sábado, febrero 21, 2026

Libro La elocuencia del silencio de Thomas Moore

El arte de vaciarse: cuando menos es más vida

Hay una pregunta que Thomas Moore lanza casi como un susurro al inicio de su reflexión sobre el vacío, y que no me ha dejado en paz desde que la leí:

¿Estás viviendo lleno… o estás viviendo con espacio?

En una cultura que premia la agenda apretada, el perfil cargado de logros y la respuesta inmediata, esa pregunta suena casi subversiva. Pero vale la pena detenerse en ella, porque lo que Moore propone no es un elogio de la pereza ni una filosofía del retiro. Es algo más preciso y más exigente: una invitación a la ligereza interior.



El vacío no es la nada

El primer malentendido que Moore deshace es equiparar vacío con ausencia. El vacío que propone no es un hueco, es un espacio fértil. Es el silencio entre los pensamientos. Es el espacio interior de una taza sin el cual no podría contener nada. Es lo que le da sentido a la casa: no los muros, sino los espacios que esos muros crean.

Cuando no tapamos ese vacío — cuando resistimos la tentación de llenarlo con ruido, actividad o certezas — ese vacío revela. Y lo que revela muchas veces es más honesto que todo lo que acumulamos para cubrirlo.

Hay una imagen que me pareció especialmente poderosa: el arco tenso sin flecha visible. Hay potencia, hay presencia, hay autoridad. Pero no hay exhibición. El verdadero poder, dice Moore, no necesita ruido.


El vacío auténtico y el falso

No todo vacío es igual. Moore distingue con precisión quirúrgica entre el vacío auténtico — desapego honesto, espacio interior genuino — y el vacío falso: simulación de humildad, generosidad interesada, manipulación camuflada.

La diferencia no está en lo que se ve. Está en la intención. Y ahí es donde la cosa se complica, porque la intención es lo más difícil de examinar en uno mismo.

Me quedé pensando en esta frase: "La generosidad puede esconder necesidad de reconocimiento." Incómoda. Necesaria. Porque si somos honestos, muchas de nuestras acciones "desinteresadas" llevan algún apellido oculto. Vacío auténtico es ausencia de intención oculta. Eso es difícil. Y por eso vale.


Líderes que se vacían, maestros que escuchan

Moore tiene una visión particular del liderazgo que resuena mucho en el trabajo de acompañamiento: el verdadero líder no se llena de sí mismo; se vacía de sí mismo para que otros crezcan.

Y del maestro dice algo igualmente contundente: un maestro auténtico no es el origen del saber, es un canal. El mejor maestro sigue siendo alumno. Maestro y alumno no están en niveles distintos. Están mirando en la misma dirección.

Cuando recibes admiración, aplausos, reconocimiento — añade — no te pertenecen. Pasan a través de ti.

Esa es una forma radicalmente distinta de entender la autoridad. No como algo que se acumula, sino como algo que se ejerce precisamente cuando se suelta.


La felicidad que se escapa cuando la persigues

Hay un párrafo del libro que sintetiza de manera brillante lo que Aristóteles llamaba eudaimonía — estar habitado por un buen espíritu interior:

La felicidad no es el objetivo de la vida. Es un efecto secundario de vivir bien.

Intentar ser feliz, dice Moore, es como intentar dormir: mientras más lo fuerzas, menos ocurre. La felicidad es más un misterio que un producto, más un obsequio que un logro. Aparece cuando eres tú mismo, cuando fluyes sin exigencias neuróticas, cuando tu vida está alineada con tus leyes internas.

Y entonces propone algo que parece contraintuitivo: valora la infelicidad no como fracaso, sino como parte del ritmo. La vida da y quita. La naturaleza sostiene y mata. Con los años acumulamos experiencias, pero también perdemos: padres, amigos, certezas, versiones antiguas de nosotros mismos. La vida es un proceso de despojo. Y aprender a transitar ese despojo con dignidad puede ser más formativo que cualquier logro.


¿Cuánto te posee lo que posees?

Una de las preguntas más directas del libro es también una de las más reveladoras para quienes vivimos en contextos de abundancia relativa:

La verdadera pregunta no es ¿cuánto posees? Es ¿cuánto te posee lo que posees?

No se trata de no tener. Se trata de no estar poseído por lo que tienes. Reducir posesiones reduce ruido mental. La libertad no está en tener más opciones, está en necesitar menos.

Y hay algo más: el vacío interior genera compasión. Llenarse de ideología genera crueldad. Cada vez que alguien reduce a otro a una etiqueta, cancela su humanidad. La violencia no empieza con armas. Empieza con certezas absolutas.


Una práctica, no una teoría

Moore no escribe para ser citado en presentaciones. Escribe para ser encarnado. Y termina con algo concreto:

Mantén sillas cómodas vacías dentro de tu corazón. Eso es hospitalidad interior.

Una hora de quietud al día puede ser más transformadora que diez horas de hiperactividad.

Deja tiempo sin programar. Si todo está lleno, nada nuevo entra.

Y quizás la síntesis más elegante de todo el libro sea esta:

Vacíate, no para desaparecer, sino para que la vida tenga donde desplegarse.

jueves, febrero 19, 2026

La espiritualidad que nos falta

Vivimos el triunfo de la ciencia.
Y hay que decirlo sin ambigüedades: bendito triunfo.

La ciencia desplazó al dogma religioso y abrió la puerta a una explosión de innovación que nos trajo electricidad, antibióticos, internet, inteligencia artificial y esta conversación que ahora mismo estamos teniendo. Nos regaló la modernidad.

Pero la modernidad vino con letra chica.

El progreso material —ese dios silencioso del PIB, la productividad y el consumo— terminó instalando una visión del mundo donde lo real es lo medible, lo útil, lo rentable. Y todo lo demás… parece decorado.

El resultado está a la vista: crisis ecológica, ansiedad colectiva, vínculos frágiles, comunidades disueltas. Mucho desarrollo, poca dirección. Mucho tener, poco sentido.

No perdimos la religión.
Perdimos contacto con nuestra dimensión espiritual.

Y cuando digo espiritual no hablo de incienso ni de escapismo. Hablo del espacio interior donde se asientan los valores, la responsabilidad, el cuidado, el amor. Ese lugar desde donde decidimos qué hacer con el poder que la ciencia nos entregó.

Porque el problema no es la tecnología.
El problema es quién la orienta.

La Iglesia —al menos la institución tradicional— no logró acompañar este salto civilizatorio. Se quedó anclada en estructuras jerárquicas, en formas casi monárquicas, en una cultura marcadamente masculina que no supo reconocer a tiempo la potencia transformadora de la revolución feminista. Una revolución que, guste o no, ha sido uno de los motores morales más potentes de nuestra época.

Mientras el mundo cambiaba, ella defendía su arquitectura.

Y así, muchos nos quedamos huérfanos de comunidad espiritual.

Porque hay algo que no se puede ignorar: la dimensión espiritual es inseparable de la dimensión comunitaria. No se trata solo de experiencias interiores privadas. Necesitamos espacios donde el sentido se comparta, donde el cuidado sea mutuo, donde el amor no sea solo una emoción sino una práctica.

Entonces surge la pregunta incómoda:

¿Necesitamos una nueva religión?

No necesariamente un nuevo dogma.
Pero sí una nueva forma de comunidad espiritual.

Una que honre la ciencia sin idolatrarla.
Que abrace la igualdad sin diluir la profundidad.
Que entienda que la Tierra no es un recurso sino un hogar.
Que integre lo femenino y lo masculino como energías complementarias, no como jerarquías.
Que reconozca que el amor no es debilidad, sino inteligencia relacional.

Quizás no se trate de fundar otra institución, sino de inaugurar otra conciencia.


Una espiritualidad post-materialista
.
Una espiritualidad ecológica.
Una espiritualidad compatible con la inteligencia artificial y, al mismo tiempo, profundamente humana.

Si la primera modernidad fue científica,
la siguiente tendrá que ser espiritual.

No para retroceder al pasado,
sino para darle dirección al futuro.

Porque si no reavivamos esa dimensión interior donde nacen los valores, la innovación seguirá acelerando… pero sin brújula.

Y una civilización sin brújula, por muy inteligente que sea, termina extraviada.

Tal vez la gran revolución pendiente no sea tecnológica.

Sea espiritual.

Y tal vez —solo tal vez— ya esté comenzando en conversaciones pequeñas, honestas, incómodas… como esta.

jueves, febrero 12, 2026

Libro "La invención de Shakespeare" de Christian Torres Roje

Christian Torres, filósofo y pedagogo chileno, dedicó 15 años a investigar la intrigante relación entre William Shakespeare y Christopher Marlowe. Su trabajo lo llevó a diversas localidades, incluyendo Stratford-upon-Avon, el supuesto lugar de nacimiento de Shakespeare en Inglaterra.

Para entender esta historia, debemos remontarnos al reinado de Isabel I, quien gobernó Inglaterra e Irlanda durante 45 años (1558-1603). Hija de Enrique VIII y Ana Bolena, restableció el protestantismo en Inglaterra evitando una guerra civil. En 1588, cuando España bajo Felipe II lanzó su "invencible armada" contra Inglaterra, una gran tormenta hizo zozobrar la flota española, consolidando así el poder de Isabel I. Las guerras de aquella época eran fundamentalmente religiosas: la España católica contra la Inglaterra protestante.

La estabilidad política posterior a esta victoria permitió que floreciera la creatividad literaria en Londres. Y es entonces cuando aparece William Shakespeare, considerado el mejor dramaturgo de la historia inglesa. Sin embargo, cuando se intenta estudiar a este hombre, solo encontramos a una persona con ese nombre nacida en Stratford-upon-Avon, a unos 160 km al noreste de Londres. Según Christian Torres, este hombre de Stratford fue simplemente una identidad falsa que utilizó Christopher Marlowe para ocultar su verdadera persona. ¿La razón? Marlowe era un espía anticatólico que trabajaba para la corona inglesa y vivía constantemente amenazado.

Christopher Marlowe fue dramaturgo, poeta y traductor que vivió exactamente en los mismos años que Shakespeare. Estudió Teología en Cambridge, pero terminó declarándose ateo. Fue muy cercano a Giordano Bruno, el filósofo y fraile dominico italiano. Estos genios del lenguaje y la filosofía, inmersos en una época de feroces ataques contra la Iglesia, cuestionaban duramente las escrituras. Incluso aspiraban a crear una nueva religión.

En 1593 se montó una elaborada escena para simular la muerte de Christopher Marlowe a los 29 años. Supuestamente murió en una riña en un salón privado durante una cena con cuatro comensales, por una disputa sobre el pago de la cuenta. Todo estaba meticulosamente preparado: poco antes habían ejecutado a un preso para disponer del cadáver, al que desfiguraron el rostro para hacerlo irreconocible. Lo que valdría serían las declaraciones de los testigos presentes. Hasta la propia reina dio su conformidad a estas declaraciones, estando al tanto de toda la trama.

Marlowe no murió en esa riña, sino que siguió existiendo en la clandestinidad, refugiado en distintos lugares, incluso en el castillo de un importante aristócrata. Es precisamente en este período cuando aparece la mejor producción de Shakespeare. Marlowe era homosexual, pero el príncipe que lo alojaba le pidió que engendrara un hijo con su esposa, pues él era infértil. Entiendo que Marlowe/Shakespeare tuvo dos hijos por esta vía.

Este grupo, liderado por estas dos figuras, creó una Orden donde elaboraban ideas que serían perseguidas hasta la muerte. Bruno murió en la hoguera en Roma en 1600, ejecutado por la Inquisición. Se le acusó de negar la Trinidad, la virginidad de María, la divinidad de Cristo, además de defender un universo infinito donde nuestro sol era una estrella más. Ideas inaceptables entonces (hoy pasarían desapercibidas).

La tesis de este libro es que Shakespeare no existió como el autor que conocemos, sino que fue el seudónimo del genial escritor Christopher Marlowe. Bastante convincente, debo decir. Me ha dejado con ganas de leer las obras de Marlowe/Shakespeare con esta nueva perspectiva.

lunes, febrero 09, 2026

Libro "Cuerpo Kintsugi" de Senka Maric

Claro, no podía ser de otra forma: esta es la historia de una mujer que desarrolla cáncer de mama y relata todos los avatares por los que pasa. Es la historia de su autora, Senka Maric, originaria de Bosnia y Herzegovina.

Senka Maric es una escritora prestigiosa de Bosnia y Herzegovina que eludió la guerra en ese territorio (1991-1997) refugiándose en el Reino Unido.

El libro comienza con la partida de su pareja una mañana, sin decir nada, dejándola sola con sus dos hijos. Su sentimiento después de que él se ha ido es de derrota.

Todo empieza con el dolor de una calcificación en un hombro. Días después aparece una protuberancia en un pecho. Sí, será cáncer. Es operada conservando el seno. Al poco tiempo surgen otros tumores en el otro pecho. Nueva operación: eliminación total de ambos pechos y sustitución por mamas de silicona.

Una de ellas se infecta. Sufre horrores. Habrá otras intervenciones. Todo es sórdido, solitario, íntimo, doliente. Su madre la acompaña, junto a un grupo de amigas que tratan de sacarla de su decaimiento. Sin mucho éxito.

Viene la quimioterapia, larga. Finalmente le extirpan el útero. Tremendo. Tiene un amante, pero ella siente que la mujer que era ya no sabe qué es. Durante las esperas y tiempos de tratamiento, fantasea con su niñez, infancia y adolescencia. Recuerda cómo se fue transformando en una persona, en una mujer.

En este libro te metes en el interior de esta persona y la acompañas. Es duro, muy duro. Pero al final, diría que en los dos o tres últimos capítulos, finalmente surge un cirujano que da con la infección, la extirpa y comienza su período de verdadera sanación.

En el último capítulo sientes que la vida ha vuelto, que puedes ser feliz gozando de las pequeñas cosas de la vida que hacen que valga la pena vivirla.

Y ahí recuerdas el título del libro: Cuerpo Kintsugi. Esta mujer rota, rehecha con el oro del dolor y el sufrimiento, es mucho mejor que la mujer que era.

miércoles, febrero 04, 2026

Cómo la IA ha transformado mi forma de leer

Actualmente leo a Rudolf Steiner, su libro Verdad y Ciencia. Trata sobre el estudio de qué es conocer; no es una lectura fácil. El año pasado me dediqué a aprender sobre inteligencia artificial mientras la enseñaba. Sí, aprendí bastante. Hoy leo de manera muy distinta; eso es lo que vengo a contarte.

Leo en voz alta entre una página y media y dos páginas y media. ChatGPT escucha y graba todo lo que leo. Cuando marco que he terminado, ChatGPT —siguiendo las instrucciones de un GPT que he confeccionado— transcribe automáticamente lo grabado. E inmediatamente comienza a escribir una explicación, perfecta para mí, de lo que acabo de leer en ese tramo. Y lo entiendo todo, perfectamente.

Como siempre hago con este tipo de libros que medio estudio, lo leo dos veces. De la misma forma exacta. Pero en esta segunda lectura tomo notas de las líneas que más me dicen, las que me parecen relevantes, importantes, significativas. Escribo unas seis páginas por ambos lados.

Cuando termino el libro por segunda vez, transcribo el texto manuscrito sacándole fotos a las hojas una por una. Otro GPT las transcribe automáticamente. Acumulo esos textos en un archivo de Google Docs. Debo hacer correcciones; bastantes.

Una vez terminado ese trabajo, tomo todas mis notas y se las paso tanto a ChatGPT como a Claude.ai, pidiéndoles que me escriban un posteo para mi blog www.gabrielbunster.com. Ambas ejecutan la tarea en segundos. Es ahí cuando pienso que la capacidad de la IA es sorprendente. Leo detenidamente ambos textos y selecciono uno; esta vez el de ChatGPT (otras veces ha sido el de Claude), y procedo a publicar.

Luego le pido a ChatGPT, Grok, AI Studio y Gemini que me generen imágenes para ilustrar el texto completo del posteo que les adjunto. Selecciono las fotos que más me gustan y las incrusto en el post. Le pongo una etiqueta al posteo y lo publico en mi blog. Eso es todo.

Pienso que con esta metodología entiendo mejor al autor que leo y produzco un posteo de mayor calidad sobre lo que he seleccionado y comprendido del libro. Y sí, tengo la sensación de que la IA me está haciendo más inteligente.


Pero eso no es todo. En este caso del libro de Steiner, tomé el texto del posteo junto con todas las notas que había producido y las ingresé como fuentes en un nuevo Cuaderno de NotebookLM.

Desde la sección Studio pedí un resumen de audio (podcast), un resumen en video, una infografía, una presentación tipo PowerPoint y un resumen en la sección Informes. La infografía la pegué al final del posteo del libro.

Con todo este material puedo hacer hasta una clase sobre el libro sin problemas. Pero hay algo más: mi nivel de comprensión del libro es superlativo.

lunes, febrero 02, 2026

Libro Verdad y ciencia de Rudolf Steiner

Verdad y Ciencia: cuando conocer es crear mundo

Hay libros que no se leen: te leen.
Verdad y Ciencia es uno de ellos. En estas páginas, Rudolf Steiner no discute detalles; discute el suelo mismo sobre el que caminamos cuando decimos “conocer”.

Y lo hace enfrentándose, sin rodeos, al gran arquitecto de la modernidad: Immanuel Kant.


Contra la “cosa en sí”

Kant postula un límite: hay una realidad última —la cosa en sí— inaccesible al conocimiento humano. Steiner responde con una sonrisa tranquila y una pregunta afilada:
¿y si ese “más allá” no existiera?
¿Y si el mundo no estuviera completo sin el pensar humano?

Para Steiner, no hay un trasfondo incognoscible escondido detrás del telón. El pensar no es un espejo que refleja; es un acto del mundo que ocurre en nosotros. El mundo, sin el pensar humano, queda a medio hacer.


Conocer no es fotografiar: es terminar la obra

Aquí aparece una de las tesis más bellas y más incómodas del libro:

El conocer no copia la realidad: la completa.

No somos espectadores en una platea cósmica. Somos cocreadores. El pensar no acompaña al conocimiento: lo constituye.
El concepto no se agrega desde fuera; emerge cuando el pensar entra en contacto vivo con lo dado.

La verdad, entonces, no cae del cielo. Se genera.
Es una producción del espíritu humano en encuentro con el mundo.


La experiencia: puerta de entrada, no juez supremo

Todo conocimiento comienza como experiencia.
Pero la experiencia —dice Steiner— no es el criterio último de verdad. Es apenas el umbral.

Colores, sonidos, calor… no están “ahí fuera” tal como los vivimos. Son reacciones de nuestra organización. La fisiología lo confirma: entre el estímulo externo y la vivencia consciente no hay parecido alguno.

¿Conclusión?
No percibimos el mundo “tal cual es”, sino como representación.
Y sin embargo —aquí viene el giro— eso no nos encierra en un idealismo estéril. Porque el pensar no inventa la esencia: la hace visible.


Donde nace el error (y donde no)

El error no está en la percepción.
Está en el juicio.

Donde no hay juicio, no hay error. El error surge dentro del acto de conocer, cuando el concepto no logra unirse correctamente con lo dado. La teoría del conocimiento, por eso, no estudia objetos: se estudia a sí misma. Piensa el pensar.


Idealismo objetivo: una síntesis audaz

Steiner no niega el mundo exterior ni lo disuelve en la mente. Propone algo más fino:
la realidad plena aparece cuando lo dado y el concepto se unen.

A eso lo llama idealismo objetivo.
El conocimiento no sustituye la realidad ni la refleja: la culmina.

Las leyes no nacen del pensar solo, ni del mundo solo.
Nacen del encuentro.


El yo, la conciencia y el acto libre

El yo no crea el mundo.
Lo que hace es restaurar la unidad que el mundo ya es, pero que aparece fragmentada en la experiencia inmediata.

Conocer es un acto de libertad. El primero.
Porque comprender una ley como propia —no como imposición externa— es el inicio de la libertad.

La libertad no es ausencia de ley.

Es posesión consciente de la ley.

Así, el proceso del conocer se revela como un camino evolutivo hacia la libertad.


Cuando el yo se disuelve… y el mundo aparece

En la contemplación pensante auténtica ocurre algo extraño y hermoso:
el “yo aquí” y el “objeto allá” se desvanecen.
Queda la estructura inteligible del mundo.

El yo deja de ser límite y se vuelve lugar de revelación.

No hay verdad sin pensamiento.
No hay mundo completo sin conciencia.


Epistemología: el significado de saber

Las ciencias nos dicen qué sabemos.
La teoría del conocimiento nos dice qué significa que sepamos.

Y en ese acto —humano, creativo, libre— se manifiesta, dice Steiner, el núcleo más íntimo del mundo.

Conocer no es un lujo intelectual.
Es una responsabilidad ontológica.

Porque al conocer, el mundo termina de llegar a ser.

sábado, enero 31, 2026

La Nueva Revolución Industrial: Cuando los Humanos Necesitamos Ser Más Humanos

Estamos viviendo un momento histórico comparable a la invención de la imprenta o la llegada de la electricidad. La inteligencia artificial no es simplemente otra herramienta tecnológica más: es el inicio de una nueva revolución industrial que transformará radicalmente cómo trabajamos, aprendemos y nos relacionamos con el conocimiento.


El Fin de las Destrezas Definitivas

Durante décadas, el modelo educativo nos prometió una fórmula simple: estudia una carrera, domina una habilidad específica, y tendrás un futuro laboral asegurado. Ese paradigma ha quedado obsoleto. Ya no podemos estudiar para adquirir una destreza definitiva que nos acompañe toda la vida profesional.

La verdadera carrera del futuro es nuestra capacidad de reinventarnos constantemente. No se trata ya de cuánto sabemos, sino de nuestra disponibilidad para aprender, desaprender y volver a aprender.


Una Revolución en el Lenguaje

Algo extraordinario ha ocurrido: el lenguaje de programación ahora es el lenguaje humano. Por primera vez en la historia de la computación, las máquinas nos entienden cuando hablamos naturalmente. No necesitamos intermediarios para comunicarnos con los computadores. Se acabó la era de depender exclusivamente de especialistas en TI o de dominar complejos lenguajes de programación para que nuestras ideas se materialicen.

Esta democratización del acceso a la tecnología cambia todo. La barrera entre la idea y su ejecución se ha vuelto más delgada que nunca.


Expertos del Dominio, No Programadores

Nuestros hijos no deben aprender a programar como prioridad (aunque puedan hacerlo si les apasiona). Deben convertirse en expertos de un cierto dominio de la realidad: medicina, agricultura, educación, arte, sostenibilidad, cualquier campo donde puedan desarrollar comprensión profunda.

La IA será su copiloto. La inteligencia artificial empoderará al experto, multiplicando su capacidad de impacto. La fórmula es clara: Expertos humanos + IA = super humanos.

Incluso la biología se revela ahora como información que puede ser leída, interpretada y eventualmente modificada con estas nuevas herramientas.


La Universidad Reimaginada

Si las habilidades técnicas específicas tienen fecha de vencimiento cada vez más corta, ¿para qué iremos a la universidad? La respuesta es profunda y esperanzadora: iremos a aprender a pensar, a colaborar en equipos de trabajo complejos, y a comprender sistemas en profundidad.

La educación superior recuperará su propósito original: formar pensadores críticos, solucionadores de problemas complejos, personas capaces de navegar la ambigüedad y liderar en contextos de incertidumbre.


Enamorarse del Problema, No de la Herramienta

Aquí reside quizás la lección más importante: debemos enamorarnos del problema, no de la herramienta. La IA, por poderosa que sea, es solo un medio. Lo que realmente importa es la pregunta fundamental que cada uno de nosotros debe hacerse: ¿De qué problema de la gente me quiero hacer cargo?

Nuestros sueños son un tema medular. No los sueños de riqueza o fama, sino los sueños de impacto, de contribución, de dejar el mundo un poco mejor de como lo encontramos.


La Paradoja: Ser Más Humanos en la Era de las Máquinas

Y aquí llegamos a la hermosa paradoja de nuestro tiempo: precisamente cuando las máquinas se vuelven más inteligentes, los humanos necesitamos ser más humanos.

Necesitamos cultivar aquello que las máquinas no pueden replicar: empatía profunda, creatividad genuina, juicio ético, capacidad de dar y recibir confianza, construcción de sentido, liderazgo inspirador, conexión emocional auténtica.


Human Empowerment: De Eso Se Trata

Al final, toda esta revolución tecnológica tiene un solo propósito legítimo: el empoderamiento humano. No se trata de reemplazar a las personas sino de expandir dramáticamente lo que cada persona puede lograr.

Se trata de liberar a millones de personas de tareas repetitivas para que puedan dedicarse a lo que verdaderamente importa. Se trata de democratizar capacidades que antes estaban reservadas para unos pocos. Se trata de permitir que cada persona, sin importar su origen o recursos, pueda convertir sus ideas en realidad.


La revolución ya comenzó. La pregunta no es si participaremos en ella, sino cómo lo haremos. ¿Seremos espectadores pasivos o protagonistas activos? ¿Nos aferraremos con miedo al pasado o abrazaremos con curiosidad el futuro?

El mundo necesita personas que piensen profundamente, que sientan con intensidad, que se atrevan a soñar en grande y que tengan el coraje de hacerse cargo de los problemas que realmente importan.

Ese es el verdadero llamado de esta nueva era.