Qué significa saber, ahora que las respuestas sobran
Hace unos días caí en una conversación que no he podido soltar.
Empezó simple: ¿qué es saber, en la era de la IA? Y terminó en un lugar que no esperaba.
Durante siglos, saber fue tener respuestas guardadas adentro.
El erudito era el que había leído mucho, recordaba mucho, podía citar fechas, nombres, autores. Tenía sentido: la información era escasa, y poseerla valía.
Hoy cualquiera accede, en segundos, a más información de la que yo podría haber acumulado en toda una vida. La escasez se derrumbó.
Pero eso no significa que todos sepamos lo mismo. Significa que el centro de gravedad se movió a otro lugar.
Tres épocas de saber
Me gusta ordenarlo así.
Primera época: saber era recordar. La información era escasa, había que incorporarla adentro.
Segunda época: saber era encontrar. Llegó Google, la información salió afuera, y buscar bien se volvió una competencia.
Tercera época, la que estamos empezando a vivir: saber será preguntar, discernir y hacerse responsable. Porque la IA ya no solo encuentra información. La procesa, la relaciona, la explica, la argumenta, y hasta propone la respuesta antes de que yo termine de pensar la pregunta.
Y ahí aparece una paradoja que no me deja tranquilo: mientras más capaz se vuelve la máquina de responder, más importante se vuelve para mí saber qué merece ser preguntado.
Porque no todas las preguntas son iguales.
Está la pregunta instrumental. ¿Cuándo ocurrió la Paz de Westfalia? ¿Cómo funciona un motor eléctrico? Son preguntas que buscan una respuesta y, apenas la encuentran, mueren. Cumplieron su función y se acabaron.
Y está la otra clase. ¿Qué significa vivir bien? ¿Cómo quiero vivir los últimos veinte años de mi vida? ¿Qué debería seguir siendo exclusivamente humano en un mundo de máquinas inteligentes?
Esas preguntas no mueren cuando las respondo. Las respondo hoy, vuelvo a ellas dentro de un año, y descubro que la respuesta cambió porque cambié yo, o cambió el mundo, o apareció algo que antes no podía ver.
Son preguntas que uno habita. No las resuelve: vive adentro de ellas.
La persona culta del futuro
Sospecho que la persona culta, de aquí en adelante, ya no será la que puede decir "sé muchas cosas".
Será la que puede decir: "sé cuáles son las preguntas importantes para mí".
Eso cambia todo. Cambia cómo debería educarse a un nieto, cambia cómo debería yo mismo seguir aprendiendo a los 74, cambia qué le pido a una conversación.
Pero ojo: la IA también pregunta bien
Aquí quiero frenar una simplificación fácil, la de "antes importaban las respuestas, ahora importan las preguntas". Porque cualquier IA puede producir también preguntas excelentes. Puedo pedirle cincuenta preguntas sobre educación, sobre longevidad, sobre lo que sea, y las voy a tener en diez segundos.
Entonces hay que ir un nivel más profundo todavía.
La verdadera capacidad humana no está en preguntar. Está en discernir qué pregunta merece mi vida.
Entre mil preguntas posibles, ¿cuál merece diez años míos? Eso no me lo puede decidir ninguna máquina. Puede ofrecerme el menú. La elección es mía.
Y aquí la reflexión se me fue a un terreno que no esperaba, casi existencial.
Quizás no somos solamente nuestras respuestas. Somos también las preguntas que decidimos no abandonar.
Alguien que durante treinta años se pregunta cómo educar mejor termina siendo educador. Alguien que durante años se pregunta cómo hacer más humanas las organizaciones, termina mirando el mundo entero desde ahí.
La pregunta deja de ser una herramienta intelectual. Se convierte en una declaración de quién quiero ser, y de qué parte del mundo estoy dispuesto a responder.
Y ahí aparece una palabra que me gusta mucho más que "preguntar": responsabilidad. Aquello ante lo cual estoy dispuesto a responder.
Cinco movimientos
Si tuviera que resumir qué es saber en este momento, diría que tiene cinco pasos: acceder, preguntar, discernir, relacionar, hacerse cargo.
La IA me ayuda enormemente con los primeros cuatro. Puede explicarme el cambio climático, la soledad, la desigualdad, la muerte. Puede mostrarme perspectivas contradictorias y ayudarme a pensar mejor de lo que pensaba solo.
Pero el quinto paso es distinto. Ahí no hay máquina que entre.
¿Y tú, de todo esto, de qué vas a hacerte cargo?
Porque cuando las respuestas se vuelven baratas y abundantes, elegir la pregunta —la propia, la que uno está dispuesto a sostener durante años— puede ser una de las formas más profundas de libertad que nos quedan.




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