martes, octubre 06, 2026

IA, preguntas y humanidad: lo que aprendí en Cristo Vive

Cuatro lunes con quienes acompañan a los más pobres: lo que aprendí hablando de IA

Hace poco terminé un taller de Coaching en IA con el equipo ejecutivo de la Fundación Cristo Vive. Cuatro sesiones. Lo acordamos con su gerente general, Fernando Contardo, y puedo decir sin exagerar que fue una experiencia bella.

Cristo Vive trabaja con las personas que tienen menos recursos: capacitación, salud primaria, educación, discapacidad, adicciones. Gente que pasa sus días mirando de frente la vulnerabilidad. Y yo llegaba a hablarles de inteligencia artificial.

¿Qué podía tener que decirles una tecnología a quienes cuidan personas?

Alejandro Medina, Esteban Ramirez, Claudio Orrego, Ana María Salgado, Ivan Olate, Kelly Calderón

No fue un taller técnico

Hubo herramientas, claro. Probamos distintos modelos con una misma pregunta. Vimos cómo se arma un buen prompt, cómo conversar con un cuaderno de fuentes, qué diferencia hay entre un chat y un agente que actúa con autonomía.

Pero lo que de verdad ocurrió fue otra cosa. Se conversó de cómo les pasaba a ellos con todo esto. Había quienes sentían temor y quienes sentían fascinación. Algunos se preocupaban por el empleo, otros por los riesgos, otros veían una oportunidad para llegar más lejos con la gente que atienden.

Esa mezcla fue lo más valioso. Al final, el propio grupo lo dijo: lo que más apreciaban era la dinámica que se había dado entre ellos.

Creo que ahí está un ingrediente esencial de lo que yo hago. Facilitar no es transmitir información. Es abrir un espacio donde las personas puedan decir qué les pasa.

Una herramienta, dijeron

Si hubo una palabra que el grupo quiso conservar fue esa: herramienta. La IA es una herramienta.

Me gusta, porque ordena. Pero no estoy seguro de que alcance. Un martillo no escribe una carta. Una herramienta que escribe, que conversa, que consuela, ¿sigue siendo solo una herramienta?

El dilema del texto escrito desde el alma

En una de las sesiones surgió un punto que quedó flotando en el aire, y que todavía me ronda.

Cuando escribo algo desde el alma, con mis imperfecciones, y la IA produce un texto que puede ser leído y juzgado como mejor que el mío, ¿qué hago? ¿Me quedo con mi versión pristina, o me paso a la asistida?

Casi todos, en el grupo, dijeron que preferían la carta humana, aunque fuera menos impecable. Pero entonces vino la otra pregunta: ¿cómo vamos a distinguir su origen? Si ya no podemos, ¿qué le pasa a la confianza entre las personas?

Y hay un matiz que me parece importante. Puede ocurrir que lea lo que me propone la IA y diga: sí, esto es justo lo que quería decir, solo que yo no lo había podido decir así. ¿Puedo entonces asumir ese texto como mío? Creo que sí, si me hago cargo. Si lo leo, lo reconozco y respondo por él. Pero admito que no lo tengo resuelto.

Es un peligro y a la vez un aporte. Las dos cosas a la vez.

Fernando Contardo, Teresa Winter, Nicolas Morovich, Carmen, Verónica y Gabriel

No hay escapatoria, pero sí un borde

No llegamos a una conclusión definitiva, y no creo que fuera el objetivo. Lo que sí tengo claro es lo siguiente.

Esta ola nos va a alcanzar, queramos o no. Puede distorsionar algo de lo humano que somos. Ignorarla no nos protege.

Lo mejor que podemos hacer es no ser ignorantes. Aprender de estas tecnologías, probarlas, equivocarnos con ellas. Y buscar ese borde por el cual no nos aplasten, sino que nos potencien. Que nos hagan más humanos, no menos.

Uno de los temas que quedó asentado fue la potencia de las preguntas. En un mundo donde las respuestas se vuelven abundantes, lo escaso son las preguntas que uno habita y de las que uno se hace responsable. Fernando nos regaló las suyas en la última sesión, nacidas de su trabajo con quienes más lo necesitan. Eran preguntas con alma, y ninguna IA podría haberlas hecho por él.

Lo que me llevo

Me llevo la certeza de que la conversación entre personas vale más que cualquier demostración técnica. Me llevo el respeto por un equipo que, con todos sus temores, se atrevió a mirar de frente algo nuevo. Y me llevo la sospecha de que el recurso escaso del futuro no serán las respuestas, sino el propósito.

Y tú, que lees esto: si una máquina escribiera hoy mejor que tú lo que sientes, ¿publicarías su texto o el tuyo?



jueves, octubre 01, 2026

Cuidado con enamorarse

Visito a mi madre periódicamente y conversamos un día sobre la pareja, el amor y el enamoramiento, desde nuestras reflexiones y experiencias. Hay matices, diferencias, coincidencias. Llego a mi casa, retomo el tema con ChatGPT. Le cuento lo que he conversado, lo que pienso del tema y le pido ayuda para enriquecer la conversación. Le pido aportes. iniciamos una conversación. va y viene. Finalmente le pido que escriba un posteo de blog con lo que hemos conversado. Me entrega un material, lo leo, lo presenta bien, lo que me parece una buena provocación de un tema sensible. Te lo comparto:


Probablemente pocas frases parecen más absurdas que esta:

Cuidado con enamorarse.

Nos han enseñado exactamente lo contrario. Desde las novelas hasta las canciones, desde Hollywood hasta nuestros propios recuerdos, enamorarse aparece como una de las mejores cosas que pueden ocurrirnos.

Y, por supuesto, lo es.

Estar enamorado puede ser maravilloso.

Pero eso no significa que siempre sea bueno que nos ocurra.

Hace algún tiempo conocí los trabajos de Helen Fisher, antropóloga norteamericana que dedicó buena parte de su vida a estudiar el amor romántico. Sus investigaciones mediante imágenes cerebrales muestran algo fascinante: cuando una persona está intensamente enamorada se activan zonas del sistema de recompensa cerebral vinculadas con la dopamina, algunas de las mismas que participan en fenómenos adictivos. Fisher llegó a hablar del enamoramiento como una “adicción natural”.

Esto explica bastante bien algunas cosas que todos conocemos.

El enamorado no mira simplemente a otra persona.

La mira bajo una luz especial.

Esa persona se vuelve extraordinaria. Nos interesa cómo habla, cómo camina, qué piensa. Sus virtudes se magnifican y sus defectos pueden incluso parecernos encantadores.

Hay una focalización brutal de la atención.

Entre ocho mil millones de seres humanos, de pronto uno adquiere una luminosidad que los otros siete mil novecientos noventa y nueve millones no tienen.

Y aquí aparece lo que, para mí, es todavía más interesante.

Cuando me enamoro, no sólo descubro al otro

Descubro también una versión desconocida de mí mismo.

Me sorprendo diciendo cosas que no decía.

Siento emociones que creía perdidas.

Aparecen deseos, valentías, vulnerabilidades, fantasías.

El mundo parece ensancharse.

Tal vez por eso enamorarse resulta tan irresistible.

Creemos que estamos fascinados por otra persona, pero una parte importante de la fascinación puede provenir de la persona en que nosotros mismos nos convertimos cuando estamos con ella.

El otro nos abre una puerta.

Y detrás de esa puerta aparecemos nosotros.

Quizás sea por eso que una experiencia amorosa importante nos transforma, incluso cuando termina.

Uno rara vez sale del enamoramiento exactamente como entró.

El enamoramiento como fuerza evolutiva

Helen Fisher distingue tres grandes sistemas relacionados, pero diferentes: el deseo sexual, la atracción romántica y el apego. Su hipótesis es que el amor romántico habría evolucionado para concentrar nuestra energía reproductiva en una persona determinada, mientras que el apego favorecería la permanencia suficiente de la pareja para criar juntos.

Visto así, el enamoramiento es una maquinaria extraordinariamente poderosa.

Imaginemos una pareja joven, disponible, que se encuentra, se enamora, decide construir una vida, tiene hijos y con los años transforma la exaltación inicial en cariño, complicidad, sexualidad, amistad, cuidado y proyecto común.

En ese escenario, el enamoramiento parece casi una genialidad de la evolución.

Hace que dos desconocidos se digan:

“Contigo.”

Y comiencen una historia.


Pero la misma fuerza puede caer como una bomba

¿Qué ocurre cuando esa maquinaria se activa en una persona que ya tiene una historia construida?

Veinte años de matrimonio.

Tres hijos.

Una casa.

Una red de amistades.

Proyectos.

Una empresa.

Una identidad familiar.

Y un martes cualquiera aparece alguien.

Y ocurre.

Se enamora.

El sistema cerebral no pregunta por el estado civil.

No consulta a los hijos.

No revisa la cuenta corriente.

No calcula las consecuencias.

Simplemente se enciende.

Y comienza entonces una de las confusiones más peligrosas:

“Si siento algo tan intenso, debe ser verdadero.”

Puede ser verdadero.

Pero de ahí no se sigue que deba ser obedecido.

Ese me parece el punto central.

Sentir no obliga a actuar

Nos cuesta mucho aceptar esta distinción porque hemos convertido la autenticidad en una especie de mandamiento:

“Si esto es lo que siento, tengo que seguirlo.”

No necesariamente.

Un sentimiento puede ser auténtico y una decisión basada en él puede ser desastrosa.

Uno puede enamorarse genuinamente de alguien y, al mismo tiempo, concluir:

“Esto que me está ocurriendo no quiero convertirlo en acción.”

Esa posibilidad me parece profundamente humana.

No consiste en negar lo que sentimos.

Consiste en no entregar automáticamente el timón de nuestra vida a aquello que sentimos.

Porque el enamoramiento tiene una característica particularmente peligrosa: altera nuestra valoración de la realidad justamente cuando nos sentimos más lúcidos que nunca.

El enamorado suele pensar:

“Ahora finalmente entendí.”

Puede que haya entendido algo.

Pero también puede estar mirando la realidad desde un estado de intensificación emocional extraordinario.

No tomar decisiones permanentes desde estados transitorios

Ésta quizá sea la regla que me interesa rescatar.

No sólo para el amor.

También para el miedo, la rabia, la euforia, el resentimiento.

Los grandes estados emocionales contienen información preciosa.

Pero no necesariamente contienen instrucciones.

Escúchalos. No siempre los obedezcas.

Si alguien que lleva veinte años casado se enamora de otra persona, quizá la primera pregunta no debiera ser:

“¿Dejo a mi mujer?”

Tal vez debiera ser:

“¿Qué está despertando en mí esta persona?”

¿Qué parte mía estaba dormida?

¿Qué extraño?

¿Qué deseo?

¿Qué se perdió en mi vida?

¿Qué estoy proyectando sobre esta persona?

¿Qué me está mostrando este enamoramiento sobre mí?

Aquí aparece una posibilidad extraordinariamente interesante.

El enamoramiento que amenaza con destruir una vida podría convertirse también en una fuente de información para transformarla.

No siempre, por supuesto.

Hay matrimonios que deben terminar.

Hay encuentros tardíos que abren caminos verdaderos.

No pretendo defender la conservación de cualquier pareja a cualquier precio.

Mi punto es otro:

la intensidad de una emoción no constituye por sí sola evidencia de que debamos reorganizar nuestra vida alrededor de ella.


Quizás enamorarse sea maravilloso precisamente porque es peligroso

El fuego sirve para cocinar.

También puede quemar una casa.

Nadie concluye por eso que el fuego sea malo.

Aprendemos a relacionarnos con él.

Quizás con el enamoramiento deberíamos hacer algo parecido.

Celebrarlo cuando llega.

Escucharlo.

Dejarnos sorprender por aquello que revela de nosotros mismos.

Pero también conservar una pequeña zona de conciencia capaz de observarlo.

Una voz que diga:

“Estoy enamorado. Esto que siento es enorme. Precisamente por eso voy a tener cuidado con lo que hago.”

Porque algunas veces enamorarse puede ser el comienzo de una vida.

Y otras veces puede ser el comienzo de su demolición.

La emoción puede ser igualmente verdadera en ambos casos.

Lo que cambia es qué hacemos con ella.

A veces creemos que nos enamoramos de una persona. Quizás también nos enamoramos de quien descubrimos que podemos ser cuando estamos con ella.



jueves, septiembre 24, 2026

Con la IA florece el desierto florido

Esta metáfora del desierto florido, sobre la relación entre la inteligencia artificial (IA) y los humanos, me la aportó Pedro Flores. Él dice que el agua de nuestras preguntas, de nuestras intervenciones, hace que de la IA broten las flores de un desierto florido. Que no es en los fierros de la tecnología donde brotan las flores, sino en las mentes y los corazones de nosotros, las personas.

La inteligencia artificial es mirada por muchos con desconfianza, como un espacio desértico, como datos y más datos, amasados y recuperados a la velocidad del rayo, sin ser más que un "loro estocástico" (una conexión de palabras mediante algoritmos estadísticos).


Me pregunto cómo funciona nuestro cerebro cuando hablamos, generando ese río de palabras que no tuvieron tiempo para ningún preámbulo, ningún borrador, generadas en procesos de alta velocidad, una palabra tras otra, en apariencia con total lógica, sentido y racionalidad.
¿No seremos también algún tipo de loro estocástico más desarrollado?

La IA, esa cosa al otro lado de la pantalla, parece un verdadero desierto si no se nos ocurre nada que preguntar, nada que pedir.
Es cuando en nosotros brotan las preguntas, surgen los pedidos, que al ser lanzados a la superficie del desierto de la IA, hacen emerger y aflorar más maravillas.
Esto nos pone frente a frente al verdadero desafío que es la IA. ¿Cuáles son tus preguntas, cuáles son tus inquietudes, cuáles son tus intereses?

Tras estas preguntas está mi servicio, que llamo Coaching de las Preguntas para la Era de la IA.

Pero no es solo eso. Cuando te llega de vuelta la devolución de la IA, necesitas criterio, discernimiento, intención, para que de verdad puedan florecer las flores de lo que estoy llamando el desierto florido.
No se trata de que la IA piense por ti, sino de que te ayude a pensar mejor tú.

La IA puede generarte muchas ideas, muchos brotes. Solo tú puedes saber cuál te sirve y cuál no, cuál vale la pena y cuál más vale descartar; ese criterio es solo tuyo. Y debes tenerlo desarrollado.


Los principales brotes surgen de tu introspección, de tu silencio, de tu experiencia, de tus conversaciones con otros. Y a partir de ellos vas a la IA y profundizas, ensanchas, vas más lejos, en un diálogo entre pares, sabiendo siempre que el que tiene la experiencia, las emociones, la chispa divina, eres tú. Y solo tú.

Estoy convencido de que la convivencia con la IA nos obliga a profundizar y, a veces, a iniciar el desarrollo personal. Porque la IA, y el posible desierto florido que emerja, es solo resorte tuyo.



miércoles, septiembre 23, 2026

Libro Nunca te pares de Phil Knight

Un joven con una idea y 50 dólares prestados

Phil Knight es un norteamericano del estado de Oregon, justo al norte de California. Estudió periodismo en la Universidad de Oregon, donde practicaba mucho atletismo bajo la dirección de su entrenador —y más tarde socio— Bill Bowerman. Después hizo un MBA en Stanford, donde desarrolló, como trabajo de curso, la idea de un emprendimiento: importar zapatillas deportivas desde Japón.

¿Cuántas grandes empresas no nacieron así, como un ejercicio académico que alguien decidió tomarse en serio?

Le pidió un préstamo de 50 dólares a su padre y partió con un amigo a dar la vuelta al mundo, con la excusa de pasar por Japón y ofrecerse como representante de las zapatillas Tiger de Onitsuka Co. Les dijo a los japoneses que era representante de la firma Blue Ribbon Sports, que en ese momento no existía. Lo logró, y al volver a Estados Unidos comenzó su emprendimiento.


Un viaje que terminó solo

Ese viaje no lo inició solo Phil Knight, sino con su amigo de Stanford, Carter. Hicieron una parada en Hawái, donde se quedaron trabajando un tiempo. Ahí Carter conoció a una mujer de la que quedó prendado y decidió no continuar. Phil llegó a Japón solo y siguió solo el resto de la vuelta al mundo: Hong Kong, Filipinas, Tailandia, Vietnam, India, Nepal, Kenia, Egipto, Israel, Turquía, Italia, Francia, Alemania, Austria, Grecia e Inglaterra.

Fue en Grecia, visitando la Acrópolis, donde vio el templo de Atenea Niké, la diosa griega de la victoria. ¿Sabría entonces que ese nombre terminaría definiendo el resto de su vida?


Blue Ribbon Sports y los primeros pasos

En 1964, Phil y Bill Bowerman crean la sociedad Blue Ribbon Sports, con un aporte de aproximadamente 500 dólares cada uno. El primer pedido fue de 300 pares de zapatillas Tiger. Phil vendía personalmente, yendo a las competencias de atletismo en su auto, con las zapatillas en el maletero.

El primer empleado fue Jeff Johnson, otro atleta que había conocido en Stanford. Vendía igual que él, en los eventos deportivos, y fue quien años más tarde propuso el nombre Nike para la empresa —un nombre que había soñado—. Otra contratación relevante fue Bob Woodell, atleta entrenado también por Bowerman, que más tarde sería el primer COO de la compañía. Las primeras contrataciones fueron todas así: atletas y corredores que entendían el deporte porque lo vivían.


La empresa que crecía más rápido de lo que el banco toleraba

Un aspecto notable del desarrollo de la empresa de Phil Knight son sus frecuentes problemas con el banco, producto de un crecimiento rápido y de una falta de capital de trabajo adecuado. El banco veía poco patrimonio, poca caja y deuda creciente.

En 1971, el First National Bank of Oregon le cortó el financiamiento para las cartas de crédito que necesitaba para importar desde Japón. Knight salió a buscar un nuevo banco y lo encontró en el Bank of California. Fue por esa época que apareció una trading company japonesa, Nissho Iwai, que entendió el problema de Blue Ribbon y se convirtió en un pulmón financiero clave.

En 1975 debieron pagar una deuda importante con Nissho, para lo cual vaciaron las cajas de todos sus locales y empezaron a tener rebotes de cheques. El Bank of California les cortó el financiamiento y llamó al FBI por sospecha de estafa.

¿Cuánta innovación real nace justo en ese borde, entre la audacia y el desastre?


El nacimiento de una marca propia

La presión de los pedidos crecientes a Onitsuka fue deteriorando la relación. Phil entendió que no podían seguir dependiendo de un solo proveedor extranjero y decidieron fabricar sus propias zapatillas, bajo su propia marca.

Fue la diseñadora Carolyn Davidson, a quien había conocido en la universidad, quien diseñó el logo de Nike, el ya célebre "swoosh". Le pagó por ese trabajo 35 dólares. Corría el año 1972. Poco después, Phil Knight rompió con Onitsuka y se lanzó de lleno con su propia marca y su propia producción. En esa innovación, el aporte de Bill Bowerman como socio fue fundamental.


De 50 dólares a 32.000 millones

Cuando Phil Knight publicó este libro, en 2016, Nike tenía más de 50.000 empleados y había pasado de 30.000 a 32.000 millones de dólares en ventas anuales, con contratos de fabricación en más de 140 fábricas repartidas en 15 países.

Hoy entiendo que Nike está pasando por serios aprietos, llevando adelante medidas de ajuste estratégico, con ventas anuales por sobre los 46.000 millones de dólares y una planilla de 73.000 empleados a nivel global.

¿Será que toda gran historia empresarial está condenada a repetir, tarde o temprano, la misma tensión entre crecer y sobrevivir con la que empezó?



miércoles, septiembre 16, 2026

¿Quién condujo la creación de esto?

Hace unos días me quedé dando vueltas a una pregunta que aparece cada vez con más frecuencia en mis conversaciones: ¿quién es el autor de un texto escrito con ayuda de una inteligencia artificial?

La pregunta parece técnica. No lo es. Es una pregunta sobre qué significa crear, y por lo tanto sobre qué significa ser alguien que tiene algo que decir.


Autoría no es producción material

Empecemos por una distinción que me parece básica y que sin embargo olvidamos con facilidad: autoría no es lo mismo que fabricar cada pieza con las propias manos.

Un director de cine es autor de una película aunque no opere la cámara, no componga la música, no cosa el vestuario ni pronuncie una sola línea de diálogo. Un arquitecto es autor de una casa levantada por cientos de manos que no son las suyas.

¿Qué los hace autores, entonces? Sostienen una intención. Toman decisiones. Responden por el resultado.

Con la IA ocurre algo parecido, aunque más desconcertante, porque la máquina entra justamente en el territorio que considerábamos más íntimo: las ideas y las palabras.


La pregunta cambia de forma

Creo que "¿quién escribió esto?" va a ir perdiendo interés. Y que en su lugar aparecerá otra mucho más reveladora:

¿Quién condujo la creación de esto?

Pienso en cómo trabajo yo. Traigo una intuición nacida de una conversación, de una lectura, de una sesión de coaching. Le digo a la IA: hay algo aquí, ayúdame a pensarlo. Ella me propone tres interpretaciones. Una me incomoda, otra me parece trivial, la tercera abre una puerta que yo no había visto.

Yo atravieso esa puerta. Después corrijo, elimino, incorporo una experiencia propia, pregunto por un filósofo, rechazo una analogía, encuentro otra mejor, reorganizo el argumento y finalmente digo: esto expresa lo que quiero decir.

¿De quién es ese texto?

Para mí la pregunta decisiva no es cuántas palabras puse yo y cuántas puso la máquina. Es otra: ¿quién decidió qué merecía permanecer? ¿Quién le dio dirección y sentido? ¿Quién está dispuesto a poner su nombre debajo y responder por lo dicho?


Los cuatro verbos

Si tuviera que resumir la autoría que viene, la apoyaría en cuatro verbos: originar, conducir, discernir y hacerse responsable.

Originar una inquietud que sea realmente tuya. Conducir el proceso en vez de delegarlo. Discernir entre lo que la máquina propone, que es la parte más exigente y la que menos se nota. Y hacerse responsable por la obra terminada.

Ese último verbo me parece el más importante de todos. El botón "Generar" no puede cargar con ninguna responsabilidad. Tú sí.


Pero hay una trampa

No toda colaboración con IA convierte automáticamente a alguien en autor.

Si alguien escribe "hazme una novela sobre un hombre que pierde la memoria", recibe doscientas cincuenta páginas, las hojea y las publica con su nombre, su autoría creativa es, como mínimo, muy débil. No hubo intención sostenida, no hubo discernimiento, no hubo nada que responder.

En cambio, si una persona pasa meses conversando, construyendo personajes, rechazando caminos, introduciendo recuerdos propios, cambiando estructuras, reescribiendo escenas y preguntándose qué quiere realmente decir, estamos frente a otra cosa completamente distinta.

La diferencia no está en la herramienta. Está en cuánto de uno mismo se puso en juego.


Voces que estaban mudas

Hay algo que me entusiasma en todo esto, y es que la IA va a ensanchar enormemente el territorio de quienes pueden crear.

Durante siglos hubo millones de personas con historias extraordinarias que jamás escribieron un libro, no porque no tuvieran qué decir, sino porque escribir bien era una barrera técnica demasiado alta.

Hoy una mujer de ochenta y dos años puede contar oralmente su infancia, discutir esas historias durante meses con una IA, reconstruir episodios, organizar capítulos, cuestionar sus propios recuerdos y terminar dejándoles a sus nietos un libro que sola jamás habría podido producir.

¿Es menos valioso porque necesitó ayuda?

Yo diría que lo que estamos presenciando es la caída radical del costo de convertir una experiencia interior en una obra exterior. Eso va a producir muchísimo material mediocre, inevitablemente. Pero también va a liberar voces que hasta ahora permanecían mudas.


Lo que se vuelve escaso

Y aquí aparece la paradoja que más me interesa.

Cuando la máquina puede producir diez alternativas en segundos, escribir deja de ser el recurso escaso. Lo escaso pasa a ser tener algo que decir.

Por eso sospecho que mientras mejores sean las máquinas escribiendo, más importantes se volverán las preguntas profundamente humanas: ¿qué me importa? ¿Qué he vivido? ¿Qué quiero comprender? ¿Qué quiero decir? ¿Qué estoy dispuesto a sostener como mío?

Esto conecta directamente con algo que vengo trabajando en mi práctica: la autoría se desplaza parcialmente desde escribir las respuestas hacia hacerse responsable de las preguntas, de las elecciones y del sentido.


El arquitecto y los ladrillos

Quizás dentro de algunos años decir "este libro lo escribí completamente solo" resulte tan curioso como si hoy un arquitecto declarara con orgullo: "y además puse personalmente todos los ladrillos".

La IA no mata al autor. Puede estar obligándonos a descubrir que ser autor nunca consistió simplemente en poner palabras sobre una página. Consistía en hacerse cargo de una mirada sobre el mundo.

Y entonces te dejo la pregunta: de todo lo que has creado en tu vida, ¿qué estarías dispuesto a firmar hoy y sostener como tuyo?



lunes, septiembre 14, 2026

Libro Parásitos de la Argentina de Marcos Ayerra

Leyendo este libro de Marcos Ayerra tuve una sensación extraña: la posibilidad de un estallido social visto desde otro ángulo. No el de las consignas ni las movilizaciones, sino el de los miles de abusados por los parásitos múltiples que hay en cada país, en este caso en Argentina.


Una metáfora personal que se vuelve país

El autor tuvo una experiencia de salud que lo marcó. Siendo un tipo sano y deportista, empezó a decaer sistemáticamente, sin explicación, hasta que un buen médico detectó que tenía parásitos. Supo del remedio, lo aplicó, y poco a poco se fue sanando por completo.

De eso trata el libro: de la enfermedad de Argentina, producto de siete parásitos que Marcos Ayerra identifica y recorre a lo largo de sus páginas. ¿No es notable que un país entero pueda describirse con la misma lógica que un cuerpo enfermo?


La industria del juicio

El primero lo conozco de cerca, aquí en Chile, aunque el libro lo describe como la mafia judicial argentina. Un empleado de ingreso reciente a una empresa es despedido por pillarlo robando. Este demanda a la empresa, con un abogado elegido ad hoc, en un tribunal también ad hoc, por una suma exorbitante. Y gana el juicio.

Recuerdo a un amigo mío que pilló a un empleado robando salmones. Le descerrajaron el locker y ahí estaban, varios salmones. Lo despiden y él demanda. Gana el juicio con jugosos dividendos, por el indebido procedimiento de forzar un recinto privado. Recuerdo la furia de mi amigo, e imagino las decisiones que tomó después, ninguna a favor de seguir siendo empresario.


Gremios, impuestos y prebendas

Después vienen los excesos gremiales: sindicatos fuertes que se nutren de una caja basada en aportes no menores de los empleados, sin preguntarles nunca si querían pertenecer o no. Alianzas entre políticos y dirigentes gremiales poderosos, que usaban ese poder para movilizar gente a favor de esos mismos políticos.

Y las prebendas, ese entramado de favores y privilegios que el Estado reparte entre unos pocos mientras el resto paga la cuenta.

Después está la carga impositiva. Argentina sostiene más de 140 impuestos, tasas y contribuciones entre nación, provincias y municipios, aunque solo seis de ellos concentran cerca del 85% de toda la recaudación. ¿Para qué sirven entonces los más de 130 restantes, salvo para justificar burocracia y desincentivar el trabajo formal? Sería tan fácil eliminarlos.


La burocracia absurda

Para importar cualquier cosa hay que obtener la firma de algún funcionario. Terreno fértil para la corrupción. Y por otro lado, burocracias que pretendían proteger a empresarios locales, de manera que no tuvieran competencia extranjera. Todo este tipo de trabas está siendo atacado por el nuevo gobierno de Milei.


La informalidad como síntoma

Me llamó especialmente la atención el ataque a la informalidad. Un número no menor de personas que trabajan en empresas lo hacen de manera informal, eludiendo así el pago de impuestos y sus aportes al sistema de salud y de jubilación. El número de informales en Argentina es monumental, y de ahí las pésimas jubilaciones y la pobreza extendida.


¿Quién paga estos costos?

Todos estos costos dificultan el arranque del país, el camino de vuelta a lo que alguna vez fue: uno de los más ricos del mundo. Y los culpables de todo esto, la propagada corrupción nacional, son los que Ayerra llama parásitos, sembrados y multiplicados por gobiernos de izquierda y gobiernos populistas por igual.

Claro que hace falta un estallido social, pero no el de siempre. Uno que venga de ese mar de gente sin poder, resignada, acostumbrada a soportar estas malas prácticas.

¿Será Milei la solución?

domingo, septiembre 13, 2026

Libro El desborde de Eugenio Tironi

El país que no vimos venir

El estallido social que ocurrió en Chile el 18 de octubre de 2019 (18-O) fue un evento inesperado, violento, de amplio espectro, que nos remeció a todos.

No lo esperábamos, está claro. El presidente llegó a decir que estábamos siendo atacados por poderes externos, en aquella frase que ya quedó en la memoria colectiva: "estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie". El desconcierto era total, desde abajo hasta el más alto nivel.

Eugenio Tironi publica este libro a principios de marzo de 2020, muy poco después del estallido. Y en él intenta entender qué pasó.


Una explicación que no se conforma con una sola causa

Me llama la atención la complejidad que despliega Eugenio Tironi. La cosa es multidimensional. ¿Cómo reducir a una sola causa algo que se venía gestando por tantos frentes distintos? Los intérpretes monocausales están, sin duda, equivocados.

Tironi recurre a muchos autores a nivel global que analizan fenómenos parecidos ocurriendo en muchos lugares, dejando la sensación de que lo que pasaba aquí no era un fenómeno local, sino una expresión bastante global.


El fin de la promesa meritocrática

Un hecho concreto: la baja en el crecimiento y en la productividad. El producto interno bruto viene cayendo de un rango de 5 a 7 % de crecimiento anual, a uno de 2 a 4 %, llegando incluso al 0,6 %.

Esto deshace la expectativa de la meritocracia, es decir, la idea de que si trabajas duro, lograrás lo que sueñas. Eso empieza a no cumplirse. Y genera una frustración fuerte y transversal. El malestar.


El Modelo y la soledad del individuo

Hay un sistema de pensamiento instalado que justifica las diferencias de ingresos y riqueza: el llamado Modelo. Se centra en un eje fundamental en lo económico, el mercado como el gran regulador, con precios libremente fijados que guardan una información que un Estado nunca es capaz de recopilar.

Y está también el individualismo y el fin de los movimientos masivos. El marxismo, la socialdemocracia y el social cristianismo sucumben ante esta lógica. La lucha de clases se evapora. Cada persona pasa a ser responsable y culpable de su propio éxito o fracaso.

¿Qué le queda entonces a quien fracasa, si ya no hay a quién culpar más que a sí mismo? De ahí que el estallido provocó la congregación de miles de hombres y mujeres reducidos a la soledad de la nada, que al ser parte de esta masa que se congrega, sienten algo muy especial de pertenencia, de ser parte de algo significativo. Aunque lo que persigan sea quemarlo todo, ya es un sentimiento fundamental muy valorado.


El empoderamiento femenino y el fin de la deferencia

Un factor esencial en todo esto es el empoderamiento de la mujer, la revolución feminista, que es un fenómeno global de gran importancia en nuestra época.

La educación ensanchada que hemos vivido transforma la idea de sí mismo que la gente tiene. En Río de Janeiro, cuando un carabinero detiene a alguien por exceso de velocidad, por ejemplo, y este le dice "usted sabe a quién está tratando", el carabinero se cohíbe y lo deja ir.

Esto ya no pasa en Argentina, y tampoco en Chile. La respuesta que se viene imponiendo es otra: "y a mí qué me importa".


Los airbags que dejaron de proteger

Tironi llama "los airbags" a instituciones como la Iglesia, los gremios y los partidos políticos, que han perdido su peso y prestigio social.

La Iglesia, por los abusos sexuales y la forma en que la institución los escondió —y con ello los protegió—, dañó gravemente su prestigio. Los partidos políticos dejaron de representarnos y se transformaron en máquinas de empleo y asignación de cargos, de una tribu preocupada solo de autosustentarse en sus posiciones de privilegio.

Los fraudes de las grandes empresas, como el del papel confort de una papelera que gozaba del mejor prestigio de Chile, se fueron al carajo. Lo mismo con las farmacias y los pollos. Y el financiamiento de los políticos a cambio de prebendas fue dañándolo todo. Mal también los empresarios.

¿Cómo no iba a estallar algo, cuando incluso los referentes de la élite recomendaban hacer bingos para financiar el arreglo del techo de una escuela, o levantarse más temprano para lidiar con el aumento de las tarifas del transporte? Y para rematar, aquel empresario que intentó echar a unas bañistas de "su" playa —siendo abogado, y por ello mejor conocedor de las leyes— se viralizó rápidamente en las redes sociales.


Lo que vino después

Al final, el estallido social estaba cantado. Lo que siguió, el acuerdo del 15 de noviembre para ir por el cambio de la Constitución, fue un acto genial. Aparte, el encierro de la pandemia fue un factor no menor.

Tironi recomienda descartar medidas violentas contra el estallido y, más bien, dejarlo evolucionar: esa energía se irá consumiendo sola. Surfear la ola, se podría decir, en vez de intentar detenerla. Y reflexionar sobre lo que está pasando.

Lo que vino después ya lo sabemos, y Tironi no lo sabía cuando escribió el libro. Al parecer esa energía rabiosa se calmó. ¿Sigue por ahí escondida, esperando su momento, o simplemente se apagó de pura desazón?

Un libro importante, escrito con la lucidez y el profesionalismo de un intelectual como Eugenio Tironi.

¿Tú qué crees: la rabia del 18-O se transformó en algo nuevo, o simplemente quedó dormida esperando la próxima chispa?