Terminé de leer De Naturaleza Liberal de Álvaro Fischer con la sensación de que alguien, por fin, había puesto en orden muchas intuiciones que yo llevaba años rumiando. Fischer es ingeniero matemático, emprendedor y curioso intelectual —una combinación poco frecuente— y eso se nota: el libro es riguroso sin ser árido, provocador sin ser panfletario.
La tesis central es tan simple como incómoda: no podemos diseñar reglas de convivencia ni doctrinas políticas ignorando cómo somos realmente los seres humanos. Las buenas intenciones no bastan. Nunca bastaron.
Somos animales con 3.500 millones de años de historia
El punto de partida de Fischer es evolucionario. Los organismos vivos llevamos milenios siendo moldeados por la selección natural, un proceso que opera sin cerebro central ni objetivo final, guiado únicamente por tres imperativos ineludibles: el termodinámico (necesitamos energía para sobrevivir), el biológico (debemos reproducirnos) y el económico (los recursos son escasos).
Desde Dawkins aprendimos que los organismos somos, en cierta medida, vehículos que los genes utilizan para perpetuarse. De ahí el famoso "gen egoísta". Pero Fischer no se queda ahí y —con honestidad intelectual que agradezco— se pregunta: ¿es la mutación genética aleatoria realmente todo lo que guía la evolución? ¿No habrá alguna forma de conciencia intrínseca detrás? La pregunta queda abierta. Me parece bien que así sea.
La gran paradoja: somos egoístas y altruistas
Aquí está, a mi juicio, el núcleo más valioso del libro. Fischer desmonta la falsa dicotomía entre egoísmo y altruismo. Ambos coexisten en nuestra arquitectura conductual y se activan según el contexto social que enfrentamos.
Adam Smith lo vio hace 250 años: junto a la preocupación por nosotros mismos —que genera valor económico— existe una genuina preocupación por nuestros semejantes, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana. No son contradictorias; son complementarias.
Las sociedades primitivas lo entendieron intuitivamente: colaborar para cazar era más eficiente que competir individualmente. A esto Fischer lo llama psicología coalicional: la capacidad de coordinar conductas para un objetivo común y compartir los beneficios. Un rasgo profundamente adaptativo que llevamos inscrito en los genes.El dilema, eso sí, es real: somos egoístas y altruistas, pero no ambos a la vez. Esa tensión es intrínseca e insoslayable a la condición humana. Diseñar sistemas políticos que ignoren uno de los dos polos es condenarse al fracaso.
La moral no viene de la razón: viene de las tripas
Este capítulo me resultó especialmente estimulante, quizás porque sacude algunas certezas cómodas.
Fischer toma partido claro en el viejo debate entre Kant y Hume. Kant sostenía que la moralidad proviene de la razón. Hume, en cambio, insistía en que son los sentimientos morales la verdadera fuerza impulsora de nuestras conductas. Fischer se alinea con Hume, respaldado por la biología evolucionaria: la moral tiene un origen innato, instalado por la selección natural en nuestra arquitectura neuronal.
Hacemos juicios morales constantemente, sin esfuerzo, casi automáticamente. Esos juicios giran en torno a seis ejes fundamentales: la sensibilidad al sufrimiento ajeno, la detección de tramposos, la lealtad versus la traición, el rango y el estatus, la pureza versus la degradación, y la libertad versus la dominación.
Lo que me parece clave —y muy útil para el coaching y el liderazgo— es la distinción entre el modo automático (emociones que actúan instintivamente) y el modo manual (el análisis lento de costo/beneficio). Para los conflictos cotidianos opera el primero; para los grandes dilemas valóricos colectivos, necesitamos activar el segundo.
Lo que la biología le dice a la política
Llegamos al corazón político del libro. Si el fundamento último de toda doctrina política es siempre moral, y si esa moral emerge de nuestra naturaleza evolucionada, entonces la política que ignore la naturaleza humana está condenada al fracaso.
El caso más elocuente: el comunismo. El biólogo E.O. Wilson lo resumió con una frase que se quedó dando vueltas en mi cabeza: "Nice theory, wrong species". Castro, para construir su sociedad igualitaria, tuvo que restringir la libertad de emprendimiento, porque de lo contrario las diferencias naturales de talento, esfuerzo y apetito por el riesgo habrían generado desigualdad de todos modos. La naturaleza humana es, dice Fischer, más porfiada que los imperativos categóricos.
Los humanos no buscan igualarse; buscan diferenciarse. El status se persigue porque evolutivamente ampliaba las opciones reproductivas. La riqueza proviene del trabajo, que es simplemente el imperativo termodinámico hecho actividad humana. Nada de esto es bueno ni malo en sí mismo: es lo que somos.
La gran conclusión práctica: la cooperación es eficiente en las relaciones sociales; la competencia es eficiente en las relaciones productivas. Confundirlas —aplicar lógica colectivista a la producción, o lógica competitiva a los vínculos humanos— genera distorsiones costosas.
Mi reflexión final
Lo que más valoro de este libro es su honestidad: Fischer no pretende que el libre mercado sea perfecto, ni que la desigualdad sea irrelevante. Reconoce que el libre mercado produce estratificaciones y que éstas generan juicios morales negativos cuando se perciben como inmerecidas. El desafío político real no es elegir entre libertad e igualdad —como si fueran opciones excluyentes— sino diseñar instituciones que honren ambas en la medida en que nuestra naturaleza lo permite.
Prefiero —como dice Fischer con toda claridad— la desigualdad que generó Steve Jobs a través de Apple, porque gracias a ella tengo acceso a tecnología que de otro modo nunca habría existido, a vivir en un mundo igualitario donde los teléfonos inteligentes nunca habrían aparecido.
La cultura no moldea la naturaleza humana. Es al revés. Mientras antes los diseñadores de políticas públicas —y los líderes en general— internalicen esa verdad, mejores serán las instituciones que construyamos.
Un libro que recomiendo sin reservas a quienes, como yo, creen que entender cómo somos es el primer paso para construir algo mejor.


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