En estos días aciagos con la muerte de nuestro gran amigo Jorge Milla, que sale en la foto con el autor del libro que comento, que aun no sale a imprenta; ni tiene tapa.
Bernardo me pasó una copia en pdf intentando él que no metiera a la IA en el baile, cosa que yo rehusé hacer, pues ya se me ha tornado en un asistente, del qué no puedo prescindir.
Terminé llamando a Bernardo para contarle qué estaba en animada conversación con su libro.
Bueno, a continuación el posteo de su libro (ojo, antes de su publicación)
Habitar la longevidad: el territorio que nadie nos enseñó a recorrer
No leí una línea del libro de Bernardo Andrews. Pero siento que sí lo leí.
Se lo dije a él mismo, y se lo repito aquí: pasé Habitando la Longevidad por NotebookLM, generé varios reportes, los vi todos, algunos dos veces. Y después me puse a conversar con el libro, con Bernardo, a través del chat de NotebookLM. Ahí lo llamé.
El guión que se cae
Andrews parte de algo simple y a la vez devastador: la humanidad vive hoy 20 o 30 años más de lo que el guión tradicional contemplaba. Estudio, trabajo, crianza, vejez breve, muerte. Ese guión ya no alcanza. Y cuando se cae, uno queda en la intemperie.
Yo tengo 74 años. Cuatro hijos, ocho nietos. Y confieso que conozco esa intemperie de primera mano: el foco de la atención se desplaza abruptamente del futuro al presente. Las proyecciones se desvanecen. Y ese presente, al principio, no contiene nada. Básicamente aburrimiento.
Ahí empieza el aporte real del libro.
Del hacer al habitar
Andrews distingue entre transitar el tiempo y habitar el tiempo. Habitar es presencia: permanecer realmente en lo que se vive, sin la urgencia de lo siguiente. Es también no-utilidad: leer sin apuro, caminar sin destino, recuperar experiencias que no necesitan justificarse por su rendimiento.
Dejo de ser lo que hago y paso a ser el ser que soy. Un territorio algo desconocido, todavía por conocer.
Esa frase la anoté mientras leía, y no la suelto: habitar el lenguaje es habitar la casa del ser. Qué potente. Porque si habitar el lenguaje es habitar la casa del ser, entonces cada conversación que tengo, en esta etapa, es una forma de construir dónde vivo.
El cuerpo como forma de comparecer
Otra idea que se me quedó pegada: el cuerpo no es un envase, es la forma en que comparecemos ante otros. No hay guión externo que te diga cómo estar presente a los 74. Uno tiene que diseñarlo.
Y ahí Andrews propone una tríada que me parece exacta: aceptación (no resignación, sino reconocer que el mundo se abre de otra manera), gratitud (por lo irrepetible de cada momento) y esperanza (la convicción de que algo valioso todavía puede emerger, y que puedo contribuir al florecimiento de otros).
Nadie habita bien el tiempo completamente solo
Esta frase de Andrews conecta directo con algo que vengo sosteniendo hace años en mi propio trabajo: la conversación no es intercambio de información ni defensa de opiniones. Es el espacio donde aparece algo inesperado.
El aprendizaje, dice él, es una forma de estar en el mundo, no una etapa juvenil. Y aprender exige una disposición: dejarse transformar. Con humildad para aceptar la ignorancia, con riesgo para equivocarse.
Una vida puede envejecer antes que el cuerpo, si pierde la apertura a lo inesperado.
Exploradores de un territorio virgen
Andrews cierra con una imagen que me parece justa: la actual generación de personas mayores actúa como exploradora de un territorio virgen. No hay mapa. Cada uno lo va trazando.
Y ahí quiero volver a algo que le escribí a Bernardo: disfruté especialmente la dimensión personal que puso en el libro. Cuando llegó a Santiago y fue el taxista quien lo llevó a la Escuela de Ingeniería de la Chile, donde terminó estudiando. O cuando en México intentó modificar el ADN de la Stevia que producía. Esos detalles le dan cuerpo a la tesis. No es solo filosofía de la longevidad: es un ingeniero, como yo, tratando de entender qué hacer con las décadas que le sobraron al guión.
La pregunta que me queda
Al habitar el presente, dice Andrews, las cosas recuperan profundidad. Podemos reconectar con partes de nosotros olvidadas. Cambia incluso cómo conversamos: mejora la escucha, la acogida, atendemos mejor a nuestros propios sentires.
Yo le agradecí a Bernardo por abrir ese territorio en la conversación pública. Un tremendo aporte, a mi parecer.
¿Y tú? Si ya cruzaste ese umbral donde el guión tradicional deja de sostenerte, ¿qué has encontrado del otro lado: aburrimiento, o algo que todavía no tenía nombre?


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