Terminé este libro con la sensación de haber entrado a una sala que siempre había visto desde la puerta. La política es un tema que me cuesta. En mi casa no se hablaba de ella, y mi formación en el tema es bastante reducida. Quizás por eso este libro me impactó tanto: me obligó a pensar en cosas que nunca me había preguntado.
Una palabra con tres orígenes
Lo primero que me sorprendió fue la historia de la palabra misma. "Populismo" aparece por primera vez en la Rusia de 1880, y en ese momento no significaba nada de lo que hoy imaginamos. Era un país rural, con un 90% de la población viviendo del campo, en comunidades que trabajaban la tierra de manera colectiva y no individual. Jóvenes de ciudad, incluso aristócratas, dejaron sus casas para irse a vivir como el pueblo, para conocer sus costumbres y su espíritu. Era un movimiento de búsqueda, de curiosidad por el otro. Duró poco: la revolución de 1917 trajo a un grupo ideologizado al poder y ese populismo se extinguió.
Después aparece en Estados Unidos, tras la guerra civil. Los pequeños agricultores del centro del país, aplastados por los bancos, los dueños de los ferrocarriles y los grandes terratenientes, se unieron y formaron el People's Party para defenderse. Y más tarde, entre las dos guerras mundiales, el término reaparece en la literatura, con novelistas que quisieron escribir sobre el pueblo y no sobre la aristocracia.
Tres orígenes, tres cosas distintas. ¿Cómo llegó una palabra tan noble en su origen a tener el sentido que hoy le damos?
El problema de fondo: quién es el pueblo
Pero el corazón del libro no está en la palabra, sino en la democracia. Con la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa se instala una idea nueva y poderosa: el soberano es el pueblo. Los gobernantes ya no lo son por derecho de sangre, sino porque representan a la gente.
Y ahí empieza el problema. Al principio no se votaba uno a uno, y las mujeres tardaron mucho en hacerlo. Se decidía en asambleas, por aclamación, como si el pueblo hablara con una sola voz. Pero esa unanimidad era una ilusión. Una nación está hecha de gente que ve el mundo de maneras distintas y que se agrupa para defender sus intereses. Cuando llegó el voto, llegó también el desencanto: mucha gente no participa porque no se siente parte, y quien gana termina representando a una fracción pequeña de la población.
Ese conflicto de representatividad, plantea el libro, nunca se resuelve del todo. Siempre va a estar ahí.
Cuando el gobernante dice "yo soy el pueblo"
En este contexto aparece la idea populista de representación. Los plebiscitos acortan la distancia entre gobernante y ciudadanos: la autoridad pregunta y el pueblo responde. Las iniciativas populares hacen el camino inverso. Hasta ahí, suena a más democracia.
Lo inquietante viene cuando algunos gobernantes dejan de sentirse representantes del pueblo y pasan a sentirse el pueblo. Si yo soy el pueblo, lo que yo pienso es lo que el pueblo piensa. Es inevitable pensar en varios líderes latinoamericanos que se vieron a sí mismos de esa manera.
Y entonces estorba todo lo que está en el medio: los poderes legislativos, los que vigilan que se cumplan las leyes y las constituciones, la prensa, esas voces que nadie eligió pero que preguntan y contradicen. Los poderes intermediarios son incómodos, y muchas veces se les ataca o se busca acallarlos.
Lo que me quedó dando vueltas
Me quedé pensando en que el populismo nace de una necesidad legítima: que el pueblo se sienta escuchado. Y que puede terminar en lo contrario: alguien que habla en nombre de todos y no deja espacio a quienes piensan distinto.
Es un libro exigente, pero para alguien que viene de afuera de la política, como yo, fue una puerta de entrada valiosa.
¿Qué tan escuchados nos sentimos hoy como ciudadanos? Y cuando alguien dice hablar en nombre del pueblo, ¿cómo sabemos a quién representa realmente?






















