miércoles, marzo 04, 2026

Libro Dios nos quiere de Jesús Colina

Hay libros que llegan en el momento justo. Dios nos quiere, de Jesús Colina, es uno de ellos. Lo leí en un tiempo en que la Iglesia —y el mundo entero— vive lo que algunos pensadores describen no como una época de cambios, sino como un cambio de época. Y esa distinción lo cambia todo.


Un nuevo papa para un mundo en crisis

En mayo de 2025, el cónclave eligió a Robert Francis Prevost como papa, quien tomó el nombre de León XIV. Nacido en un suburbio de Chicago en 1955, hijo de educadores, menor de tres hermanos, cuenta la historia que ya a los 6 años jugaba a celebrar misa y darle la comunión a sus hermanos. Hay vocaciones que no se explican del todo racionalmente — simplemente están ahí desde el principio.

Su camino lo llevó a estudiar Matemáticas, Filosofía y Teología, luego Derecho Canónico en Roma, y después a cumplir su gran sueño: ser misionero en Perú. Vivió más de una década en Chulucanas y Trujillo, en el norte peruano. Llegó a pedir y obtener la ciudadanía peruana. Eso dice mucho de un hombre.

Fue Prior General de la Orden Agustina durante 12 años, obispo, y finalmente el papa Francisco lo llamó a Roma como Prefecto del Dicasterio para los Obispos — reuniéndose con él todos los sábados durante dos años. No fue un nombramiento improvisado.

La espiritualidad agustina tiene en el centro una idea poderosa: Dios se encuentra en la interioridad. No en el ruido, no en las instituciones, no en los ritos vacíos — sino adentro. Y León XIV llega a liderar una Iglesia que necesita urgentemente volver a ese centro.


La crisis que no podemos ignorar

El libro de Colina me resonó profundamente porque no esquiva los datos incómodos. Y los datos son elocuentes:

En Estados Unidos, los bautizados han caído más del 53% entre el año 2000 y el 2023. Los matrimonios católicos en el mundo se redujeron a la mitad. En España, cayeron un 80%. La edad promedio de los sacerdotes en EE.UU. pasó de 35 años en 1970 a 63 años en 2009. El número de monjas en el mundo bajó un 26%.

Podríamos quedarnos con esos números y concluir que la Iglesia se muere. Pero ese sería un diagnóstico incompleto — y perezoso.

Porque lo que en realidad está muriendo no es la fe. Es una forma cultural del cristianismo que se apoyaba en la inercia social, en la tradición heredada, en el "así se hace porque siempre se hizo así". Y cuando eso colapsa, lo que queda — lo que elige quedarse — es mucho más auténtico.


Una crisis de sentido, no solo de religión

Lo que describes Colina —y lo que yo veo también en mi trabajo como coach— es una crisis que va mucho más allá de la Iglesia. Es una crisis de sentido que atraviesa a occidente entero.

¿Cuál es el propósito de la vida? La pregunta flota sin respuesta. La cosmovisión compartida que durante siglos ordenó la existencia humana se ha fragmentado. La soledad se ha vuelto una epidemia tan seria que Inglaterra llegó a crear un Ministerio de la Soledad. El género, la vida, la muerte, la familia — todo está en disputa.

Y en ese contexto, el mensaje cristiano — Dios es amor, en el centro de todo — no suena a reliquia. Suena a respuesta.

El evangelio ofrece algo que el mundo secular no ha logrado reemplazar: un sistema de valores basado en la caridad y la compasión, una cosmovisión coherente, una comunidad de pertenencia, y la certeza de que cada persona tiene una dignidad inviolable porque es hija de Dios.


El giro que nadie esperaba: los laicos al frente

Aquí está, para mí, la noticia más esperanzadora del libro y de este momento histórico.

Mientras los sacerdotes y las monjas disminuyen, los catequistas laicos crecieron un 85% entre 2000 y 2023. Los misioneros laicos crecieron un 251,9%. Hoy son más del doble que todos los sacerdotes, monjas y obispos juntos en el mundo.

Y la asistencia a escuelas y universidades católicas sigue creciendo.

Es decir: la Iglesia institucional se contrae, pero la Iglesia viva — la de los laicos comprometidos, la de las minorías creativas que eligen ser cristianos en vez de simplemente serlo por costumbre — está más activa que nunca.

León XIV lo sabe. Y Colina lo documenta con claridad: los laicos están llamados a ser protagonistas, no espectadores ni ejecutores de lo que otros deciden.


Lo que me quedó resonando

Hay una frase de San Agustín que Colina cita y que no puedo sacarme de la cabeza:

"No es porque somos buenos que Dios nos ama, sino porque Dios nos ama llegamos a ser buenos."

En esas pocas palabras está todo. No es una religión del mérito ni del miedo. Es una religión del amor que transforma. Y en un mundo donde la gente se siente cada vez más sola, más perdida y más hambrienta de sentido, esa es una propuesta extraordinariamente relevante.

El papa León XIV llega con esa convicción en el centro. Y el libro de Jesús Colina llega para ayudarnos a entender el momento en que vivimos — y por qué importa tanto lo que hagamos con él.