Estuve en la casa de mi amigo el Caco Salazar en Papudo durante el fin de semana. Nos fuimos con el Caco a su taller y nos instalamos a conversar.
En un momento, vi que Caco elaboraba sobre la espiritualidad y le dije, para, empecemos de nuevo este tema, que quiero grabar. Aceptó y eso hicimos.
Yo le hice una pocas preguntas en todo el lapso y fue quien elaboró mas.
El resultado final terminó en el posteo que sigue.
¿Y si el Reino de Dios siempre estuvo adentro?
Hay una pregunta que me ronda hace tiempo y que, con los años, se ha vuelto más urgente que incómoda: ¿qué quiso decir realmente Jesús?
No el Jesús de los templos, las jerarquías y los dogmas. Sino ese hombre que caminó por Galilea diciéndole a la gente, con una claridad desconcertante, que el Reino de Dios no está arriba ni afuera — está dentro de vosotros.Es una afirmación radical. Y creo que seguimos sin tomarla en serio.
La religión que no era su plan
Jesús no vino a fundar una institución. Vino a mostrar un camino hacia la libertad interior — un camino para salir del sufrimiento sin depender de intermediarios, jerarquías ni rituales. Su enseñanza apuntaba a algo mucho más poderoso y más cercano: el potencial infinito que cada ser humano lleva dentro.
Lo que ocurrió después es historia conocida. Ese mensaje vivo fue empaquetado en reglas, estructuras y miedos. Y paradójicamente, esas mismas estructuras terminaron alejando a las personas de aquello que Jesús señalaba: su propia capacidad de crecer, de amar, de actuar desde un lugar de libertad genuina.
Seguir ese camino hoy requiere, en cierta medida, una actitud rebelde. Rebelde frente al ruido externo, frente a la presión de creer que la salvación viene de fuera, por obra de magia o por decreto de alguna autoridad.
Más allá del esfuerzo estoico
Los griegos, los estoicos, los filósofos clásicos también buscaron la virtud. Y hay mucho valor en esa tradición. Pero hay una diferencia sutil y enorme en la enseñanza de Jesús: no se trata solo de esforzarse por ser buena persona. Se trata de abrirse a una fuerza que ya está en ti y que, cuando la contactas, produce bondad y gozo de forma natural — no como resultado de un trabajo agotador, sino como expresión de lo que realmente eres.
Las Bienaventuranzas no son una lista de tareas morales. Son la descripción de un estado: el que emerge cuando descubres ese espacio de libertad interior. Un estado de afecto constante, de alegría que no depende de las circunstancias.
El gran debate: ¿somos hijos del azar o de una fuente?
Esto me lleva a una tensión que encuentro fascinante, especialmente viniendo de una formación científica.
La visión materialista de la evolución — la que popularizó Darwin y que autores como Alvaro Fisher han desarrollado — nos dice que somos el resultado de mutaciones aleatorias y selección natural. Sin propósito. Sin destino. Solo supervivencia del más apto.Es una explicación poderosa. Pero incompleta, me parece.
Porque si todo es azar, ¿cómo surge el orden? ¿Cómo emerge la conciencia, la capacidad de amar, el sentido de trascendencia? La ciencia tradicional deja fuera variables que no puede medir con microscopios: el alma, el ESPIRITU (reino de los cielos), la dirección interna que parece guiar no solo la vida biológica, sino el desarrollo humano en su dimensión más profunda.
Hay quienes hablan de una fuente — una sabiduría superior que no es aleatoria, que diseña y orienta. No como un dios externo que mueve piezas, sino como una inteligencia inherente al proceso mismo.
Sobrevivir no es suficiente
Si la evolución tiene como único fin la supervivencia biológica, la vida resulta un proyecto bastante pobre. Nacer, adaptarse, reproducirse, morir. ¿Eso es todo?
Me resisto a esa conclusión.
La experiencia humana — en su mejor versión — apunta hacia otra cosa: hacia el crecimiento del ser, hacia la multiplicación del potencial, hacia una existencia que tiene gracia y propósito. Y para acceder a esa dimensión, no alcanza con el microscopio. Se requieren otras herramientas: el silencio, la contemplación, la observación interna honesta.
No son herramientas menos rigurosas. Son herramientas distintas, diseñadas para explorar un territorio que la materia no puede contener.
Tengo 74 años y sigo haciéndome estas preguntas. O quizás, con los años, las preguntas se han vuelto más mías. Más urgentes y, curiosamente, más livianas.
¿Qué piensas tú? ¿Dónde buscas el reino?
Nota: las imágenes son cuadros del pintor Caco Salazar


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