"El preguntar es la devoción del pensar."
¿Cuándo fue la última vez que pensaste sin ningún objetivo en mente?
Aquí comparto mis impresiones y reflexiones sobre temas relacionados con el coaching profesional, que es mi actividad principal, libros que leo y otras menudencias, como una forma de compartir y propagar la conversación que estos temas generan
"El preguntar es la devoción del pensar."
¿Cuándo fue la última vez que pensaste sin ningún objetivo en mente?
La serenidad no se encuentra. Se construye.
Hay una palabra alemana que me ha estado rondando estos días: *Gelassenheit*.
No tiene traducción exacta al español. Algo así como soltar, dejar ir, dejarse llevar sin perder el centro. Wilhelm Schmid la usa como título de su libro —traducido como Serenidad— y propone algo que, a mi edad, resuena con fuerza: que la serenidad no es un estado de calma superficial, ni resignación disfrazada de madurez. Es una forma de sabiduría que se va construyendo, despacio, a lo largo de toda una vida.
¿Y cuál es la diferencia entre resignarse y ser sereno?Resignarse es rendirse. Es decirle al mundo "haz lo que quieras conmigo" y retirarse hacia adentro. La serenidad, en cambio, es algo más valiente: es aceptar lo que no puede cambiarse, y al mismo tiempo seguir actuando allí donde todavía es posible hacerlo. Schmid lo dice con una claridad que me recuerda a Epicteto: hay cosas que dependen de nosotros, cosas que no dependen, y cosas que dependen parcialmente. La sabiduría —¿y el coaching?— consiste en aprender a distinguir entre ellas.
Me pregunto cuántas personas confunden estas tres categorías a lo largo de su vida.
Hay otro punto del libro que no puedo dejar pasar: la necesidad de desarrollar una amistad con uno mismo. Schmid observa que muchos de nosotros pasamos décadas intentando cumplir expectativas ajenas, construyendo imágenes para el mundo externo, sin dedicar tiempo real a conocernos. Escucharnos. Reconciliarnos con nuestra propia historia.
No es complacencia. Es respeto.
Y luego está el tiempo. El envejecimiento. Schmid propone algo que va contra la corriente cultural: que cada etapa de la vida tiene sus dones particulares. Que los años no solo restan —también dan perspectiva, libertad respecto de las opiniones ajenas, y una capacidad creciente para distinguir lo importante de lo accesorio. A los 74 años, puedo decir que eso es verdad. No siempre fácil. Pero verdad.¿Qué estás soltando tú en este momento de tu vida?
Porque de eso se trata, en el fondo: de aprender a soltar. Proyectos que no serán. Imágenes de uno mismo que ya no encajan. Expectativas que pertenecían a otra época. Y descubrir —esto es lo que más me sorprende del libro— que muchas veces es precisamente al soltar cuando aparece una nueva libertad.
La conclusión de Schmid no promete inmortalidad ni certezas. Ofrece algo más sencillo y, a mi juicio, más valioso: la posibilidad de reconciliarse con la vida tal como es. Llegar al final pudiendo decir: participé plenamente de esta extraordinaria aventura.
Si después hay algo más, será un regalo.
Y si no, habrá bastado.
"Muriendo de horror, no tanto ante la muerte, sino ante la vida."
Sufrimiento = Resistencia × Dolor
Este libro, de reciente publicación, es un relato personal de un pasaje relevante en la vida de nuestro querido y lúcido hombre de letras, Cristián Warnken.
Muy cercano a su madre, de sensibilidad de izquierda —izquierda dura—, casada con su padre, todo lo contrario. Eso los fue distanciando; terminaron durmiendo en piezas separadas. Y se metió por los palos el poeta Eduardo Anguita, gran amigo de su madre y asiduo visitante de la casa.
Fue su madre quien lo introdujo en la literatura, la poesía y el amor intenso por la "madre revolución".Ambos sintieron profundamente, lloraron incluso, el golpe militar y la muerte trágica del presidente Salvador Allende. Vivían en un barrio donde todos alrededor celebraban su caída. Su padre tuvo que sujetar a su madre, que quiso salir a defender a Allende en las calles.
Cristián participó en un movimiento de resistencia, fue a marchas —algunas arriesgadas— durante la dictadura de Pinochet, y participó activamente en procesos electorales como el del Sí y el No, que abrió el camino a la democracia.
Un punto de quiebre para él fue el estallido social de octubre de 2019. Estuvo íntegramente en contra de la violencia y la destrucción que ahí se produjo, y quedó muy sorprendido por el silencio cómplice de toda la izquierda frente a esos actos, ocurridos a lo largo de todo el país.
Se atrevió a publicar una carta oponiéndose a la destrucción de estaciones del Metro, iglesias, centros culturales, bibliotecas... todo. Los grafitis azuzaban a matar carabineros, y había que quemarlo todo. Fue identificado, atacado ferozmente en redes sociales y un día funado en las calles de Isla Negra, mientras caminaba con su mujer e hijos. Unos jóvenes iracundos lo insultaron, y fue ahí donde uno le espetó: "amarillo".
A Cristián Warnken le gustaba flanear, caminar por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, disfrutando lo que se le iba apareciendo y los encuentros fortuitos. Dejó de hacerlo. Ese fue un doloroso cambio en los hábitos y placeres que se daba.
Desde esa posición, empezó a recibir tanto ataques como acercamientos de personas que compartían su visión. Fueron creando un movimiento, una tendencia, una voz.
Llegó la pandemia, que detuvo el estallido social. En 2022, los grupos políticos acordaron crear una vía institucional para la crisis: un proceso constituyente para dotar a Chile de una nueva Constitución.
Fue en ese proceso donde Cristián Warnken y quienes se le fueron allegando decidieron consolidarse como un movimiento de rechazo a esa Constitución, al que él mismo bautizó: Amarillos.
Y ganaron. La nueva Constitución fue rechazada por aplastante mayoría, en buena medida gracias a este movimiento que Cristián presidía.
Surgió entonces la idea —no de él— de crear un partido político. Y terminó como su presidente, participando activamente en medios y reuniones del Congreso para diseñar el siguiente proceso constituyente. Se había metido en un mundo donde jamás soñó estar. Lo suyo era la literatura, la poesía, las entrevistas en radio y televisión.Se fue a vivir al sur, a Puerto Varas, como una forma de escapar del estrés que todo esto le generaba.
En el libro, Cristián Warnken comparte con notable honestidad su proceso interno de apóstata —como él mismo se califica en la portada: Confesiones de un apóstata—. Alguien que era de izquierda y deja de serlo, sin pasarse a la derecha.
Impresionante es su viaje con su mujer a Cuba, a La Habana. Ve la realidad del mundo de la "madre revolución", el daño que le hacía a los artistas, en particular a poetas y poetisas. Conversa con ellos, asiste a eventos oficiales, observa a los poetas que sí aparecen, lo contraídos que están. Ese viaje fue la constatación definitiva de que la izquierda y su amor por la "madre revolución" era un sueño fallido.
Notable es también su alejamiento de ese mundo, sin poder del todo romper con artistas como Silvio Rodríguez o los Inti Illimani, que resonaron tan hondo en su vida.
Finalmente, renuncia a su liderazgo en el partido político y se aleja de ese mundo, volviendo a lo suyo: la poesía, las entrevistas y el flanear por las calles, algo que, varios años después, puede volver a hacer.
Un libro honesto, franco, bien escrito, que da gusto leerlo. La vida de una persona en un tiempo y un espacio donde yo también estuve, de maneras tan distintas.
Lo recomiendo especialmente.
Visitaba a mi mamá. Ella tiene 97 años. Yo, 74.
En algún momento de la conversación me hizo una pregunta que no esperaba: ¿qué es la espiritualidad?
Buena pregunta, pensé. Le propuse lo siguiente, yo contesto primero, luego tú me dices lo que piensas y luego le contamos a chatGPT qué hemos dicho y le preguntamos, qué nos dice ella de qué es la espiritualidad.Lo que yo le dije:Le dije que la espiritualidad es una dimensión natural del ser humano. Que la necesitamos. Que está muy olvidada, porque el mundo en que vivimos nos tiene concentrados en producir, en ser eficientes, en juntar plata, en entretenernos y consumir. Que en ese ruido, la dimensión espiritual quedó relegada.
Y le señalé también que espiritualidad no es lo mismo que religión. Las religiones son instituciones que se han apropiado de un libro sagrado —la Biblia, el Corán— y han construido alrededor de él un sistema de normas, reglas, jerarquías. Esa parte me carga bastante.
Lo que mi mamá me dijo:
La espiritualidad para ella tiene que ver con su relación con Jesús.
No es algo que tenga que ver con doctrina. Es una relación. Ella conversa con Dios, conversa con Jesús, y lo vive como algo real y diario. Lo vive no como una creencia intelectual, sino como una compañía genuina. Dice que es una relación muy real. Y que por ahí le viene también el sentido de lo que está bien y lo que está mal.
Yo le dije que eso era meter la moral en el baile. Pero en el fondo, sí, tiene razón: el bien y el mal son parte de la espiritualidad.
La diferencia entre nosotros no es tanta. Ella dice: "Jesús me lo muestra." Yo digo: "me sale de dentro." Pero llegamos al mismo lugar. Tenemos la misma manera de pensar sobre cómo hay que vivir.
Lo que le nos aportó la IA:
Le conté la conversación que habíamos sostenido a chatGPT y le pregunté qué nos podía decir al respecto.
Me respondió algo que me pareció un buen aporte:
"Hay ahí dos formas distintas de caminar hacia una misma montaña."
Y agregó: cuando mi mamá habla de Jesús guiándola hacia el bien, y yo hablo de una intuición profunda sobre lo correcto y lo incorrecto, ambos estamos describiendo algo parecido: una brújula interior. La diferencia está en el lenguaje del relato.
Y planteó una pregunta interesante: ¿y si "de dentro" fuera precisamente el lugar donde muchas personas encuentran a Dios?
Eso se me quedó dando vueltas.
Nuestra época ha hipertrofiado el "hacer" y ha dejado anémico el "ser". Somos brillantes fabricando medios y bastante torpes preguntándonos para qué. Tenemos más pantallas que silencio. Más conexión que comunión. Más información que sabiduría.La espiritualidad no necesariamente pertenece a las religiones, aunque las religiones intentaron custodiarla. A veces lo lograron maravillosamente. Otras veces la encerraron en reglamentos, culpas y burocracias celestiales. Como si Dios necesitara oficinas administrativas.
Pero hay algo en lo que sí creo: la espiritualidad auténtica no se mide por las creencias que uno declara. Se mide por la calidad de presencia que uno trae al mundo: cómo ama, cómo escucha, cómo cuida, cómo enfrenta el sufrimiento, cómo trata a los otros, cómo habita el tiempo.
Y hay algo más. La IA nos señaló algo que me pareció muy cierto: dos generaciones sentadas juntas preguntándose por el alma, eso ya es espiritualidad. Porque el espíritu también aparece cuando dejamos de correr y nos detenemos a conversar de verdad.
Mi mamá a los 97 años me hace preguntas que vale la pena pensar. Eso no es menor.
¿Y tú? ¿Qué es la espiritualidad para ti?
La elección delante de nosotros.
¿Qué tipo de vida merece realmente el tiempo limitado que tenemos?
Hay momentos en la vida en que algo se detiene. No necesariamente el mundo exterior —las agendas siguen, los correos llegan, las obligaciones continúan. Pero internamente aparece una pausa. Una pregunta silenciosa emerge desde algún lugar profundo:
"¿Es esta realmente la vida que quiero vivir?"
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| Arthur Brooks |
Arthur Brooks parte exactamente desde ahí. Y su respuesta, que he estado explorando con cuidado, me parece una de las más lúcidas y desafiantes que he encontrado en mucho tiempo.
El gran error que nadie nos enseñó a evitar
Gran parte de la cultura moderna nos empuja hacia una persecución interminable: más dinero, más reconocimiento, más productividad, más validación. La promesa implícita es seductora: "cuando alcances eso, finalmente te sentirás pleno."
Pero la evidencia —y la experiencia de quienes acompañamos en procesos de coaching— muestra que esa promesa suele fracasar. Muchas personas alcanzan éxito profesional, estabilidad económica, prestigio, logros visibles... y aun así experimentan vacío, ansiedad, desconexión. No porque hayan hecho algo mal. Sino porque estaban buscando plenitud en lugares que son, por su propia naturaleza, incapaces de entregarla de manera estable.
La felicidad basada exclusivamente en logros externos es frágil. Depende de circunstancias que cambian constantemente, y atrapa a las personas en una lógica de satisfacción momentánea seguida siempre por una nueva carencia.
Placer versus significado: la distinción que cambia todo
Brooks no niega que el placer importa. Los seres humanos necesitamos alegría, descanso, disfrute. Pero el placer por sí solo no sostiene una vida.
El significado aparece cuando las acciones están conectadas con valores, cuando existe contribución, cuando hay relaciones profundas, cuando la vida tiene coherencia interna. Y su observación más poderosa es esta: las personas más satisfechas al final de sus vidas no son necesariamente las más ricas o famosas, sino aquellas que sienten que amaron bien, sirvieron a otros, crecieron interiormente, y vivieron de forma congruente con quienes realmente eran.
El propósito no se encuentra: se construye
Aquí Brooks critica algo que se ha vuelto un cliché de la cultura contemporánea: la fantasía de "encontrar tu pasión perfecta", como si existiera una respuesta definitiva esperando ser descubierta en algún rincón del alma.
La realidad es más interesante y más exigente: el propósito emerge gradualmente desde la interacción entre talentos, experiencias, sufrimientos, relaciones y deseos de contribuir. La dirección de una vida no suele revelarse completamente al inicio. Se vuelve visible mientras se camina.
No necesitamos claridad perfecta para empezar. Necesitamos dar el próximo paso con intención.
Vivir eligiendo, no solo ocurriendo
Quizás la pregunta más incómoda de todo este marco es esta: ¿La vida está siendo elegida conscientemente, o simplemente está ocurriendo?
Muchas personas no toman grandes decisiones equivocadas. Simplemente nunca se detienen a elegir realmente. La vida entonces se llena de ocupación sin dirección, actividad sin sentido, éxito sin satisfacción, metas heredadas de otros, hábitos automáticos. La vida reactiva tiene sus propias comodidades: no exige cuestionamiento. Pero tiene un costo silencioso.
La vida intencional, en cambio, exige preguntarse: ¿Qué importa realmente? ¿Qué valores quiero encarnar? ¿Qué tipo de persona estoy llegando a ser? ¿Qué merece mi tiempo y mi energía?
El legado que nadie ve
Brooks también redefine algo que muchos de mis clientes cargan con peso innecesario: la idea de legado. La cultura lo asocia con fama, monumentos, reconocimiento público. Pero él propone otra mirada.
El verdadero legado suele ser invisible. Una conversación. Una enseñanza. Un acto de bondad. Una presencia constante. Un ejemplo silencioso. Pequeñas acciones pueden generar efectos que atraviesan generaciones sin que quien las realizó llegue siquiera a conocer su impacto completo.
Esto devuelve una dignidad enorme a la vida cotidiana. Y para quienes trabajamos acompañando a otros, es un recordatorio poderoso: lo que sembramos en una sesión, en una conversación difícil, en una pregunta bien hecha, puede importar mucho más de lo que creemos.
Una invitación, no una fórmula
Lo que me parece más valioso de todo este proyecto es que no es un manual de instrucciones. No promete que si sigues cinco pasos serás feliz. Es una invitación a una conversación más honesta con uno mismo.
La felicidad duradera no consiste en eliminar el sufrimiento. La vida seguirá incluyendo pérdidas, incertidumbre, frustraciones, envejecimiento, dolor. La diferencia está en si ese sufrimiento ocurre al servicio de algo que realmente importa, o persiguiendo cosas incapaces de satisfacer el corazón humano.
Y el punto de partida no requiere condiciones perfectas. No es cuando haya más tiempo, cuando desaparezcan los problemas, cuando llegue más dinero. Es ahora. Con la vida real, los recursos disponibles, las limitaciones actuales.
¿Qué tipo de vida merece realmente el tiempo limitado que tenemos?
Esa pregunta no tiene una respuesta única. Pero hacérsela con seriedad —y con honestidad— es, quizás, uno de los actos más importantes que una persona puede realizar.
Del hacer al ser:
la pregunta que cambia todo
Una conversación entre amigos sobre cómo vivir con sentido cuando ya no hay nada que demostrar.
Hoy hablé con un amigo de 82 años. Yo tengo 74. Estábamos conversando —ya no era la primera vez— sobre longevidad. No sobre remedios ni exámenes. Sobre algo más difícil: cómo vivir bien hasta el final. Cómo hacer que estos años sean significativos.
Nos dimos cuenta que la pregunta que casi siempre nos hacen es "¿qué estás haciendo?" Como si el hacer fuera todavía el asunto.Y yo me pregunto: ¿lo sigue siendo?
Durante décadas, casi todos vivimos organizados alrededor del hacer. Estudiar, producir, criar hijos, sostener proyectos, pagar cuentas, cumplir roles. El hacer nos daba identidad, estructura y reconocimiento. "¿Qué haces?" era casi lo mismo que "¿quién eres?"
Pero llega un momento —muchas veces después de jubilarse, o cerca de la conciencia de la propia finitud— en que el hacer pierde centralidad. No desaparece, pero deja de ser suficiente. Y ahí aparece una pregunta mucho más desnuda:
¿Quién estoy siendo cuando ya no necesito demostrar nada?
Muchos hombres, especialmente, quedamos entrenados para producir más que para habitarnos. Sabemos resolver problemas, pero no siempre sabemos permanecer con nosotros mismos en silencio. Entonces aparece el vacío, la sensación de irrelevancia, o esa ansiedad rara de "debería estar haciendo algo".
Pero quizás la vida tardía no sea una etapa de disminución.
Quizás sea una etapa de decantación.
Como el vino bueno, que pierde volumen y gana profundidad.
He estado pensando en algunos territorios del ser que, a esta altura, merecen atención deliberada:
Creo que los que hoy tenemos 70 u 80 años y seguimos lúcidos somos una generación inédita en la historia humana. Nunca habían existido tantos años de vida después de la jubilación, con salud razonable y capacidad intelectual. La sociedad todavía no sabe bien qué hacer con eso.Heidegger decía que el ser humano auténtico es aquel que vive consciente de su muerte. No deprimido por ella: despertado por ella.
Pero quizás ahí hay una misión nueva: inventar una nueva forma de vejez. No la vejez del retiro pasivo. Tampoco la caricatura juvenil del viejo que quiere parecer de 40. Sino una vejez consciente, profunda, conversante, libre.
Una vejez capaz de decir: ya no necesito conquistar el mundo; ahora quiero comprenderlo, habitarlo y transmitir algo valioso antes de partir.
Y quizás, al final, una vida significativa no sea una vida llena de logros. Sino una vida en la que uno logró volverse cada vez más humano.
¿Y tú? ¿Qué estás cultivando en esta etapa?
Me gustaría escucharlo.