Hace unas semanas conté aquí mi experiencia con el libro de Bernardo Andrews. Que no leí una línea, y sin embargo siento que sí lo leí. Que lo pasé por NotebookLM, generé reportes, conversé con el libro a través del chat, y terminé produciendo una reflexión razonablemente fiel a sus ideas.
Bernardo se molestó, un poco. Y con razón: estábamos usando dos definiciones distintas de la palabra leer.Esa conversación no se cerró ahí. Siguió creciendo dentro de mí, y quiero compartir hacia dónde me llevó.
Leer ya no es una sola cosa
Durante siglos, leer fue una sola operación: recorrer las palabras que otro escribió. Pero en realidad esa palabra siempre escondió varias cosas distintas: acceder a un texto, comprenderlo, apropiárselo, dejarse transformar por él. No las distinguíamos porque no había alternativa: para hacer una había que hacer las cuatro juntas.
La IA acaba de separarlas.
Yo pude no haber recorrido las páginas del libro de Bernardo y, sin embargo, haber accedido a sus ideas, interrogarlas, relacionarlas con otras, producir una reflexión propia sobre ellas. En un sentido, leí el libro. En otro sentido, no tuve la experiencia de leerlo. Y esa diferencia me parece fértil, no empobrecedora.
Distingo al menos tres maneras de leer hoy. La lectura delegada: "dime de qué trata este libro", donde la máquina hace casi todo el trabajo. La lectura asistida, que es la que yo hice con Bernardo: uno conversa con el texto a través de un intermediario, sigue preguntando, sigue avanzando. Y la lectura directa, lenta, sin mediación, donde uno se topa con las palabras exactas del autor, con sus silencios y sus dificultades.
Que existan las dos primeras no vuelve inútil la tercera. Puede que ocurra lo contrario: al dejar de ser obligatoria, la lectura directa recupera un valor nuevo.
Es como caminar. Tenemos auto, avión, Google Maps. Y sin embargo seguimos caminando. Ya no caminamos veinte kilómetros porque sea la única forma de llegar al pueblo. A veces caminamos porque el camino mismo importa.
Con algunos libros queremos llegar. Con otros, queremos caminar.
¿Y escribir?
Aquí me atrapé a mí mismo diciendo algo radical: que entonces yo no leo ni escribo.
Lo discutiría, al menos la segunda mitad.
Porque cuando converso durante una hora con una IA, rechazo una idea, corrijo otra, meto mi propia experiencia, cambio el argumento, y al final digo "esto sí representa lo que pienso", ¿quién escribió?La respuesta antigua era simple: quien puso las palabras.
La respuesta de hoy se complica. Quizás haya que separar redactar de escribir. La máquina puede redactar. Pero elegir qué merece ser dicho, desde qué experiencia, con qué intención, qué conservar y qué eliminar, y finalmente hacerse responsable de lo dicho: eso podría ser la nueva definición de autoría.
Lo que lleva a una pregunta incómoda y hermosa a la vez: ¿escribir consiste en producir palabras, o en producir pensamiento?
Hay un riesgo, eso sí, que no quiero minimizar. Muchas veces descubrimos lo que pensamos precisamente mientras luchamos por escribirlo. Si delego esa lucha demasiado pronto, la máquina me ahorra el esfuerzo, pero también puede robarme el fruto que solo aparece en medio del esfuerzo. No es "IA sí o IA no". Es qué parte conviene delegar y qué parte necesito conservar, porque ahí, justamente ahí, ocurre mi transformación.
Aprender ya no es almacenar
Confundimos aprender con almacenar durante mucho tiempo. Fechas, capitales, fórmulas, definiciones. Tenía sentido cuando la información era escasa. Google ya había resquebrajado ese modelo. La IA le da un golpe todavía mayor, porque ya no solo recupera información: la explica, la compara, la sintetiza, la argumenta.
Entonces, ¿qué significa aprender cuando ya no necesito poseer personalmente la mayoría de las respuestas?
Tener una respuesta no es lo mismo que haber aprendido. Un alumno puede entregar un ensayo magnífico hecho por IA y no haber aprendido nada. El mismo alumno puede usar esa misma IA para discutir dos horas con Sócrates, pedir objeciones a sus propios argumentos, descubrir sus contradicciones, y terminar comprendiendo muchísimo más que en una clase tradicional.
La herramienta es idéntica. Lo que cambia es la actividad cognitiva de quien la usa.
El valor de saber preguntar
Durante siglos premiamos a quien sabía responder. Ahora habrá máquinas que responderán mejor que nosotros una cantidad creciente de preguntas. Por eso aumenta el valor de otra capacidad: saber qué preguntar.
Y no cualquier pregunta, porque la IA también fabrica mil preguntas en diez segundos. El territorio humano está en descubrir cuál pregunta merece ser formulada. Eso pide curiosidad, experiencia, sensibilidad, criterio, biografía.
Una máquina puede proponer: "¿cuáles son las consecuencias de la longevidad?". Pero que un hombre que lleva siete décadas vividas se pregunte "¿qué significa vivir una vida larga cuando ya no necesito demostrar quién soy?" es otra cosa completamente distinta.
La pregunta nace de una existencia.
La pregunta madre
Si ordeno todo lo anterior, aparece una secuencia: qué significa leer, qué significa escribir, qué significa aprender, qué significa pensar y, finalmente, qué significa ser humano.
Durante siglos definimos parte de nuestra superioridad por capacidades cognitivas: calcular, recordar, razonar, escribir, componer, jugar ajedrez. Y estamos construyendo máquinas que empiezan a participar de esos mismos territorios.
Entonces la IA no solo nos da una herramienta. Nos quita un espejo. Ya no puedo decir con tanta tranquilidad "soy humano porque hago estas cosas que nada más puede hacer".
Y eso obliga a buscar más hondo. Quizás ser humano tenga menos que ver con nuestras capacidades y más con nuestra condición: tener cuerpo, haber nacido, saber que voy a morir, amar personas concretas, sufrir pérdidas, arrepentirme, maravillarme, hacerme cargo de mis decisiones.
Puede que hayamos confundido, demasiado tiempo, ser inteligentes con ser humanos.
Mi conclusión, por ahora
La IA no está haciendo innecesario aprender. Nos está obligando a descubrir para qué aprendemos. No termina con la lectura: nos obliga a preguntarnos para qué leemos. No termina con la escritura: nos obliga a preguntarnos para qué escribimos. No termina con el pensamiento: nos obliga a distinguir pensar de producir respuestas.
Y quizás, al final, la inteligencia artificial no nos obliga tanto a preguntarnos qué llegará a ser la máquina. Nos obliga a preguntarnos qué queremos llegar a ser nosotros.
¿Y tú? Cuando lees algo hoy, con o sin ayuda de una IA, ¿qué de esas cuatro cosas —acceder, comprender, apropiarte, dejarte transformar— estás realmente haciendo?



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