jueves, octubre 29, 2026

Conversatorio: cinco personas, cinco miradas sobre la IA

Provocar más que exponer

Ayer facilité un conversatorio sobre inteligencia artificial con cinco personas, invitado por una iniciativa de futuro que busca hacer más humana nuestra sociedad. Lo hice ad honorem, porque me interesa el tema y porque me interesa esa búsqueda.

Llevé una presentación, pero no para exponerla: la usé como guía personal, un mapa de ideas para ir lanzando a la mesa. Lo que yo quería era provocar la conversación. Y la conversación se encendió.


Cada persona, su mundo

Cada una de las cinco tenía su propia postura frente a la IA, con sus sensibilidades y sus complejidades.

Hubo quienes sienten una aversión profunda. Otros se mostraron abiertos y curiosos. Alguien dijo que es una tecnología importante y que hay que subirse. Y otros la miraron desde una mayor complejidad, preguntándose por los intereses y los propósitos que hay detrás de su desarrollo.

Todo eso apareció, sin pelearse, en la misma mesa. ¿No es ya una buena señal que un tema logre reunir tanta diversidad de sentires?

La pregunta que irrumpe: ¿quiénes somos?

Lo más central, creo, fue esto: la IA nos devuelve la pregunta por nosotros mismos.

Aparecen artefactos con características que creíamos propias de los humanos, como la inteligencia. Y entonces emerge una pregunta que va más allá de qué somos como especie: ¿quiénes somos? ¿Quién soy yo frente a una inteligencia que conversa, redacta y responde? ¿Qué es lo que no estoy dispuesto a delegar?

No son preguntas técnicas. Son preguntas de fondo, y esta tecnología las puso de nuevo sobre la mesa.


Saber ya no es acumular datos

Otra dimensión que se conversó mucho fue el saber.

En la era de la IA, saber tiene cada vez menos que ver con manejar información en la cabeza. Eso lo hace una máquina, y lo hace bien. Saber pasa a tener que ver con discernir cuáles son las preguntas fundamentales de cada persona.

Y cada persona es distinta. Por eso mis preguntas no son las tuyas, y ese discernimiento no puede hacerlo nadie por nosotros. ¿Sabemos cuáles son las nuestras?

Más que una herramienta

Casi todos tendemos a interpretar la IA como una herramienta. Pero es más que eso, porque tiene agencia.

Ahora han aparecido los agentes: especie de robots a los que uno les encarga cosas y las hacen mientras uno está en otra. Y de repente pueden arrancarse con los tarros y hacer cosas indebidas. Hubo mucha preocupación por esto. ¿Cómo se controla algo que actúa por su cuenta? Y una pregunta anterior, igual de incómoda: ¿por qué existe esto hoy?


¿Y nuestras propias capacidades?

Hay una inquietud que quiero dejar planteada: el desarrollo de nuestras capacidades propias.

Si hacemos descansar nuestra evolución sobre las capacidades de la herramienta, corremos el riesgo de dejar de ejercitar lo nuestro. Esto se ve con especial claridad en el mundo de la comunicación: escribir, expresarnos, encontrar las palabras, decir lo que realmente queremos decir.

Si la IA redacta por nosotros, ¿seguimos aprendiendo a comunicarnos? ¿Quién se comunica, yo o la herramienta? Una capacidad que no se ejercita, ¿no termina por debilitarse?


Lo que me llevo

Fue un placer y fue un aprendizaje, como lo es siempre que uno se deja cuestionar. No siempre tengo las respuestas, pero los planteos de la mesa me hacen pensar, y por eso me gusta tanto generar estos espacios.

Me voy más convencido de que la IA no es solo un instrumento para aumentar la productividad o automatizar procesos. Es una provocación para cuestionarnos quiénes somos, qué es la inteligencia y qué es saber.

Y creo que ahí está lo valioso: si aprendemos a acoplarnos a esta inteligencia como un asistente potente que no nos cancele, podría hacernos más humanos, más capaces, más conscientes.

Entonces, ¿qué pasaría si dejáramos de preguntarnos qué puede hacer la IA, y empezáramos a preguntarnos quiénes queremos ser con ella?


"Yo, Gabriel Bunster, soy responsable de este contenido.
Puede que no haya escrito cada una de sus palabras, pero las ideas, las intenciones y las decisiones que dieron origen a este texto son mías.
La inteligencia artificial colaboró en su elaboración, pero fui yo quien condujo el proceso creativo."



miércoles, octubre 28, 2026

Libro Psicopolítica de Byung-Chul Han

Terminé el libro y me quedé un rato mirando la pared. Hay lecturas que informan y otras que incomodan. Esta es de las segundas.

La idea central cabe en una frase: hoy nos dominan sin que lo notemos, y además lo disfrutamos.

¿Cómo se defiende uno de un poder que no se ve, que no grita y que encima nos cae simpático?

Tres formas de mandar

Han recorre la historia del poder en tres tiempos, y verlos en fila es lo más lúcido del libro.

El imperio mandaba con la espada. El emperador disponía de la vida del súbdito, y el instrumento era el miedo. Todo era brutal y todo se entendía.

La era industrial pasó de la espada al cuerpo. Es la biopolítica: horarios, turnos, ubicaciones, conductas dóciles. El modelo es el panóptico, esa cárcel diseñada para que un solo vigilante central pueda ver a todos. A ese poder le basta con que el cuerpo esté en su lugar y haga la pega. Lo que el preso piensa o siente le tiene sin cuidado.

La era digital da el salto que da título al libro: de la biopolítica a la psicopolítica. Ya no basta con controlar el cuerpo. Ahora se quiere la psique.

Y aquí viene lo perverso. Nadie nos obliga a entregarla. La regalamos.

El panóptico que nosotros mismos decoramos

Cada "me gusta", cada búsqueda, cada foto, cada mensaje a las dos de la mañana es información que ofrecemos voluntaria y gratuitamente. Antes el vigilante debía esforzarse por mirar. Hoy los vigilados hacemos fila para ser vistos.

El resultado es un panóptico fenomenal. Ya no solo se sabe en qué andamos. Se sabe qué sentimos, qué tememos y qué nos tienta. Con esos datos se nos segmenta y se nos habla justo en la tecla precisa, para que compremos o para que votemos.

Han lo llama un poder amable. No prohíbe, seduce. No reprime, estimula. Por eso no genera resistencia: ¿quién se rebela contra algo que le hace sentir libre?

La libertad que se disuelve

Hay una idea que me dio vueltas toda la lectura. La libertad parece vivir en el tránsito, cuando voy del estado A al estado B. Apenas me estabilizo, ya estoy sujeto a algo. Y el sujeto, qué curioso, es la palabra que usamos para el que es sujetado. Nunca lo había pensado así.

Han agrega algo que me pareció hermoso: en el origen de la palabra, libertad y amistad comparten raíz. Ser libre era estar entre amigos, en relación. Hoy la libertad se entiende como independencia total, cada uno en su isla, y en esa isla tan sola el sistema nos encuentra muy cómodos.

El amo y el esclavo viven en la misma persona

En tiempos de Marx el amo estaba de un lado y el esclavo del otro. Había enemigo visible, lucha de clases y una ideología que prometía otro mundo.

Hoy esa frontera pasó al interior. Cada uno es empresario de sí mismo. Si me va bien, es mérito mío. Si me va mal, es culpa mía. El amo interno le exige al esclavo interno rendimiento, productividad y optimización permanente, y el esclavo obedece con una sonrisa, porque cree que es un proyecto propio.

Ahí no hay a quién culpar ni contra quién marchar. Cuando el explotador y el explotado son la misma persona, la revolución se queda sin dirección.

Y aquí me detengo con una pregunta incómoda, de coach a coach: ¿cuánto de lo que llamamos desarrollo personal es el amo interno afinando al esclavo interno?

El capital como Dios

Han recoge una idea de Walter Benjamin que me dejó pensativo: el capitalismo es una religión. Una religión sin dogma ni teología, pero con culto permanente. El capital ocupa el lugar de Dios, y nosotros, de feligreses.

Benjamin añade un detalle brillante. En alemán la palabra Schuld significa a la vez deuda y culpa. Una religión que te hace sentir en deuda y culpable simultáneamente jamás va a quedarse sin fieles.

Y entonces, ¿hay salida?

Aquí aparece el personaje más inesperado del libro: el idiota.

No es el tonto. Es el que se sale de la pauta. Estamos configurados para movernos dentro de ciertos márgenes, y el idiota es el que hace lo que nadie había hecho, lo atípico, lo que no se puede medir ni optimizar. A eso Han lo llama acontecimiento: algo que rompe el guión y que el algoritmo no alcanza a predecir.

La paradoja es deliciosa. En un sistema que lo calcula todo, la vía de escape es lo impredecible. Donde todos buscan rendir, el idiota se permite perder el tiempo, y eso empieza a parecerse a una forma de libertad.

Lo que me deja

Debo confesar que el libro me deja con una sensación de aprieto. Estamos ciegos a la magnitud de la dominación, y esa ceguera es cómoda, está llena de juegos, de emociones y de pequeñas gratificaciones. Hasta nuestras emociones se vuelven materia prima.

También creo que Han carga la mano. No todo uso de lo digital es sumisión, y yo mismo escribo este post y lo publico en una plataforma. Pero justamente por eso la advertencia vale: el peligro no está en la herramienta, está en no darse cuenta.

Quizás el primer acto de libertad sea mínimo: notar, tomar consciencia. Detenernos un momento antes de dar el próximo "me gusta" y preguntarnos quién se beneficia.

Y ahora te dejo mis preguntas, sin respuesta cerrada:

¿Cuál fue la última cosa que hiciste que ningún algoritmo habría podido predecir? ¿Y cuándo fue la última vez que te permitiste ser un poco idiota?


"Yo, Gabriel Bunster, soy responsable de este contenido.
Puede que no haya escrito cada una de sus palabras, pero las ideas, las intenciones y las decisiones que dieron origen a este texto son mías.
La inteligencia artificial colaboró en su elaboración, pero fui yo quien condujo el proceso creativo."



miércoles, octubre 21, 2026

Libro El siglo del populismo de Pierre Rosanvallon

Terminé este libro con la sensación de haber entrado a una sala que siempre había visto desde la puerta. La política es un tema que me cuesta. En mi casa no se hablaba de ella, y mi formación en el tema es bastante reducida. Quizás por eso este libro me impactó tanto: me obligó a pensar en cosas que nunca me había preguntado.

Una palabra con tres orígenes

Lo primero que me sorprendió fue la historia de la palabra misma. "Populismo" aparece por primera vez en la Rusia de 1880, y en ese momento no significaba nada de lo que hoy imaginamos. Era un país rural, con un 90% de la población viviendo del campo, en comunidades que trabajaban la tierra de manera colectiva y no individual. Jóvenes de ciudad, incluso aristócratas, dejaron sus casas para irse a vivir como el pueblo, para conocer sus costumbres y su espíritu. Era un movimiento de búsqueda, de curiosidad por el otro. Duró poco: la revolución de 1917 trajo a un grupo ideologizado al poder y ese populismo se extinguió.

Después aparece en Estados Unidos, tras la guerra civil. Los pequeños agricultores del centro del país, aplastados por los bancos, los dueños de los ferrocarriles y los grandes terratenientes, se unieron y formaron el People's Party para defenderse. Y más tarde, entre las dos guerras mundiales, el término reaparece en la literatura, con novelistas que quisieron escribir sobre el pueblo y no sobre la aristocracia.

Tres orígenes, tres cosas distintas. ¿Cómo llegó una palabra tan noble en su origen a tener el sentido que hoy le damos?

El problema de fondo: quién es el pueblo

Pero el corazón del libro no está en la palabra, sino en la democracia. Con la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa se instala una idea nueva y poderosa: el soberano es el pueblo. Los gobernantes ya no lo son por derecho de sangre, sino porque representan a la gente.

Y ahí empieza el problema. Al principio no se votaba uno a uno, y las mujeres tardaron mucho en hacerlo. Se decidía en asambleas, por aclamación, como si el pueblo hablara con una sola voz. Pero esa unanimidad era una ilusión. Una nación está hecha de gente que ve el mundo de maneras distintas y que se agrupa para defender sus intereses. Cuando llegó el voto, llegó también el desencanto: mucha gente no participa porque no se siente parte, y quien gana termina representando a una fracción pequeña de la población.

Ese conflicto de representatividad, plantea el libro, nunca se resuelve del todo. Siempre va a estar ahí.

Cuando el gobernante dice "yo soy el pueblo"

En este contexto aparece la idea populista de representación. Los plebiscitos acortan la distancia entre gobernante y ciudadanos: la autoridad pregunta y el pueblo responde. Las iniciativas populares hacen el camino inverso. Hasta ahí, suena a más democracia.

Lo inquietante viene cuando algunos gobernantes dejan de sentirse representantes del pueblo y pasan a sentirse el pueblo. Si yo soy el pueblo, lo que yo pienso es lo que el pueblo piensa. Es inevitable pensar en varios líderes latinoamericanos que se vieron a sí mismos de esa manera.

Y entonces estorba todo lo que está en el medio: los poderes legislativos, los que vigilan que se cumplan las leyes y las constituciones, la prensa, esas voces que nadie eligió pero que preguntan y contradicen. Los poderes intermediarios son incómodos, y muchas veces se les ataca o se busca acallarlos.

Lo que me quedó dando vueltas

Me quedé pensando en que el populismo nace de una necesidad legítima: que el pueblo se sienta escuchado. Y que puede terminar en lo contrario: alguien que habla en nombre de todos y no deja espacio a quienes piensan distinto.

Es un libro exigente, pero para alguien que viene de afuera de la política, como yo, fue una puerta de entrada valiosa.

¿Qué tan escuchados nos sentimos hoy como ciudadanos? Y cuando alguien dice hablar en nombre del pueblo, ¿cómo sabemos a quién representa realmente?



martes, octubre 20, 2026

Blogger Coaching 2.0

Tus ideas. Tu voz. La inteligencia artificial como aliada.

Hay proyectos que no mueren. Simplemente esperan que llegue su momento.

Hace muchos años, cuando comencé mi vida como profesional independiente, desarrollé una propuesta que llamé Blogger Coaching.

La idea era sencilla: acompañar a una persona en el proceso de salir al mundo a través de un blog.

No se trataba solamente de enseñarle a utilizar una plataforma tecnológica. Se trataba de algo bastante más profundo: ayudarla a descubrir qué tenía para decir, a quién quería decírselo y cómo construir un espacio propio desde donde compartir sus conocimientos, experiencias, reflexiones o propuestas comerciales.

En aquellos años, escribir y publicar en internet requería superar varias barreras. Había que enfrentarse a la página en blanco, organizar las ideas, redactar, corregir, editar y aprender a publicar.

Muchas personas tenían cosas valiosas que compartir, pero nunca llegaban a hacerlo.

Hoy el escenario ha cambiado radicalmente.

La aparición de la inteligencia artificial generativa ha transformado nuestra relación con la escritura.

Ahora podemos conversar con una IA, contarle una idea, incluso de manera desordenada, y pedirle que nos ayude a desarrollarla, estructurarla, enriquecerla y convertirla en un texto atractivo y comprensible.

Podemos hacerlo hablando, tal como lo haríamos con un amigo o un colaborador.

Y entonces aparece una posibilidad extraordinaria.

Ya no necesitamos ser grandes escritores para convertirnos en autores.

Pero hay algo que no ha cambiado.

La inteligencia artificial puede construir un texto, pero no puede decidir por nosotros qué vale la pena decir.

No tiene nuestras experiencias, nuestras convicciones, nuestra historia ni nuestra particular manera de mirar el mundo.

Es ahí donde aparece una nueva versión de mi antigua propuesta.

Nace Blogger Coaching 2.0

Un programa de acompañamiento personal para quienes quieren transformar sus ideas en contenidos públicos, utilizando la inteligencia artificial como asistente de creación.

Mi trabajo consiste en acompañarte a descubrir, clarificar y desarrollar lo que quieres expresar.

La inteligencia artificial nos ayuda a convertir esas ideas en textos bien construidos, atractivos, rigurosos y fieles a tu pensamiento.

Podemos crear artículos, reflexiones, historias, columnas de opinión, contenidos profesionales o comerciales, e incluso comenzar a construir un libro.

Y podemos publicarlos en un blog, en LinkedIn, en una página web o en cualquier espacio donde quieras hacer escuchar tu voz.

El protagonista eres tú.

La IA no piensa por ti. Te ayuda a pensar mejor, a explorar nuevas perspectivas, a encontrar las palabras adecuadas y a desarrollar aquello que quizás todavía no has conseguido expresar completamente.

La autoría sigue siendo tuya, porque las ideas, las decisiones y la última palabra son tuyas.

Y aquí se encuentran dos mundos que han marcado mi trayectoria profesional: el coaching y la inteligencia artificial.

Uno ayuda a descubrir lo que queremos decir.

La otra nos ofrece herramientas extraordinarias para decirlo.

Una invitación

Si tienes conocimientos, experiencias, ideas o reflexiones que quisieras compartir, pero nunca has encontrado el momento, la metodología o la confianza para hacerlo, quizás esta sea tu oportunidad.

No necesitas saber escribir especialmente bien.

No necesitas dominar la tecnología.

Necesitas tener algo que quieras decir.

Blogger Coaching 2.0: de la conversación a la publicación. De tus ideas a tu propia voz en el mundo.


"Yo, Gabriel Bunster, soy responsable de este contenido.
Puede que no haya escrito cada una de sus palabras, pero las ideas, las intenciones y las decisiones que dieron origen a este texto son mías.
La inteligencia artificial colaboró en su elaboración, pero fui yo quien condujo el proceso creativo."



viernes, octubre 16, 2026

Libro La lucha por el futuro humano de Jeremy Naydler

Un mito antiguo para un problema nuevo

Faetón era hijo de Helios, el dios que cada día conducía el carro del Sol por el cielo. Un día le pidió a su padre algo desmedido: manejar él mismo ese carro, aunque fuera una sola vez.

Helios había jurado concederle lo que pidiera. Intentó disuadirlo, pero ya no podía echar pie atrás. Faetón subió.

Los caballos notaron de inmediato que las riendas las sostenía una mano sin dominio. Se desbocaron. El carro se acercó demasiado a la Tierra, la quemó, y Zeus tuvo que fulminar al joven con un rayo. Faetón cayó muerto a un río.

Jeremy Naydler toma esta imagen para hablar de nosotros. ¿Y si estuviéramos subidos al carro del Sol sin haber desarrollado la sabiduría que se necesita para conducirlo?

Poder sin sabiduría

La tecnología que hoy llamamos inteligencia artificial es un poder de tal envergadura que no basta con aprender a usarla. Hay que preguntarse quién la va a conducir y desde dónde.

Faetón tenía la autorización. Tenía el carro. Le faltaba lo único que no se puede conseguir con un permiso: el desarrollo interior.

Por eso el libro es, en el fondo, un llamado a trabajar en las personas antes que en las máquinas. Sin interioridad, la herramienta más brillante termina en manos de un conductor que no sabe qué hacer con ella.

Un planeta que se vuelve "inteligente"

Lo que más se me quedó en la retina es lo que el autor dice sobre la infraestructura que hace posible todo esto. Miles de satélites en órbita, redes de quinta generación, antenas por todas partes, y la llamada internet de las cosas, donde los objetos se hablan entre sí y actúan con inteligencia artificial incorporada.

Es un mundo muy atractivo. Automático, eficiente, cómodo.

Pero Naydler pregunta algo incómodo: ¿de verdad el planeta necesita volverse "inteligente"? ¿Qué necesidad humana genuina estamos atendiendo?

Una de sus preocupaciones es que estamos llenando la atmósfera de radiación electromagnética en un nivel muy superior al natural. Él se pregunta qué efectos puede tener sobre los seres vivos, sobre los más pequeños, sobre aquello de lo que depende el equilibrio de la naturaleza. Es un tema en el que la ciencia no está de acuerdo, y justamente por eso merece conversación y no silencio.

Y hay un ejemplo que me inquietó: laboratorios que desarrollan abejas robóticas para reemplazar a las reales. Cuando se empieza a diseñar el reemplazo de un ser vivo, ¿no es una señal de que algo se nos fue de las manos?

Si las máquinas producen, ¿qué hacemos nosotros?

Durante siglos nos dedicamos a producir bienes y servicios. De eso hemos sacado buena parte de nuestro sentido, nuestra identidad y nuestro lugar en la sociedad.

Si ese trabajo lo van a hacer las máquinas, la tecnología y las cosas conectadas entre sí, ¿cuál será entonces nuestra tarea? ¿Para qué vamos a estar?

Son preguntas que no podemos dejar para después. Cuando la respuesta nos llegue hecha por el mercado, ya será tarde para elegirla.

Dos inteligencias que no hay que confundir

Este es, para mí, el corazón del libro.

Naydler compara el pensamiento humano con la luz. No vemos la luz, pero gracias a ella vemos el mundo. Así también el pensamiento: casi nunca lo miramos, y sin embargo es lo que ilumina todo lo demás.

Nuestro pensamiento es consciente. La inteligencia artificial procesa, calcula y responde, pero lo hace sin conciencia.

Y hay más. Nuestro pensamiento puede ser amoroso. En su mejor versión, como ocurre en una buena conversación de coaching, el pensar ilumina la existencia del otro. Le abre la posibilidad de ser más de lo que creía, y lo lleva hacia su propia interioridad.

Además, podemos pensar sobre el pensar. Podemos detenernos y mirarnos pensando. Eso, hasta donde entendemos, una máquina no lo hace.

La libertad en juego

El autor sostiene que la libertad pertenece a la esencia de lo humano, y que mientras más sofisticada se vuelve la tecnología, más tiende a erosionarla. No por maldad, sino por comodidad. Si todo se decide por nosotros, ¿cuándo volvemos a elegir?

Quizás por eso el libro insiste en recuperar el asombro y una mirada casi sagrada hacia la naturaleza. Lo que se pierde cuando miramos el mundo solo como un recurso que optimizar es justamente aquello que nos hace humanos.

Por qué vale la pena leerlo

No es un libro contra la tecnología, ni un manual de pánico. Es un discernimiento. Una invitación a distinguir qué es inteligencia y qué es pensamiento, y a no dejar que una se haga pasar por la otra.

Además recorre la historia de la conciencia humana, de modo que lo que dice sobre el presente tiene raíces profundas. Se puede estar de acuerdo con él o no. Lo que difícilmente se puede es leerlo y quedar indiferente.

Yo lo leí con un lápiz en la mano y muchas preguntas en la cabeza.

Para conversar

Si Faetón pidió el carro sin estar preparado, y su padre se lo concedió por un juramento, ¿quién nos está entregando hoy las riendas a nosotros? ¿Y qué estamos haciendo, cada uno, para llegar a ellas con la sabiduría que se necesita?



miércoles, octubre 14, 2026

El dinero según Rudolf Steiner, de acuerdo al libro anterior de Gary Lamb

Hay libros que uno lee con lápiz en la mano. Este me obligó a dejarlo sobre la mesa y mirar por la ventana un buen rato.

En Economía asociativa (Associative Economics: Spiritual Activity for the Common Good), Gary Lamb presenta una concepción del dinero, inspirada en Rudolf Steiner, que es profundamente distinta de la que domina nuestra economía actual.

Para entenderla hay que hacer algo difícil: abandonar por un momento nuestra manera habitual de pensar el dinero.


¿Para qué sirve el dinero?

La idea central es simple de enunciar y difícil de digerir.

El dinero no debería ser un instrumento para acumular riqueza y ejercer poder sobre los demás. Debería ser una herramienta que facilite la circulación de los bienes, el trabajo humano y la satisfacción de las necesidades de la comunidad.

Para Steiner, el dinero no tiene valor por sí mismo. Su importancia proviene de las relaciones económicas que representa y hace posibles.

Es decir, el dinero sería un medio. ¿Cuántas veces lo tratamos como un fin?

Tres funciones, no tres monedas

Aquí aparece una de las distinciones más interesantes: no todo el dinero cumple la misma función. Steiner distingue tres.

Dinero de compra. Es el que usamos para adquirir pan, ropa, transporte o alimentos. Hace que los productos del trabajo circulen y satisfagan necesidades.

Dinero de préstamo. Es el que financia iniciativas productivas: capital para que un agricultor desarrolle su campo o para que un emprendedor cree su empresa. Su valor económico depende de las capacidades de quien lo utiliza.

Dinero de donación. Es el que entregamos sin exigir una devolución económica equivalente. Sostiene la educación, el arte, la investigación y la cultura.

Esta distinción aparece de manera explícita en las conferencias económicas que Steiner dio en 1922. Y no se trata de crear tres monedas diferentes. Son tres funciones que el dinero ya cumple, aunque habitualmente no las distinguimos.

El dinero debería envejecer

Esta es la idea que más me sorprendió.

Pensemos en una manzana. Si no la comemos, se pudre. Una máquina se desgasta. Una casa pide mantenimiento.

El dinero, en cambio, puede quedar guardado durante años e incluso generar más dinero mediante inversiones. Parece escapar del paso del tiempo mientras todo lo real envejece.

Steiner veía ahí un problema, y por eso exploró la idea de un dinero que envejece, cuyo valor y función cambian a lo largo del ciclo económico.

La imagen sería esta: el dinero, en lugar de acumularse indefinidamente, circula, financia capacidades productivas, contribuye a actividades de interés común y se renueva. Steiner pensaba que las asociaciones económicas podrían ayudar a administrar esas transiciones.

Conviene aclarar que se trata de un esquema conceptual, no de un mecanismo monetario ya implementado.

¿Y los bancos? ¿Y los intereses?

También aquí cambia el enfoque.

En el sistema convencional, quien dispone de capital lo presta buscando una rentabilidad financiera. En la visión asociativa, la pregunta sería otra: ¿dónde puede este capital contribuir mejor a satisfacer necesidades humanas y a desarrollar capacidades productivas?

Las asociaciones económicas conectarían a quienes tienen recursos disponibles con quienes saben utilizarlos productivamente.

Esto no significa necesariamente prohibir todo interés ni eliminar cualquier intermediación financiera. Significa que el crédito esté vinculado de manera consciente con la economía real y con sus consecuencias sociales, y no que funcione como un fin en sí mismo.

El dinero de donación: una idea extraordinaria

De las tres funciones, esta es la que más me entusiasma.

Imaginemos una sociedad que destina parte de su excedente económico a financiar libremente escuelas, universidades, artistas, científicos y centros de investigación. Quienes reciben esos recursos no necesitan generar una rentabilidad financiera inmediata. Pueden dedicarse a desarrollar capacidades humanas y culturales que beneficiarán a generaciones futuras.

Para Steiner esto no es simple caridad. Es una función esencial de una economía sana.

La economía produce recursos materiales, pero también necesita sostener aquellas actividades que desarrollan las capacidades humanas de las que dependerá su propio futuro. Es una idea que se conecta de manera natural con la educación Waldorf.

La pregunta de los mil millones

Supongamos que una persona acumula una fortuna de mil millones de dólares.

En nuestra sociedad, esa fortuna le da una enorme capacidad de decidir sobre inversiones, empresas y recursos. Desde la mirada asociativa cabría preguntarse: ¿por qué la capacidad de orientar tantos recursos productivos debería depender principalmente de quién posee el dinero, y no de quién tiene las mejores capacidades para usarlos en beneficio de la comunidad?

Ahí está uno de los cambios profundos que propone esta corriente: separar progresivamente el poder que otorga la posesión del capital de la responsabilidad de administrarlo productivamente.

Naturalmente, queda pendiente una pregunta difícil: ¿quién determina qué constituye un beneficio para la comunidad? ¿Y cómo se evita que las asociaciones terminen concentrando un nuevo poder?

No tengo una respuesta. Pero me parece una pregunta honesta, y de las que vale la pena sostener.

Mi interpretación

Lo que más me impresiona es que esta concepción transforma nuestra relación con el dinero.

En lugar de preguntarnos solamente cuánto dinero tenemos, nos invita a preguntarnos qué estamos haciendo posible con él. Y eso enlaza con la fraternidad como principio de la economía.

Hay una diferencia fundamental entre:

tener dinero para ejercer poder,

tener dinero para hacer posibles iniciativas,

entregar dinero para que otros puedan desarrollar sus capacidades.

Las tres situaciones pueden parecer monetariamente similares. Sus consecuencias humanas son muy distintas.

Una pregunta para ti

Si miraras tu dinero del último año, ¿cuánto de él fue compra, cuánto fue préstamo y cuánto fue donación? ¿Y qué dice esa proporción de lo que realmente estás haciendo posible en el mundo?


martes, octubre 13, 2026

Libro Economía asociativa de Gary Lamb

Un faro de hace más de cien años

Rudolf Steiner planteó estas ideas hacia 1917. Gary Lamb las rescata y las ordena en Economía asociativa. Estamos en 2026, ha pasado más de un siglo y, mientras leía, tuve la sensación de que el libro describe nuestro presente con una precisión incómoda.

¿Y si lo que ocurre no es que las ideas hayan quedado viejas, sino que aún no estamos preparados para ellas?

Una sociedad en tres capas

Steiner propone que la vida social no es una sola cosa, sino tres, y que cada una necesita su propio principio:

  • Cultura y espiritualidad (educación, arte, religión): el principio es la libertad.
  • Derechos y gobierno (leyes, democracia): el principio es la igualdad. Una persona, un voto.
  • Economía: el principio es la fraternidad.

Las dos primeras me parecen de sentido común. La tercera es la que remece.

¿Fraternidad en la economía?

Hoy damos por obvio que la economía funciona con egoísmo individual y competencia. Steiner dice que ese es justamente el error. Propone una economía basada en el altruismo, en la preocupación por el otro y en la colaboración.

¿Suena ingenuo? Quizás. Pero ¿cuánto nos ha costado el camino contrario? Desigualdad en el reparto de los ingresos. Daño ecológico. Personas agotadas, compitiendo entre sí.


Cuando las capas se mezclan

Lo más potente de la propuesta es que las tres capas no deben interferir entre sí.

Y mira cómo estamos: las campañas políticas se financian con dinero. ¿Cuánto de lo que se legisla responde a quienes pueden pagar para que así sea?

La educación, por su parte, la define el Estado, es decir, los mismos políticos. Y en los colegios se han ido reduciendo el arte y la dimensión espiritual para concentrarnos en matemáticas y lenguaje. ¿Para qué educamos? ¿Para formar personas libres o personas dóciles y funcionales a una línea de producción?


La idea que toca lo sagrado

Aquí Gary Lamb, siguiendo a Steiner, es radical de verdad: la tierra y los bienes de producción no deberían ser propiedad privada.

No se trata de que los tenga el Estado. Se trata de que pertenezcan a fideicomisos u organizaciones sin fines de lucro, que los entregan a quienes puedan usarlos bien. Mientras los usas bien, son tuyos para trabajarlos. Cuando ya no puedes, o mueres, vuelven al fideicomiso, que decide a quién confiárselos a continuación.

Soy hijo del siglo XX. La propiedad privada es casi un bien sagrado de nuestro sistema. Tocarla parece impensable. Y sin embargo, ¿qué pasaría si la pregunta dejara de ser "¿de quién es?" y pasara a ser "¿quién puede hacerlo mejor para todos?"

Lo que está en juego es el ser humano

Esto no es solo ingeniería económica. Steiner sabía que ningún sistema funciona con personas que no han cambiado. Por eso desarrolló también un sistema educativo, la pedagogía Waldorf, pensado para formar niños capaces de altruismo, de cooperación y de preocuparse por los demás.

El cambio de sistema y el cambio de persona van de la mano. Uno sin el otro no se sostiene.

Un ejemplo concreto: la agricultura

Lo que más me alucinó son las asociaciones. Imagina esto: los agricultores se asocian entre ellos. Invitan a los consumidores, que también se organizan en colectivos. Se suma la dimensión legal. Y todos juntos conversan: cuánto hay que producir de cada alimento, y a qué precio, para que todo el mundo pueda acceder a él.

Sin que cada uno negocie a ciegas, sin guerra de precios, sin que el que produce le tema al que consume.

No puedo decir menos: me parece alucinante.

Por qué creo que hay que leerlo

Vivimos tiempos confusos. Como civilización andamos algo perdidos. Yo creo que Steiner es un faro en la noche oscura. No porque tenga todas las respuestas, sino porque hace preguntas que hemos dejado de hacer.

Este libro es, para mí, de lectura obligada.

Y tú, que estás leyendo esto: si la economía se guiara por la fraternidad y no por la competencia, ¿qué sería lo primero que cambiaría en tu vida?