Un mito antiguo para un problema nuevo
Faetón era hijo de Helios, el dios que cada día conducía el carro del Sol por el cielo. Un día le pidió a su padre algo desmedido: manejar él mismo ese carro, aunque fuera una sola vez.
Helios había jurado concederle lo que pidiera. Intentó disuadirlo, pero ya no podía echar pie atrás. Faetón subió.
Los caballos notaron de inmediato que las riendas las sostenía una mano sin dominio. Se desbocaron. El carro se acercó demasiado a la Tierra, la quemó, y Zeus tuvo que fulminar al joven con un rayo. Faetón cayó muerto a un río.Jeremy Naydler toma esta imagen para hablar de nosotros. ¿Y si estuviéramos subidos al carro del Sol sin haber desarrollado la sabiduría que se necesita para conducirlo?
Poder sin sabiduría
La tecnología que hoy llamamos inteligencia artificial es un poder de tal envergadura que no basta con aprender a usarla. Hay que preguntarse quién la va a conducir y desde dónde.
Faetón tenía la autorización. Tenía el carro. Le faltaba lo único que no se puede conseguir con un permiso: el desarrollo interior.
Por eso el libro es, en el fondo, un llamado a trabajar en las personas antes que en las máquinas. Sin interioridad, la herramienta más brillante termina en manos de un conductor que no sabe qué hacer con ella.
Un planeta que se vuelve "inteligente"
Lo que más se me quedó en la retina es lo que el autor dice sobre la infraestructura que hace posible todo esto. Miles de satélites en órbita, redes de quinta generación, antenas por todas partes, y la llamada internet de las cosas, donde los objetos se hablan entre sí y actúan con inteligencia artificial incorporada.
Es un mundo muy atractivo. Automático, eficiente, cómodo.
Pero Naydler pregunta algo incómodo: ¿de verdad el planeta necesita volverse "inteligente"? ¿Qué necesidad humana genuina estamos atendiendo?
Una de sus preocupaciones es que estamos llenando la atmósfera de radiación electromagnética en un nivel muy superior al natural. Él se pregunta qué efectos puede tener sobre los seres vivos, sobre los más pequeños, sobre aquello de lo que depende el equilibrio de la naturaleza. Es un tema en el que la ciencia no está de acuerdo, y justamente por eso merece conversación y no silencio.Y hay un ejemplo que me inquietó: laboratorios que desarrollan abejas robóticas para reemplazar a las reales. Cuando se empieza a diseñar el reemplazo de un ser vivo, ¿no es una señal de que algo se nos fue de las manos?
Si las máquinas producen, ¿qué hacemos nosotros?
Durante siglos nos dedicamos a producir bienes y servicios. De eso hemos sacado buena parte de nuestro sentido, nuestra identidad y nuestro lugar en la sociedad.
Si ese trabajo lo van a hacer las máquinas, la tecnología y las cosas conectadas entre sí, ¿cuál será entonces nuestra tarea? ¿Para qué vamos a estar?
Son preguntas que no podemos dejar para después. Cuando la respuesta nos llegue hecha por el mercado, ya será tarde para elegirla.
Dos inteligencias que no hay que confundir
Este es, para mí, el corazón del libro.
Naydler compara el pensamiento humano con la luz. No vemos la luz, pero gracias a ella vemos el mundo. Así también el pensamiento: casi nunca lo miramos, y sin embargo es lo que ilumina todo lo demás.
Nuestro pensamiento es consciente. La inteligencia artificial procesa, calcula y responde, pero lo hace sin conciencia.
Y hay más. Nuestro pensamiento puede ser amoroso. En su mejor versión, como ocurre en una buena conversación de coaching, el pensar ilumina la existencia del otro. Le abre la posibilidad de ser más de lo que creía, y lo lleva hacia su propia interioridad.Además, podemos pensar sobre el pensar. Podemos detenernos y mirarnos pensando. Eso, hasta donde entendemos, una máquina no lo hace.
La libertad en juego
El autor sostiene que la libertad pertenece a la esencia de lo humano, y que mientras más sofisticada se vuelve la tecnología, más tiende a erosionarla. No por maldad, sino por comodidad. Si todo se decide por nosotros, ¿cuándo volvemos a elegir?
Quizás por eso el libro insiste en recuperar el asombro y una mirada casi sagrada hacia la naturaleza. Lo que se pierde cuando miramos el mundo solo como un recurso que optimizar es justamente aquello que nos hace humanos.
Por qué vale la pena leerlo
No es un libro contra la tecnología, ni un manual de pánico. Es un discernimiento. Una invitación a distinguir qué es inteligencia y qué es pensamiento, y a no dejar que una se haga pasar por la otra.
Además recorre la historia de la conciencia humana, de modo que lo que dice sobre el presente tiene raíces profundas. Se puede estar de acuerdo con él o no. Lo que difícilmente se puede es leerlo y quedar indiferente.
Yo lo leí con un lápiz en la mano y muchas preguntas en la cabeza.
Para conversar
Si Faetón pidió el carro sin estar preparado, y su padre se lo concedió por un juramento, ¿quién nos está entregando hoy las riendas a nosotros? ¿Y qué estamos haciendo, cada uno, para llegar a ellas con la sabiduría que se necesita?























