Terminé de leer No teníamos negros, de Montserrat Arre Marfull, y quedé golpeado.
No por sorpresa intelectual. Sino por algo más incómodo: el reconocimiento.
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| Montserrat Arre |
La historia humana está llena de horrores que alguna vez parecieron naturales.
Chile abolió la esclavitud en 1823. Antes incluso existía la "libertad de vientre": todo hijo de esclava nacía libre. Estuvimos entre los primeros en América Latina en avanzar en esa dirección.
Pero abolir una ley no significa abolir una mirada.
Lo que el libro muestra con mucha fuerza es que, después de la Guerra del Pacífico, Chile incorporó territorios del norte donde la presencia afrodescendiente era estructural —no marginal. El sistema minero de Potosí había requerido enormes cantidades de mano de obra esclava. Arica era la salida al Pacífico de toda esa riqueza. Los negros estaban ahí desde hace siglos, tejidos en la historia de esa tierra.
Y sin embargo, Chile fue construyendo una narrativa de sí mismo como país "blanco-mestizo", dejando lo negro en un rincón borroso de la memoria.
"No teníamos negros."
El título del libro es brutal en ese sentido. No significa que no existieran. Significa que aprendimos a no verlos.
Leyendo esto, me vino un recuerdo personal que me incomodó bastante.
Hace años, un pololo de una hija mía me generaba una reacción física extraña. Yo conscientemente quería recibirlo bien. Pero algo en mí —quizás por cómo se vestía, cómo se movía— reaccionaba con desconfianza. Como si se me "pararan los pelos".
Esa experiencia me hizo pensar que dentro de nosotros todavía habitan mecanismos tribales muy profundos.La pregunta no es si los tenemos. La pregunta es qué hacemos con ellos.
Porque una cosa es sentir el impulso primario. Otra muy distinta es convertirlo en desprecio, discriminación o violencia. Y la historia muestra cuán fácilmente lo segundo puede ocurrir cuando nadie lo cuestiona.
Hoy Chile vuelve a transformarse.
Las calles se llenaron de nuevos colores, nuevos acentos, nuevas culturas. Venezolanos, haitianos, colombianos. El país se volvió de nuevo más mestizo, más híbrido, más múltiple.
Y las reacciones son diversas. Hay miedo. Hay rechazo. Hay racismo abierto. Pero también hay apertura.
En mi caso, siempre he sentido más curiosidad que amenaza ante lo distinto. Creo que tiene que ver con años de coaching: he aprendido que cada mirada diferente amplía el mundo. Que cada cultura trae conversaciones nuevas. Que cuando aparece alguien distinto en un grupo, la conversación se enriquece. Se vuelve menos tribal. Más humana.
Por eso este libro me dejó pensando no solo en la historia de Chile, sino en algo más amplio y más urgente:
Lo rápido que construimos jerarquías entre personas.
Y lo difícil que nos resulta mirar verdaderamente al otro como un igual.
Quizás una de las tareas más profundas de una sociedad —y de cada uno de nosotros— sea justamente esa: aprender a convivir con la diferencia sin convertirla en amenaza.
Porque cuando una cultura empieza a creer que ciertos seres humanos valen menos que otros, la barbarie nunca está demasiado lejos.
Y la historia, cuando se cuenta bien, nos lo recuerda.







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