miércoles, septiembre 09, 2026

Coaching de las Preguntas en la Era de la IA

Propuesta de servicio

El punto de partida

Siempre que traigo el dato de una nueva serie, Andrea, mi mujer, me pregunta: ¿Quién te la dio?

Para ella eso es importante. Y tiene razón.

Las preguntas tienen dueño. No es lo mismo una pregunta tuya que una pregunta de cualquier otro.

En la era de la IA, SABER no será tener las respuestas de preguntas memorizadas. SABER será tener preguntas — tener las propias preguntas, aquellas que habitas, aquellas de las que te haces responsable.

Por qué esto importa ahora

Somos seres cuánticos, de alta complejidad. Lo que nos pasa, lo que experimentamos, no se puede replicar. No se puede reducir a datos ni a información — la materia prima de la IA. Si lo hacemos, eso que decimos de nuestra interioridad es una degradación.

Es como el electrón, que es el resultado de lo que los cuánticos llaman el colapso de la onda que en verdad es algo que mejor describe una probabilidad.

Somos el observador del mundo. Y además somos observadores particulares (Maturana): cualquier otro observa un mundo distinto. Dicen que en el acto de observar estamos creando el mundo, estamos creando la realidad. Somos co-creadores de la realidad.

Por eso la ciencia no puede seguir excluyendo al observador de lo observado — algo que aún no sabe hacer. Son solo los cuánticos quienes han aprendido que cuando hay un observador, el resultado del experimento cambia. Y no entienden bien por qué.

Cuáles son tus preguntas será lo importante en la era de la IA. Yo te ayudo a encontrarlas. Están por ahí, dentro tuyo.

El servicio

1. Coaching de las Preguntas

Te ayudo a buscar tus propias preguntas. Aquellas en que estás, o estarás, enfocado, dirigido, en tu vida. Preguntas que dan tu norte, preguntas que te orientan, preguntas que te dan la pauta.

No se trata de responder por ti, ni de entregarte preguntas ajenas — ni siquiera las mías. Se trata de un proceso de coaching para que emerjan tus preguntas: las que ya habitas sin haberlas nombrado, y las que están por aparecer.

2. Estudio de Materias desde tus Preguntas

Este es un segundo componente, complementario al primero.

A la mayoría nos enseñaron a estudiar desde preguntas que no habíamos investigado nosotros. Por ejemplo: "qué fue lo que pasó en la batalla de las Termópilas, por qué pasó, quiénes se enfrentaron, quiénes los lideraban y qué resultó de todo ello, o las consecuencias".

Lo importante eran los hechos, las causas y las consecuencias, los personajes que gravitaron. Los hechos aspiraban a ser objetivos, no interpretaciones.

Ahora se puede aprender a abordar el mismo tema — historia, o cualquier otra materia — pero desde los propios intereses e inquietudes; desde las propias preguntas. Con apoyo de IA, es posible estudiar cualquier materia no desde el temario que otro definió, sino desde lo que a ti genuinamente te inquieta de ese tema.

Un tema central a desarrollar en este proceso es, precisamente: ¿Cuáles son tus preguntas? ¿Las tienes?

A quién está dirigido

A quienes sienten que en la era de la IA acumular respuestas ya no alcanza, y que lo que los orientará de aquí en más es la calidad y la propiedad de sus propias preguntas — en su vida, en sus proyectos, y en lo que decidan estudiar o profundizar.

Metodología

Un proceso de conversación y coaching, individual, donde:

Se identifican las preguntas que ya se están habitando, aunque no se hayan nombrado.

Se distingue entre preguntas propias y preguntas prestadas — heredadas de otros, de un temario, de una época de la vida que ya pasó.

Se usa la materia de interés del cliente (historia u otra) como terreno de práctica para aprender a estudiar desde las propias preguntas, apoyado en IA.

Se acompaña el proceso de que esas preguntas den norte, dirección y pauta.

Valor del servicio

Este servicio no tiene precio fijo. El valor lo pones tú. Con eso me basta.

¿Cuáles son tus preguntas? Conversemos.




lunes, septiembre 07, 2026

Libro The Artificial Intelligence Experience: An Introduction de Susan J Scown

Cuando la inteligencia artificial era todavía una promesa

Estoy leyendo un viejo libro (1985) sobre inteligencia artificial y la experiencia está resultando mucho más fascinante de lo que esperaba. No tanto porque me esté enseñando la IA de hoy, sino porque me permite mirar nuestro presente desde el futuro que imaginaron otros hace más de cuarenta años.

Muchas de las cosas que el libro describe como desafíos extraordinariamente difíciles —conversar con una computadora, comprender lenguaje corriente, traducir, resumir documentos, reconocer imágenes y voz, programar a partir de instrucciones humanas— son cosas que hoy hago rutinariamente desde mi computador o mi teléfono.

Es como encontrar un antiguo mapa del territorio en el que ahora vivimos. 


El sueño original: poner conocimiento dentro de la máquina

La inteligencia artificial de aquella época partía de una pregunta formidable:

¿Podemos conseguir que una computadora haga cosas que, si las hiciera una persona, la consideraríamos inteligente?

Para ello se intentaba capturar el conocimiento de especialistas y convertirlo en reglas que una máquina pudiera utilizar.

Así nacieron los sistemas expertos.

Un ingeniero, médico o geólogo podía haber acumulado treinta años de experiencia. El desafío consistía en extraer ese saber —incluyendo intuiciones, excepciones y reglas prácticas— y transformarlo en instrucciones del tipo:

SI ocurre A + B + C → ENTONCES probablemente D.

La máquina podía entonces conservar ese conocimiento y ponerlo simultáneamente a disposición de muchas personas.

Era una idea revolucionaria: transformar la experiencia humana en memoria organizacional.


XCON: cuando la IA comenzó a trabajar

Uno de los casos más impresionantes fue XCON, desarrollado para Digital Equipment Corporation.

Configurar sus computadores VAX era tremendamente complejo. Había miles de componentes y combinaciones posibles. Ingenieros expertos necesitaban decidir qué piezas eran compatibles, cómo conectarlas y cómo montar finalmente cada computador.

XCON convirtió parte de ese conocimiento en miles de reglas.

El resultado fue espectacular: según las notas del libro, una configuración que a un especialista podía tomarle entre 25 y 35 minutos, XCON llegó a realizarla en unos 2,3 minutos, produciendo configuraciones utilizables cerca del 98 % de las veces.

Pero lo más interesante es que los expertos no desaparecieron.

Cambió su trabajo.

Pasaron de ejecutar rutinariamente la tarea a supervisar, corregir, incorporar nuevo conocimiento y mejorar el sistema.

Cuarenta años después seguimos hablando de lo mismo: la colaboración entre inteligencia humana e inteligencia artificial.


La obsesión era representar el conocimiento

Aquella IA intentaba construir inteligencia pieza por pieza.

Utilizaba reglas, símbolos, árboles de búsqueda, lógica, frames, scripts, redes semánticas, heurísticas y motores de inferencia.

Lenguajes como LISP y Prolog fueron protagonistas de esta primera época.

La lógica era aproximadamente:

conocimiento humano → representación → reglas → búsqueda → inferencia → respuesta.

Y aquí aparece la gran diferencia con la revolución actual.

Con el machine learning, las redes neuronales, el deep learning y finalmente los grandes modelos de lenguaje, dejamos de intentar escribir explícitamente todas las reglas.

Las máquinas comenzaron a aprender patrones a partir de enormes cantidades de datos.

Podríamos resumir una parte importante de la historia de la IA mediante cuatro verbos:

PROGRAMAR → BUSCAR → APRENDER → ACTUAR.

Primero le dijimos a la máquina exactamente qué hacer.

Después le dimos conocimiento para que buscara soluciones.

Más tarde aprendimos a construir máquinas que aprendieran patrones que nosotros mismos no éramos capaces de explicitar.

Y ahora estamos entrando en la época de los agentes, capaces de recibir un objetivo, planificar, utilizar herramientas, ejecutar acciones, observar resultados y corregirse.


La computadora debía aprender nuestro idioma

Otra ambición extraordinaria del libro era conseguir que las personas dejaran de tener que aprender el lenguaje de las computadoras.

Hasta entonces había que aprender BASIC, COBOL, FORTRAN, LISP o algún otro lenguaje.

La aspiración de la inteligencia artificial era invertir la relación: que la máquina aprendiera nuestro lenguaje.

El libro describe como problema formidable conseguir que una computadora comprendiera una frase, mantuviera el contexto, tradujera, resumiera documentos, respondiera preguntas o reconociera nuestra voz.

Y aquí mi experiencia leyendo el propio libro se vuelve casi cómica.

Estoy fotografiando sus páginas en grupos de diez y entregándoselas a ChatGPT. La IA las lee, traduce, interpreta, resume, relaciona y me las explica en castellano.

Es decir, estoy utilizando para leer el libro, aquello que el propio libro describía como futuro.


El verdadero problema era el contexto

Los investigadores descubrieron rápidamente algo profundo: comprender palabras no significa comprender lenguaje.

Si estoy envolviendo un regalo y digo: “¿Tienes cinta adhesiva?

probablemente no estoy interesado en hacer un inventario de tus pertenencias. Estoy diciendo: “Pásame la cinta adhesiva.”

Para comprenderme hay que interpretar contexto, intención y conocimiento del mundo.

Lo mismo ocurre cuando digo que alguien es “un pilar de la comunidad”. Una computadora estrictamente literal podría terminar buscando una curiosa estructura arquitectónica.

Aquellos investigadores habían descubierto uno de los grandes problemas de la inteligencia: comprender es también inferir lo que no fue dicho.


De los píxeles al significado

El mismo problema aparecía con la visión.

Una cámara no “ve” una caja. Recibe luz y produce información.

La máquina debía pasar de:

píxeles → bordes → formas → profundidad → objeto → significado.

También se experimentaba con tacto artificial, reconocimiento de voz y robots capaces de desplazarse en ambientes desconocidos.

El gran sueño era integrar:

percibir → comprender → decidir → actuar.

Cuatro décadas después, esa búsqueda continúa bajo nombres nuevos como robótica avanzada, IA multimodal y embodied AI.


Incluso imaginaron al aprendiz del programador

Una de las secciones que más me sorprendió describe un proyecto del MIT llamado The Programmer's Apprentice.

La idea era crear algo parecido a un socio junior del programador.

El humano podría concentrarse cada vez más en qué quería conseguir, mientras la máquina se ocupaba de una parte creciente del cómo hacerlo.

Cuesta leer aquello hoy sin pensar en los copilotos y agentes de programación actuales.

El cambio es enorme:

Antes debíamos explicarle al computador cada paso.

Hoy podemos decirle cada vez más simplemente, qué queremos conseguir.

Y quizás el próximo salto sea todavía más interesante: utilizar la IA no sólo para ejecutar lo que queremos, sino para ayudarnos a descubrir qué queremos.


Acertaron el futuro, pero se equivocaron en el camino

El libro también relata una gigantesca carrera internacional por dominar la inteligencia artificial.

Japón lanzó su proyecto de computadores de quinta generación. Estados Unidos reaccionó. Aparecieron MCC y los programas de DARPA. Europa creó ESPRIT. Gran Bretaña impulsó el programa Alvey. Alemania y la Unión Soviética desarrollaron sus propias iniciativas.

Gobiernos, universidades, ejércitos y grandes corporaciones comprendieron algo extraordinariamente temprano: la inteligencia artificial sería también una fuente de poder económico, tecnológico y geopolítico.

En eso acertaron plenamente.

Donde se equivocaron fue en la ruta.

Apostaron fuertemente por sistemas simbólicos, reglas, lógica, Prolog y bases de conocimiento. La gran revolución terminaría llegando décadas después por otra vía: redes neuronales, enormes cantidades de datos, procesamiento paralelo, GPU, deep learning y transformers.

Vieron venir el continente, pero dibujaron mal el mapa para llegar hasta él.


Una enseñanza que permanece intacta

Hay algo, sin embargo, que aquellas primeras experiencias empresariales con IA comprendieron muy bien.

Un sistema de inteligencia artificial nunca está realmente terminado.

El conocimiento cambia. Aparecen excepciones. Cambian los usuarios. Cambia el negocio. Aparecen nuevas capacidades.

Por eso recomendaban construir pequeños prototipos, utilizarlos, aprender de ellos, corregirlos y volver a probar.

Curiosamente, es exactamente lo que hago hoy conversando con una IA.

Le pido algo. Me responde.

Al mirar su respuesta descubro que no era exactamente eso lo que quería.

Entonces reformulo mi pregunta.

La IA vuelve a responder.

Y, en ese proceso, no solamente mejora la respuesta: también mejora mi comprensión del problema.

Quizás ahí esté uno de los cambios más profundos.

Hace cuarenta años el gran desafío era:

¿Cómo metemos el conocimiento del experto dentro de la máquina?

Hoy comienza a aparecer otra pregunta:

¿Qué puede llegar a hacer el ser humano cuando tiene una inteligencia como ésta sentada permanentemente a su lado?

Y quizás esa sea, finalmente, la verdadera *Artificial Intelligence Experience*: no observar cómo las máquinas se vuelven más inteligentes, sino descubrir en qué podemos convertirnos nosotros cuando comenzamos a pensar con ellas.



sábado, septiembre 05, 2026

Libro Nuevo orden mundial de Ray Dalio

Ray Dalio es inversionista y gestor de fondos norteamericano, socio fundador de Bridgewater Associates, el mayor fondo de cobertura del mundo. El 2020 lo señalaron como el hombre más rico del planeta. Y sin embargo, lo que más me interesó de este libro no fue su fortuna, sino el método con el que la construyó.

Un modelo para leer la historia

Para gestionar los fondos que administra, Dalio desarrolló un modelo basado en 17 parámetros para medir la evolución de los países. Con ellos construyó lo que llama El Gran Ciclo, una teoría capaz de describir —y hasta anticipar— el destino de los imperios. Mantiene además un sitio, EconomicPrinciples.org, donde va compartiendo esta mirada con su público.

¿Se puede leer la historia de la humanidad como si fuera un balance financiero? Dalio cree que sí, y lo demuestra.

Tres fuerzas, un mismo patrón

Detrás del Gran Ciclo, Dalio identifica tres grandes fuerzas que se mueven juntas: el ciclo de la deuda y el dinero, el ciclo del orden y desorden interno de cada país, y el ciclo del orden y desorden externo, es decir, cómo se relaciona una potencia con las demás. Cuando las tres fuerzas se alinean, un imperio sube. Cuando se desalinean, cae.

Y describe el arquetipo completo: los imperios nacen, ascienden, llegan a una cima donde empiezan a degradarse, y ese deterioro casi siempre termina en guerras o guerras civiles.

El paseo por la historia

El libro recorre cinco siglos con una precisión que impresiona. Los Países Bajos vivieron un auge notable, al punto que su moneda, el florín, fue durante un tiempo donde el mundo entero ahorraba e invertía. España, antes que ellos, había tenido su época de gloria con el descubrimiento y la conquista de América.

Después llegó el Reino Unido. Los Países Bajos sostuvieron varias guerras contra los ingleses hasta ser derrotados, y España fue vencida en el mar cuando Inglaterra vino a disputarle el dominio. Así se fue construyendo el imperio Británico, impulsado por la revolución industrial, hasta poblar el planeta de colonias.

Las dos guerras mundiales marcan el quiebre siguiente: ahí termina el auge británico y comienza la supremacía de su antigua colonia, Estados Unidos. Dalio no se queda solo en Occidente: recorre también el imperio Chino desde el año 500 antes de Cristo, y encuentra ahí los mismos ciclos que sustentan su teoría en el resto del mundo.

¿Y ahora?

Según este modelo, Estados Unidos va en franco deterioro, y el imperio emergente que le disputa la supremacía es China. Verlo desde la mirada tan sistemática de Dalio, con datos y patrones que se repiten durante siglos, hace mucho más nítido ese deslizamiento.

Recuerdo una conversación con alguien que se movía en mercados de alto nivel, que me dijo que él no invertía en empresas, sino en países. Creo que Dalio, con Bridgewater, hace exactamente eso.

La lectura predispone a ver lo que se viene: una guerra entre Estados Unidos y China dentro de un plazo de diez años, según el propio Dalio. Y a esta altura de la historia, con el poder destructivo que existe hoy, no quiero ni imaginar la devastación que eso significaría para el planeta. La guerra actual contra Irán, de hecho, bien podría leerse como un ataque indirecto a China, que se abastece de manera importante desde el golfo Pérsico, hoy bloqueado.


La lección de la sobriedad

Lo que más me dejó pensando es otra cosa: cuando los países llegan a la cúspide, se engolosinan. Empiezan a sentir que se merecen condiciones fastuosas de vida, gastan en exceso, se endeudan, sin ver que están cavando su propia tumba.

¿No es la misma tentación, a otra escala, la que enfrenta cualquiera que logra éxito o riqueza? Quizás la lección de fondo no es solo geopolítica: es que, incluso alcanzando la abundancia, hay que sostener la sobriedad y la austeridad. Los imperios que olvidan eso, tarde o temprano, lo pagan.

Es un libro de altísimo valor para quienes manejan cifras significativas de ahorro y están permanentemente pensando dónde invertir. Pero también, creo, para cualquiera que quiera entender hacia dónde va el mundo en que vivimos.

¿Estamos dispuestos, como personas y como países, a mantener la sobriedad justo cuando más nos cuesta hacerlo: en la cima?



viernes, septiembre 04, 2026

Entrevista al malabarista de esquina Raymi Cufré

Me llamó la atención un día mientras hacía malabares en la esquina de Isabel La Católica con Vespucio. Buen manejo de las clavas, y también del monociclo. Le propuse entrevistarlo y aceptó de inmediato.

—Voy al gimnasio, después me ducho en mi casa y me vengo; hora y media más o menos —le dije.

Conforme, quedamos así.

Origen y familia

Raymi Cufré tiene 34 años y un claro acento argentino. Es originario de Córdoba, aunque en realidad nació y se crió en Villa General Belgrano, un lugar muy bonito, según me cuenta, parecido a la zona de Puerto Varas en Chile. Se mudó a Córdoba a los 12 años, al pasar a segundo medio.

Es el único hijo varón del primer matrimonio de su padre, y tiene dos hermanas con las que mantiene buena relación. Su padre es carpintero de profesión y, en un segundo matrimonio, tuvo cuatro hijos más. Su madre murió de leucemia cuando él tenía un año.

Hay algo curioso en los nombres de la familia: el apellido es de origen vasco-francés, y su nombre es de origen quechua, y los de sus dos hermanas son mapuches. Los hijos del segundo matrimonio de su padre, en cambio, llevan nombres cristianos. En definitiva son 7 hermanos, 3 varones y 4 mujeres.
Su padre vive y tiene poco más de 60 años.

Formación

Raymi estudió panadería y pastelería. Después estudió cinco años el folclore, disciplina en la que tiene título de profesor. Más tarde llegó el mundo circense. Dice haber crecido en un ambiente con mucho folclore.

Vida personal

No tiene hijos ni pretende tenerlos, y se declara separado de su última pareja desde hace dos años.

Su oficio le ha permitido recorrer buena parte de América Latina: Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Brasil, Paraguay y Chile. La primera vez que vino a Chile le encantó, y quedó con ganas de volver. Ya lleva un año viviendo en Santiago.

Vive en un cuarto que arrienda en Lo Hermida, Peñalolén, con baño y una pequeña cocina, por el que paga $190.000 mensuales. Ha recorrido bastante el país: desde La Serena y el Valle del Elqui hasta Coyhaique, Puerto Varas y Puerto Montt, ciudad donde vivió dos años.

El oficio

Hoy trabaja como artista circense callejero. Habla de "habitar los espacios": se dedica principalmente al malabarismo de esquina, actos muy cortos pensados para el tránsito de la calle. A veces lo contratan para eventos, cumpleaños y matrimonios, y también tiene una función unipersonal de 35 minutos, para la que además maneja su propio vestuario.

Es una persona alegre, contenta con lo que hace. Me dice que disfruta su trabajo y que la gente lo trata bien. Ha trabajado tanto en pareja como con amigos, y además de malabarista es acróbata.

Otros aspectos

Es vegetariano desde hace siete años —no le gusta la matanza que implica comer carne— y aspira a hacerse vegano.

Políticamente, considera importante tener una posición: no habría votado por Milei, a quien considera "un loco". Se declara más bien anarquista y ateo.

En cuanto a lo económico, gana en torno a 500 lucas al mes. En un buen día saca entre 20 y 25 lucas, y hay jornadas en que ha llegado a 40 o 45.

Celular: 9 4897-8440
Mail: raymicufre92@gmail.com
Instagram: raymi_ska



jueves, septiembre 03, 2026

Somos cuánticos

Conversando con Pedro Arellano apareció una imagen que me sigue dando vueltas: somos ondas, pero muchas veces vivimos como partículas.

Lo digo como metáfora, no como una explicación física de la conciencia. Pero como metáfora me sirve, porque describe algo que reconozco todos los días.

Vivir como partícula

Hay momentos en que me vivo como una unidad aislada. Mi historia. Mis problemas. Mis logros. Mis amenazas. El mundo está afuera y yo tengo que encontrar la manera de defenderme, hacerme un lugar, demostrar lo que valgo.

A eso le llamamos, en nuestra conversación, "vivir como partícula".

Desde ahí, la relación se vuelve un trabajo entre dos entidades separadas. Tengo que acercarme al otro, entenderlo, negociar, construir un puente. Y la competencia aparece fácilmente: tu espacio puede parecer una reducción del mío; tu logro, una medida de mi insuficiencia.

¿Te ha pasado sentir que el éxito del otro te resta algo, aunque nada tuyo haya cambiado?

Vivir como onda

Pero también conocemos otra experiencia.

Una conversación en la que aparece una idea que ninguno traía. Un grupo en el que la confianza permite decir algo que a solas no habríamos podido formular. Un encuentro después del cual ya no somos exactamente quienes éramos antes.

Ahí la imagen de la onda cobra sentido. Lo que cada uno trae se entremezcla y se transforma en el encuentro.

Pedro pone mucha atención en la relación. Tiene una capacidad especial para propiciar esa sintonía entre personas. Escuchándolo, me surgió una pregunta: ¿y si la relación empieza mucho antes de que decidamos construirla?


Una trama que ya estaba ahí

Antes de este encuentro ya hay otros en mí: en el lenguaje con que pienso, en las historias que me cuento, en lo que aprendí a temer y en lo que me atrevo a imaginar. Mi singularidad también está hecha de relaciones.

Quizás "volver a la onda" sea reconocer esa trama.

Desde ahí, colaborar adquiere otro sentido. Puedo aportar algo propio y, al mismo tiempo, dejar que el encuentro lo transforme. Lo que emerge puede ampliar las posibilidades de todos.

Eso requiere trabajo. La confianza, la escucha y el cuidado no aparecen por arte de magia. Pero cambia el lugar desde el que hacemos ese trabajo: reconocemos que lo que ocurre entre nosotros también forma parte de quienes somos.


Ser alguien y, a la vez, ser parte

Necesitamos identidad, límites y voz propia. Podemos tenerlos sin olvidar nuestra pertenencia.

Me quedo con esa imagen de nuestra conversación con Pedro: ser alguien y, a la vez, ser parte.

¿Cuánto cambiaría nuestra manera de vivir y de trabajar si tuviéramos más presente esa doble condición?



miércoles, septiembre 02, 2026

La caluga de un millón y medio

El domingo fui a visitar a mi madre, la Chiví, que tiene 97 años. Como siempre, me tenía mis tres calugas Varsovienne.

Mientras comía una, ocurrió lo inesperado: la caluga me sacó un colmillo.

Nunca más calugas Varsovienne
No me dolía, pero quedé con un forado que se veía cuando me reía con ganas. Y debo reconocer que me produjo un pequeño bajón. A los 74 años, encontrarse de pronto con un diente en la mano tiene cierto efecto psicológico.

Fui a la urgencia dental de Redsalud. Me examinaron, hicieron una radiografía panorámica y apareció un diagnóstico bastante más complejo: había caries debajo, había que sacar raíces, poner hueso, esperar cuatro meses, entrar a pabellón, poner pernos y finalmente fabricar el nuevo diente.

Esperé el presupuesto: $1.500.000.

Me fui con la cola entre las piernas.

Al día siguiente decidí consultar a mi dentista habitual, Berta Munizaga, a quien últimamente había encontrado un poco cara.

Llegué con el diente en la mano. Lo miró, examinó la cavidad, limpió y escarbó cuidadosamente y me dijo:

—Te lo voy a pegar.

Aplicó un cemento muy resistente, instaló nuevamente el colmillo, me hizo apretar, limpió los excesos, comprobó que pasara bien el hilo dental y listo.

—¿Cuánto te debo?

$35.000.

Salí feliz, con mi diente nuevamente en su lugar y, curiosamente, encontrando baratísima a mi dentista, que es la mujer de mi amigo Juan Aviñó.

No sé cuánto durará. Quizás algún día tenga que hacerme el tratamiento completo. Pero esta experiencia me recordó algo importante: una segunda opinión puede cambiar completamente el problema que tenemos delante.

Vivimos fascinados por las soluciones completas, definitivas y sofisticadas. A veces son necesarias. Pero otras veces conviene hacer una pregunta mucho más sencilla:

¿Qué es lo mínimo que necesitamos hacer ahora?

Mi dentista me regaló algo muy valioso: tiempo. Y una solución proporcional a mi situación.

Así que a los 74 años recibí una pequeña lección de estrategia: antes de embarcarse en una solución de un millón y medio, vale la pena averiguar si existe una de treinta y cinco mil.

Eso sí, mi dentista fue terminante:

—Se acabaron las calugas.

El próximo domingo volveré donde la Chiví. Las Varsoviene seguramente estarán esperándome.

Tendré que mirarlas desde lejos.

Hay riesgos que a los 74 años ya no vale la pena correr.



martes, septiembre 01, 2026

Lo que la física cuántica nos dice de la conciencia

Llevo años sospechando que la ciencia, con toda su rigurosidad, se equivocó de mapa. Y esta semana, de vuelta en unas notas sobre física cuántica, encontré una idea que me sacudió: la realidad no es una máquina. Es un campo vivo, y nosotros no estamos afuera mirándolo. Estamos adentro, participando en su creación.

Suena grande. Lo es. Pero vamos por partes.

El mundo que nos vendieron

Crecimos con una idea de la realidad heredada de la física clásica: las cosas siguen reglas, la materia es lo primero y la conciencia es apenas un subproducto, algo que el cerebro fabrica como quien fabrica calor por fricción. En ese mundo la información es como el agua: se copia, se transfiere, se procesa. Fría, neutra, manipulable.


¿Por qué nos aferramos tanto a esa visión? Porque es predecible. Porque es controlable. Porque nos da la ilusión reconfortante de que todo, tarde o temprano, se puede calcular.

Pero la física cuántica lleva un siglo golpeando esa puerta, y adentro hay otra cosa.

Lo que pasa cuando miras algo de verdad

En el mundo cuántico las partículas no son piedritas. Son estados de un campo, potenciales, posibilidades abiertas. Y aquí viene lo inquietante: cuando observas un qbit, lo colapsas. Lo obligas a elegir entre un cero y un uno. Lo degradas de su verdadera riqueza a una respuesta binaria.

¿Y si nosotros le hacemos exactamente eso a la vida cuando la reducimos a datos, a métricas, a información que se puede copiar y pegar?

Porque acá está el giro central: la información cuántica no se puede copiar. No se puede separar del ente que la sostiene. Es privada, íntima, se comporta más como experiencia que como dato. Igual que tu vida. Nadie puede vivir lo que tú sientes; solo puede escuchar tu relato de eso, que ya es otra cosa, más pobre, más pequeña que la experiencia misma.

No eres un espectador, eres un partícipe

Esto es lo que más me remece: no somos observadores externos del mundo, mirando desde una tribuna. Somos partícipes de su creación. Cada acto de observar puede ser, en sí mismo, un acto de crear. La materia y la mente nunca estuvieron separadas.

¿Te habías preguntado alguna vez si el solo hecho de prestarle atención a algo ya lo está transformando?

Y si eso es cierto, entonces una IA jamás va a poder hacer lo que tú haces cuando reconoces que una idea es buena. Puede producir la frase. Pero no puede sentir el significado de esa frase. El significado no vive en la información; vive en el campo, en la conciencia que lo experimenta.

El operador y el dron

Hay una metáfora en estas notas que no dejo de darle vueltas: no somos el dron. Somos el operador. Pero solemos vivir tan absortos en la pantalla, en lo que el dron ve y filma, que se nos olvida que hay alguien detrás del control remoto.

¿Cuánto de tu día vives mirando la pantalla del dron —tus roles, tus tareas, tus datos— y cuánto vives sabiendo que tú eres quien opera?

Porque si la conciencia no es una emanación del cerebro, entonces no eres solo un cuerpo que eventualmente se apaga. Las experiencias de personas que han estado clínicamente muertas y vuelven apuntan justamente ahí: a que algo sigue operando cuando el cuerpo ya no puede.

De competir a colaborar

Lo que más me interesa de todo esto, como coach, es el giro práctico. Cuando de verdad descubres qué es lo que eres —no un dato, no un algoritmo, no un cuerpo aislado, sino conciencia embebida en un campo compartido— dejas de competir. Y empiezas a colaborar.


No se trata de ser más eficiente. No se trata de ir más rápido. Se trata de ser más consciente.

Y en un momento donde construimos máquinas cada vez más inteligentes, sin haber terminado de entender la verdadera inteligencia de quienes las construyeron, esta pregunta se vuelve urgente, no filosófica de sobremesa.

La pregunta que me queda dando vueltas

Si la realidad en lo profundo es holística, si tú eres parte del campo que observas y no un espectador aparte, ¿qué cambiarías en tu vida si dejaras de tratar tus propias experiencias como datos que hay que procesar, y empezaras a tratarlas como lo que realmente son?


Referencias:
Video de donde saqué todo esto (la parte de Federico Faggin)



jueves, agosto 27, 2026

Las licitaciones de Mercado Público al alcance de la mano con IA

Estoy, estamos, con Mauricio Cáceres, lanzando esta oferta de servicio con IA para rastrojear las licitaciones de Mercado Público para cualquiera que le quiera vender al Estado. He hecho dos inscripciones, somo se indica mas abajo, que uso aquí para contarte.

Para Linkedin: (link)

¿Cuántos negocios estás dejando pasar porque no alcanzas a revisar Mercado Público?

Con mi socio agéntico hemos desarrollado una solución con inteligencia artificial que hace mucho más simple participar en licitaciones públicas.

La herramienta puede:

detectar las licitaciones vigentes que realmente calzan con tu empresa;

resumir los antecedentes y documentos de cada licitación;

ayudarte a entender rápidamente qué se está pidiendo;

y preparar una primera versión de tu propuesta, adaptada a tu estilo y a tu oferta.

La idea es sencilla: menos tiempo buscando y leyendo documentos, más tiempo participando en oportunidades que pueden transformarse en nuevos negocios.

La IA no gana la licitación por ti. Pero puede ayudarte a llegar mejor preparado, participar en más procesos y aumentar tus posibilidades de venta.

Si tu empresa vende al Estado —o quisiera empezar a hacerlo—, conversemos.

¿Te interesa probarlo?


Para Facebook:

Mercado Público está lleno de oportunidades. El problema es encontrarlas a tiempo y tener horas para preparar una buena propuesta.

Con mi socio agéntico creamos una herramienta con IA que hace justamente eso.

Le dices qué tipo de negocios te interesan y busca las licitaciones vigentes que hacen sentido para ti. Después te resume los antecedentes, te ayuda a entender qué están pidiendo y puede incluso preparar una propuesta inicial en tu estilo.

En otras palabras: te ayuda a pasar de “debería mirar Mercado Público” a “aquí hay una oportunidad concreta y ya tengo buena parte del trabajo avanzado”.

La intención es muy simple: ayudarte a participar en más licitaciones y abrir nuevas oportunidades de venta.

Si esto te hace sentido, escríbeme y conversemos.




Libro La resaca de Eugenio Tironi

Necesitaba entender Chile desde el estallido social hasta el inicio del gobierno de José Antonio Kast, y Eugenio Tironi me ayudó con este libro que llamó La resaca.

El título ya lo dice todo: el estallido social del 18 de octubre de 2019 es visto por Tironi como un desborde. Después vendría la resaca.

Un desborde sin miedo al pasado

Me llama la atención que el estallido social no generó ningún temor de que el ejército o las fuerzas militares volvieran a ser vistas como un riesgo de toma de poder. ¿Por qué no hubo ese temor? Una posible razón es que, para cuando estalló la crisis, más del 70% de la población había nacido después del golpe de 1973. La memoria del miedo, simplemente, ya no estaba ahí.

El estallido fue una tremenda amenaza a la gobernabilidad del país. Piñera tuvo que lidiar con eso, y rápidamente logró la firma del Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución, dando inicio al proceso constituyente. Fue en esa instancia donde el rol de Gabriel Boric lo marcaría como un líder promisorio.

La pandemia como pausa forzada

En marzo de 2020 explota la pandemia del Covid-19. El país se paraliza. Todo el mundo se va a guardar a sus casas. Un hecho histórico que, sin buscarlo, sirvió también para frenar la violencia que venía arrastrando el estallido.

El rechazo que cambió el rumbo

Se vota en noviembre de 2020 para dar inicio al proceso de la Convención Constitucional, que terminaría en desastre para el gobierno de Boric: el 4 de septiembre de 2022, más del 62% rechazó la propuesta. Fue el punto de quiebre de ese gobierno, que había apostado su proyecto de transformación nacional a ese resultado.

Ese rechazo produjo un giro significativo en la manera de gobernar de Boric. Y el mundo, mientras tanto, también había cambiado: Putin había iniciado la invasión de Ucrania el 22 de febrero de 2022, transgrediendo el orden internacional vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La política de la deliberación empezó a ceder terreno frente a la política de los hechos consumados, la política de la acción sin necesidad de dar explicaciones.

El remate: el fin de un ciclo

Lo que remata todo es la salida de Trump como presidente de Estados Unidos en enero de 2025. Es, en cierta forma, el fin del progresismo, el fin del wokismo. Los nuevos mundos que se habían abierto se extinguen, y el foco vuelve a la crisis de seguridad, la inmigración desbocada y el estancamiento económico.

El balance de Tironi

Eugenio Tironi deja a Gabriel Boric como un presidente que calmó las aguas de un país que venía del estallido, la pandemia y los fracasos constitucionales, y que lo entrega normalizado, listo para que José Antonio Kast gobierne un país estabilizado.

En definitiva, Boric no lo hizo tan mal, según Tironi, y queda perfilado para intentarlo nuevamente en el futuro.

¿Veremos?



miércoles, agosto 26, 2026

¿Cómo viviríamos si dejáramos de tenerle miedo a la muerte?

Hay una pregunta que últimamente me ronda. No sé qué ocurre cuando morimos. Nadie lo sabe con certeza. Pero me he dado cuenta de que lo que creemos acerca de la muerte puede cambiar profundamente nuestra manera de vivir.

Pensemos en dos posibilidades opuestas. La primera: cuando muero, todo termina, mi conciencia desaparece. La segunda: cuando muero, continúo de alguna manera, y paso a un estado extraordinariamente agradable de paz, armonía y amor, quizás incluso reencontrándome con personas queridas.

No pretendo demostrar ninguna de las dos. Mi pregunta es otra: si creyéramos profundamente en una u otra, ¿viviríamos de la misma manera que estamos viviendo?

Si después no hay nada

Supongamos que estoy convencido de que la muerte es el final. Eso podría parecer terrible. Pero también podría producir el efecto contrario: hacer que la vida adquiera un valor gigantesco.

Porque entonces esta vida es la única que tengo. Esta mañana no vuelve. Esta conversación con un hijo no vuelve. Este abrazo no vuelve. Y la cantidad de veces que todavía podré sentarme a conversar con quienes quiero es finita.

Mirada así, la muerte no le quita valor a la vida: se lo da. Si todo termina, quizás debería preocuparme mucho más de vivir intensamente ahora: decir lo que quiero decir, perdonar antes, hacer ese viaje, llamar a ese amigo, dejar de gastar energía en peleas pequeñas y resentimientos que dentro de veinte años no significarán nada. La finitud vuelve precioso lo cotidiano.


¿Y si la muerte no fuera el final?

Ahora imaginemos lo contrario: creo —no que sé, sino que creo— que cuando muera voy a estar bien. Muy bien.

Puedo seguir teniendo miedo al proceso de morir, al dolor, a la enfermedad, a despedirme de quienes quiero. Pero tendría mucho menos sentido tener miedo a estar muerto. Y si la muerte deja de ser una catástrofe, aparece una pregunta extraordinaria: ¿cuántas decisiones de mi vida estoy tomando simplemente por miedo a perderla?

Quizás acumulamos más de lo necesario, buscamos demasiada seguridad, defendemos obsesivamente nuestro prestigio o nuestra imagen, nos tomamos demasiado en serio. Una persona con menos miedo puede ser mucho más libre: más disponible para amar, crear, equivocarse, aventurarse y vivir.


Dos creencias opuestas que llegan al mismo lugar

Aquí aparece la paradoja que más me interesa. Las dos hipótesis son metafísicamente opuestas —una dice que después no hay nada, la otra que hay algo maravilloso— pero llevadas hasta sus últimas consecuencias pueden conducirnos al mismo lugar: no desperdicies la vida.

La primera podría decir: ama ahora, porque después no habrá oportunidad. La segunda podría decir: ama ahora, porque quizás el amor sea precisamente aquello que continúa.

Tal vez no necesitemos resolver el misterio de la muerte para vivir de otra manera. Podríamos preguntarnos algo más práctico: ¿qué manera de vivir tendría sentido bajo ambas hipótesis? Querer más, cuidar más, conversar más, crear, aprender, perdonar, agradecer, dedicar tiempo a quienes importan, tomarnos menos en serio, no postergar lo que hace que una vida merezca ser vivida.


Una pregunta para experimentar

Se me ocurre un pequeño experimento. La próxima vez que tenga que tomar una decisión importante, podría preguntarme: si realmente creyera que la muerte no es una catástrofe y que finalmente voy a estar bien, ¿qué elegiría hacer ahora?

No sé qué respondería, pero sospecho que algunas respuestas me sorprenderían. Porque quizás una parte considerable de nuestra existencia está organizada no alrededor de vivir, sino alrededor de evitar perder la vida que tenemos.

La pregunta verdaderamente inquietante ya no es qué ocurre cuando morimos —eso quizás nunca podamos responderlo— sino: ¿cómo quiero vivir si dejo de organizar mi existencia alrededor del miedo a perderla? Y todavía queda otra, quizás la más incómoda de todas: si creo que cuando muera voy a estar bien, ¿qué tendría que cambiar hoy para poder decir que también estoy viviendo bien?

No tengo una respuesta. Por eso escribo esto. Me interesa saber la de ustedes.



martes, agosto 25, 2026

Combatir la pobreza o combatir la escasez

Hice un taller de inteligencia artificial en la Fundación Cristo Vive, donde estuve compartiendo con Karoline Mayer, su fundadora, que puso en el foco de su misión "combatir la pobreza".
Leyendo después a Eugenio Tironi, salta esta idea de los tecno-optimistas, que combaten la escasez y me surge el siguiente posteo.

Tal vez estamos luchando contra el problema equivocado

Durante décadas hemos hablado de combatir la pobreza. La frase es correcta, necesaria, incluso moralmente incuestionable. Pero últimamente me ronda otra idea: ¿y si fuera más potente luchar contra la escasez que luchar contra la pobreza?

La pobreza describe una condición: personas que no tienen suficientes recursos para vivir bien. La escasez apunta a algo más profundo: la insuficiencia de aquello que necesitamos o valoramos. Escasez de alimentos, de vivienda, de médicos, de profesores, de tiempo, de conocimiento.

Si solo combatimos la pobreza, terminamos preguntándonos cómo distribuimos mejor lo que ya existe. Si combatimos la escasez, aparece una pregunta distinta: ¿cómo hacemos que exista mucho más? Ahí entra la tecnología.

La tecnología como máquina de abundancia

Esta es una de las intuiciones que encuentro más estimulantes en Marc Andreessen. Su optimismo tecnológico merece todas las preguntas críticas posibles, pero contiene una idea poderosa: gran parte del progreso humano ha consistido en transformar cosas escasas en cosas abundantes.

Hubo un tiempo en que la información era escasa: había que viajar, entrar a una biblioteca, encontrar un libro. Internet cambió eso. Algo parecido ocurrió con la música, las fotografías, la capacidad de cálculo. Un teléfono en el bolsillo contiene hoy capacidades que antes estaban reservadas a gobiernos o grandes corporaciones. Eso es tecnología: no solo hacer las cosas más rápido, sino cambiar la ecuación de la escasez.

Y ahora aparece la inteligencia artificial

La inteligencia siempre ha sido un recurso escaso. Formar a un buen médico, profesor o ingeniero toma años; su tiempo y su conocimiento son limitados. Por eso la inteligencia especializada ha sido históricamente cara.

La IA empieza a modificar esa ecuación. Por primera vez construimos sistemas capaces de poner una enorme capacidad intelectual al alcance de millones de personas, casi instantáneamente. Un niño puede tener un tutor disponible las 24 horas. Un pequeño empresario puede acceder a análisis que antes solo tenía una gran compañía.

Esto no significa que la IA reemplace mágicamente a médicos o profesores. Significa algo quizás más importante: la inteligencia humana comienza a ser amplificada por una inteligencia artificial abundante. Como dice Andreessen, el precio de la inteligencia está cayendo. Y si eso ocurre de verdad, estamos frente a algo enorme.

La pregunta cambia

Si faltan viviendas, podemos subsidiar a quienes no pueden comprarlas. Pero también podemos preguntarnos cómo hacer que construirlas sea radicalmente más barato. Si faltan médicos, podemos repartir mejor las horas disponibles, o multiplicar la capacidad diagnóstica de cada uno con IA. Si faltan profesores excelentes, podemos imaginar que cada niño tenga acceso permanente a un tutor inteligente personalizado.

De administrar escasez pasamos a producir abundancia.

Pero la abundancia no garantiza una buena sociedad

Podemos producir abundancia tecnológica y conservar una sociedad profundamente desigual. Podemos tener información infinita y personas desinformadas. Podemos tener inteligencia artificial extraordinaria y millones de personas sin acceso a ella. La tecnología no resuelve automáticamente la política, la ética ni la distribución del poder.

Por eso necesitamos dos movimientos simultáneos: crear abundancia y preguntarnos quién tiene acceso a ella. No basta con inventar; hay que democratizar.

Tal vez ésta sea una gran misión de la IA

No utilizarla solamente para que algunas empresas ganen más dinero, ni para que quienes ya somos productivos produzcamos todavía más. Eso sería una utilización muy pobre de una tecnología tan poderosa.

La gran oportunidad podría ser otra: usar la inteligencia artificial para atacar sistemáticamente las escaseces que limitan la vida humana. Educación, atención médica, asesoría jurídica, oportunidades, capacidad para emprender, acceso a personas que puedan ayudarnos a pensar.

Quizá la pregunta que deberíamos hacernos frente a cada nueva aplicación de inteligencia artificial sea muy sencilla: ¿qué escasez humana estamos ayudando a eliminar?

¿Cuál es la escasez que más te gustaría ver desaparecer?



martes, agosto 18, 2026

Libro Inteligencia Figital de Pedro Flores Opazo

Inteligencia Figital: ¿Y si el desierto de silicio solo estuviera esperando nuestra agua?

Hace unos días cayó en mis manos un borrador que no he podido soltar. No es un libro cualquiera; es el noveno libro de Pedro Flores Opazo, titulado Inteligencia Figital.

Como les he venido contando aquí, el tema de la inteligencia artificial me tiene bastante atrapado. He conversado con ella, le he pedido que me cuestione, la he usado para acompañar a otros en sus procesos de coaching, e incluso me he agarrado con amigos discutiendo sobre qué significa realmente leer o escribir hoy. Pero este manuscrito de Pedro me llevó a un terreno que no esperaba, casi existencial, devolviéndome una mirada integradora que me hizo mucho sentido.

Pedro abre su libro con una metáfora hermosa que ocurre en un lugar muy especial de nuestro país: el desierto florido de Atacama.


El desierto de silicio y la memoria bajo la tierra

Pedro nos recuerda que en el norte hay un territorio inmenso que pasa largas temporadas bajo un sol abrasador, en aparente quietud. Pero basta que llegue la lluvia, que el agua penetre la tierra, para que en pocos días ese paisaje gris se inunde de colores eclosionando en vida.

La belleza de esto es que las flores ya estaban allí. Estaban contenidas en semillas que dormían bajo el polvo, guardando la memoria silenciosa de lo que estaban llamadas a ser, esperando la condición exacta para germinar.

Pedro propone que la Inteligencia Artificial es exactamente eso: un inmenso desierto de semillas.

En sus supercomputadoras y redes hay miles de millones de palabras, códigos, patrones, conocimientos y conexiones acumuladas por años. Es una abundancia de vida potencial, latente. Pero por sí sola, esa inmensidad tecnológica permanece seca.

¿Y qué representa el agua? Nuestras preguntas humanas.

Una pregunta orienta el flujo. Una petición dirige la atención hacia un territorio. Una conversación nacida de la curiosidad, de la conciencia y de un propósito hace que esas semillas de silicio comiencen a germinar y a florecer.

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Miren la coincidencia (o sincronía) con lo que escribía hace poco en mi post sobre Qué es saber en la era de la IA: mientras más capaz se vuelve la máquina de responder, más crucial se vuelve para nosotros saber qué merece ser preguntado. No cualquier pregunta rutinaria que la IA pueda escupir por docenas en diez segundos. Sino la pregunta que nace de una existencia, de un cuerpo que respira, de alguien que ha vivido y que se hace cargo de la elección.


Las Social Power Skills: ¿Habilidades "blandas" o el verdadero poder humano?

Durante años, en el mundo de las empresas y las organizaciones, hemos llamado "habilidades blandas" a la empatía, la escucha o el manejo de emociones. Siempre me pareció un término un poco condescendiente, como si fueran un adorno periférico frente al "verdadero" conocimiento técnico.

Pedro las rebautiza con un nombre que tiene mucho más punch: Social Power Skills (habilidades de poder social).

No son blandas. Son las capacidades que generan el verdadero poder de acción humana, de transformación y de creación de valor con sentido. Pedro identifica seis de estas danzas o habilidades esenciales:

  1. El Centramiento: La capacidad de estar presentes deteniendo por un momento la rumiación y el ruido mental, encontrando paz emocional y quietud corporal para observar de forma limpia.
  2. El Reconocimiento y Regulación Emocional: Aprender a leer nuestras emociones (miedo, rabia, tristeza, alegría, ternura, erotismo) no como estorbos, sino como sensores energéticos que nos informan sobre nuestras necesidades.
  3. La Comunicación Efectiva: Integrar lo que pensamos, sentimos y corporalizamos para coordinar acciones impecables a través de afirmaciones, juicios, declaraciones y promesas claras.
  4. La Resolución Colaborativa: Abordar las diferencias y conflictos no como disputas para ver "quién tiene la razón", sino como una infraestructura para pensar juntos y construir compromisos explícitos.
  5. La Creatividad Aplicada: Recuperar esa disposición infantil de juego y exploración para conectar lo que parecía separado y transformarlo en soluciones de valor real.
  6. La Resiliencia Virtuosa: La maravillosa capacidad de recuperarnos de un quiebre o dolor, extraer sabiduría de la experiencia, cerrar el capítulo en paz y volver a levantarnos con entusiasmo.

Piénsenlo bien. En un mundo donde la máquina ya redacta, calcula y procesa a la velocidad de la luz, el conocimiento puramente memorizado o técnico deja de ser escaso. Lo que se vuelve invaluables son estas capacidades profundamente humanas. Saber escuchar, construir confianza, acoger la vulnerabilidad de decir "no sé" para abrir el aprendizaje, y hacernos responsables de nuestras decisiones.


El Embalse y la circulación del valor

Aquí Pedro introduce otra faceta de la Inteligencia Figital que me dejó dando vueltas.

¿Qué pasa cuando el agua llega al desierto, las flores germinan, pero el agua se escurre y se pierde?

En las organizaciones ocurre lo mismo: generamos grandes ideas, tenemos conversaciones fantásticas, pero la experiencia se disipa y volvemos a tropezar con la misma piedra. Para que el valor no se evapore, Pedro nos dice que necesitamos construir un embalse, compuertas y canales.

El embalse representa la capacidad instalada: la memoria de la organización que captura el aprendizaje y lo deja disponible para el futuro (en procesos, en cultura, en relaciones de confianza, en tecnologías bien integradas). Las compuertas son las decisiones y criterios de regulación que tiene el liderazgo para dirigir ese flujo. Y los canales son las redes que conducen esa inteligencia allí donde puede volver a regar nuevas semillas.

La Inteligencia Figital no es, por tanto, "meterle IA" a la empresa para hacer más rápido lo mismo de siempre. Eso, como les escribía hace unos días, es apenas ponerle un motor eléctrico a la antigua fábrica a vapor.

La Inteligencia Figital es una infraestructura sensible e inteligente. Sensible porque está conectada con las emociones, las historias y los propósitos de las personas. E inteligente porque articula de manera armónica tres dimensiones: las capacidades humanas, las estructuras organizacionales y las tecnologías digitales.


¿Qué desierto estamos dispuestos a regar?

Al final del día, el libro de Pedro no es un tratado de tecnología. Es un espejo incómodo y fértil sobre nosotros mismos.

La tecnología nos está devolviendo la libertad de no tener que ser procesadores de información andantes. Nos está regalando el tiempo para volver a lo esencial. Pero esa abundancia de posibilidades necesita un cauce, un propósito.

Como el cuento chino del árbol enorme y torcido que de tan "inútil" para el mercado vivía siglos dando sombra y vida, o como ese cerro que subo todas las semanas simplemente por el sagrado acto de caminar sin ticket ni barrera, nuestra humanidad reside en aquello que no tiene precio pero sí tiene un valor infinito. Reside en nuestra condición de seres vulnerables, corporales, que aman, sufren, eligen y se hacen cargo.

La IA nos da las semillas más potentes que hayamos creado jamás. Pero el agua, el criterio y el propósito siguen siendo nuestros.

La pregunta ya no es qué va a hacer la tecnología con nosotros. La pregunta es:

¿Qué mundo queremos ayudar a crear con la inteligencia que ahora tenemos disponible?


¿Y tú? De todo este caudal del que nos habla Pedro Flores... ¿qué de esto te hace sentido corporizar en tu propia vida o en tu organización? ¿Cuáles son las compuertas que necesitas abrir hoy?

Los leo en los comentarios.



lunes, agosto 17, 2026

Que es saber en la era de la inteligencia artificial

Qué significa saber, ahora que las respuestas sobran

Hace unos días caí en una conversación que no he podido soltar.

Empezó simple: ¿qué es saber, en la era de la IA? Y terminó en un lugar que no esperaba.


La vieja definición de saber

Durante siglos, saber fue tener respuestas guardadas adentro.

El erudito era el que había leído mucho, recordaba mucho, podía citar fechas, nombres, autores. Tenía sentido: la información era escasa, y poseerla valía.

Hoy cualquiera accede, en segundos, a más información de la que yo podría haber acumulado en toda una vida. La escasez se derrumbó.

Pero eso no significa que todos sepamos lo mismo. Significa que el centro de gravedad se movió a otro lugar.


Tres épocas de saber

Me gusta ordenarlo así.

Primera época: saber era recordar. La información era escasa, había que incorporarla adentro.

Segunda época: saber era encontrar. Llegó Google, la información salió afuera, y buscar bien se volvió una competencia.

Tercera época, la que estamos empezando a vivir: saber será preguntar, discernir y hacerse responsable. Porque la IA ya no solo encuentra información. La procesa, la relaciona, la explica, la argumenta, y hasta propone la respuesta antes de que yo termine de pensar la pregunta.

Y ahí aparece una paradoja que no me deja tranquilo: mientras más capaz se vuelve la máquina de responder, más importante se vuelve para mí saber qué merece ser preguntado.


Dos clases de preguntas

Porque no todas las preguntas son iguales.

Está la pregunta instrumental. ¿Cuándo ocurrió la Paz de Westfalia? ¿Cómo funciona un motor eléctrico? Son preguntas que buscan una respuesta y, apenas la encuentran, mueren. Cumplieron su función y se acabaron.

Y está la otra clase. ¿Qué significa vivir bien? ¿Cómo quiero vivir los últimos veinte años de mi vida? ¿Qué debería seguir siendo exclusivamente humano en un mundo de máquinas inteligentes?

Esas preguntas no mueren cuando las respondo. Las respondo hoy, vuelvo a ellas dentro de un año, y descubro que la respuesta cambió porque cambié yo, o cambió el mundo, o apareció algo que antes no podía ver.

Son preguntas que uno habita. No las resuelve: vive adentro de ellas.


La persona culta del futuro

Sospecho que la persona culta, de aquí en adelante, ya no será la que puede decir "sé muchas cosas".

Será la que puede decir: "sé cuáles son las preguntas importantes para mí".

Eso cambia todo. Cambia cómo debería educarse a un nieto, cambia cómo debería yo mismo seguir aprendiendo a los 74, cambia qué le pido a una conversación.


Pero ojo: la IA también pregunta bien

Aquí quiero frenar una simplificación fácil, la de "antes importaban las respuestas, ahora importan las preguntas". Porque cualquier IA puede producir también preguntas excelentes. Puedo pedirle cincuenta preguntas sobre educación, sobre longevidad, sobre lo que sea, y las voy a tener en diez segundos.

Entonces hay que ir un nivel más profundo todavía.

La verdadera capacidad humana no está en preguntar. Está en discernir qué pregunta merece mi vida.

Entre mil preguntas posibles, ¿cuál merece diez años míos? Eso no me lo puede decidir ninguna máquina. Puede ofrecerme el menú. La elección es mía.


La pregunta como identidad

Y aquí la reflexión se me fue a un terreno que no esperaba, casi existencial.

Quizás no somos solamente nuestras respuestas. Somos también las preguntas que decidimos no abandonar.

Alguien que durante treinta años se pregunta cómo educar mejor termina siendo educador. Alguien que durante años se pregunta cómo hacer más humanas las organizaciones, termina mirando el mundo entero desde ahí.

La pregunta deja de ser una herramienta intelectual. Se convierte en una declaración de quién quiero ser, y de qué parte del mundo estoy dispuesto a responder.

Y ahí aparece una palabra que me gusta mucho más que "preguntar": responsabilidad. Aquello ante lo cual estoy dispuesto a responder.


Cinco movimientos

Si tuviera que resumir qué es saber en este momento, diría que tiene cinco pasos: acceder, preguntar, discernir, relacionar, hacerse cargo.

La IA me ayuda enormemente con los primeros cuatro. Puede explicarme el cambio climático, la soledad, la desigualdad, la muerte. Puede mostrarme perspectivas contradictorias y ayudarme a pensar mejor de lo que pensaba solo.

Pero el quinto paso es distinto. Ahí no hay máquina que entre.

¿Y tú, de todo esto, de qué vas a hacerte cargo?

Porque cuando las respuestas se vuelven baratas y abundantes, elegir la pregunta —la propia, la que uno está dispuesto a sostener durante años— puede ser una de las formas más profundas de libertad que nos quedan.