Conversando con Pedro Arellano apareció una imagen que me sigue dando vueltas: somos ondas, pero muchas veces vivimos como partículas.
Lo digo como metáfora, no como una explicación física de la conciencia. Pero como metáfora me sirve, porque describe algo que reconozco todos los días.
Vivir como partícula
Hay momentos en que me vivo como una unidad aislada. Mi historia. Mis problemas. Mis logros. Mis amenazas. El mundo está afuera y yo tengo que encontrar la manera de defenderme, hacerme un lugar, demostrar lo que valgo.
A eso le llamamos, en nuestra conversación, "vivir como partícula".
Desde ahí, la relación se vuelve un trabajo entre dos entidades separadas. Tengo que acercarme al otro, entenderlo, negociar, construir un puente. Y la competencia aparece fácilmente: tu espacio puede parecer una reducción del mío; tu logro, una medida de mi insuficiencia.
¿Te ha pasado sentir que el éxito del otro te resta algo, aunque nada tuyo haya cambiado?
Vivir como onda
Pero también conocemos otra experiencia.
Una conversación en la que aparece una idea que ninguno traía. Un grupo en el que la confianza permite decir algo que a solas no habríamos podido formular. Un encuentro después del cual ya no somos exactamente quienes éramos antes.
Ahí la imagen de la onda cobra sentido. Lo que cada uno trae se entremezcla y se transforma en el encuentro.
Pedro pone mucha atención en la relación. Tiene una capacidad especial para propiciar esa sintonía entre personas. Escuchándolo, me surgió una pregunta: ¿y si la relación empieza mucho antes de que decidamos construirla?
Una trama que ya estaba ahí
Antes de este encuentro ya hay otros en mí: en el lenguaje con que pienso, en las historias que me cuento, en lo que aprendí a temer y en lo que me atrevo a imaginar. Mi singularidad también está hecha de relaciones.
Quizás "volver a la onda" sea reconocer esa trama.
Desde ahí, colaborar adquiere otro sentido. Puedo aportar algo propio y, al mismo tiempo, dejar que el encuentro lo transforme. Lo que emerge puede ampliar las posibilidades de todos.
Eso requiere trabajo. La confianza, la escucha y el cuidado no aparecen por arte de magia. Pero cambia el lugar desde el que hacemos ese trabajo: reconocemos que lo que ocurre entre nosotros también forma parte de quienes somos.
Ser alguien y, a la vez, ser parte
Necesitamos identidad, límites y voz propia. Podemos tenerlos sin olvidar nuestra pertenencia.
Me quedo con esa imagen de nuestra conversación con Pedro: ser alguien y, a la vez, ser parte.
¿Cuánto cambiaría nuestra manera de vivir y de trabajar si tuviéramos más presente esa doble condición?




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