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jueves, octubre 01, 2026

Cuidado con enamorarse

Visito a mi madre periódicamente y conversamos un día sobre la pareja, el amor y el enamoramiento, desde nuestras reflexiones y experiencias. Hay matices, diferencias, coincidencias. Llego a mi casa, retomo el tema con ChatGPT. Le cuento lo que he conversado, lo que pienso del tema y le pido ayuda para enriquecer la conversación. Le pido aportes. iniciamos una conversación. va y viene. Finalmente le pido que escriba un posteo de blog con lo que hemos conversado. Me entrega un material, lo leo, lo presenta bien, lo que me parece una buena provocación de un tema sensible. Te lo comparto:


Probablemente pocas frases parecen más absurdas que esta:

Cuidado con enamorarse.

Nos han enseñado exactamente lo contrario. Desde las novelas hasta las canciones, desde Hollywood hasta nuestros propios recuerdos, enamorarse aparece como una de las mejores cosas que pueden ocurrirnos.

Y, por supuesto, lo es.

Estar enamorado puede ser maravilloso.

Pero eso no significa que siempre sea bueno que nos ocurra.

Hace algún tiempo conocí los trabajos de Helen Fisher, antropóloga norteamericana que dedicó buena parte de su vida a estudiar el amor romántico. Sus investigaciones mediante imágenes cerebrales muestran algo fascinante: cuando una persona está intensamente enamorada se activan zonas del sistema de recompensa cerebral vinculadas con la dopamina, algunas de las mismas que participan en fenómenos adictivos. Fisher llegó a hablar del enamoramiento como una “adicción natural”.

Esto explica bastante bien algunas cosas que todos conocemos.

El enamorado no mira simplemente a otra persona.

La mira bajo una luz especial.

Esa persona se vuelve extraordinaria. Nos interesa cómo habla, cómo camina, qué piensa. Sus virtudes se magnifican y sus defectos pueden incluso parecernos encantadores.

Hay una focalización brutal de la atención.

Entre ocho mil millones de seres humanos, de pronto uno adquiere una luminosidad que los otros siete mil novecientos noventa y nueve millones no tienen.

Y aquí aparece lo que, para mí, es todavía más interesante.

Cuando me enamoro, no sólo descubro al otro

Descubro también una versión desconocida de mí mismo.

Me sorprendo diciendo cosas que no decía.

Siento emociones que creía perdidas.

Aparecen deseos, valentías, vulnerabilidades, fantasías.

El mundo parece ensancharse.

Tal vez por eso enamorarse resulta tan irresistible.

Creemos que estamos fascinados por otra persona, pero una parte importante de la fascinación puede provenir de la persona en que nosotros mismos nos convertimos cuando estamos con ella.

El otro nos abre una puerta.

Y detrás de esa puerta aparecemos nosotros.

Quizás sea por eso que una experiencia amorosa importante nos transforma, incluso cuando termina.

Uno rara vez sale del enamoramiento exactamente como entró.

El enamoramiento como fuerza evolutiva

Helen Fisher distingue tres grandes sistemas relacionados, pero diferentes: el deseo sexual, la atracción romántica y el apego. Su hipótesis es que el amor romántico habría evolucionado para concentrar nuestra energía reproductiva en una persona determinada, mientras que el apego favorecería la permanencia suficiente de la pareja para criar juntos.

Visto así, el enamoramiento es una maquinaria extraordinariamente poderosa.

Imaginemos una pareja joven, disponible, que se encuentra, se enamora, decide construir una vida, tiene hijos y con los años transforma la exaltación inicial en cariño, complicidad, sexualidad, amistad, cuidado y proyecto común.

En ese escenario, el enamoramiento parece casi una genialidad de la evolución.

Hace que dos desconocidos se digan:

“Contigo.”

Y comiencen una historia.


Pero la misma fuerza puede caer como una bomba

¿Qué ocurre cuando esa maquinaria se activa en una persona que ya tiene una historia construida?

Veinte años de matrimonio.

Tres hijos.

Una casa.

Una red de amistades.

Proyectos.

Una empresa.

Una identidad familiar.

Y un martes cualquiera aparece alguien.

Y ocurre.

Se enamora.

El sistema cerebral no pregunta por el estado civil.

No consulta a los hijos.

No revisa la cuenta corriente.

No calcula las consecuencias.

Simplemente se enciende.

Y comienza entonces una de las confusiones más peligrosas:

“Si siento algo tan intenso, debe ser verdadero.”

Puede ser verdadero.

Pero de ahí no se sigue que deba ser obedecido.

Ese me parece el punto central.

Sentir no obliga a actuar

Nos cuesta mucho aceptar esta distinción porque hemos convertido la autenticidad en una especie de mandamiento:

“Si esto es lo que siento, tengo que seguirlo.”

No necesariamente.

Un sentimiento puede ser auténtico y una decisión basada en él puede ser desastrosa.

Uno puede enamorarse genuinamente de alguien y, al mismo tiempo, concluir:

“Esto que me está ocurriendo no quiero convertirlo en acción.”

Esa posibilidad me parece profundamente humana.

No consiste en negar lo que sentimos.

Consiste en no entregar automáticamente el timón de nuestra vida a aquello que sentimos.

Porque el enamoramiento tiene una característica particularmente peligrosa: altera nuestra valoración de la realidad justamente cuando nos sentimos más lúcidos que nunca.

El enamorado suele pensar:

“Ahora finalmente entendí.”

Puede que haya entendido algo.

Pero también puede estar mirando la realidad desde un estado de intensificación emocional extraordinario.

No tomar decisiones permanentes desde estados transitorios

Ésta quizá sea la regla que me interesa rescatar.

No sólo para el amor.

También para el miedo, la rabia, la euforia, el resentimiento.

Los grandes estados emocionales contienen información preciosa.

Pero no necesariamente contienen instrucciones.

Escúchalos. No siempre los obedezcas.

Si alguien que lleva veinte años casado se enamora de otra persona, quizá la primera pregunta no debiera ser:

“¿Dejo a mi mujer?”

Tal vez debiera ser:

“¿Qué está despertando en mí esta persona?”

¿Qué parte mía estaba dormida?

¿Qué extraño?

¿Qué deseo?

¿Qué se perdió en mi vida?

¿Qué estoy proyectando sobre esta persona?

¿Qué me está mostrando este enamoramiento sobre mí?

Aquí aparece una posibilidad extraordinariamente interesante.

El enamoramiento que amenaza con destruir una vida podría convertirse también en una fuente de información para transformarla.

No siempre, por supuesto.

Hay matrimonios que deben terminar.

Hay encuentros tardíos que abren caminos verdaderos.

No pretendo defender la conservación de cualquier pareja a cualquier precio.

Mi punto es otro:

la intensidad de una emoción no constituye por sí sola evidencia de que debamos reorganizar nuestra vida alrededor de ella.


Quizás enamorarse sea maravilloso precisamente porque es peligroso

El fuego sirve para cocinar.

También puede quemar una casa.

Nadie concluye por eso que el fuego sea malo.

Aprendemos a relacionarnos con él.

Quizás con el enamoramiento deberíamos hacer algo parecido.

Celebrarlo cuando llega.

Escucharlo.

Dejarnos sorprender por aquello que revela de nosotros mismos.

Pero también conservar una pequeña zona de conciencia capaz de observarlo.

Una voz que diga:

“Estoy enamorado. Esto que siento es enorme. Precisamente por eso voy a tener cuidado con lo que hago.”

Porque algunas veces enamorarse puede ser el comienzo de una vida.

Y otras veces puede ser el comienzo de su demolición.

La emoción puede ser igualmente verdadera en ambos casos.

Lo que cambia es qué hacemos con ella.

A veces creemos que nos enamoramos de una persona. Quizás también nos enamoramos de quien descubrimos que podemos ser cuando estamos con ella.



miércoles, septiembre 16, 2026

¿Quién condujo la creación de esto?

Hace unos días me quedé dando vueltas a una pregunta que aparece cada vez con más frecuencia en mis conversaciones: ¿quién es el autor de un texto escrito con ayuda de una inteligencia artificial?

La pregunta parece técnica. No lo es. Es una pregunta sobre qué significa crear, y por lo tanto sobre qué significa ser alguien que tiene algo que decir.


Autoría no es producción material

Empecemos por una distinción que me parece básica y que sin embargo olvidamos con facilidad: autoría no es lo mismo que fabricar cada pieza con las propias manos.

Un director de cine es autor de una película aunque no opere la cámara, no componga la música, no cosa el vestuario ni pronuncie una sola línea de diálogo. Un arquitecto es autor de una casa levantada por cientos de manos que no son las suyas.

¿Qué los hace autores, entonces? Sostienen una intención. Toman decisiones. Responden por el resultado.

Con la IA ocurre algo parecido, aunque más desconcertante, porque la máquina entra justamente en el territorio que considerábamos más íntimo: las ideas y las palabras.


La pregunta cambia de forma

Creo que "¿quién escribió esto?" va a ir perdiendo interés. Y que en su lugar aparecerá otra mucho más reveladora:

¿Quién condujo la creación de esto?

Pienso en cómo trabajo yo. Traigo una intuición nacida de una conversación, de una lectura, de una sesión de coaching. Le digo a la IA: hay algo aquí, ayúdame a pensarlo. Ella me propone tres interpretaciones. Una me incomoda, otra me parece trivial, la tercera abre una puerta que yo no había visto.

Yo atravieso esa puerta. Después corrijo, elimino, incorporo una experiencia propia, pregunto por un filósofo, rechazo una analogía, encuentro otra mejor, reorganizo el argumento y finalmente digo: esto expresa lo que quiero decir.

¿De quién es ese texto?

Para mí la pregunta decisiva no es cuántas palabras puse yo y cuántas puso la máquina. Es otra: ¿quién decidió qué merecía permanecer? ¿Quién le dio dirección y sentido? ¿Quién está dispuesto a poner su nombre debajo y responder por lo dicho?


Los cuatro verbos

Si tuviera que resumir la autoría que viene, la apoyaría en cuatro verbos: originar, conducir, discernir y hacerse responsable.

Originar una inquietud que sea realmente tuya. Conducir el proceso en vez de delegarlo. Discernir entre lo que la máquina propone, que es la parte más exigente y la que menos se nota. Y hacerse responsable por la obra terminada.

Ese último verbo me parece el más importante de todos. El botón "Generar" no puede cargar con ninguna responsabilidad. Tú sí.


Pero hay una trampa

No toda colaboración con IA convierte automáticamente a alguien en autor.

Si alguien escribe "hazme una novela sobre un hombre que pierde la memoria", recibe doscientas cincuenta páginas, las hojea y las publica con su nombre, su autoría creativa es, como mínimo, muy débil. No hubo intención sostenida, no hubo discernimiento, no hubo nada que responder.

En cambio, si una persona pasa meses conversando, construyendo personajes, rechazando caminos, introduciendo recuerdos propios, cambiando estructuras, reescribiendo escenas y preguntándose qué quiere realmente decir, estamos frente a otra cosa completamente distinta.

La diferencia no está en la herramienta. Está en cuánto de uno mismo se puso en juego.


Voces que estaban mudas

Hay algo que me entusiasma en todo esto, y es que la IA va a ensanchar enormemente el territorio de quienes pueden crear.

Durante siglos hubo millones de personas con historias extraordinarias que jamás escribieron un libro, no porque no tuvieran qué decir, sino porque escribir bien era una barrera técnica demasiado alta.

Hoy una mujer de ochenta y dos años puede contar oralmente su infancia, discutir esas historias durante meses con una IA, reconstruir episodios, organizar capítulos, cuestionar sus propios recuerdos y terminar dejándoles a sus nietos un libro que sola jamás habría podido producir.

¿Es menos valioso porque necesitó ayuda?

Yo diría que lo que estamos presenciando es la caída radical del costo de convertir una experiencia interior en una obra exterior. Eso va a producir muchísimo material mediocre, inevitablemente. Pero también va a liberar voces que hasta ahora permanecían mudas.


Lo que se vuelve escaso

Y aquí aparece la paradoja que más me interesa.

Cuando la máquina puede producir diez alternativas en segundos, escribir deja de ser el recurso escaso. Lo escaso pasa a ser tener algo que decir.

Por eso sospecho que mientras mejores sean las máquinas escribiendo, más importantes se volverán las preguntas profundamente humanas: ¿qué me importa? ¿Qué he vivido? ¿Qué quiero comprender? ¿Qué quiero decir? ¿Qué estoy dispuesto a sostener como mío?

Esto conecta directamente con algo que vengo trabajando en mi práctica: la autoría se desplaza parcialmente desde escribir las respuestas hacia hacerse responsable de las preguntas, de las elecciones y del sentido.


El arquitecto y los ladrillos

Quizás dentro de algunos años decir "este libro lo escribí completamente solo" resulte tan curioso como si hoy un arquitecto declarara con orgullo: "y además puse personalmente todos los ladrillos".

La IA no mata al autor. Puede estar obligándonos a descubrir que ser autor nunca consistió simplemente en poner palabras sobre una página. Consistía en hacerse cargo de una mirada sobre el mundo.

Y entonces te dejo la pregunta: de todo lo que has creado en tu vida, ¿qué estarías dispuesto a firmar hoy y sostener como tuyo?



miércoles, agosto 26, 2026

¿Cómo viviríamos si dejáramos de tenerle miedo a la muerte?

Hay una pregunta que últimamente me ronda. No sé qué ocurre cuando morimos. Nadie lo sabe con certeza. Pero me he dado cuenta de que lo que creemos acerca de la muerte puede cambiar profundamente nuestra manera de vivir.

Pensemos en dos posibilidades opuestas. La primera: cuando muero, todo termina, mi conciencia desaparece. La segunda: cuando muero, continúo de alguna manera, y paso a un estado extraordinariamente agradable de paz, armonía y amor, quizás incluso reencontrándome con personas queridas.

No pretendo demostrar ninguna de las dos. Mi pregunta es otra: si creyéramos profundamente en una u otra, ¿viviríamos de la misma manera que estamos viviendo?

Si después no hay nada

Supongamos que estoy convencido de que la muerte es el final. Eso podría parecer terrible. Pero también podría producir el efecto contrario: hacer que la vida adquiera un valor gigantesco.

Porque entonces esta vida es la única que tengo. Esta mañana no vuelve. Esta conversación con un hijo no vuelve. Este abrazo no vuelve. Y la cantidad de veces que todavía podré sentarme a conversar con quienes quiero es finita.

Mirada así, la muerte no le quita valor a la vida: se lo da. Si todo termina, quizás debería preocuparme mucho más de vivir intensamente ahora: decir lo que quiero decir, perdonar antes, hacer ese viaje, llamar a ese amigo, dejar de gastar energía en peleas pequeñas y resentimientos que dentro de veinte años no significarán nada. La finitud vuelve precioso lo cotidiano.


¿Y si la muerte no fuera el final?

Ahora imaginemos lo contrario: creo —no que sé, sino que creo— que cuando muera voy a estar bien. Muy bien.

Puedo seguir teniendo miedo al proceso de morir, al dolor, a la enfermedad, a despedirme de quienes quiero. Pero tendría mucho menos sentido tener miedo a estar muerto. Y si la muerte deja de ser una catástrofe, aparece una pregunta extraordinaria: ¿cuántas decisiones de mi vida estoy tomando simplemente por miedo a perderla?

Quizás acumulamos más de lo necesario, buscamos demasiada seguridad, defendemos obsesivamente nuestro prestigio o nuestra imagen, nos tomamos demasiado en serio. Una persona con menos miedo puede ser mucho más libre: más disponible para amar, crear, equivocarse, aventurarse y vivir.


Dos creencias opuestas que llegan al mismo lugar

Aquí aparece la paradoja que más me interesa. Las dos hipótesis son metafísicamente opuestas —una dice que después no hay nada, la otra que hay algo maravilloso— pero llevadas hasta sus últimas consecuencias pueden conducirnos al mismo lugar: no desperdicies la vida.

La primera podría decir: ama ahora, porque después no habrá oportunidad. La segunda podría decir: ama ahora, porque quizás el amor sea precisamente aquello que continúa.

Tal vez no necesitemos resolver el misterio de la muerte para vivir de otra manera. Podríamos preguntarnos algo más práctico: ¿qué manera de vivir tendría sentido bajo ambas hipótesis? Querer más, cuidar más, conversar más, crear, aprender, perdonar, agradecer, dedicar tiempo a quienes importan, tomarnos menos en serio, no postergar lo que hace que una vida merezca ser vivida.


Una pregunta para experimentar

Se me ocurre un pequeño experimento. La próxima vez que tenga que tomar una decisión importante, podría preguntarme: si realmente creyera que la muerte no es una catástrofe y que finalmente voy a estar bien, ¿qué elegiría hacer ahora?

No sé qué respondería, pero sospecho que algunas respuestas me sorprenderían. Porque quizás una parte considerable de nuestra existencia está organizada no alrededor de vivir, sino alrededor de evitar perder la vida que tenemos.

La pregunta verdaderamente inquietante ya no es qué ocurre cuando morimos —eso quizás nunca podamos responderlo— sino: ¿cómo quiero vivir si dejo de organizar mi existencia alrededor del miedo a perderla? Y todavía queda otra, quizás la más incómoda de todas: si creo que cuando muera voy a estar bien, ¿qué tendría que cambiar hoy para poder decir que también estoy viviendo bien?

No tengo una respuesta. Por eso escribo esto. Me interesa saber la de ustedes.



domingo, mayo 24, 2026

Conversando con la Chivi de espiritualidad

Visitaba a mi mamá. Ella tiene 97 años. Yo, 74.

En algún momento de la conversación me hizo una pregunta que no esperaba: ¿qué es la espiritualidad?

Buena pregunta, pensé. Le propuse lo siguiente, yo contesto primero, luego tú me dices lo que piensas y luego le contamos a chatGPT qué hemos dicho y le preguntamos, qué nos dice ella de qué es la espiritualidad.

Lo que yo le dije:

Le dije que la espiritualidad es una dimensión natural del ser humano. Que la necesitamos. Que está muy olvidada, porque el mundo en que vivimos nos tiene concentrados en producir, en ser eficientes, en juntar plata, en entretenernos y consumir. Que en ese ruido, la dimensión espiritual quedó relegada.

Y le señalé también que espiritualidad no es lo mismo que religión. Las religiones son instituciones que se han apropiado de un libro sagrado —la Biblia, el Corán— y han construido alrededor de él un sistema de normas, reglas, jerarquías. Esa parte me carga bastante.

Lo que mi mamá me dijo:

La espiritualidad para ella tiene que ver con su relación con Jesús.

No es algo que tenga que ver con doctrina. Es una relación. Ella conversa con Dios, conversa con Jesús, y lo vive como algo real y diario. Lo vive no como una creencia intelectual, sino como una compañía genuina. Dice que es una relación muy real. Y que por ahí le viene también el sentido de lo que está bien y lo que está mal.

Yo le dije que eso era meter la moral en el baile. Pero en el fondo, sí, tiene razón: el bien y el mal son parte de la espiritualidad.

La diferencia entre nosotros no es tanta. Ella dice: "Jesús me lo muestra." Yo digo: "me sale de dentro." Pero llegamos al mismo lugar. Tenemos la misma manera de pensar sobre cómo hay que vivir.

Lo que le nos aportó la IA:

Le conté la conversación que habíamos sostenido a chatGPT y le pregunté qué nos podía decir al respecto.

Me respondió algo que me pareció un buen aporte:

"Hay ahí dos formas distintas de caminar hacia una misma montaña."

Y agregó: cuando mi mamá habla de Jesús guiándola hacia el bien, y yo hablo de una intuición profunda sobre lo correcto y lo incorrecto, ambos estamos describiendo algo parecido: una brújula interior. La diferencia está en el lenguaje del relato.

Y planteó una pregunta interesante: ¿y si "de dentro" fuera precisamente el lugar donde muchas personas encuentran a Dios?

Eso se me quedó dando vueltas.

Nuestra época ha hipertrofiado el "hacer" y ha dejado anémico el "ser". Somos brillantes fabricando medios y bastante torpes preguntándonos para qué. Tenemos más pantallas que silencio. Más conexión que comunión. Más información que sabiduría.

La espiritualidad no necesariamente pertenece a las religiones, aunque las religiones intentaron custodiarla. A veces lo lograron maravillosamente. Otras veces la encerraron en reglamentos, culpas y burocracias celestiales. Como si Dios necesitara oficinas administrativas.

Pero hay algo en lo que sí creo: la espiritualidad auténtica no se mide por las creencias que uno declara. Se mide por la calidad de presencia que uno trae al mundo: cómo ama, cómo escucha, cómo cuida, cómo enfrenta el sufrimiento, cómo trata a los otros, cómo habita el tiempo.

Y hay algo más. La IA nos señaló algo que me pareció muy cierto: dos generaciones sentadas juntas preguntándose por el alma, eso ya es espiritualidad. Porque el espíritu también aparece cuando dejamos de correr y nos detenemos a conversar de verdad.

Mi mamá a los 97 años me hace preguntas que vale la pena pensar. Eso no es menor.

¿Y tú? ¿Qué es la espiritualidad para ti?

lunes, mayo 18, 2026

Reflexiones sobre una longevidad consciente

Del hacer al ser:
la pregunta que cambia todo

Una conversación entre amigos sobre cómo vivir con sentido cuando ya no hay nada que demostrar.

Hoy hablé con un amigo de 82 años. Yo tengo 74. Estábamos conversando —ya no era la primera vez— sobre longevidad. No sobre remedios ni exámenes. Sobre algo más difícil: cómo vivir bien hasta el final. Cómo hacer que estos años sean significativos.

Nos dimos cuenta que la pregunta que casi siempre nos hacen es "¿qué estás haciendo?" Como si el hacer fuera todavía el asunto.

Y yo me pregunto: ¿lo sigue siendo?


Durante décadas, casi todos vivimos organizados alrededor del hacer. Estudiar, producir, criar hijos, sostener proyectos, pagar cuentas, cumplir roles. El hacer nos daba identidad, estructura y reconocimiento. "¿Qué haces?" era casi lo mismo que "¿quién eres?"

Pero llega un momento —muchas veces después de jubilarse, o cerca de la conciencia de la propia finitud— en que el hacer pierde centralidad. No desaparece, pero deja de ser suficiente. Y ahí aparece una pregunta mucho más desnuda:

¿Quién estoy siendo cuando ya no necesito demostrar nada?

Muchos hombres, especialmente, quedamos entrenados para producir más que para habitarnos. Sabemos resolver problemas, pero no siempre sabemos permanecer con nosotros mismos en silencio. Entonces aparece el vacío, la sensación de irrelevancia, o esa ansiedad rara de "debería estar haciendo algo".

Pero quizás la vida tardía no sea una etapa de disminución.

Quizás sea una etapa de decantación.

Como el vino bueno, que pierde volumen y gana profundidad.


La longevidad no es solo durar más. Eso lo puede hacer cualquiera conectado a remedios. La pregunta verdadera es otra: ¿cómo vivir de manera significativa mientras uno se aproxima lentamente a la muerte? Esa pregunta cambia todo. El foco pasa de la productividad a la calidad del ser. Y el ser, a diferencia del hacer, no se mide. Se cultiva.

He estado pensando en algunos territorios del ser que, a esta altura, merecen atención deliberada:

  1. La conversación interior

    Muchos pasamos la vida conversando hacia afuera y casi nunca hacia adentro. Aprender a observarse —qué me emociona todavía, qué me duele, qué resentimientos sigo cargando, qué quiero agradecer antes de irme— deja de ser lujo filosófico y se vuelve higiene del alma.

  2. La capacidad de asombro

    Hay ancianos viejos a los 60 y otros jóvenes a los 90. La diferencia no siempre es física. Muchas veces es la curiosidad. El asombro mantiene viva la conciencia. La vida se empieza a apagar cuando dejamos de sorprendernos.

  3. La calidad de las conversaciones

    Uno descubre tarde que la vida ocurre conversando. Y que las conversaciones superficiales cansan, mientras las conversaciones verdaderas alimentan. La necesidad profunda no es solo "estar con alguien". Es ser visto.

  4. El cuerpo como acto espiritual

    A esta edad el cuerpo ya no se puede tratar como esclavo silencioso. Dormir, caminar, comer bien, mantener movilidad… no son vanidades. Son formas de dignidad. El cuerpo es la casa final del ser.

  5. La transmisión

    Hay algo profundamente humano en legar. No solo dinero: experiencia, mirada, historias, preguntas, sabiduría práctica. Los pueblos antiguos entendían algo que la modernidad olvidó: los viejos no eran personas fuera del sistema productivo. Eran memoria viva.

  6. La reconciliación con la finitud

    A cierta edad, la muerte deja de ser una abstracción estadística. Aparece en amigos, diagnósticos, funerales, ausencias. Y curiosamente, cuando uno deja de negarla, la vida se vuelve más intensa y más simple. Menos necesidad de aparentar. Más deseo de verdad.

Heidegger decía que el ser humano auténtico es aquel que vive consciente de su muerte. No deprimido por ella: despertado por ella.

Creo que los que hoy tenemos 70 u 80 años y seguimos lúcidos somos una generación inédita en la historia humana. Nunca habían existido tantos años de vida después de la jubilación, con salud razonable y capacidad intelectual. La sociedad todavía no sabe bien qué hacer con eso.

Pero quizás ahí hay una misión nueva: inventar una nueva forma de vejez. No la vejez del retiro pasivo. Tampoco la caricatura juvenil del viejo que quiere parecer de 40. Sino una vejez consciente, profunda, conversante, libre.

Una vejez capaz de decir: ya no necesito conquistar el mundo; ahora quiero comprenderlo, habitarlo y transmitir algo valioso antes de partir.

Y quizás, al final, una vida significativa no sea una vida llena de logros. Sino una vida en la que uno logró volverse cada vez más humano.


¿Y tú? ¿Qué estás cultivando en esta etapa?
Me gustaría escucharlo.

miércoles, mayo 13, 2026

Mis preguntas, que detecto al leer

Hay algo que me viene golpeando la cabeza.

Una intuición. Todavía sin forma del todo. Pero insistente.

Tiene que ver con la lectura. Con la manera en que leemos.



Durante siglos —y yo mismo durante décadas— hemos leído como quien llena un recipiente. Leer era incorporar contenido. La metáfora implícita era casi alimenticia: absorber, memorizar, acumular. El libro tenía algo adentro y yo debía meterlo en mi cabeza.

Pero últimamente me pregunto si esa no es esa una forma pobre de leer.

¿Y si la lectura más poderosa no es la que introduce respuestas en la mente, sino la que hace emerger preguntas desde ella?


Lo que noto —y esto lo he ido viviendo con Steiner, con Adorno, con Elias— es que cuando leo lentamente, cuando releo, cuando me detengo, lo que empieza a aparecer no son solo ideas subrayables. Aparecen preguntas. Preguntas de comprensión, sí. Pero también preguntas filosóficas. Preguntas que rozan algo emocional. Preguntas que vienen del fondo del tema. Intuiciones vagas que no sé todavía cómo formular. Contradicciones que el autor no resuelve o que yo no resuelvo.

Y esas preguntas, normalmente, morían ahí. En silencio. Quedaban suspendidas. A veces durante meses. A veces para siempre.

Hasta ahora.


Porque hoy puedo conversar con esas preguntas inmediatamente.

La inteligencia artificial cambia completamente la experiencia de leer. No porque reemplace al autor ni al lector. Sino porque convierte lo que antes era un monólogo —un texto hablándome— en algo dialógico. Ya no avanzo solo por las páginas del autor. Avanzo también por las preguntas que el texto despierta en mí.

El libro deja de ser un objeto cerrado. Se transforma en algo parecido a un portal conversacional.


Me imagino —y esto lo estoy comenzando a explorar— un método de lectura que funcione más o menos así:

  1. Leo lentamente un fragmento.
  2. No subrayo ideas primero.
  3. Detecto preguntas.
  4. Las clasifico: ¿es una pregunta de comprensión? ¿filosófica? ¿práctica? ¿una contradicción? ¿una intuición que todavía no tiene palabras?
  5. Converso cada una con la IA.
  6. Regreso al texto transformado.

Lo que ocurre entonces es extraordinario: ya no leo solo al autor. Empiezo a leerme a mí mismo leyendo.

Porque las preguntas revelan la estructura de conciencia del lector. Dos personas leen el mismo libro y viven libros completamente distintos, porque las preguntas que llevan dentro son distintas.



Hay algo más que me parece importante decir.

La educación tradicional premió responder bien. El alumno bueno era el que tenía las respuestas correctas. Pero las grandes inteligencias humanas —las que mueven la historia— suelen distinguirse por quedarse pegados en preguntas.

Si la IA democratiza el acceso a respuestas, entonces el valor humano se desplaza hacia otro lugar: la calidad de las preguntas, la sensibilidad para detectar anomalías, la capacidad de asombro, el juicio para distinguir qué pregunta vale la pena perseguir.

La IA no nos hace más inteligentes respondiendo. Nos hace más inteligentes si aprendemos a preguntarle mejor.


Antes los libros eran estáticos y el lector hacía todo el trabajo de elaboración interior solo.

Ahora el lector puede pensar acompañado.

No reemplazado. Acompañado.

Como si cada biblioteca hubiera despertado y pudiera conversar contigo.

Borges habría disfrutado esto. El Aleph convertido en interlocutor.


Pero hay todavía una capa más profunda, y es la que más me mueve.

Las preguntas no solo sirven para entender el texto.

Sirven para detectar qué partes de nosotros están intentando nacer.

Muchas veces la pregunta importante no viene del libro. Viene del lector, que usa el libro como espejo. Ahí la lectura deja de ser académica y se vuelve existencial.


No sé todavía si esto que estoy describiendo merece llamarse Lectura Interrogativa o Lectura Generativa o simplemente Leer Preguntando.

Pero sí sé que es algo distinto a lo que hacía antes.

Y que algo en mí cambió desde que empecé a tomarlo en serio.

Quizás la verdadera unidad del aprendizaje no sea la información.

Quizás sea la pregunta.

martes, marzo 31, 2026

Conversando con el Caco de Creatividad

Estuve en la casa de mi amigo el Caco Salazar en Papudo durante el fin de semana. Nos fuimos con el Caco a su taller y nos instalamos a conversar.
En un momento, vi que Caco elaboraba sobre la creatividad y le dije, para, empecemos de nuevo este tema, que quiero grabar. Aceptó y eso hicimos.
Yo le hice una pocas preguntas en todo el lapso y fue él quien elaboró mas.
El resultado final terminó en el posteo que sigue.


Crear es un acto de valentía: lo que aprendí conversando con Caco

Hay conversaciones que te dejan pensando días enteros. La que tuve con el pintor Caco Salazar fue una de esas.

Caco Salazar
No hablamos de técnica ni de mercado del arte. Hablamos de algo más fundamental: de dónde viene realmente la creatividad, y por qué la mayoría de nosotros la va perdiendo por el camino.


Todos nacemos creativos. Pocos lo conservamos.

Caco tiene una convicción que comparto profundamente: la creatividad no es un don reservado para artistas o genios. Es un atributo humano universal. Lo vemos en los niños todo el tiempo — juegan, imaginan, inventan mundos, observan sin las anteojeras que pone el "así son las cosas".

El problema viene después. Al crecer, empezamos a construir estructuras mentales cada vez más rígidas. Reglas, dogmas, expectativas. Caco lo compara con lo que le ocurre a la espiritualidad cuando se institucionaliza en una religión: la estructura, que en principio quería contener algo vivo, termina por asfixiarlo.

La creatividad sufre el mismo destino cuando la mente lógica toma el control absoluto. Y la pregunta que me quedó dando vueltas es: ¿cuánto potencial dormido llevamos adentro por miedo a soltar el control?


El caos primero, el orden después

Lo que más me fascinó de Caco fue su descripción del proceso pictórico. No empieza con un plan. Empieza con una entrega.

En la primera fase, se deja llevar por la intuición. Colores, formas, figuras que emergen casi sin que la mente intervenga. El resultado lo sorprende a él mismo — y eso, dice, es exactamente la señal de que algo verdadero está ocurriendo.

Luego viene la segunda fase: la reflexión. Ahí sí entra la inteligencia, el bagaje cultural, el ojo formado en años de historia del arte. Es el momento de ordenar, de decidir qué se queda y qué se va. Lo compara con arreglar una sala de estar: hay que crear armonía sin matar la vida que surgió en el caos.

Dos fuerzas que parecen opuestas — intuición y razón, caos y orden — trabajando juntas. No en secuencia rígida, sino en diálogo permanente.

Como coach, no puedo evitar ver ese mismo patrón en los procesos de transformación personal.


El subconsciente trabaja mientras duermes

Hay algo que Caco dijo y que no olvidaré fácilmente: cuando una obra lo tiene bloqueado, cuando ninguna solución le convence, la peor decisión es forzar una respuesta. Lo mejor es irse a dormir.

El subconsciente sigue trabajando. Y al despertar — en esos primeros minutos antes de que la mente lógica retome el mando — aparece la solución. Hay que actuar rápido para capturarla antes de que se evapore.

Esto no es misticismo. Es lo que la neurociencia llama procesamiento incubado. Pero escucharlo de boca de un artista, con esa naturalidad, le da una dimensión distinta. El sueño no es tiempo perdido. Es parte del proceso creativo.


El peligro de convertirse en marca

Aquí Caco me desafió de verdad.

Muchos artistas, con el tiempo, encuentran un estilo que funciona, que gusta, que vende. Y entonces se quedan ahí. Se convierten en una marca: reproducen indefinidamente lo que ya saben hacer, porque es cómodo y seguro.

Él lo rechaza. Dice que la incomodidad en el trabajo es una señal valiosa — no un problema a resolver, sino una invitación a explorar nuevos territorios.

El artista verdadero no es el que domina una técnica. Es el buscador: el que desentraña la realidad, que no se conforma con lo que ya entendió, que entiende que una obra puede estar "lista" hoy pero que el alma seguirá evolucionando y exigirá nuevos cambios mañana.

¿Cuántos de nosotros — no solo artistas — nos hemos convertido en nuestra propia marca? ¿Repetimos respuestas que ya funcionaron en lugar de seguir buscando?


El estado donde el tiempo desaparece

Hay un momento en el proceso creativo que Caco describe con una palabra del budismo zen: Satori. Un estado de sensibilidad tan fina que uno pierde la noción del tiempo. Ya no hay artista mirando una tela. Hay algo fluyendo a través del artista.

Ese, dice, es el reino del espíritu. Una fuerza capaz de remover conciencias, de reparar, de sanar. Y lo notable es que el espectador puede participar de esa misma experiencia al contemplar la obra.

El arte, en su mejor versión, no imita la realidad. La revela desde adentro.


Salí de esa conversación con más preguntas que respuestas. Y eso, para mí, siempre es buena señal.
¿En qué parte de tu vida podrías soltar un poco el control y dejar que el caos te traiga algo nuevo?


Nota: la imagen es un cuadro del pintor Caco Salazar
Otra Nota: Tomé el audio de la grabación, lo ingresé como Fuente en NotebookLM de Google, una IA notable, que me entregó varios productos; uno de ellos fue un resumen en texto que tomé y se lo pasé a la IA Claude de Anthropic, a la que le pedí que hiciera un posteo de blog para mi blog; el resultado, que siempre me gusta mucho, lo revisé, lo revisó el Caco y lo publiqué.

lunes, marzo 30, 2026

Conversando con el Caco de Espiritualidad

Estuve en la casa de mi amigo el Caco Salazar en Papudo durante el fin de semana. Nos fuimos con el Caco a su taller y nos instalamos a conversar. 
En un momento, vi que Caco elaboraba sobre la espiritualidad y le dije, para, empecemos de nuevo este tema, que quiero grabar. Aceptó y eso hicimos. 
Yo le hice una pocas preguntas en todo el lapso y fue él quien elaboró mas.
El resultado final terminó en el posteo que sigue.


¿Y si el Reino de Dios siempre estuvo adentro?

Hay una pregunta que me ronda hace tiempo y que, con los años, se ha vuelto más urgente que incómoda: ¿qué quiso decir realmente Jesús?

No el Jesús de los templos, las jerarquías y los dogmas. Sino ese hombre que caminó por Galilea diciéndole a la gente, con una claridad desconcertante, que el Reino de Dios no está arriba ni afuera — está dentro de vosotros.

Es una afirmación radical. Y creo que seguimos sin tomarla en serio.


La religión que no era su plan

Jesús no vino a fundar una institución. Vino a mostrar un camino hacia la libertad interior — un camino para salir del sufrimiento sin depender de intermediarios, jerarquías ni rituales. Su enseñanza apuntaba a algo mucho más poderoso y más cercano: el potencial infinito que cada ser humano lleva dentro.

Lo que ocurrió después es historia conocida. Ese mensaje vivo fue empaquetado en reglas, estructuras y miedos. Y paradójicamente, esas mismas estructuras terminaron alejando a las personas de aquello que Jesús señalaba: su propia capacidad de crecer, de amar, de actuar desde un lugar de libertad genuina.

Seguir ese camino hoy requiere, en cierta medida, una actitud rebelde. Rebelde frente al ruido externo, frente a la presión de creer que la salvación viene de fuera, por obra de magia o por decreto de alguna autoridad.


Más allá del esfuerzo estoico

Los griegos, los estoicos, los filósofos clásicos también buscaron la virtud. Y hay mucho valor en esa tradición. Pero hay una diferencia sutil y enorme en la enseñanza de Jesús: no se trata solo de esforzarse por ser buena persona. Se trata de abrirse a una fuerza que ya está en ti y que, cuando la contactas, produce bondad y gozo de forma natural — no como resultado de un trabajo agotador, sino como expresión de lo que realmente eres.

Las Bienaventuranzas no son una lista de tareas morales. Son la descripción de un estado: el que emerge cuando descubres ese espacio de libertad interior. Un estado de afecto constante, de alegría que no depende de las circunstancias.


El gran debate: ¿somos hijos del azar o de una fuente?

Esto me lleva a una tensión que encuentro fascinante, especialmente viniendo de una formación científica.

La visión materialista de la evolución — la que popularizó Darwin y que autores como Alvaro Fisher han desarrollado — nos dice que somos el resultado de mutaciones aleatorias y selección natural. Sin propósito. Sin destino. Solo supervivencia del más apto.

Es una explicación poderosa. Pero incompleta, me parece.

Porque si todo es azar, ¿cómo surge el orden? ¿Cómo emerge la conciencia, la capacidad de amar, el sentido de trascendencia? La ciencia tradicional deja fuera variables que no puede medir con microscopios: el alma, el ESPIRITU (reino de los cielos), la dirección interna que parece guiar no solo la vida biológica, sino el desarrollo humano en su dimensión más profunda.

Hay quienes hablan de una fuente — una sabiduría superior que no es aleatoria, que diseña y orienta. No como un dios externo que mueve piezas, sino como una inteligencia inherente al proceso mismo.


Sobrevivir no es suficiente

Si la evolución tiene como único fin la supervivencia biológica, la vida resulta un proyecto bastante pobre. Nacer, adaptarse, reproducirse, morir. ¿Eso es todo?

Me resisto a esa conclusión.

La experiencia humana — en su mejor versión — apunta hacia otra cosa: hacia el crecimiento del ser, hacia la multiplicación del potencial, hacia una existencia que tiene gracia y propósito. Y para acceder a esa dimensión, no alcanza con el microscopio. Se requieren otras herramientas: el silencio, la contemplación, la observación interna honesta.

No son herramientas menos rigurosas. Son herramientas distintas, diseñadas para explorar un territorio que la materia no puede contener.


Tengo 74 años y sigo haciéndome estas preguntas. O quizás, con los años, las preguntas se han vuelto más mías. Más urgentes y, curiosamente, más livianas.

¿Qué piensas tú? ¿Dónde buscas el reino?


Nota: las imágenes son cuadros del pintor Caco Salazar
Otra Nota: Tomé el audio de la grabación, lo ingresé como Fuente en NotebookLM de Google, una IA notable, que me entregó varios productos; uno de ellos fue un resumen en texto que tomé y se lo pasé a la IA Claude de Anthropic, a la que le pedí que hiciera un posteo de blog para mi blog; el resultado, que siempre me gusta mucho, lo revisé, lo revisó el Caco y lo publiqué.


lunes, octubre 06, 2025

¿Por qué viajamos?

“No conozco París, me encantaría ver la Torre Eiffel.”
Es una frase que uno podría escuchar en cualquier sobremesa.

¿Viajamos para ver cosas que no hemos visto?
¿Para tachar países en un mapa, o para coleccionar fotos frente a monumentos?

He escuchado a muchos decir: “Fuimos de nuevo a Europa, nos habían quedado unos países sin conocer.”
Y luego cuentan el viaje enumerando lugares, comidas, museos, con una secuencia de adjetivos como “maravilloso, increíble, sensacional”.

Y sin embargo, confieso algo: viajar no me tira mayormente.
Aunque sí he viajado, y cuando lo hago, lo paso bien. A veces, incluso, muy bien.

Pero creo que la interpretación habitual de por qué nos gusta viajar es incompleta.
No viajamos tanto por lo que vemos, sino por lo que sentimos.
Por lo que nos pasa por dentro.

El viaje interior

Cuando viajamos, algo en nosotros se ensancha.
Nos corremos de la rutina, cambiamos de ritmo, y de pronto —como si fuera magia— los problemas cotidianos se quedan en casa, y respiramos distinto.

El viaje nos amplía la mente, sí.
Pero sobre todo, nos cambia la perspectiva desde la cual miramos nuestra propia vida.
A veces viajamos solo para poder pensar desde otro lugar.

También viajamos para compartir con quien amamos.
Para tener conversaciones largas, sin apuros.
Para caminar sin rumbo, para reírnos sin culpa, para reencontrarnos con esa versión de nosotros que a diario se esconde bajo las listas de pendientes.

El foco en lo interior

Curiosamente, mientras viajamos, ponemos nuestra atención en lo de afuera: las postales, los paisajes, los restaurantes, los museos.
Y, sin darnos cuenta, lo más importante está ocurriendo adentro.

Esa vibración sutil de estar vivos, de descubrir, de mirar con ojos nuevos.
Ese asombro que no depende del lugar, sino del estado interno con que miramos.

Aprender también es viajar

Pienso que lo mismo ocurre cuando aprendemos.
Estudiamos algo, y creemos que estamos conociendo una materia nueva.
Pero lo más profundo que aprendemos es sobre nosotros mismos:
qué nos gusta, qué nos mueve, qué nos deja indiferentes.

Cada aprendizaje, como cada viaje, nos revela algo de quiénes somos.

Por eso, tal vez lo que más nos falta hoy no son viajes, ni títulos, ni destinos nuevos.
Nos falta poner el centro en la persona: en lo que sentimos, pensamos y experimentamos cuando vivimos, aprendemos o amamos.

Porque viajar, al final, no es cambiar de lugar.
Es cambiar de mirada.

jueves, julio 17, 2025

Reflexiono sobre los grupos de conversación y juego con la IA

Reflexiono sobre los grupos que he organizado, facilitado y sido parte. Tengo la sensación de que en este momento todos ellos guatean de una u otra forma.
Quiero entender que está pasando. Y qué podría venir después.

Al mismo tiempo leo un libro de poesía de Pedro Alluenlli, de título Palabras al vuelo. Si, es su primera publicación y me gusta.
Ello me lleva a probar ese género literario y escribo mis reflexiones en bloques, que pretenden ser párrafos de un poema.
Y pienso pedirle esa tarea de conversión a poema hecho y derecho a chatGPT. Y es lo que hago.

Te presento a continuación, primero lo que yo escribí y luego lo que produjo chatGT con ello:

Reunirse las personas en grupos
es fuente de regocijo y alegría
la cultura del encuentro es culto en algunos círculos
en círculos de alrededor de 10 personas se desata el intercambio.

Un facilitador por grupo de 10 es santo remedio
para qué se dé la escucha atenta sin interrumpir al que habla
suspendiendo los juicios lo más que se pueda
para que se pueda alcanzar la amplia acogida a la diversidad.

Suelo partir con amplias presentaciones
que dejan el terreno sembrado de vínculos afectivos profundos
y de ahí en adelante el intercambio es fuertemente enriquecido
para instalar un campo de intimidad qué hará a sus miembros
anhelar el siguiente encuentro.

Emerge en estos grupos el diálogo en su mejor nivel
y eso hace posible conversar cualquier tema,
generando un campo de alta creatividad posible
donde los asuntos más espinosos se pueden abordar
con expectativas promisorias.

El facilitador debe atender ciertas disrupciones
que pueden alterar el fluir natural de la conversación:
personas que les gusta hablar y hablar; detenerlas
las dueñas de la verdad; desafiarlas
las que emiten juicios, especialmente los negativos,
para ayudar a que la magia ocurra.

No hay mejor instancia de reflexión
que en un grupo afectivamente conectado
donde ya se haya comprendido
que cada mirada honesta, es todo con lo que contamos
para juntos avanzar a nuestro destino.


Y ahora la transformación a poesía propiamente tal, por chatGPT:

El arte sagrado de reunirse (sí, le pone un título)

Reunirse en grupo es rito y regocijo,
un canto antiguo de la humanidad.
Hay quienes cultivan, como flor silvestre,
la cultura del encuentro, la amistad.

Diez almas basta para abrir el círculo,
donde el verbo danza sin interrupción,
y un facilitador, faro en la bruma,
guía con presencia, sin imposición.

Primero, las presentaciones hondas,
raíces que se cruzan bajo el suelo,
sembrando la emoción de lo compartido
y abonando el alma con desvelo.

Y entonces, florece el diálogo genuino,
cualquier tema halla allí su dignidad;
incluso lo espinoso se vuelve fértil
en un campo de íntima verdad.

Se escucha sin juicio, se acoge lo diverso,
se suspende el impulso de imponer.
Y en esa trama sutil de silencios y palabras,
la creatividad empieza a llover.

Más el guía atento cuida el cauce,
como quien vela un fuego en la noche:
a quien habla sin fin, le ofrece pausa;
a la dueña de la verdad, un broche.

Y si un juicio asoma con filo y sombra,
se transforma con arte en comprensión,
para que la magia no se disuelva,
para que persista la conexión.

Porque no hay mejor templo de reflexión
que un grupo unido por la emoción,
donde cada mirada, honesta y desnuda,
nos revela el camino y su dirección.

Y así, anhelamos el próximo encuentro,
no por hábito, sino por plenitud.
Porque cuando el alma se sienta en ronda,
se aproxima un poco más a su luz.

domingo, noviembre 17, 2024

¿Qué Somos?

Vivimos en una época de cambios vertiginosos, donde la pregunta “¿qué somos?” resurge como una necesidad imperativa. En un mundo regido por una cultura materialista e individualista, parece natural vernos como algo inmutable, separado e independiente del entorno. Pero, ¿es realmente así?

Nos rodean historias que refuerzan esta visión:
"Murió porque era tacaño", cuentan de alguien que, ante un problema de salud, prefirió no gastar en el tratamiento necesario.
"O hay que despedirlo porque no sirve para el cargo. Es de una forma que no tiene arreglo".
Estas narrativas nos sumergen en un mundo que ve a las personas como estáticas, sin capacidad de cambio, reducidas a una materialidad que simplemente "es".

Y nos lo creemos. Aceptamos que somos inmodificables, atrapados en una identidad fija, desconectados de nuestro entorno, salvo por la historia que nos ha moldeado. Mientras tanto, nos volcamos hacia lo exterior: el trabajo, las metas, la prosperidad medida en dinero. Es un sistema que premia lo tangible y desatiende lo que llevamos dentro.

¿Qué hemos olvidado?

Nos hemos olvidado de nosotros mismos. De lo que somos, realmente. Y la verdad es que no lo sabemos del todo. Poseemos conciencia, pero, ¿qué significa eso? Como coach, sé que las personas pueden experimentar transformaciones profundas y significativas. He acompañado a muchas en su indagación y reflexión, y he visto cómo estos cambios en su interioridad se reflejan en su comportamiento y relación con el mundo exterior.

Sin embargo, para comprender lo que somos, necesitamos desafiar las interpretaciones limitantes. No somos seres inmutables ni simples cuerpos materiales. Tampoco estamos desconectados del entorno. Más bien, somos conciencia encarnada, con un desarrollo que puede ser de evolución o, lamentablemente, de estancamiento y degeneración.

Una nueva interpretación: somos conciencia en desarrollo

La conciencia no es estática. Tiene niveles, capas, y una estructura que puede reflejarse en conceptos como la espiral dinámica del desarrollo humano. Hay quienes avanzan en este proceso, mientras otros permanecen estancados, quizá sin siquiera saber que hay más posibilidades disponibles.

Es urgente que cambiemos esta narrativa. Que reconozcamos nuestra capacidad de evolucionar y que dejemos atrás las limitaciones autoimpuestas de lo "inmutable". Somos seres en proceso, con potencial infinito para explorar.

Preguntas para reflexionar y transformar

Para empezar este camino, te invito a reflexionar con estas preguntas:

  • Cuando tomas decisiones importantes, ¿quién manda: tú o el "deber ser"?
  • ¿Cuánto de tu poder personal has entregado al qué dirán?
  • ¿Reconoces y gestionas tus emociones, o las reprimes?
  • ¿Cuánto te haces responsable de tu vida y cuánto culpas a las circunstancias?
  • ¿Sabes atender lo que sientes en tu interior en el momento presente?
  • ¿Practicas técnicas para calmar tu mente, como la meditación?

Estas preguntas no buscan respuestas rápidas, sino abrir una puerta hacia tu interioridad, hacia lo que realmente eres. ¿Te atreves a cruzarla?

Este texto busca conectar emocionalmente, desafiar creencias limitantes y abrir espacio para la reflexión personal. ¡Espero que sea de utilidad!

Nota: yo redacté este posteo y le pedí a chatGPT que me lo amononara, que mejorara su redacción y eso publiqué; es completamente fiel a mi escrito en su contenido

lunes, febrero 03, 2014

Proceso de salir del closet

Nos reunimos por primera vez, a instancias de su hermano, que estaba preocupado por él, pues no lo veía bien. Ahí me confesó que el hermano no sabía que su drama es que había iniciado el proceso de salir del clóset y asumir su condición de gay; finalmente, a sus cuarenta y tantos años.

Un buen tiempo después, es un hombre feliz como pocos, enamorado y diría, completamente asumido.

Acompañar un proceso de este tipo, ha sido una de las experiencias más potentes y satisfactorias que he tenido en mi actividad como coach.

El sufrimiento, el vivir escondiendo el ser, sabiendo que "está mal" y no solo eso, sino que puede ser agredido, ofendido, humillado, lo hacen de las disposiciones vitales más duras.

He llegado a la conclusión, que la metáfora de salir del clóset sirve para muchos casos. Personas que no saben quienes son, salir del clóset es descubrirse, descubrir su pasión por ejemplo, descubrir que es lo suyo, que quiere en la vida, a quien quiere de verdad, son salidas del clóset diversas.

Lo medular del proceso de ser acompañante de este proceso es ser una real instancia de aceptación del ser que es el otro; un alentador, una voz a atreverse, a aceptarse él mismo, que diría es quizás lo más difícil y duro del proceso. Habiéndose aceptado él mismo, tiene el 60 o 70% del trabajo hecho.

Pero esto no es solo un proceso personal, por lo social que somos. Serán las conversaciones con los cercanos, con la familia, los amigos, los colegas en el trabajo. Lo bueno es que en los tiempos que corren, las sorpresas son una detrás de la otra, en el sentido que no todos rechazan al gay; ya está bastante propagado en estas latitudes, una acogida verdadera al homosexual. Esto es una gran cosa.

Los más duros de bancarse, son los padres, que normalmente diría, dado que fueron adoctrinados en otra época, no les será nada de fácil acoger a un hijo gay. Habrán frases tan duras como, muerta antes de aceptar tener un hijo homosexual, no te das cuenta que es anti-natura.

Pero los tiempos han cambiado y las conversaciones de esos padres con sus amigos, cercanos, pueden causar un milagro. Como fue el caso de este coachee con que trabajé.
Después de este padre haber renegado, haber amenazado, haber expresado la perdición que esta condición implicaba, llega un día en que nos sorprende a todos, con una invitación a comer, con todos sus hermanos con sus parejas; ah, y ven con tu pololo ... guau !

A la distancia, honro el proceso de ese padre, que fue capaz de ese gesto, con quien sabe que proceso interno, por el que le saco el sombrero y espero tropezarme con él para abrazarlo y felicitarlo, sin más.

Una de la etapas más importantes quizás de este proceso, fue la relación de pareja que logró, pues esta pareja si que está asumida y fue yo diría, el mejor apuntalador de todo el proceso. El amor es más grande, decía alguien, y gracias a él todo se logra.

Me siento feliz y honrado de haber acompañado este hermoso proceso de salir del clóset y facilitar un proceso profundo de abrazar al ser que pecha, ansia, grita, por ser. Lograrlo fue maravilloso.

miércoles, abril 13, 2011

Ayer estafaron a mi hija en la calle

Sale de su oficina a un cuarto para la una y camina por Providencia hacia arriba y en la vecindad de Lyon la aborda un tipo, de apariencia pobre, que le pide ayuda para encontrar una dirección, presentándose él de provincia, de Ovalle y analfabeto.

trampa
Trae un papel donde está la dirección, detrás del cual hay una nota de su patrón, que le da indicaciones a un supuesto destinatario, para que ayude y robe a este pobre inquilino, parte del premio del Kino que se ha sacado; unos 200 millones de pesos.

Mi hija es tocada en su más noble fibra: ayudar a un pobre hombre al que además quieren estafar.

La actuación será magistral, tanto del pobre hombre, como de otro que entra en esta conversación y que juega un papel similar al de mi hija; otro ayudador del pobre hombre.

El pobre hombre necesita confiar en estas personas que le ofrecen ayuda. Para ello pide que le muestren que tienen dinero y ojalá mucho, para que él pueda confiar que no necesitan y por ello no querrán robarle.
Parte el primer hombre a buscar plata a su casa y vuelve a los 15 minutos, mientras mi hija y pobre hombre esperan sentados en un asiento en Providencia. Llega y muestra.

robo
Le toca a mi hija, que ya embaucada y en quien sabe que manejos de sensibilidades, viajan los tres a su casa, en taxi y la esperan a que ella vaya a buscar su muestra de confiabilidad.
Trae todos sus ahorros que tenía en dólares para un próximo viaje a Europa.

Le pide el pobre hombre que meta el dinero y su tarjeta Redbanc, de la que ya han obtenido la clave viéndola sacar plata, en una bolsa azul, en una bolsa azul que el pobre hombre saca. Ahí pondrán el boleto premiado del Kino y la tarjeta Redbanc y el mismo hombre la pondrá en la cartera de mi hija.

Los dos hombres le piden que ella los espere ahí mientras van a buscar el carnet de identidad del pobre hombre para cobrar el premio, pero antes le piden su celular como última muestra de confianza, pues ella se quedará con el boleto del Kino.
Esto en la calle, frente al edificio donde vive mi hija.

Un vecino verá a mi hija con esos dos hombres e interviene sospechando, pero ella lo tranquiliza y le ddice que no se preocupe.

Estaba tan embaucada, que solo a las dos horas, inquieta ya y debiendo volver al trabaja, atina a abrir la bolsa con su plata, boleto de Kino y tarjeta Redbanc y solo encuentra papeles falsos. Y ahí se quiebra y comprende que ha sido estafada.

Yo seré el primero en llegar después que me llama por un teléfono prestado y vamos a Las Tranqueras a hacer la denuncia.

Otra más dirá la carabinero que nos atenderá, señalándonos la casi cero posibilidad de recuperar algo.

ira
Es tan excelente la actuación de estos hombres, que las que escuchan esta historia más tarde, insistieron en que la debían haber drogado. Cómo no se dio cuenta que la estaban estafando !?

No, no creo que hubo drogas, sino una magistral actuación, apelando a la bondad y mejores sentimientos de una buena persona. Su punto más vulnerable.

Escribo esto para que otros no se vean desprevenidos frente a estos actos delictuales y pesando como las redes sociales, pueden ayudar a disminuir esto.

Y me pregunto si habrán cámaras que estén filmando la zona, a esa hora del día de ayer martes 12 de abril. Y ahí verles la cara a estos malandras, excelentes actores y ficharlos en la red. Por si sirve.

Monto del robo: más de US$ 3.000

sábado, septiembre 27, 2008

Almorzando en el mercado de Providencia

Por esas cosas de la vida y los impulsos, figuraba almorzando en un boliche del mercado de Providencia, comiendo un sabroso menú de platos populares y conversando de cosas significativas, con mi hija y dos amigos.

Mi hija ha empezado a trabajar vendiendo seguros de Bice Vida, solo y simplemente porque quiere arrancarse a Australia a hacerse una pasada de crecimiento personal sola en el mundo, después de haberse titulado de psicóloga este enero recién pasado. Y solo le falta una venta para hacer su cuota y ganar 4xx en vez de 1xx (a pedido de mi hija).

Ya, le dije, estos dos amigos míos que cayeron a esta mesa son tus potenciales clientes para hacer la cuota, le dije, cosa que ellos también escucharon.
No fue mucho lo que vendió ni presionó, obvio, como iba a ser tan desagradable de ponerse a molestar con su tema de tener que vender.

La conversación fluyó por temas, repito, significativos. Uno de ellos quería comprarse una propiedad en playa del Carmen e instalarse con un bar. Un empresario chileno. Me dijo en un momento algo así como que, la vida de verdad ocurre allá.

Yo le reclamé de porque nuestros sueños no estaban en hacer algo aquí, en nuestro país, haciendolo mejor; soñado.

Me contó luego de su experiencia con su suegro, que se jubiló a los 65 años y le llegó una amable cartita de la Isapre que le subía su cuota mensual de 100 lucas a 350 porque ahora era más susceptible de problemas y por lo tanto más riesgoso.
Y que hizo este suergo ? se fue a Fonasa; enojado y decepcionado.

Faltan leyes decía este amigo.
No le dije yo; falta cambiar nuestros valores éticos como país. Tenemos que cambiar nosotros. Hemos construido una economía, un sistema tan monetarizado, tan des humanizado, que tu eres un simple consumidor de productos o servicios para los demás. De Persona, olvídate.

Y mi reflexión fue: estamos tan insertos dentro de la mentalidad imperante, que no vemos como podría siquiera ser de otra manera; sería como una economía ilógica.

Ah, total, dijo otro, no te preocupes, si este mundo se está cayendo a pedazos por la codicia que nos tiene consumidos, como decía la Bachelet en EEUU, comentando la crisis del sistema financiero.

Necesitamos un mundo más humano, necesitamos una vida en que la vida no esté en playa del Carmen ni en Australia, sino aquí, en nuestro territorio. Y de vez en cuando, vamos a dar un paseito solamente a esas latitudes por el simple gusto y la experiencia de cambiar la mirada.

Bueno, escribo esto, porque es el material del día de ayer y porque le dije a uno de mis amigos del almuerzo, que más gente debía tener blogs para que las voces que en esa mesa se expresaron llegaran más lejos, para cambiar a nuestras Isapres, para cambiar este mundo.

sábado, junio 28, 2008

Homenaje al Nico Boetsch

Sabes, desde una profunda emoción te comparto este video del Nico Boetsch, que murió trágicamente este verano en un lago del sur.

Yo lo conocí personalmente por un regalo de su madre, María Teresa Mira, que debo confesarles, hace varios años la declaré mi mamá dos, pues supo escucharme y acogerme en momentos de crisis y confusión personal, de una manera que califiqué de incluso superior que mi propia madre. Este hecho me constituyó patudamente en hermano del Nico.

Un día María Teresa me dijo que tenía que conocer al Nico, indicación que obedecí de inmediato como siempre hago con sus indicaciones y nos fuimos con el Nico a un Starbuck a conversar, habrá sido una hora, hora y media.

Si, lo conocí. Un grandísimo hombre, que ahora que se ha ido, se ve gigante.

Vaya a él, mi hermano por las vueltas de la vida, un homenaje, desde un corazón emocionado de ver el video.

(Ref: Nico Orellana)

jueves, abril 10, 2008

Te comparto una alegría

Ver esta imagen de Cristóbal mi hijo en ese lugar de la India, y expresando sus emociones con esta foto, me pone a mi muy contento.

Te la comparto.



De izquierda a derecha: Cristóbal, no se, Tomás Bunster (sobrino, hijo de mi hno Tomás) y la Bárbara (pareja de Cristóbal).}

Allá andan los perlas.

jueves, marzo 20, 2008

Esto me resuena

... muy profundamente.

Quizás aun tocado por la ida de este joven, de la entrada anterior, que quien sabe en que dolores profundos andaba, que decidió apurar el tránsito al otro lado.

Por él sigo pidiendo y por su familia dolida.

sábado, febrero 23, 2008

Me voy de vacaciones ...

.. a descansar y despertar mis sentidos. Te dejo de regalo para tu deleite una provocación para los sentidos de la vista y el oido:

lunes, febrero 18, 2008

Fin de semana largo en Santo Domingo

Pasar un fin de semana tiene muchas sensaciones e imágenes. Playa, dormir profundamente, tanto de noche como unas buenas siestas. Un poco de vida social y muchas imágenes de las que comparto aquí unas pocas.

Los barcos a la vera del puerto de San Antonio.



Niños jugando en la playa



Gente en la playa



Nueva alfombra para llegar al agua desde la vereda costera



Hurones de mascotas de paseo por la playa



Un salchicha que espera a su amo que se baña



Mar



Paseando a caballo



Saltos en elásticos



Niños haciendo surf



Puesta de sol



Pesca de corvinas y lenguados desde la orilla



Y sorpresa, el huaso Miquel, si, Carlos Miquel nos sorprende en su total pinta de huaso