jueves, agosto 27, 2026

Las licitaciones de Mercado Público al alcance de la mano con IA

Estoy, estamos, con Mauricio Cáceres, lanzando esta oferta de servicio con IA para rastrojear las licitaciones de Mercado Público para cualquiera que le quiera vender al Estado. He hecho dos inscripciones, somo se indica mas abajo, que uso aquí para contarte.

Para Linkedin: (link)

¿Cuántos negocios estás dejando pasar porque no alcanzas a revisar Mercado Público?

Con mi socio agéntico hemos desarrollado una solución con inteligencia artificial que hace mucho más simple participar en licitaciones públicas.

La herramienta puede:

detectar las licitaciones vigentes que realmente calzan con tu empresa;

resumir los antecedentes y documentos de cada licitación;

ayudarte a entender rápidamente qué se está pidiendo;

y preparar una primera versión de tu propuesta, adaptada a tu estilo y a tu oferta.

La idea es sencilla: menos tiempo buscando y leyendo documentos, más tiempo participando en oportunidades que pueden transformarse en nuevos negocios.

La IA no gana la licitación por ti. Pero puede ayudarte a llegar mejor preparado, participar en más procesos y aumentar tus posibilidades de venta.

Si tu empresa vende al Estado —o quisiera empezar a hacerlo—, conversemos.

¿Te interesa probarlo?


Para Facebook:

Mercado Público está lleno de oportunidades. El problema es encontrarlas a tiempo y tener horas para preparar una buena propuesta.

Con mi socio agéntico creamos una herramienta con IA que hace justamente eso.

Le dices qué tipo de negocios te interesan y busca las licitaciones vigentes que hacen sentido para ti. Después te resume los antecedentes, te ayuda a entender qué están pidiendo y puede incluso preparar una propuesta inicial en tu estilo.

En otras palabras: te ayuda a pasar de “debería mirar Mercado Público” a “aquí hay una oportunidad concreta y ya tengo buena parte del trabajo avanzado”.

La intención es muy simple: ayudarte a participar en más licitaciones y abrir nuevas oportunidades de venta.

Si esto te hace sentido, escríbeme y conversemos.




Libro La resaca de Eugenio Tironi

Necesitaba entender Chile desde el estallido social hasta el inicio del gobierno de José Antonio Kast, y Eugenio Tironi me ayudó con este libro que llamó La resaca.

El título ya lo dice todo: el estallido social del 18 de octubre de 2019 es visto por Tironi como un desborde. Después vendría la resaca.

Un desborde sin miedo al pasado

Me llama la atención que el estallido social no generó ningún temor de que el ejército o las fuerzas militares volvieran a ser vistas como un riesgo de toma de poder. ¿Por qué no hubo ese temor? Una posible razón es que, para cuando estalló la crisis, más del 70% de la población había nacido después del golpe de 1973. La memoria del miedo, simplemente, ya no estaba ahí.

El estallido fue una tremenda amenaza a la gobernabilidad del país. Piñera tuvo que lidiar con eso, y rápidamente logró la firma del Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución, dando inicio al proceso constituyente. Fue en esa instancia donde el rol de Gabriel Boric lo marcaría como un líder promisorio.

La pandemia como pausa forzada

En marzo de 2020 explota la pandemia del Covid-19. El país se paraliza. Todo el mundo se va a guardar a sus casas. Un hecho histórico que, sin buscarlo, sirvió también para frenar la violencia que venía arrastrando el estallido.

El rechazo que cambió el rumbo

Se vota en noviembre de 2020 para dar inicio al proceso de la Convención Constitucional, que terminaría en desastre para el gobierno de Boric: el 4 de septiembre de 2022, más del 62% rechazó la propuesta. Fue el punto de quiebre de ese gobierno, que había apostado su proyecto de transformación nacional a ese resultado.

Ese rechazo produjo un giro significativo en la manera de gobernar de Boric. Y el mundo, mientras tanto, también había cambiado: Putin había iniciado la invasión de Ucrania el 22 de febrero de 2022, transgrediendo el orden internacional vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La política de la deliberación empezó a ceder terreno frente a la política de los hechos consumados, la política de la acción sin necesidad de dar explicaciones.

El remate: el fin de un ciclo

Lo que remata todo es la salida de Trump como presidente de Estados Unidos en enero de 2025. Es, en cierta forma, el fin del progresismo, el fin del wokismo. Los nuevos mundos que se habían abierto se extinguen, y el foco vuelve a la crisis de seguridad, la inmigración desbocada y el estancamiento económico.

El balance de Tironi

Eugenio Tironi deja a Gabriel Boric como un presidente que calmó las aguas de un país que venía del estallido, la pandemia y los fracasos constitucionales, y que lo entrega normalizado, listo para que José Antonio Kast gobierne un país estabilizado.

En definitiva, Boric no lo hizo tan mal, según Tironi, y queda perfilado para intentarlo nuevamente en el futuro.

¿Veremos?



miércoles, agosto 26, 2026

¿Cómo viviríamos si dejáramos de tenerle miedo a la muerte?

Hay una pregunta que últimamente me ronda. No sé qué ocurre cuando morimos. Nadie lo sabe con certeza. Pero me he dado cuenta de que lo que creemos acerca de la muerte puede cambiar profundamente nuestra manera de vivir.

Pensemos en dos posibilidades opuestas. La primera: cuando muero, todo termina, mi conciencia desaparece. La segunda: cuando muero, continúo de alguna manera, y paso a un estado extraordinariamente agradable de paz, armonía y amor, quizás incluso reencontrándome con personas queridas.

No pretendo demostrar ninguna de las dos. Mi pregunta es otra: si creyéramos profundamente en una u otra, ¿viviríamos de la misma manera que estamos viviendo?

Si después no hay nada

Supongamos que estoy convencido de que la muerte es el final. Eso podría parecer terrible. Pero también podría producir el efecto contrario: hacer que la vida adquiera un valor gigantesco.

Porque entonces esta vida es la única que tengo. Esta mañana no vuelve. Esta conversación con un hijo no vuelve. Este abrazo no vuelve. Y la cantidad de veces que todavía podré sentarme a conversar con quienes quiero es finita.

Mirada así, la muerte no le quita valor a la vida: se lo da. Si todo termina, quizás debería preocuparme mucho más de vivir intensamente ahora: decir lo que quiero decir, perdonar antes, hacer ese viaje, llamar a ese amigo, dejar de gastar energía en peleas pequeñas y resentimientos que dentro de veinte años no significarán nada. La finitud vuelve precioso lo cotidiano.


¿Y si la muerte no fuera el final?

Ahora imaginemos lo contrario: creo —no que sé, sino que creo— que cuando muera voy a estar bien. Muy bien.

Puedo seguir teniendo miedo al proceso de morir, al dolor, a la enfermedad, a despedirme de quienes quiero. Pero tendría mucho menos sentido tener miedo a estar muerto. Y si la muerte deja de ser una catástrofe, aparece una pregunta extraordinaria: ¿cuántas decisiones de mi vida estoy tomando simplemente por miedo a perderla?

Quizás acumulamos más de lo necesario, buscamos demasiada seguridad, defendemos obsesivamente nuestro prestigio o nuestra imagen, nos tomamos demasiado en serio. Una persona con menos miedo puede ser mucho más libre: más disponible para amar, crear, equivocarse, aventurarse y vivir.


Dos creencias opuestas que llegan al mismo lugar

Aquí aparece la paradoja que más me interesa. Las dos hipótesis son metafísicamente opuestas —una dice que después no hay nada, la otra que hay algo maravilloso— pero llevadas hasta sus últimas consecuencias pueden conducirnos al mismo lugar: no desperdicies la vida.

La primera podría decir: ama ahora, porque después no habrá oportunidad. La segunda podría decir: ama ahora, porque quizás el amor sea precisamente aquello que continúa.

Tal vez no necesitemos resolver el misterio de la muerte para vivir de otra manera. Podríamos preguntarnos algo más práctico: ¿qué manera de vivir tendría sentido bajo ambas hipótesis? Querer más, cuidar más, conversar más, crear, aprender, perdonar, agradecer, dedicar tiempo a quienes importan, tomarnos menos en serio, no postergar lo que hace que una vida merezca ser vivida.


Una pregunta para experimentar

Se me ocurre un pequeño experimento. La próxima vez que tenga que tomar una decisión importante, podría preguntarme: si realmente creyera que la muerte no es una catástrofe y que finalmente voy a estar bien, ¿qué elegiría hacer ahora?

No sé qué respondería, pero sospecho que algunas respuestas me sorprenderían. Porque quizás una parte considerable de nuestra existencia está organizada no alrededor de vivir, sino alrededor de evitar perder la vida que tenemos.

La pregunta verdaderamente inquietante ya no es qué ocurre cuando morimos —eso quizás nunca podamos responderlo— sino: ¿cómo quiero vivir si dejo de organizar mi existencia alrededor del miedo a perderla? Y todavía queda otra, quizás la más incómoda de todas: si creo que cuando muera voy a estar bien, ¿qué tendría que cambiar hoy para poder decir que también estoy viviendo bien?

No tengo una respuesta. Por eso escribo esto. Me interesa saber la de ustedes.



martes, agosto 25, 2026

Combatir la pobreza o combatir la escasez

Hice un taller de inteligencia artificial en la Fundación Cristo Vive, donde estuve compartiendo con Karoline Mayer, su fundadora, que puso en el foco de su misión "combatir la pobreza".
Leyendo después a Eugenio Tironi, salta esta idea de los tecno-optimistas, que combaten la escasez y me surge el siguiente posteo.

Tal vez estamos luchando contra el problema equivocado

Durante décadas hemos hablado de combatir la pobreza. La frase es correcta, necesaria, incluso moralmente incuestionable. Pero últimamente me ronda otra idea: ¿y si fuera más potente luchar contra la escasez que luchar contra la pobreza?

La pobreza describe una condición: personas que no tienen suficientes recursos para vivir bien. La escasez apunta a algo más profundo: la insuficiencia de aquello que necesitamos o valoramos. Escasez de alimentos, de vivienda, de médicos, de profesores, de tiempo, de conocimiento.

Si solo combatimos la pobreza, terminamos preguntándonos cómo distribuimos mejor lo que ya existe. Si combatimos la escasez, aparece una pregunta distinta: ¿cómo hacemos que exista mucho más? Ahí entra la tecnología.

La tecnología como máquina de abundancia

Esta es una de las intuiciones que encuentro más estimulantes en Marc Andreessen. Su optimismo tecnológico merece todas las preguntas críticas posibles, pero contiene una idea poderosa: gran parte del progreso humano ha consistido en transformar cosas escasas en cosas abundantes.

Hubo un tiempo en que la información era escasa: había que viajar, entrar a una biblioteca, encontrar un libro. Internet cambió eso. Algo parecido ocurrió con la música, las fotografías, la capacidad de cálculo. Un teléfono en el bolsillo contiene hoy capacidades que antes estaban reservadas a gobiernos o grandes corporaciones. Eso es tecnología: no solo hacer las cosas más rápido, sino cambiar la ecuación de la escasez.

Y ahora aparece la inteligencia artificial

La inteligencia siempre ha sido un recurso escaso. Formar a un buen médico, profesor o ingeniero toma años; su tiempo y su conocimiento son limitados. Por eso la inteligencia especializada ha sido históricamente cara.

La IA empieza a modificar esa ecuación. Por primera vez construimos sistemas capaces de poner una enorme capacidad intelectual al alcance de millones de personas, casi instantáneamente. Un niño puede tener un tutor disponible las 24 horas. Un pequeño empresario puede acceder a análisis que antes solo tenía una gran compañía.

Esto no significa que la IA reemplace mágicamente a médicos o profesores. Significa algo quizás más importante: la inteligencia humana comienza a ser amplificada por una inteligencia artificial abundante. Como dice Andreessen, el precio de la inteligencia está cayendo. Y si eso ocurre de verdad, estamos frente a algo enorme.

La pregunta cambia

Si faltan viviendas, podemos subsidiar a quienes no pueden comprarlas. Pero también podemos preguntarnos cómo hacer que construirlas sea radicalmente más barato. Si faltan médicos, podemos repartir mejor las horas disponibles, o multiplicar la capacidad diagnóstica de cada uno con IA. Si faltan profesores excelentes, podemos imaginar que cada niño tenga acceso permanente a un tutor inteligente personalizado.

De administrar escasez pasamos a producir abundancia.

Pero la abundancia no garantiza una buena sociedad

Podemos producir abundancia tecnológica y conservar una sociedad profundamente desigual. Podemos tener información infinita y personas desinformadas. Podemos tener inteligencia artificial extraordinaria y millones de personas sin acceso a ella. La tecnología no resuelve automáticamente la política, la ética ni la distribución del poder.

Por eso necesitamos dos movimientos simultáneos: crear abundancia y preguntarnos quién tiene acceso a ella. No basta con inventar; hay que democratizar.

Tal vez ésta sea una gran misión de la IA

No utilizarla solamente para que algunas empresas ganen más dinero, ni para que quienes ya somos productivos produzcamos todavía más. Eso sería una utilización muy pobre de una tecnología tan poderosa.

La gran oportunidad podría ser otra: usar la inteligencia artificial para atacar sistemáticamente las escaseces que limitan la vida humana. Educación, atención médica, asesoría jurídica, oportunidades, capacidad para emprender, acceso a personas que puedan ayudarnos a pensar.

Quizá la pregunta que deberíamos hacernos frente a cada nueva aplicación de inteligencia artificial sea muy sencilla: ¿qué escasez humana estamos ayudando a eliminar?

¿Cuál es la escasez que más te gustaría ver desaparecer?



martes, agosto 18, 2026

Libro Inteligencia Figital de Pedro Flores Opazo

Inteligencia Figital: ¿Y si el desierto de silicio solo estuviera esperando nuestra agua?

Hace unos días cayó en mis manos un borrador que no he podido soltar. No es un libro cualquiera; es el noveno libro de Pedro Flores Opazo, titulado Inteligencia Figital.

Como les he venido contando aquí, el tema de la inteligencia artificial me tiene bastante atrapado. He conversado con ella, le he pedido que me cuestione, la he usado para acompañar a otros en sus procesos de coaching, e incluso me he agarrado con amigos discutiendo sobre qué significa realmente leer o escribir hoy. Pero este manuscrito de Pedro me llevó a un terreno que no esperaba, casi existencial, devolviéndome una mirada integradora que me hizo mucho sentido.

Pedro abre su libro con una metáfora hermosa que ocurre en un lugar muy especial de nuestro país: el desierto florido de Atacama.


El desierto de silicio y la memoria bajo la tierra

Pedro nos recuerda que en el norte hay un territorio inmenso que pasa largas temporadas bajo un sol abrasador, en aparente quietud. Pero basta que llegue la lluvia, que el agua penetre la tierra, para que en pocos días ese paisaje gris se inunde de colores eclosionando en vida.

La belleza de esto es que las flores ya estaban allí. Estaban contenidas en semillas que dormían bajo el polvo, guardando la memoria silenciosa de lo que estaban llamadas a ser, esperando la condición exacta para germinar.

Pedro propone que la Inteligencia Artificial es exactamente eso: un inmenso desierto de semillas.

En sus supercomputadoras y redes hay miles de millones de palabras, códigos, patrones, conocimientos y conexiones acumuladas por años. Es una abundancia de vida potencial, latente. Pero por sí sola, esa inmensidad tecnológica permanece seca.

¿Y qué representa el agua? Nuestras preguntas humanas.

Una pregunta orienta el flujo. Una petición dirige la atención hacia un territorio. Una conversación nacida de la curiosidad, de la conciencia y de un propósito hace que esas semillas de silicio comiencen a germinar y a florecer.

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Miren la coincidencia (o sincronía) con lo que escribía hace poco en mi post sobre Qué es saber en la era de la IA: mientras más capaz se vuelve la máquina de responder, más crucial se vuelve para nosotros saber qué merece ser preguntado. No cualquier pregunta rutinaria que la IA pueda escupir por docenas en diez segundos. Sino la pregunta que nace de una existencia, de un cuerpo que respira, de alguien que ha vivido y que se hace cargo de la elección.


Las Social Power Skills: ¿Habilidades "blandas" o el verdadero poder humano?

Durante años, en el mundo de las empresas y las organizaciones, hemos llamado "habilidades blandas" a la empatía, la escucha o el manejo de emociones. Siempre me pareció un término un poco condescendiente, como si fueran un adorno periférico frente al "verdadero" conocimiento técnico.

Pedro las rebautiza con un nombre que tiene mucho más punch: Social Power Skills (habilidades de poder social).

No son blandas. Son las capacidades que generan el verdadero poder de acción humana, de transformación y de creación de valor con sentido. Pedro identifica seis de estas danzas o habilidades esenciales:

  1. El Centramiento: La capacidad de estar presentes deteniendo por un momento la rumiación y el ruido mental, encontrando paz emocional y quietud corporal para observar de forma limpia.
  2. El Reconocimiento y Regulación Emocional: Aprender a leer nuestras emociones (miedo, rabia, tristeza, alegría, ternura, erotismo) no como estorbos, sino como sensores energéticos que nos informan sobre nuestras necesidades.
  3. La Comunicación Efectiva: Integrar lo que pensamos, sentimos y corporalizamos para coordinar acciones impecables a través de afirmaciones, juicios, declaraciones y promesas claras.
  4. La Resolución Colaborativa: Abordar las diferencias y conflictos no como disputas para ver "quién tiene la razón", sino como una infraestructura para pensar juntos y construir compromisos explícitos.
  5. La Creatividad Aplicada: Recuperar esa disposición infantil de juego y exploración para conectar lo que parecía separado y transformarlo en soluciones de valor real.
  6. La Resiliencia Virtuosa: La maravillosa capacidad de recuperarnos de un quiebre o dolor, extraer sabiduría de la experiencia, cerrar el capítulo en paz y volver a levantarnos con entusiasmo.

Piénsenlo bien. En un mundo donde la máquina ya redacta, calcula y procesa a la velocidad de la luz, el conocimiento puramente memorizado o técnico deja de ser escaso. Lo que se vuelve invaluables son estas capacidades profundamente humanas. Saber escuchar, construir confianza, acoger la vulnerabilidad de decir "no sé" para abrir el aprendizaje, y hacernos responsables de nuestras decisiones.


El Embalse y la circulación del valor

Aquí Pedro introduce otra faceta de la Inteligencia Figital que me dejó dando vueltas.

¿Qué pasa cuando el agua llega al desierto, las flores germinan, pero el agua se escurre y se pierde?

En las organizaciones ocurre lo mismo: generamos grandes ideas, tenemos conversaciones fantásticas, pero la experiencia se disipa y volvemos a tropezar con la misma piedra. Para que el valor no se evapore, Pedro nos dice que necesitamos construir un embalse, compuertas y canales.

El embalse representa la capacidad instalada: la memoria de la organización que captura el aprendizaje y lo deja disponible para el futuro (en procesos, en cultura, en relaciones de confianza, en tecnologías bien integradas). Las compuertas son las decisiones y criterios de regulación que tiene el liderazgo para dirigir ese flujo. Y los canales son las redes que conducen esa inteligencia allí donde puede volver a regar nuevas semillas.

La Inteligencia Figital no es, por tanto, "meterle IA" a la empresa para hacer más rápido lo mismo de siempre. Eso, como les escribía hace unos días, es apenas ponerle un motor eléctrico a la antigua fábrica a vapor.

La Inteligencia Figital es una infraestructura sensible e inteligente. Sensible porque está conectada con las emociones, las historias y los propósitos de las personas. E inteligente porque articula de manera armónica tres dimensiones: las capacidades humanas, las estructuras organizacionales y las tecnologías digitales.


¿Qué desierto estamos dispuestos a regar?

Al final del día, el libro de Pedro no es un tratado de tecnología. Es un espejo incómodo y fértil sobre nosotros mismos.

La tecnología nos está devolviendo la libertad de no tener que ser procesadores de información andantes. Nos está regalando el tiempo para volver a lo esencial. Pero esa abundancia de posibilidades necesita un cauce, un propósito.

Como el cuento chino del árbol enorme y torcido que de tan "inútil" para el mercado vivía siglos dando sombra y vida, o como ese cerro que subo todas las semanas simplemente por el sagrado acto de caminar sin ticket ni barrera, nuestra humanidad reside en aquello que no tiene precio pero sí tiene un valor infinito. Reside en nuestra condición de seres vulnerables, corporales, que aman, sufren, eligen y se hacen cargo.

La IA nos da las semillas más potentes que hayamos creado jamás. Pero el agua, el criterio y el propósito siguen siendo nuestros.

La pregunta ya no es qué va a hacer la tecnología con nosotros. La pregunta es:

¿Qué mundo queremos ayudar a crear con la inteligencia que ahora tenemos disponible?


¿Y tú? De todo este caudal del que nos habla Pedro Flores... ¿qué de esto te hace sentido corporizar en tu propia vida o en tu organización? ¿Cuáles son las compuertas que necesitas abrir hoy?

Los leo en los comentarios.



lunes, agosto 17, 2026

Que es saber en la era de la inteligencia artificial

Qué significa saber, ahora que las respuestas sobran

Hace unos días caí en una conversación que no he podido soltar.

Empezó simple: ¿qué es saber, en la era de la IA? Y terminó en un lugar que no esperaba.


La vieja definición de saber

Durante siglos, saber fue tener respuestas guardadas adentro.

El erudito era el que había leído mucho, recordaba mucho, podía citar fechas, nombres, autores. Tenía sentido: la información era escasa, y poseerla valía.

Hoy cualquiera accede, en segundos, a más información de la que yo podría haber acumulado en toda una vida. La escasez se derrumbó.

Pero eso no significa que todos sepamos lo mismo. Significa que el centro de gravedad se movió a otro lugar.


Tres épocas de saber

Me gusta ordenarlo así.

Primera época: saber era recordar. La información era escasa, había que incorporarla adentro.

Segunda época: saber era encontrar. Llegó Google, la información salió afuera, y buscar bien se volvió una competencia.

Tercera época, la que estamos empezando a vivir: saber será preguntar, discernir y hacerse responsable. Porque la IA ya no solo encuentra información. La procesa, la relaciona, la explica, la argumenta, y hasta propone la respuesta antes de que yo termine de pensar la pregunta.

Y ahí aparece una paradoja que no me deja tranquilo: mientras más capaz se vuelve la máquina de responder, más importante se vuelve para mí saber qué merece ser preguntado.


Dos clases de preguntas

Porque no todas las preguntas son iguales.

Está la pregunta instrumental. ¿Cuándo ocurrió la Paz de Westfalia? ¿Cómo funciona un motor eléctrico? Son preguntas que buscan una respuesta y, apenas la encuentran, mueren. Cumplieron su función y se acabaron.

Y está la otra clase. ¿Qué significa vivir bien? ¿Cómo quiero vivir los últimos veinte años de mi vida? ¿Qué debería seguir siendo exclusivamente humano en un mundo de máquinas inteligentes?

Esas preguntas no mueren cuando las respondo. Las respondo hoy, vuelvo a ellas dentro de un año, y descubro que la respuesta cambió porque cambié yo, o cambió el mundo, o apareció algo que antes no podía ver.

Son preguntas que uno habita. No las resuelve: vive adentro de ellas.


La persona culta del futuro

Sospecho que la persona culta, de aquí en adelante, ya no será la que puede decir "sé muchas cosas".

Será la que puede decir: "sé cuáles son las preguntas importantes para mí".

Eso cambia todo. Cambia cómo debería educarse a un nieto, cambia cómo debería yo mismo seguir aprendiendo a los 74, cambia qué le pido a una conversación.


Pero ojo: la IA también pregunta bien

Aquí quiero frenar una simplificación fácil, la de "antes importaban las respuestas, ahora importan las preguntas". Porque cualquier IA puede producir también preguntas excelentes. Puedo pedirle cincuenta preguntas sobre educación, sobre longevidad, sobre lo que sea, y las voy a tener en diez segundos.

Entonces hay que ir un nivel más profundo todavía.

La verdadera capacidad humana no está en preguntar. Está en discernir qué pregunta merece mi vida.

Entre mil preguntas posibles, ¿cuál merece diez años míos? Eso no me lo puede decidir ninguna máquina. Puede ofrecerme el menú. La elección es mía.


La pregunta como identidad

Y aquí la reflexión se me fue a un terreno que no esperaba, casi existencial.

Quizás no somos solamente nuestras respuestas. Somos también las preguntas que decidimos no abandonar.

Alguien que durante treinta años se pregunta cómo educar mejor termina siendo educador. Alguien que durante años se pregunta cómo hacer más humanas las organizaciones, termina mirando el mundo entero desde ahí.

La pregunta deja de ser una herramienta intelectual. Se convierte en una declaración de quién quiero ser, y de qué parte del mundo estoy dispuesto a responder.

Y ahí aparece una palabra que me gusta mucho más que "preguntar": responsabilidad. Aquello ante lo cual estoy dispuesto a responder.


Cinco movimientos

Si tuviera que resumir qué es saber en este momento, diría que tiene cinco pasos: acceder, preguntar, discernir, relacionar, hacerse cargo.

La IA me ayuda enormemente con los primeros cuatro. Puede explicarme el cambio climático, la soledad, la desigualdad, la muerte. Puede mostrarme perspectivas contradictorias y ayudarme a pensar mejor de lo que pensaba solo.

Pero el quinto paso es distinto. Ahí no hay máquina que entre.

¿Y tú, de todo esto, de qué vas a hacerte cargo?

Porque cuando las respuestas se vuelven baratas y abundantes, elegir la pregunta —la propia, la que uno está dispuesto a sostener durante años— puede ser una de las formas más profundas de libertad que nos quedan.



viernes, agosto 14, 2026

La IA no viene a mejorar la empresa. Viene a obligarnos a reinventarla

Hay una pregunta que empieza a rondarme:

Si hoy tuviéramos que crear nuestra empresa desde cero, sabiendo que existe la inteligencia artificial, ¿la diseñaríamos como está diseñada actualmente?

Sospecho que no.

Y si la respuesta es no, tenemos un problema bastante más grande que aprender a usar ChatGPT.

Hace unos días leí una reflexión de Mauricio Cáceres que me quedó dando vueltas. Él plantea que no estamos frente a una nueva ola tecnológica, sino frente a una nueva era.

La diferencia no es menor.

Las olas pasan. Uno puede surfearlas mejor o peor. Incluso puede dejar pasar alguna.

Las eras cambian el paisaje.

La Revolución Industrial no consistió simplemente en fabricar más rápido. Terminó cambiando las ciudades, el trabajo, las empresas y nuestra manera de vivir.

La revolución digital tampoco consistió solamente en reemplazar el papel por computadores. Creó industrias que no existían, destruyó otras, modificó las comunicaciones y terminó metiendo buena parte del planeta dentro de un teléfono.

Ahora está comenzando otra transformación.

La de la inteligencia artificial.

Y quizás estamos cometiendo con ella un error bastante humano: intentar introducir una tecnología nueva dentro de una manera antigua de hacer las cosas.


Ponerle un motor eléctrico a una fábrica a vapor

Cuando apareció la electricidad, muchas fábricas hicieron algo perfectamente razonable: reemplazaron las antiguas fuentes de energía por motores eléctricos.

Pero mantuvieron durante un tiempo prácticamente intacto el diseño de las fábricas.

Solo después comprendieron que la electricidad permitía algo mucho más interesante: rediseñar la fábrica completa.

Creo que estamos exactamente en ese momento con la IA.

Las empresas están descubriendo que pueden redactar correos más rápido, resumir documentos, preparar presentaciones, analizar información, responder clientes, programar, elaborar informes.

Fantástico.

Pero eso es apenas ponerle un motor eléctrico a la antigua fábrica.

La verdadera pregunta es otra:

¿Cómo sería una empresa concebida desde su origen para funcionar con inteligencia artificial?


¿Qué pasa cuando la inteligencia deja de ser escasa?

Buena parte de la empresa moderna fue construida alrededor de una limitación histórica: la capacidad humana para procesar información es escasa.

Necesitamos especialistas porque nadie puede saber de todo.

Creamos departamentos porque necesitamos agrupar conocimientos.

Creamos jerarquías porque alguien tiene que coordinar a quienes poseen esos conocimientos.

Hacemos reuniones para intercambiar información.

Contratamos consultores porque saben cosas que nosotros no sabemos.

¿Pero qué sucede cuando cualquier profesional tiene sentado a su lado —24 horas al día— un sistema capaz de investigar, analizar, comparar, escribir, programar, traducir, revisar documentos, construir escenarios y proponer alternativas?

Y más aún:

¿Qué sucede cuando no tenga uno, sino decenas de agentes inteligentes trabajando para él?


Un ejecutivo acompañado por cincuenta inteligencias

Imaginemos por un momento a un gerente dentro de algunos años.

Un agente analiza permanentemente a sus competidores.

Otro revisa las ventas.

Otro detecta cambios en los clientes.

Otro analiza contratos.

Otro sigue las tendencias de su industria.

Otro prepara escenarios financieros.

Otro cuestiona sus decisiones.

Y otro convierte todo lo anterior en alternativas de acción.

Entonces la unidad productiva empieza a cambiar.

Ya no será simplemente:

una persona.

Será:

una persona + inteligencia artificial + agentes + datos + experiencia + criterio.

Y eso puede alterar radicalmente lo que entendemos por productividad.

Una persona podría hacer el trabajo que antes requería un equipo.

Un equipo pequeño podría hacer lo que antes requería un departamento.

Y una empresa de cincuenta personas podría competir con organizaciones que hoy necesitan quinientas.


Entonces, ¿para qué necesitaremos tantos niveles?

Aquí la conversación empieza a ponerse incómoda.

Porque muchas estructuras organizacionales existen precisamente para coordinar personas que procesan información.

Si una parte importante de esa coordinación comienza a realizarla la inteligencia artificial, tendremos que preguntarnos qué ocurrirá con las pirámides organizacionales.

¿Necesitaremos tantos niveles jerárquicos?

¿Seguirán existiendo los mismos departamentos?

¿Tendrá sentido mantener algunos cargos?

¿Podrán equipos mucho más pequeños asumir responsabilidades mucho mayores?

¿Habrá empresas que descubran que buena parte de su estructura organizacional fue diseñada para resolver problemas que ya no existen?

No tengo las respuestas.

Pero sospecho que esas son las preguntas que deberíamos estar haciendo.


También cambiará lo que significa ser jefe

Durante décadas, dirigir significó fundamentalmente administrar personas y recursos.

El ejecutivo que viene tendrá que aprender a dirigir algo bastante más extraño:

personas e inteligencias artificiales trabajando juntas.

Y aquí aparece una paradoja que me fascina.

Mientras más poderosa se vuelva la inteligencia artificial, probablemente más valiosas serán ciertas capacidades profundamente humanas.

Saber preguntar.

Escuchar.

Discernir.

Comprender contextos.

Construir confianza.

Resolver conflictos.

Imaginar futuros.

Tomar decisiones bajo incertidumbre.

Y, sobre todo, hacerse responsable de ellas.

La inteligencia artificial podrá entregarnos veinte alternativas extraordinarias.

Pero alguien tendrá que decidir cuál vale la pena convertir en realidad.

El peligro no es quedarse sin IA

Por eso creo que el principal riesgo para las empresas no será necesariamente no adoptar inteligencia artificial.

Hay uno bastante más peligroso:

adoptarla sin cambiar nada importante.

Llenar la organización de ChatGPT, Copilot, Gemini y agentes inteligentes mientras mantenemos exactamente los mismos procesos, las mismas reuniones, los mismos departamentos, los mismos indicadores y la misma manera de tomar decisiones.

Podríamos terminar teniendo empresas del siglo XX extraordinariamente automatizadas con tecnología del siglo XXI.

Y quizás eso no sea transformación.

Sea simplemente hacer más eficientemente algo que ya dejó de tener sentido.

Por eso, si yo estuviera hoy sentado con el equipo directivo de una empresa, no comenzaría preguntándoles:

¿Dónde podemos incorporar inteligencia artificial?

Pondría sobre la mesa una pregunta bastante más incómoda:

Si hoy fundáramos nuevamente esta empresa, sabiendo todo lo que sabemos y teniendo disponible la inteligencia artificial, ¿la construiríamos como está construida?

Si la respuesta es no, entonces viene la segunda pregunta.

¿Qué estamos esperando para empezar a cambiarla?

Porque quizás Mauricio tiene razón.

Esto no es una ola.

Se está moviendo la placa tectónica bajo nuestros pies.

Y cuando eso ocurre, aprender a surfear sirve de bastante poco.