Lo kafkiano. ¿Te suena?
Lo volví a leer.. en parte. El proceso, de Franz Kafka.
Vale la pena detenerse un momento antes de entrar al libro. Kafka fue tan poderoso que su nombre se convirtió en adjetivo. Decir que algo es "kafkiano" es decir que es atroz, absurdo, sin salida posible. No muchos escritores logran eso.
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| Franz Kafka |
La historia es simple y brutal: Josef K., empleado bancario, una mañana es arrestado. Sin explicación. Sin cargos claros. Su primera reacción es la de cualquiera de nosotros: "debo haber sido calumniado". Porque no ha hecho nada malo. Está seguro de eso.
Pero aquí viene lo kafkiano: no lo encarcelan. Puede seguir trabajando, moviéndose, viviendo. Y sin embargo, algo invisible empieza a ocuparlo todo. Un proceso. Una causa. Una culpa sin nombre que crece sola.
Josef K. intenta defenderse. Busca abogados. Va a tribunales instalados en lugares miserables, entre pasillos oscuros, altillos, oficinas sofocantes. Habla con intermediarios, con mujeres, con pintores vinculados al sistema, con sacerdotes. Nadie le da una respuesta clara. Nadie sabe —o nadie dice— de qué se le acusa realmente.
El sistema judicial aparece como una maquinaria inmensa, secreta, interminable. La culpa parece estar decidida de antemano, antes de cualquier juicio.
Y al final, dos hombres vienen a buscarlo. Lo llevan a las afueras de la ciudad. Lo ejecutan.
Muere sintiendo vergüenza.
Como si esa vergüenza fuera lo último que el proceso logró imponerle. No la muerte: la vergüenza.
¿Qué nos está diciendo Kafka?
Puede leerse como crítica a la burocracia. Al poder. A la justicia deshumanizada. A la culpa religiosa. Al absurdo de la vida moderna. O —y esto me parece lo más interesante desde el coaching— como la historia de una conciencia que se acusa a sí misma sin saber por qué, y que construye su propio laberinto.
Kafka no explica. Instala una atmósfera. Y esa atmósfera es lo inolvidable.
Si tuviera que resumirlo en una sola frase:
El proceso es la historia de un hombre acusado por una culpa desconocida, juzgado por una autoridad invisible, y destruido por un sistema que nunca necesita explicarse.
Y si lo digo más kafkianamente:
Josef K. no cae porque sea culpable. Cae porque el mundo que lo acusa ya decidió que lo era.
¿Cuántas veces hemos actuado como Josef K.? ¿Cuántas veces hemos aceptado una condena que nadie nos declaró formalmente, pero que igual cargamos?
Esa es la pregunta que me deja este libro. Cada vez que lo leo.


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