Hay libros que uno lee con lápiz en la mano. Este me obligó a dejarlo sobre la mesa y mirar por la ventana un buen rato.
En Economía asociativa (Associative Economics: Spiritual Activity for the Common Good), Gary Lamb presenta una concepción del dinero, inspirada en Rudolf Steiner, que es profundamente distinta de la que domina nuestra economía actual.
Para entenderla hay que hacer algo difícil: abandonar por un momento nuestra manera habitual de pensar el dinero.
¿Para qué sirve el dinero?
La idea central es simple de enunciar y difícil de digerir.
El dinero no debería ser un instrumento para acumular riqueza y ejercer poder sobre los demás. Debería ser una herramienta que facilite la circulación de los bienes, el trabajo humano y la satisfacción de las necesidades de la comunidad.
Para Steiner, el dinero no tiene valor por sí mismo. Su importancia proviene de las relaciones económicas que representa y hace posibles.
Es decir, el dinero sería un medio. ¿Cuántas veces lo tratamos como un fin?
Tres funciones, no tres monedas
Aquí aparece una de las distinciones más interesantes: no todo el dinero cumple la misma función. Steiner distingue tres.
Dinero de compra. Es el que usamos para adquirir pan, ropa, transporte o alimentos. Hace que los productos del trabajo circulen y satisfagan necesidades.
Dinero de préstamo. Es el que financia iniciativas productivas: capital para que un agricultor desarrolle su campo o para que un emprendedor cree su empresa. Su valor económico depende de las capacidades de quien lo utiliza.
Dinero de donación. Es el que entregamos sin exigir una devolución económica equivalente. Sostiene la educación, el arte, la investigación y la cultura.
Esta distinción aparece de manera explícita en las conferencias económicas que Steiner dio en 1922. Y no se trata de crear tres monedas diferentes. Son tres funciones que el dinero ya cumple, aunque habitualmente no las distinguimos.
El dinero debería envejecer
Esta es la idea que más me sorprendió.
Pensemos en una manzana. Si no la comemos, se pudre. Una máquina se desgasta. Una casa pide mantenimiento.
El dinero, en cambio, puede quedar guardado durante años e incluso generar más dinero mediante inversiones. Parece escapar del paso del tiempo mientras todo lo real envejece.
Steiner veía ahí un problema, y por eso exploró la idea de un dinero que envejece, cuyo valor y función cambian a lo largo del ciclo económico.
La imagen sería esta: el dinero, en lugar de acumularse indefinidamente, circula, financia capacidades productivas, contribuye a actividades de interés común y se renueva. Steiner pensaba que las asociaciones económicas podrían ayudar a administrar esas transiciones.
Conviene aclarar que se trata de un esquema conceptual, no de un mecanismo monetario ya implementado.
¿Y los bancos? ¿Y los intereses?
También aquí cambia el enfoque.
En el sistema convencional, quien dispone de capital lo presta buscando una rentabilidad financiera. En la visión asociativa, la pregunta sería otra: ¿dónde puede este capital contribuir mejor a satisfacer necesidades humanas y a desarrollar capacidades productivas?
Las asociaciones económicas conectarían a quienes tienen recursos disponibles con quienes saben utilizarlos productivamente.
Esto no significa necesariamente prohibir todo interés ni eliminar cualquier intermediación financiera. Significa que el crédito esté vinculado de manera consciente con la economía real y con sus consecuencias sociales, y no que funcione como un fin en sí mismo.
El dinero de donación: una idea extraordinaria
De las tres funciones, esta es la que más me entusiasma.
Imaginemos una sociedad que destina parte de su excedente económico a financiar libremente escuelas, universidades, artistas, científicos y centros de investigación. Quienes reciben esos recursos no necesitan generar una rentabilidad financiera inmediata. Pueden dedicarse a desarrollar capacidades humanas y culturales que beneficiarán a generaciones futuras.
Para Steiner esto no es simple caridad. Es una función esencial de una economía sana.
La economía produce recursos materiales, pero también necesita sostener aquellas actividades que desarrollan las capacidades humanas de las que dependerá su propio futuro. Es una idea que se conecta de manera natural con la educación Waldorf.
La pregunta de los mil millones
Supongamos que una persona acumula una fortuna de mil millones de dólares.
En nuestra sociedad, esa fortuna le da una enorme capacidad de decidir sobre inversiones, empresas y recursos. Desde la mirada asociativa cabría preguntarse: ¿por qué la capacidad de orientar tantos recursos productivos debería depender principalmente de quién posee el dinero, y no de quién tiene las mejores capacidades para usarlos en beneficio de la comunidad?
Ahí está uno de los cambios profundos que propone esta corriente: separar progresivamente el poder que otorga la posesión del capital de la responsabilidad de administrarlo productivamente.
Naturalmente, queda pendiente una pregunta difícil: ¿quién determina qué constituye un beneficio para la comunidad? ¿Y cómo se evita que las asociaciones terminen concentrando un nuevo poder?
No tengo una respuesta. Pero me parece una pregunta honesta, y de las que vale la pena sostener.
Mi interpretación
Lo que más me impresiona es que esta concepción transforma nuestra relación con el dinero.
En lugar de preguntarnos solamente cuánto dinero tenemos, nos invita a preguntarnos qué estamos haciendo posible con él. Y eso enlaza con la fraternidad como principio de la economía.
Hay una diferencia fundamental entre:
tener dinero para ejercer poder,
tener dinero para hacer posibles iniciativas,
entregar dinero para que otros puedan desarrollar sus capacidades.
Las tres situaciones pueden parecer monetariamente similares. Sus consecuencias humanas son muy distintas.
Una pregunta para ti
Si miraras tu dinero del último año, ¿cuánto de él fue compra, cuánto fue préstamo y cuánto fue donación? ¿Y qué dice esa proporción de lo que realmente estás haciendo posible en el mundo?























