas un subproducto, algo que el cerebro fabrica como quien fabrica calor por fricción. En ese mundo la información es como el agua: se copia, se transfiere, se procesa. Fría, neutra, manipulable.


¿Por qué nos aferramos tanto a esa visión? Porque es predecible. Porque es controlable. Porque nos da la ilusión reconfortante de que todo, tarde o temprano, se puede calcular.

Pero la física cuántica lleva un siglo golpeando esa puerta, y adentro hay otra cosa.

Lo que pasa cuando miras algo de verdad

En el mundo cuántico las partículas no son piedritas. Son estados de un campo, potenciales, posibilidades abiertas. Y aquí viene lo inquietante: cuando observas un qbit, lo colapsas. Lo obligas a elegir entre un cero y un uno. Lo degradas de su verdadera riqueza a una respuesta binaria.

¿Y si nosotros le hacemos exactamente eso a la vida cuando la reducimos a datos, a métricas, a información que se puede copiar y pegar?

Porque acá está el giro central: la información cuántica no se puede copiar. No se puede separar del ente que la sostiene. Es privada, íntima, se comporta más como experiencia que como dato. Igual que tu vida. Nadie puede vivir lo que tú sientes; solo puede escuchar tu relato de eso, que ya es otra cosa, más pobre, más pequeña que la experiencia misma.

No eres un espectador, eres un partícipe

Esto es lo que más me remece: no somos observadores externos del mundo, mirando desde una tribuna. Somos partícipes de su creación. Cada acto de observar puede ser, en sí mismo, un acto de crear. La materia y la mente nunca estuvieron separadas.

¿Te habías preguntado alguna vez si el solo hecho de prestarle atención a algo ya lo está transformando?

Y si eso es cierto, entonces una IA jamás va a poder hacer lo que tú haces cuando reconoces que una idea es buena. Puede producir la frase. Pero no puede sentir el significado de esa frase. El significado no vive en la información; vive en el campo, en la conciencia que lo experimenta.

El operador y el dron

Hay una metáfora en estas notas que no dejo de darle vueltas: no somos el dron. Somos el operador. Pero solemos vivir tan absortos en la pantalla, en lo que el dron ve y filma, que se nos olvida que hay alguien detrás del control remoto.

¿Cuánto de tu día vives mirando la pantalla del dron —tus roles, tus tareas, tus datos— y cuánto vives sabiendo que tú eres quien opera?

Porque si la conciencia no es una emanación del cerebro, entonces no eres solo un cuerpo que eventualmente se apaga. Las experiencias de personas que han estado clínicamente muertas y vuelven apuntan justamente ahí: a que algo sigue operando cuando el cuerpo ya no puede.

De competir a colaborar

Lo que más me interesa de todo esto, como coach, es el giro práctico. Cuando de verdad descubres qué es lo que eres —no un dato, no un algoritmo, no un cuerpo aislado, sino conciencia embebida en un campo compartido— dejas de competir. Y empiezas a colaborar.


No se trata de ser más eficiente. No se trata de ir más rápido. Se trata de ser más consciente.

Y en un momento donde construimos máquinas cada vez más inteligentes, sin haber terminado de entender la verdadera inteligencia de quienes las construyeron, esta pregunta se vuelve urgente, no filosófica de sobremesa.

La pregunta que me queda dando vueltas

Si la realidad en lo profundo es holística, si tú eres parte del campo que observas y no un espectador aparte, ¿qué cambiarías en tu vida si dejaras de tratar tus propias experiencias como datos que hay que procesar, y empezaras a tratarlas como lo que realmente son?


Referencias:
Video de donde saqué todo esto (la parte de Federico Faggin)



jueves, agosto 27, 2026

Las licitaciones de Mercado Público al alcance de la mano con IA

Estoy, estamos, con Mauricio Cáceres, lanzando esta oferta de servicio con IA para rastrojear las licitaciones de Mercado Público para cualquiera que le quiera vender al Estado. He hecho dos inscripciones, somo se indica mas abajo, que uso aquí para contarte.

Para Linkedin: (link)

¿Cuántos negocios estás dejando pasar porque no alcanzas a revisar Mercado Público?

Con mi socio agéntico hemos desarrollado una solución con inteligencia artificial que hace mucho más simple participar en licitaciones públicas.

La herramienta puede:

detectar las licitaciones vigentes que realmente calzan con tu empresa;

resumir los antecedentes y documentos de cada licitación;

ayudarte a entender rápidamente qué se está pidiendo;

y preparar una primera versión de tu propuesta, adaptada a tu estilo y a tu oferta.

La idea es sencilla: menos tiempo buscando y leyendo documentos, más tiempo participando en oportunidades que pueden transformarse en nuevos negocios.

La IA no gana la licitación por ti. Pero puede ayudarte a llegar mejor preparado, participar en más procesos y aumentar tus posibilidades de venta.

Si tu empresa vende al Estado —o quisiera empezar a hacerlo—, conversemos.

¿Te interesa probarlo?


Para Facebook:

Mercado Público está lleno de oportunidades. El problema es encontrarlas a tiempo y tener horas para preparar una buena propuesta.

Con mi socio agéntico creamos una herramienta con IA que hace justamente eso.

Le dices qué tipo de negocios te interesan y busca las licitaciones vigentes que hacen sentido para ti. Después te resume los antecedentes, te ayuda a entender qué están pidiendo y puede incluso preparar una propuesta inicial en tu estilo.

En otras palabras: te ayuda a pasar de “debería mirar Mercado Público” a “aquí hay una oportunidad concreta y ya tengo buena parte del trabajo avanzado”.

La intención es muy simple: ayudarte a participar en más licitaciones y abrir nuevas oportunidades de venta.

Si esto te hace sentido, escríbeme y conversemos.




Libro La resaca de Eugenio Tironi

Necesitaba entender Chile desde el estallido social hasta el inicio del gobierno de José Antonio Kast, y Eugenio Tironi me ayudó con este libro que llamó La resaca.

El título ya lo dice todo: el estallido social del 18 de octubre de 2019 es visto por Tironi como un desborde. Después vendría la resaca.

Un desborde sin miedo al pasado

Me llama la atención que el estallido social no generó ningún temor de que el ejército o las fuerzas militares volvieran a ser vistas como un riesgo de toma de poder. ¿Por qué no hubo ese temor? Una posible razón es que, para cuando estalló la crisis, más del 70% de la población había nacido después del golpe de 1973. La memoria del miedo, simplemente, ya no estaba ahí.

El estallido fue una tremenda amenaza a la gobernabilidad del país. Piñera tuvo que lidiar con eso, y rápidamente logró la firma del Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución, dando inicio al proceso constituyente. Fue en esa instancia donde el rol de Gabriel Boric lo marcaría como un líder promisorio.

La pandemia como pausa forzada

En marzo de 2020 explota la pandemia del Covid-19. El país se paraliza. Todo el mundo se va a guardar a sus casas. Un hecho histórico que, sin buscarlo, sirvió también para frenar la violencia que venía arrastrando el estallido.

El rechazo que cambió el rumbo

Se vota en noviembre de 2020 para dar inicio al proceso de la Convención Constitucional, que terminaría en desastre para el gobierno de Boric: el 4 de septiembre de 2022, más del 62% rechazó la propuesta. Fue el punto de quiebre de ese gobierno, que había apostado su proyecto de transformación nacional a ese resultado.

Ese rechazo produjo un giro significativo en la manera de gobernar de Boric. Y el mundo, mientras tanto, también había cambiado: Putin había iniciado la invasión de Ucrania el 22 de febrero de 2022, transgrediendo el orden internacional vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La política de la deliberación empezó a ceder terreno frente a la política de los hechos consumados, la política de la acción sin necesidad de dar explicaciones.

El remate: el fin de un ciclo

Lo que remata todo es la salida de Trump como presidente de Estados Unidos en enero de 2025. Es, en cierta forma, el fin del progresismo, el fin del wokismo. Los nuevos mundos que se habían abierto se extinguen, y el foco vuelve a la crisis de seguridad, la inmigración desbocada y el estancamiento económico.

El balance de Tironi

Eugenio Tironi deja a Gabriel Boric como un presidente que calmó las aguas de un país que venía del estallido, la pandemia y los fracasos constitucionales, y que lo entrega normalizado, listo para que José Antonio Kast gobierne un país estabilizado.

En definitiva, Boric no lo hizo tan mal, según Tironi, y queda perfilado para intentarlo nuevamente en el futuro.

¿Veremos?



miércoles, agosto 26, 2026

¿Cómo viviríamos si dejáramos de tenerle miedo a la muerte?

Hay una pregunta que últimamente me ronda. No sé qué ocurre cuando morimos. Nadie lo sabe con certeza. Pero me he dado cuenta de que lo que creemos acerca de la muerte puede cambiar profundamente nuestra manera de vivir.

Pensemos en dos posibilidades opuestas. La primera: cuando muero, todo termina, mi conciencia desaparece. La segunda: cuando muero, continúo de alguna manera, y paso a un estado extraordinariamente agradable de paz, armonía y amor, quizás incluso reencontrándome con personas queridas.

No pretendo demostrar ninguna de las dos. Mi pregunta es otra: si creyéramos profundamente en una u otra, ¿viviríamos de la misma manera que estamos viviendo?

Si después no hay nada

Supongamos que estoy convencido de que la muerte es el final. Eso podría parecer terrible. Pero también podría producir el efecto contrario: hacer que la vida adquiera un valor gigantesco.

Porque entonces esta vida es la única que tengo. Esta mañana no vuelve. Esta conversación con un hijo no vuelve. Este abrazo no vuelve. Y la cantidad de veces que todavía podré sentarme a conversar con quienes quiero es finita.

Mirada así, la muerte no le quita valor a la vida: se lo da. Si todo termina, quizás debería preocuparme mucho más de vivir intensamente ahora: decir lo que quiero decir, perdonar antes, hacer ese viaje, llamar a ese amigo, dejar de gastar energía en peleas pequeñas y resentimientos que dentro de veinte años no significarán nada. La finitud vuelve precioso lo cotidiano.


¿Y si la muerte no fuera el final?

Ahora imaginemos lo contrario: creo —no que sé, sino que creo— que cuando muera voy a estar bien. Muy bien.

Puedo seguir teniendo miedo al proceso de morir, al dolor, a la enfermedad, a despedirme de quienes quiero. Pero tendría mucho menos sentido tener miedo a estar muerto. Y si la muerte deja de ser una catástrofe, aparece una pregunta extraordinaria: ¿cuántas decisiones de mi vida estoy tomando simplemente por miedo a perderla?

Quizás acumulamos más de lo necesario, buscamos demasiada seguridad, defendemos obsesivamente nuestro prestigio o nuestra imagen, nos tomamos demasiado en serio. Una persona con menos miedo puede ser mucho más libre: más disponible para amar, crear, equivocarse, aventurarse y vivir.


Dos creencias opuestas que llegan al mismo lugar

Aquí aparece la paradoja que más me interesa. Las dos hipótesis son metafísicamente opuestas —una dice que después no hay nada, la otra que hay algo maravilloso— pero llevadas hasta sus últimas consecuencias pueden conducirnos al mismo lugar: no desperdicies la vida.

La primera podría decir: ama ahora, porque después no habrá oportunidad. La segunda podría decir: ama ahora, porque quizás el amor sea precisamente aquello que continúa.

Tal vez no necesitemos resolver el misterio de la muerte para vivir de otra manera. Podríamos preguntarnos algo más práctico: ¿qué manera de vivir tendría sentido bajo ambas hipótesis? Querer más, cuidar más, conversar más, crear, aprender, perdonar, agradecer, dedicar tiempo a quienes importan, tomarnos menos en serio, no postergar lo que hace que una vida merezca ser vivida.


Una pregunta para experimentar

Se me ocurre un pequeño experimento. La próxima vez que tenga que tomar una decisión importante, podría preguntarme: si realmente creyera que la muerte no es una catástrofe y que finalmente voy a estar bien, ¿qué elegiría hacer ahora?

No sé qué respondería, pero sospecho que algunas respuestas me sorprenderían. Porque quizás una parte considerable de nuestra existencia está organizada no alrededor de vivir, sino alrededor de evitar perder la vida que tenemos.

La pregunta verdaderamente inquietante ya no es qué ocurre cuando morimos —eso quizás nunca podamos responderlo— sino: ¿cómo quiero vivir si dejo de organizar mi existencia alrededor del miedo a perderla? Y todavía queda otra, quizás la más incómoda de todas: si creo que cuando muera voy a estar bien, ¿qué tendría que cambiar hoy para poder decir que también estoy viviendo bien?

No tengo una respuesta. Por eso escribo esto. Me interesa saber la de ustedes.