Dos revoluciones, un solo mundo: lo que Francia le regaló a Europa
Una derrota que cambió la historia
El 20 de septiembre de 1792, en un campo llamado Valmy, algo insólito ocurrió.
Un ejército de ciudadanos franceses —52.000 hombres movilizados por una idea, no por obediencia a un rey— detuvo en seco el avance de las tropas bien entrenadas prusianas y austriacas (35.000 hombres). Las fuerzas del viejo orden europeo. Los guardianes de la monarquía y el privilegio.
No fue una batalla sangrienta. Pero fue decisiva.Johann Wolfgang Goethe, que estaba allí acompañando al ejército prusiano, escribió esa misma noche: "Desde este lugar y desde este día comienza una nueva época en la historia del mundo."
Tenía razón. Aunque probablemente ni él mismo entendía del todo por qué.
El fracaso más influyente de la historia
La Revolución Francesa fue, en muchos sentidos, un fracaso rotundo.
Proclamó libertad, igualdad y fraternidad. Y derivó en el Terror, las ejecuciones masivas, la dictadura jacobina y finalmente el Imperio de Napoleón.
No produjo una democracia estable. Sus propios ideales la devoraron.
Y sin embargo —aquí está la paradoja que me tiene pensando— transformó Europa más profundamente que muchas revoluciones exitosas.
¿Cómo se explica eso?
El contraste que me abrió los ojos
Para entenderlo tuve que mirar a Inglaterra.
En 1688, con la llegada de Guillermo de Orange desde Holanda —la llamada Revolución Gloriosa— Inglaterra hizo algo completamente distinto.
No destruyó el orden. Lo reformó. Estableció que el rey no estaba por encima de la ley, que el Parlamento tendría poder real, que los contratos serían respetados y la propiedad protegida.
El resultado fue extraordinario: confianza institucional, crédito, el Bank of England, y las bases sobre las que se construiría la Revolución Industrial.
Inglaterra preguntó: ¿cómo limitamos el poder?
Francia preguntó: ¿quién tiene derecho a ejercerlo?
Son preguntas distintas. Con respuestas distintas. Y con consecuencias distintas para el mundo.
Lo que Francia sí logró
El aporte de la Revolución Francesa no fue institucional. Fue antropológico.
Antes de 1789, los campesinos europeos eran súbditos. Luchaban por el rey. Obedecían porque sí. Su lugar en el mundo era fijo, hereditario, inmutable.
La Revolución Francesa rompió eso.
Dijo —por primera vez con esa fuerza— que la soberanía residía en la nación. No en Dios. No en una dinastía. En el pueblo.
Y eso cambió todo.
Las personas pasaron a ser ciudadanos. Con derechos. Con dignidad política. Con la posibilidad de ser protagonistas de la historia.
Por eso en Valmy esos 52.000 hombres combatieron con una ferocidad que los prusianos no entendían. No defendían a un monarca. Defendían una idea. Y eso, resulta, mueve montañas.
La tensión que nos constituye
El mundo moderno nació de la tensión entre estas dos tradiciones, entre estas dos revoluciones.
La inglesa nos enseñó a construir instituciones que limitan el poder y protegen la libertad individual. El mundo de los contratos, el mercado, la propiedad.
La francesa nos enseñó que las personas comunes pueden y deben ser protagonistas de la historia. El mundo de las convicciones, la ciudadanía, la movilización colectiva.
Sin la Revolución Gloriosa, probablemente no existiría el capitalismo moderno.
Sin la Revolución Francesa, probablemente no existirían el sufragio universal, la idea de ciudadanía, los movimientos nacionales del siglo XIX, ni la democracia de masas tal como la conocemos.Una creó el mundo de los contratos.
La otra creó el mundo de las convicciones.
Lo que me quedo pensando
Vivimos en una época que necesita de ambas cosas.
Instituciones sólidas que contengan el poder. Y ciudadanos que sepan quiénes son y por qué luchan.
La pregunta que me hago es si hoy, con todo lo que está cambiando —tecnología, identidades, organizaciones, economías— seguimos siendo capaces de responder la pregunta francesa: ¿quién tiene derecho a protagonizar esta historia?
¿Sientes tú también que hay algo de esa llama revolucionaria —no en el sentido violento, sino en el sentido de atreverse a preguntar quién soy y qué me corresponde— que necesitamos recuperar?
Nota: estas son reflexiones que me surgen mientras leo el libro La era de las revoluciones de Fareed Zakaria.


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