viernes, agosto 14, 2026

La IA no viene a mejorar la empresa. Viene a obligarnos a reinventarla

Hay una pregunta que empieza a rondarme:

Si hoy tuviéramos que crear nuestra empresa desde cero, sabiendo que existe la inteligencia artificial, ¿la diseñaríamos como está diseñada actualmente?

Sospecho que no.

Y si la respuesta es no, tenemos un problema bastante más grande que aprender a usar ChatGPT.

Hace unos días leí una reflexión de Mauricio Cáceres que me quedó dando vueltas. Él plantea que no estamos frente a una nueva ola tecnológica, sino frente a una nueva era.

La diferencia no es menor.

Las olas pasan. Uno puede surfearlas mejor o peor. Incluso puede dejar pasar alguna.

Las eras cambian el paisaje.

La Revolución Industrial no consistió simplemente en fabricar más rápido. Terminó cambiando las ciudades, el trabajo, las empresas y nuestra manera de vivir.

La revolución digital tampoco consistió solamente en reemplazar el papel por computadores. Creó industrias que no existían, destruyó otras, modificó las comunicaciones y terminó metiendo buena parte del planeta dentro de un teléfono.

Ahora está comenzando otra transformación.

La de la inteligencia artificial.

Y quizás estamos cometiendo con ella un error bastante humano: intentar introducir una tecnología nueva dentro de una manera antigua de hacer las cosas.


Ponerle un motor eléctrico a una fábrica a vapor

Cuando apareció la electricidad, muchas fábricas hicieron algo perfectamente razonable: reemplazaron las antiguas fuentes de energía por motores eléctricos.

Pero mantuvieron durante un tiempo prácticamente intacto el diseño de las fábricas.

Solo después comprendieron que la electricidad permitía algo mucho más interesante: rediseñar la fábrica completa.

Creo que estamos exactamente en ese momento con la IA.

Las empresas están descubriendo que pueden redactar correos más rápido, resumir documentos, preparar presentaciones, analizar información, responder clientes, programar, elaborar informes.

Fantástico.

Pero eso es apenas ponerle un motor eléctrico a la antigua fábrica.

La verdadera pregunta es otra:

¿Cómo sería una empresa concebida desde su origen para funcionar con inteligencia artificial?


¿Qué pasa cuando la inteligencia deja de ser escasa?

Buena parte de la empresa moderna fue construida alrededor de una limitación histórica: la capacidad humana para procesar información es escasa.

Necesitamos especialistas porque nadie puede saber de todo.

Creamos departamentos porque necesitamos agrupar conocimientos.

Creamos jerarquías porque alguien tiene que coordinar a quienes poseen esos conocimientos.

Hacemos reuniones para intercambiar información.

Contratamos consultores porque saben cosas que nosotros no sabemos.

¿Pero qué sucede cuando cualquier profesional tiene sentado a su lado —24 horas al día— un sistema capaz de investigar, analizar, comparar, escribir, programar, traducir, revisar documentos, construir escenarios y proponer alternativas?

Y más aún:

¿Qué sucede cuando no tenga uno, sino decenas de agentes inteligentes trabajando para él?


Un ejecutivo acompañado por cincuenta inteligencias

Imaginemos por un momento a un gerente dentro de algunos años.

Un agente analiza permanentemente a sus competidores.

Otro revisa las ventas.

Otro detecta cambios en los clientes.

Otro analiza contratos.

Otro sigue las tendencias de su industria.

Otro prepara escenarios financieros.

Otro cuestiona sus decisiones.

Y otro convierte todo lo anterior en alternativas de acción.

Entonces la unidad productiva empieza a cambiar.

Ya no será simplemente:

una persona.

Será:

una persona + inteligencia artificial + agentes + datos + experiencia + criterio.

Y eso puede alterar radicalmente lo que entendemos por productividad.

Una persona podría hacer el trabajo que antes requería un equipo.

Un equipo pequeño podría hacer lo que antes requería un departamento.

Y una empresa de cincuenta personas podría competir con organizaciones que hoy necesitan quinientas.


Entonces, ¿para qué necesitaremos tantos niveles?

Aquí la conversación empieza a ponerse incómoda.

Porque muchas estructuras organizacionales existen precisamente para coordinar personas que procesan información.

Si una parte importante de esa coordinación comienza a realizarla la inteligencia artificial, tendremos que preguntarnos qué ocurrirá con las pirámides organizacionales.

¿Necesitaremos tantos niveles jerárquicos?

¿Seguirán existiendo los mismos departamentos?

¿Tendrá sentido mantener algunos cargos?

¿Podrán equipos mucho más pequeños asumir responsabilidades mucho mayores?

¿Habrá empresas que descubran que buena parte de su estructura organizacional fue diseñada para resolver problemas que ya no existen?

No tengo las respuestas.

Pero sospecho que esas son las preguntas que deberíamos estar haciendo.


También cambiará lo que significa ser jefe

Durante décadas, dirigir significó fundamentalmente administrar personas y recursos.

El ejecutivo que viene tendrá que aprender a dirigir algo bastante más extraño:

personas e inteligencias artificiales trabajando juntas.

Y aquí aparece una paradoja que me fascina.

Mientras más poderosa se vuelva la inteligencia artificial, probablemente más valiosas serán ciertas capacidades profundamente humanas.

Saber preguntar.

Escuchar.

Discernir.

Comprender contextos.

Construir confianza.

Resolver conflictos.

Imaginar futuros.

Tomar decisiones bajo incertidumbre.

Y, sobre todo, hacerse responsable de ellas.

La inteligencia artificial podrá entregarnos veinte alternativas extraordinarias.

Pero alguien tendrá que decidir cuál vale la pena convertir en realidad.

El peligro no es quedarse sin IA

Por eso creo que el principal riesgo para las empresas no será necesariamente no adoptar inteligencia artificial.

Hay uno bastante más peligroso:

adoptarla sin cambiar nada importante.

Llenar la organización de ChatGPT, Copilot, Gemini y agentes inteligentes mientras mantenemos exactamente los mismos procesos, las mismas reuniones, los mismos departamentos, los mismos indicadores y la misma manera de tomar decisiones.

Podríamos terminar teniendo empresas del siglo XX extraordinariamente automatizadas con tecnología del siglo XXI.

Y quizás eso no sea transformación.

Sea simplemente hacer más eficientemente algo que ya dejó de tener sentido.

Por eso, si yo estuviera hoy sentado con el equipo directivo de una empresa, no comenzaría preguntándoles:

¿Dónde podemos incorporar inteligencia artificial?

Pondría sobre la mesa una pregunta bastante más incómoda:

Si hoy fundáramos nuevamente esta empresa, sabiendo todo lo que sabemos y teniendo disponible la inteligencia artificial, ¿la construiríamos como está construida?

Si la respuesta es no, entonces viene la segunda pregunta.

¿Qué estamos esperando para empezar a cambiarla?

Porque quizás Mauricio tiene razón.

Esto no es una ola.

Se está moviendo la placa tectónica bajo nuestros pies.

Y cuando eso ocurre, aprender a surfear sirve de bastante poco.



lunes, agosto 10, 2026

Leer, escribir y aprender: lo que la IA nos está quitando (y lo que nos está regalando)

Hace unas semanas conté aquí mi experiencia con el libro de Bernardo Andrews. Que no leí una línea, y sin embargo siento que sí lo leí. Que lo pasé por NotebookLM, generé reportes, conversé con el libro a través del chat, y terminé produciendo una reflexión razonablemente fiel a sus ideas.

Bernardo se molestó, un poco. Y con razón: estábamos usando dos definiciones distintas de la palabra leer.

Esa conversación no se cerró ahí. Siguió creciendo dentro de mí, y quiero compartir hacia dónde me llevó.


Leer ya no es una sola cosa

Durante siglos, leer fue una sola operación: recorrer las palabras que otro escribió. Pero en realidad esa palabra siempre escondió varias cosas distintas: acceder a un texto, comprenderlo, apropiárselo, dejarse transformar por él. No las distinguíamos porque no había alternativa: para hacer una había que hacer las cuatro juntas.

La IA acaba de separarlas.

Yo pude no haber recorrido las páginas del libro de Bernardo y, sin embargo, haber accedido a sus ideas, interrogarlas, relacionarlas con otras, producir una reflexión propia sobre ellas. En un sentido, leí el libro. En otro sentido, no tuve la experiencia de leerlo. Y esa diferencia me parece fértil, no empobrecedora.

Distingo al menos tres maneras de leer hoy. La lectura delegada: "dime de qué trata este libro", donde la máquina hace casi todo el trabajo. La lectura asistida, que es la que yo hice con Bernardo: uno conversa con el texto a través de un intermediario, sigue preguntando, sigue avanzando. Y la lectura directa, lenta, sin mediación, donde uno se topa con las palabras exactas del autor, con sus silencios y sus dificultades.

Que existan las dos primeras no vuelve inútil la tercera. Puede que ocurra lo contrario: al dejar de ser obligatoria, la lectura directa recupera un valor nuevo.

Es como caminar. Tenemos auto, avión, Google Maps. Y sin embargo seguimos caminando. Ya no caminamos veinte kilómetros porque sea la única forma de llegar al pueblo. A veces caminamos porque el camino mismo importa.

Con algunos libros queremos llegar. Con otros, queremos caminar.


¿Y escribir?

Aquí me atrapé a mí mismo diciendo algo radical: que entonces yo no leo ni escribo.

Lo discutiría, al menos la segunda mitad.

Porque cuando converso durante una hora con una IA, rechazo una idea, corrijo otra, meto mi propia experiencia, cambio el argumento, y al final digo "esto sí representa lo que pienso", ¿quién escribió?

La respuesta antigua era simple: quien puso las palabras.

La respuesta de hoy se complica. Quizás haya que separar redactar de escribir. La máquina puede redactar. Pero elegir qué merece ser dicho, desde qué experiencia, con qué intención, qué conservar y qué eliminar, y finalmente hacerse responsable de lo dicho: eso podría ser la nueva definición de autoría.

Lo que lleva a una pregunta incómoda y hermosa a la vez: ¿escribir consiste en producir palabras, o en producir pensamiento?

Hay un riesgo, eso sí, que no quiero minimizar. Muchas veces descubrimos lo que pensamos precisamente mientras luchamos por escribirlo. Si delego esa lucha demasiado pronto, la máquina me ahorra el esfuerzo, pero también puede robarme el fruto que solo aparece en medio del esfuerzo. No es "IA sí o IA no". Es qué parte conviene delegar y qué parte necesito conservar, porque ahí, justamente ahí, ocurre mi transformación.


Aprender ya no es almacenar

Confundimos aprender con almacenar durante mucho tiempo. Fechas, capitales, fórmulas, definiciones. Tenía sentido cuando la información era escasa. Google ya había resquebrajado ese modelo. La IA le da un golpe todavía mayor, porque ya no solo recupera información: la explica, la compara, la sintetiza, la argumenta.

Entonces, ¿qué significa aprender cuando ya no necesito poseer personalmente la mayoría de las respuestas?

Tener una respuesta no es lo mismo que haber aprendido. Un alumno puede entregar un ensayo magnífico hecho por IA y no haber aprendido nada. El mismo alumno puede usar esa misma IA para discutir dos horas con Sócrates, pedir objeciones a sus propios argumentos, descubrir sus contradicciones, y terminar comprendiendo muchísimo más que en una clase tradicional.

La herramienta es idéntica. Lo que cambia es la actividad cognitiva de quien la usa.


El valor de saber preguntar

Durante siglos premiamos a quien sabía responder. Ahora habrá máquinas que responderán mejor que nosotros una cantidad creciente de preguntas. Por eso aumenta el valor de otra capacidad: saber qué preguntar.

Y no cualquier pregunta, porque la IA también fabrica mil preguntas en diez segundos. El territorio humano está en descubrir cuál pregunta merece ser formulada. Eso pide curiosidad, experiencia, sensibilidad, criterio, biografía.

Una máquina puede proponer: "¿cuáles son las consecuencias de la longevidad?". Pero que un hombre que lleva siete décadas vividas se pregunte "¿qué significa vivir una vida larga cuando ya no necesito demostrar quién soy?" es otra cosa completamente distinta.

La pregunta nace de una existencia.


La pregunta madre

Si ordeno todo lo anterior, aparece una secuencia: qué significa leer, qué significa escribir, qué significa aprender, qué significa pensar y, finalmente, qué significa ser humano.

Durante siglos definimos parte de nuestra superioridad por capacidades cognitivas: calcular, recordar, razonar, escribir, componer, jugar ajedrez. Y estamos construyendo máquinas que empiezan a participar de esos mismos territorios.

Entonces la IA no solo nos da una herramienta. Nos quita un espejo. Ya no puedo decir con tanta tranquilidad "soy humano porque hago estas cosas que nada más puede hacer".

Y eso obliga a buscar más hondo. Quizás ser humano tenga menos que ver con nuestras capacidades y más con nuestra condición: tener cuerpo, haber nacido, saber que voy a morir, amar personas concretas, sufrir pérdidas, arrepentirme, maravillarme, hacerme cargo de mis decisiones.

Puede que hayamos confundido, demasiado tiempo, ser inteligentes con ser humanos.


Mi conclusión, por ahora

La IA no está haciendo innecesario aprender. Nos está obligando a descubrir para qué aprendemos. No termina con la lectura: nos obliga a preguntarnos para qué leemos. No termina con la escritura: nos obliga a preguntarnos para qué escribimos. No termina con el pensamiento: nos obliga a distinguir pensar de producir respuestas.

Y quizás, al final, la inteligencia artificial no nos obliga tanto a preguntarnos qué llegará a ser la máquina. Nos obliga a preguntarnos qué queremos llegar a ser nosotros.

¿Y tú? Cuando lees algo hoy, con o sin ayuda de una IA, ¿qué de esas cuatro cosas —acceder, comprender, apropiarte, dejarte transformar— estás realmente haciendo?



domingo, agosto 09, 2026

El mundo convertido en estacionamiento

 La película costó 4.500 pesos. El estacionamiento, 7.100.

Me quedé mirando la boleta un buen rato. El protagonista más caro de la función no fue ningún actor: fue el auto, inmóvil, durante dos horas, en un cajón de cemento.

Y ahí empecé a tirar del hilo.

Hace poco quise subir un cerro que he caminado durante cincuenta años. Cincuenta años sin pedir permiso, sin que nadie me exigiera nada en la entrada. Esta vez había alguien con una caja registradora al pie del sendero. Puede que el cobro sea legal. Puede que financie senderos o prevenga incendios. Pero algo en mí se resistió a pagar por caminar por la montaña que siempre fue de todos.

No es el dinero lo que me irrita. Es su apetito sin fondo.


De la economía de mercado a la sociedad de mercado

Una cosa es tener una economía de mercado: una herramienta extraordinaria para producir e intercambiar. Otra muy distinta es vivir en una sociedad de mercado, donde todo —absolutamente todo— se evalúa por su capacidad de generar una transacción.

Cuando eso ocurre, el paciente se convierte en cliente. El alumno, en consumidor. El hincha, en audiencia monetizable. El caminante, en usuario. Y la atención humana —esa cosa antigua y gratuita— se convierte en un costo que hay que eliminar.

El fútbol ya no es un partido: es transmisión, apuestas, camisetas, reventa y estacionamiento VIP. La FIFA llegó a vender el "derecho a comprar" entradas al Mundial: se paga por adquirir el derecho a volver a pagar. Barroco, ¿no?


La economía del peaje

El estacionamiento del mall no crea un bien nuevo. No produce nada. Simplemente controla un acceso inevitable y cobra por atravesarlo.

Eso es lo que yo llamaría una economía de peajes: se ocupa un espacio necesario, se reduce al mínimo la atención humana, se automatiza el cobro, y el cliente no tiene alternativa práctica. El ingreso entra solo, casi por inercia. No se gana produciendo más. Se gana estando parado frente a una puerta por la que todos deben pasar.

Y esa lógica del peaje se ha filtrado en todas partes. En la ruta, cada pocos kilómetros. En el cerro, a la entrada del sendero. En la vida entera, si uno mira con cuidado.


El cercamiento de lo común

Durante siglos existió algo llamado "los bienes comunes": bosques, senderos, aguas que una comunidad usaba sin que nadie fuera dueño exclusivo. De a poco, esos espacios se cercan, se delimitan, se explotan.

Yo caminé ese cerro toda mi vida adulta como parte de un mundo compartido. Ahora hay alguien en la entrada que invoca una propiedad y coloca una caja registradora entre la gente y la montaña.

¿En qué momento el simple acto de caminar por la naturaleza pasó a ser un producto?


Cuando lo esencial se vuelve industria

En salud, educación y vivienda el asunto es más grave todavía, porque uno no puede simplemente decidir no consumir. Nadie elige enfermarse. Ninguna familia puede prescindir de educar a sus hijos. Y al final, hasta morir genera una factura.

Chile está entre los países de la OCDE donde los hogares destinan una mayor proporción de su gasto directo a salud: más del 5% del consumo familiar, frente a un promedio de 3,2% en la organización.

Hay razones reales detrás de esto: la medicina es más compleja, vivimos más años, la educación exige personas calificadas. Pero cuando a esos costos reales se suman sistemas opacos, intermediarios, comisiones y mercados concentrados, la familia termina sola frente a riesgos que antes se repartían socialmente.


El nombre más amplio: financiarizar la vida

Ya no basta con que una empresa preste un buen servicio y gane una utilidad razonable. Tiene que aumentar márgenes, capturar al cliente, cobrar suscripciones, explotar datos, encontrar el próximo espacio de cobro.

La pregunta dejó de ser "¿qué servicio valioso podemos prestar?" y pasó a ser "¿cómo extraemos un poco más de dinero de cada interacción?".

Ahí nace mi malestar. Y sospecho que el tuyo también, si has llegado hasta aquí leyendo.


Lo que hemos perdido

Creo que hemos perdido, en buena medida, la idea de lo suficiente. La noción de que una ganancia puede ser legítima sin tener que crecer para siempre.

También hemos debilitado la frontera entre precio y valor. El precio dice cuánto cuesta algo. El valor dice qué significa para nosotros. Una montaña, un partido de fútbol con un nieto, la educación de un hijo, la despedida de alguien querido: tienen valor, pero no deberían quedar reducidos a su precio.


Una idea antigua que todavía respira

Hay un cuento chino, de hace unos 2.400 años, sobre un árbol enorme y torcido que ningún carpintero quería talar, porque su madera no servía para nada útil. Y precisamente por ser "inútil" para el mercado, ese árbol vivía siglos, daba sombra, era lugar de encuentro.

Su inutilidad era lo que lo hacía grande. El día en que se vuelve útil para la industria, lo talan.

Yo soy ese árbol cuando subo el cerro sin propósito comercial, sin ticket, sin transacción. Ese caminar sin más objetivo que caminar es el acto "inútil" que me mantiene vivo de una manera que ningún precio puede capturar. Y lo que me indigna es que alguien haya decidido que mi inutilidad sagrada ahora tiene tarifa.

El Tao Te King dice algo que nombra exactamente este malestar: cuando una comunidad pierde el sentido de lo común, inventa reglas, contratos, seguros, peajes. Y esas reglas, que parecen orden, son en realidad la señal de que algo esencial ya se rompió. El peaje no es la causa de la locura. Es el síntoma. Es la costra sobre la herida.


No todo está cercado todavía

No quiero que esto se lea como un lamento sin salida. Todavía hay cosas que no se pueden comprar: una conversación larga con un amigo, el silencio de una mañana, la luz sobre un cerro, el abrazo de un nieto que no tiene idea de cuánto cuesta el estacionamiento.

Eso sigue ahí. Todavía no lo han concesionado.

Y quizás ahí está la única forma de resistencia que de verdad tengo a mano, a los 73 años y con ocho nietos que me recuerdan todos los días lo que no tiene precio: seguir subiendo ese cerro. Buscar el que todavía no tiene barrera. Llevar a un nieto a un lugar donde nadie le pida un ticket. No es evasión. Es decir, con los pies: esta hora no es mercancía.

No se trata de declarar la guerra al mercado. Yo mismo fui empresario y sé que una empresa puede crear enorme valor. Se trata de otra pregunta, más incómoda:

¿Qué cosas queremos comprar y vender, y qué cosas deberíamos proteger de esa lógica?

¿Y tú? ¿Cuál es tu cerro, tu espacio todavía sin barrera, el que te niegas a dejar que le pongan precio?



jueves, agosto 06, 2026

Transformación personal con la asistencia de IA

Transformación personal con la asistencia de IA: convierte tu idea en un proyecto real

¿Cuántos años lleva esa idea esperando en un cajón?

Durante los últimos meses he acompañado a decenas de personas a descubrir el potencial de la inteligencia artificial. Casi todas llegaron pensando que querían aprender una herramienta. Casi todas terminaron descubriendo algo mucho más importante: que la IA puede ser una extraordinaria compañera para hacer realidad una idea que llevan tiempo postergando.

Por eso hoy mi propuesta ha cambiado.

No se trata de aprender más inteligencia artificial. Se trata de avanzar en aquello que realmente quieres crear.

Quizás quieres escribir un libro. Preparar una conferencia. Desarrollar un nuevo servicio. Emprender un negocio. Investigar un tema que te apasiona. Ordenar años de experiencia para dejar un legado. O simplemente destrabar ese proyecto que no logra despegar.

Mi trabajo es acompañarte en ese proceso.


Coach, no profesor de tecnología

Combino más de 25 años de experiencia como coach profesional con las herramientas de inteligencia artificial más útiles de la actualidad. No para reemplazar tu pensamiento, sino para potenciarlo.

La IA investiga, organiza, propone alternativas, resume, redacta borradores y acelera muchas tareas. Pero las decisiones importantes —las que de verdad importan— siguen siendo tuyas. Siempre.

Trabajaremos sobre tu proyecto concreto, el tuyo, no un ejercicio genérico. En cada sesión iremos aclarando la idea, investigando lo necesario, organizando la información, diseñando una propuesta, creando contenidos, resolviendo obstáculos y construyendo un plan de acción que te permita avanzar entre un encuentro y otro.

Y en el camino aprenderás, de manera natural, las herramientas de IA que realmente necesitas para tu proyecto. Si aparecen nuevos modelos, los incorporaremos. Si conviene diseñar agentes de IA que trabajen por ti, los construiremos juntos. No aprenderás tecnología por acumular conocimiento, sino porque te ayuda a avanzar.


¿Para quién es esto?

Para personas que sienten que tienen algo importante por crear y quieren un compañero de ruta que combine conversación, estrategia e inteligencia artificial.

ideas guardadas en un cajón
Puede tratarse de:

  • Un libro.
  • Un artículo.
  • Una charla o curso.
  • Un nuevo servicio profesional.
  • Un emprendimiento.
  • Un proyecto personal.
  • Una investigación.
  • Un legado de vida.
  • O cualquier idea que merezca transformarse en realidad.


Cómo trabajamos

Cada proceso se adapta al proyecto y al ritmo de la persona. La propuesta base considera cuatro sesiones de trabajo personal, con tareas y avances entre cada encuentro. Si el objetivo es más acotado, diseñamos juntos un proceso más breve.


Mi invitación

No vengas a aprender inteligencia artificial.

Ven a construir algo que hoy todavía existe solo en tu imaginación.

La IA será una gran compañera de viaje. Pero el protagonista sigues siendo tú.

¿Cuál es esa idea que hace tiempo quiere salir a la luz?



miércoles, agosto 05, 2026

Chile: el pan importado y el crédito que abandonó la producción

Me detuve a revisar Basanos.info, una plataforma chilena que reúne y procesa información pública sobre agricultura, ganadería, crédito, endeudamiento y seguridad alimentaria.

Los datos provienen de instituciones como la Comisión para el Mercado Financiero, ODEPA, el INE, Aduanas y la Superintendencia de Insolvencia y Reemprendimiento. No estamos, por lo tanto, ante opiniones lanzadas al viento, sino ante cifras oficiales puestas en relación.

Y lo que aparece es inquietante.

Chile está perdiendo capacidad productiva en sectores esenciales, mientras el crédito se retira de casi toda la economía real. Al mismo tiempo, algunos mercados agrícolas están tan concentrados que miles de productores deben negociar frente a uno, dos o muy pocos grandes compradores.

No es solamente un problema agrícola.

Es un problema económico, social y político.


El pan nuestro de cada día… ya no es tan nuestro

Durante décadas, Chile produjo una parte importante del trigo que consumía. Hoy, más de la mitad del trigo utilizado por los molinos es importado.

La superficie sembrada ha caído entre un 67% y un 74% desde sus máximos de la década de 1980. La Araucanía concentra actualmente cerca de la mitad de la superficie triguera del país, pero el centro de gravedad de la industria se desplazó hacia Santiago.

Entre 2017 y 2024, la molienda nacional disminuyó un 7,1%, mientras la Región Metropolitana pasó a concentrar el 48,9% de toda la molienda del país. El 72 % del trigo importado entra por San Antonio y desde allí viaja hacia los grandes molinos de la capital.

El resultado es una paradoja bastante chilena: producimos trigo en el sur, pero importamos trigo por la zona central para molerlo en Santiago.

El molino de provincia pierde volumen. El productor local pierde poder de negociación. La actividad económica se concentra. Y el país se vuelve más dependiente de los precios internacionales, del dólar, de los puertos y de cadenas logísticas que no controla.

La soberanía alimentaria no significa producir todo dentro de nuestras fronteras. Eso sería poco realista. Significa conservar una capacidad productiva suficiente para que el país no quede completamente expuesto cuando el mundo entra en crisis.

Y el mundo, como sabemos, últimamente ha perdido la costumbre de avisar antes de entrar en crisis.


¿Quién fija realmente el precio?

Basanos.info compara el precio pagado al agricultor con la llamada paridad de importación: cuánto costaría traer ese mismo producto desde el exterior y dejarlo disponible en el molino.

Cuando el agricultor chileno recibe persistentemente un precio inferior a esa referencia, aparece una pregunta inevitable:

¿Estamos frente a un mercado competitivo o frente a un mercado donde unos pocos compradores tienen demasiado poder?

En el trigo candeal, utilizado principalmente para pastas, la compra se encuentra fuertemente concentrada en empresas como Carozzi y Lucchetti. En economía, esto se llama oligopsonio: muchos vendedores enfrentados a muy pocos compradores.

No hace falta que los compradores se pongan formalmente de acuerdo para que exista una enorme asimetría. Basta con que el productor tenga pocas alternativas para vender, mientras el comprador puede escoger entre muchos productores o reemplazar el trigo nacional por trigo importado.

En el trigo harinero ocurre algo igualmente revelador: durante los meses de cosecha —entre enero y abril— los agricultores reciben, en promedio, alrededor de un 17% menos que fuera de temporada.

Justamente cuando todos necesitan vender, el precio baja.

El agricultor, además, no siempre puede guardar su producción. Tiene deudas que pagar, costos de cosecha, semillas, fertilizantes y compromisos bancarios. Su capacidad de esperar es limitada.

El gran comprador, en cambio, puede esperar, almacenar, importar y negociar.

Uno llega a la mesa con el trigo. El otro llega con el reloj.

Por eso, cuando hablamos de precios, conviene abandonar cierta ingenuidad. Los precios no siempre nacen del encuentro libre y equilibrado entre oferta y demanda. También expresan relaciones de poder.

No estoy afirmando que estas cifras prueben una colusión. Eso requeriría una investigación específica. Pero sí muestran mercados concentrados, productores debilitados y brechas de precios que merecen ser explicadas.

La mano invisible del mercado, cuando hay demasiado poder concentrado, puede terminar siendo bastante visible.


El campo también se está descapitalizando

La preocupación no termina en el trigo.

En la ganadería bovina, cerca del 25% de los animales faenados son vacas, es decir, hembras que podrían cumplir una función reproductiva.

Cuando un productor comienza a vender sus vientres, muchas veces no está aumentando su producción: está liquidando su capital.

Puede hacerlo por sequía, falta de crédito, endeudamiento o malos precios. Es una solución para sobrevivir hoy que reduce su capacidad de producir mañana.

En el sector lechero se repite el mismo desequilibrio. Miles de productores pequeños y medianos negocian frente a unas pocas grandes industrias compradoras. Mientras mayor es la concentración de la compra, menor es la capacidad del productor para discutir precios y condiciones.

El problema de fondo vuelve a ser el mismo:

Muchos que producen y pocos que compran.


El crédito se retira de la economía productiva

Quizás la señal macroeconómica más preocupante de Basanos.info sea la evolución del crédito bancario medido en UF, es decir, descontando el efecto de la inflación.

Trece de los catorce principales sectores económicos tienen hoy menos crédito que en sus respectivos máximos históricos:

  • Pesca: 62,3% menos.
  • Silvicultura y madera: 52,9% menos.
  • Minería: 45,3% menos.
  • Fruticultura: 41,6% menos.
  • Industria manufacturera: 30,8% menos.
  • Agricultura y ganadería: 28% menos.
  • Comercio: 19,2% menos.

Si se compara específicamente con 2019, el crédito destinado al agro se ha reducido un 22,4% en términos reales.

¿Qué nos están diciendo estas cifras?

Que los bancos están financiando menos la pesca, el bosque, el campo, la fruta, la industria y el comercio. Es decir, menos inversión, menos capital de trabajo y menos capacidad para resistir una mala temporada.

El crédito no es un detalle administrativo. Es la sangre que permite que una empresa siembre, produzca, contrate, invierta y espere hasta vender.

Cuando esa sangre deja de circular, la economía no siempre muere de golpe. Primero se enfría. Después se achica. Finalmente, algunas empresas desaparecen sin hacer mucho ruido.


La vivienda: la excepción asistida

Hay un sector que marcha en dirección contraria: el crédito hipotecario.

Mientras el financiamiento productivo retrocede, los préstamos para vivienda se encuentran en niveles récord. Sin embargo, este crecimiento ha sido apoyado por el subsidio estatal a la tasa de interés vigente desde julio de 2025.

Entre julio de 2025 y febrero de 2026, aproximadamente el 47% de los nuevos créditos hipotecarios utilizó este beneficio.

Esto no demuestra, por sí solo, la existencia de una burbuja inmobiliaria. Pero plantea una pregunta incómoda:

¿Por qué el crédito crece donde existe apoyo estatal y se contrae donde hay que producir, competir y asumir riesgos?

Hay otra luz amarilla: la mora hipotecaria superior a 90 días se encuentra en su nivel más alto desde 2016.

Nuevos créditos subsidiados por una parte. Más familias atrasadas por otra.

Dos realidades que conviven bajo el mismo techo.


Las empresas que mueren sin aparecer en las estadísticas

Las liquidaciones judiciales muestran solamente una parte de la crisis empresarial.

Según los antecedentes recogidos por Basanos.info, por cada empresa que llega a una quiebra formal podrían existir alrededor de doce cierres silenciosos (esta es una estimación metodológica): negocios que dejan de funcionar, despiden a sus trabajadores, venden lo que pueden y bajan la cortina sin iniciar un procedimiento judicial.

¿Por qué?

Porque una liquidación formal puede resultar cara y prolongarse, en promedio, durante 3,2 años.

La verdadera crisis empresarial no siempre aparece en los titulares. A veces ocurre un martes cualquiera, cuando un pequeño empresario entrega las llaves, apaga la luz y se va para su casa.


Producimos menos, importamos más y financiamos poco

Si uno mira cada cifra por separado, siempre puede encontrar una explicación técnica.

El trigo importado puede ser más barato. Los bancos pueden considerar riesgoso al agro. La industria puede necesitar economías de escala. Los productores ganaderos pueden ajustar sus rebaños. El Estado puede estimular la compra de viviendas.

Todo puede explicarse.

Pero cuando juntamos las piezas aparece un dibujo mayor:

Chile produce menos alimentos estratégicos, depende más de las importaciones, concentra la transformación industrial, reduce el crédito productivo y deja a miles de productores negociando frente a grandes poderes compradores.

Eso ya no es una suma de anécdotas.

Es una transformación estructural.

Y debiéramos preguntarnos hacia dónde nos conduce.


La pregunta que queda abierta

No se trata de cerrarnos al comercio internacional ni de mirar a toda gran empresa como enemiga. Chile necesita comercio, inversión, empresas eficientes y mercados modernos.

Pero también necesita competencia efectiva, transparencia en la formación de precios, financiamiento productivo y productores capaces de sobrevivir.

Cuando unos pocos tienen la capacidad de comprar, importar, almacenar, financiar y esperar, mientras miles deben vender con urgencia, el mercado deja de ser una cancha pareja.

Entonces, la pregunta no es solamente cuánto cuesta el trigo.

La pregunta es quién tiene el poder de fijar las condiciones, quién captura el valor y quién termina pagando el costo.

El campo chileno no está pidiendo caridad. Está pidiendo condiciones para competir.

Porque un país que deja morir lentamente su capacidad de producir alimentos puede seguir creciendo en las estadísticas durante algún tiempo.

Pero se vuelve más frágil.

Y la fragilidad, como tantas cosas importantes, suele permanecer invisible… hasta el día en que deja de serlo.

Los invito a explorar los datos y gráficos de Basanos.info, revisar sus fuentes y sacar sus propias conclusiones.

Yo ya saqué una:

Aquí hay una conversación que Chile no puede seguir postergando.


Referencias:
Fuente de todo este análisis: basanos.info
Entrevista al dirigente agrícola Camilo Guzmán: link



domingo, julio 26, 2026

Libro La derrota de occidente de Emmanuel Todd

Emmanuel Todd es un connotado historiador francés que anticipó, ocho años antes, el colapso de la Unión Soviética.
Este libro, publicado en enero de 2024, mira la geopolítica mundial desde una perspectiva bastante original e interesante, al menos desde mi punto de vista.


La familia como primera escuela política

La estructura familiar, dice Emmanuel Todd, es la primera escuela de construcción de hábitos y preferencias, que después terminan en sistemas políticos, culturas generales y estructuras de poder.

Hay culturas cuyas familias son netamente patriarcales, favoreciendo a los hijos hombres. Otras son de familias nucleares, donde padre y madre gobiernan de forma bastante equitativa y los hijos se van prontamente de las casas familiares, cultivando la independencia y el individualismo.

Todd mira con mucha detención estas dimensiones de las distintas culturas. La democracia de occidente se explicaría por estas razones, y los sistemas más autoritarios o comunitarios, de la misma forma.


El origen protestante de la revolución industrial

Occidente tiene un origen católico, luego protestante, en todos los países del norte de Europa, especialmente Holanda, Inglaterra y después Estados Unidos, donde explota la revolución industrial con un sistema de valores muy propio del protestantismo, que le da sustento y punch a toda esa transformación.


El espejismo de la victoria

La Unión Soviética se derrumbó en 1991, poco después de la caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989. Estados Unidos pasa a ser el vencedor de esa disputa histórica que fue la Guerra Fría, y entra en un periodo de soberbia durante toda esa década final del siglo XX.

Lo que no se toma tanto en cuenta es la crisis en que estaba también Estados Unidos, especialmente en su zona central. La globalización desmanteló la industria automotriz y la industria en general del país. Todo se fue a producir offshore, a China y a otros países asiáticos.

Hoy la guerra de Ucrania está revelando la incapacidad de Estados Unidos para suministrar las armas y el material bélico que se requiere en el frente de batalla que occidente libra contra Rusia.


De la religiosidad activa al nihilismo

Viene ocurriendo, bajo la superficie, un deterioro persistente de la base de principios y moral que sustenta a todo occidente. De la religiosidad activa, en que las personas iban a los ritos semanales con prolijidad, se pasó a una religiosidad zombi, como la llama Todd, en que se conservan los valores y principios pero se deja de asistir a los ritos. Y finalmente se nos ha venido encima la religiosidad cero, donde ya ni los principios rigen.

Es cosa de ver el gobierno de Trump, presidente electo por segunda vez por la mayoría del país, que no respeta ninguna norma ni principio. Es tan impredecible que sus políticas nacionales e internacionales parecen más bien pulsiones de una personalidad definitivamente neurótica.

Lo que mejor describe el momento actual es el vacío tóxico del nihilismo, donde se ensalza la falta total de principios.


¿Cómo llegamos hasta aquí?

No lo sé. Solo sé que esto ha posicionado al resto del mundo, en este conflicto de occidente —Europa incluida— en Ucrania contra Rusia, más del lado de Rusia.

¿Cómo es posible que Putin, al parecer, le haya hecho bien al país en todos los indicadores que Emmanuel Todd despliega, como la mortalidad infantil, las muertes por suicidio, el alcoholismo o la drogadicción? Son esos los datos desde donde el autor saca sus conclusiones y comparaciones.


El enredo europeo

Europa es un enredo mayor. Alemania se fortaleció al hacerse de Alemania del Este, y pasó a ser el país más potente de la región. El problema para Estados Unidos es que, para Alemania, cada vez se le hace más inminente una buena alianza con Rusia, por sintonía y necesidades energéticas.

Occidente está en franco deterioro, y es posible que salga en definitiva derrotado, transversalmente, de esta cruenta guerra de Ucrania.


Mi conclusión

Un libro excelente para un ignorante como yo, para interiorizarme al menos algo de lo que es y viene siendo la geopolítica mundial. Muy recomendable.

¿Y tú? ¿Te parece que occidente está realmente en decadencia, o crees que esta lectura es demasiado pesimista?



lunes, julio 20, 2026

Libro El espíritu creativo de Daniel Goleman, Paul Kaufman y Michael Ray

Qué tema, la creatividad.

Al leer este libro de Daniel Goleman, Paul Kaufman y Michael Ray, pienso que fuimos formados para no ser creativos, y que estamos entrando en una era en que todo se trata de serlo.


La herencia de la era industrial

La era industrial requería personal dócil, que hiciera pocas preguntas y que hiciera bien la pega, todo en la línea de producción. Los mantras mandatorios eran "hacer lo correcto", decir "lo que es debido", y poco más.

Llegó el tiempo de rescatar y encender ese espíritu creativo que todos llevamos dentro. Eso dice el libro.

¿Por qué ahora? Porque en la era de la IA, nuestros trabajos podrían ser reemplazados por robots o algoritmos, y se hace imperativo ser creativos para diseñar nuestra vía de escape, o nuestra vía de prosperar. Alguien decía por ahí que estamos en la mejor época para vivir. Pues tu vida, ahora sí, está en tus manos, gracias a la IA.


Cuatro capítulos, un solo hilo

El libro está dividido en cuatro partes: qué es esto de la creatividad, dónde reside y cómo se moviliza; cómo desarrollarla y cultivarla en los niños, en la casa y en la sala de clases; cómo desarrollarla y cultivarla en la empresa; y finalmente, la importancia de la comunidad para desatarla.

De inmediato pienso: cuánta creatividad hay en Silicon Valley.


Mi propio intento, y su fracaso

He tratado de organizar grupos con el objetivo de ser creativos, en la línea de mi giro. No me fue bien.
Parece que lo que más sabemos hacer los chilenos es criticar, traer a colación los problemas y las dificultades. A un querido amigo mío, que declaró al partir que no quería crear nada sino solo socializar, le dije al andar que lo veía como un saboteador de cualquier iniciativa. Peleamos y rápidamente nos amigamos, pero ya fuera del grupo.


Ejemplos que inspiran

El libro está lleno de personas creativas y de iniciativas creativas que son una verdadera inspiración.

Una empresa manufacturera en que todos los empleados tienen el mismo cargo: "empleado responsable". Los productos salen con un sello que lleva la forma de las personas que participaron en su construcción o montaje, y son responsables ante el cliente. Estas empresas cultivan un clima propicio para que las personas den ideas y no les sean aplastadas. Sus valores esenciales son la confianza, el respeto, el entusiasmo y el cuidado por la persona.

Un caso notable es el de la catedral de San Juan el Divino, en Estados Unidos, donde el dean, o principal sacerdote, se preocupa de formar escultores para aportar a la construcción de la catedral inconclusa, pero con el fin de sacar personas de la pobreza. Me llamó mucho la atención. Pareciera que solo la Iglesia tiene el corazón puesto en las personas que forma, en su educación y en su conocimiento, y no, como ahora, en que todo ha sido contaminado por los objetivos económicos.

También vi la importancia de que las empresas tengan salas cuna y jardines infantiles, para que quienes trabajan puedan estar tranquilos de que sus hijos están bien cuidados, y puedan visitarlos mientras trabajan.


Dónde nace la creatividad

La creatividad se nutre de la relación directa con los clientes. Ese es el punto donde más escucha debe poner la alta dirección si quiere una empresa creativa.

Y hay otro ingrediente: la creatividad se logra en espacios y momentos de ocio. Alguien que no está haciendo nada, que está en una conversación de café, o en el momento de un cigarro en una plaza, solo, en nada. Y de ahí salta la liebre.


Para despabilarnos

Somos creativos en Chile. Bien poco, la verdad.

Por eso recomiendo sobremanera leer este libro. Para despabilarnos, digo yo.

¿Y tú, cuándo fue la última vez que dejaste espacio para no hacer nada?



jueves, julio 09, 2026

Libro La Antártica chilena de Óscar Pinochet de La Barra

Un libro importante, si quieres interiorizarte de la historia y realidad del territorio antártico chileno. La Antártica es un importante continente de la corteza terrestre. Un continente bastante inhóspito, la verdad, descubierto en forma tardía por la humanidad.

Oscar Pinochet
En el libro se habla de los primeros navegantes audaces que llegan a sus costas, de diversas nacionalidades. Los primeros negocios extractivos que se instalan por esas costas son los industriales de la ballena y la foca. Hoy sentimos con otro dolor cultural las matanzas que esas faenas significaron. Hoy entiendo que están prohibidas.

Después aparecerán los aventureros que quieren ser los primeros en alcanzar el polo sur. La más memorable, para mí, es la del irlandés Ernest Shackleton en su barco Endurance, en 1914, que partió del sur de Inglaterra con 28 navegantes. Fueron triturados por los hielos en el congelado mar de Weddell. Estuvieron en un mismo punto desde enero a octubre del año 1915, momento en que Shackleton ordenó abandonar el barco e intentar el regreso. Lo lograron, a duras penas, con hechos dignos de héroes, que fueron. No murió ninguno, cosa notable.

Antes, en 1911, Roald Amundsen había logrado ser el primer hombre en llegar al polo sur, el 14 de diciembre. Un mes después llega al polo Robert Falcon Scott, el 17 de enero de 1912, donde encontró la bandera noruega ya clavada. Al regreso, este, junto a las cuatro personas que lo acompañaban, mueren congelados, faltos de víveres. Todos estos aventureros son, sin duda, una atracción de la historia de la Antártica.

Más tarde llegará el primer barco a vapor a estas costas y después un barco con un avión a bordo, que fue el primer avión en sobrevolar la Antártica y descubrir que había una cordillera con altas cumbres. Se empiezan a instalar las primeras bases, que no podrían llamarse asentamientos, pues pocos son capaces de pasar un año completo en esas inhóspitas latitudes. El tema central que las convoca son las motivaciones científicas.

Después vendrá en el libro una extensa sección de cómo los distintos países se disputan la soberanía de tramos de estos territorios. Se mira cómo se resuelven estas disputas en el hemisferio norte y cómo se resuelve la asignación de Groenlandia a Dinamarca, en vez de a Noruega, pues antes ambos habían sido el mismo país. Bueno, hoy hay otro país que quiere echarle mano a este enorme territorio.

En el norte el principal criterio fue la cercanía. Y desde los bordes territoriales en los continentes se tiraron líneas concéntricas que llegaban hasta el polo norte. En el sur el criterio de cercanía no aplicaba, pues las distancias eran demasiado grandes. Pensemos en África, Australia y Nueva Zelandia. Solo Chile podría acogerse a ese criterio. Se analizará en el libro el caso de Inglaterra, dueño de las Falkland, que con su mentalidad imperial apuntó a apropiarse hasta de las islas Shetland del Sur, en pleno territorio de Chile. Rusia es otro litigante, pues aventureros de su país también han merodeado por la Antártica, incluso con bases meteorológicas. Suma y sigue.

Termina el libro con instancias de resolución y búsqueda pacífica de los litigios e intereses en ese continente. El Tratado Antártico será un logro histórico, que declara a este un territorio de paz y de exploración científica colaborativa.
Un verdadero tratado de todos los aspectos que pudieran interesarnos de los temas de ese continente y de los intereses chilenos en él. Agradezco a quien me prestó este libro (Jaime Guarda) y me felicito por haber tenido la paciencia de terminarlo.


miércoles, julio 01, 2026

Libro Habitar la longevidad de Bernardo Andrews

En estos días aciagos con la muerte de nuestro gran amigo Jorge Milla, que sale en la foto con el autor del libro que comento, que aun no sale a imprenta; ni tiene tapa.
Bernardo me pasó una copia en pdf intentando él que no metiera a la IA en el baile, cosa que yo rehusé hacer, pues ya se me ha tornado en un asistente, del que no puedo prescindir.

Habitar la longevidad: el territorio que nadie nos enseñó a recorrer

No leí una línea del libro de Bernardo Andrews. Pero siento que sí lo leí.

Se lo dije a él mismo, y se lo repito aquí: pasé Habitando la Longevidad por NotebookLM, generé varios reportes, los vi todos, algunos dos veces. Y después me puse a conversar con el libro, con Bernardo, a través del chat de NotebookLM. Ahí lo llamé.


El guión que se cae

Andrews parte de algo simple y a la vez devastador: la humanidad vive hoy 20 o 30 años más de lo que el guión tradicional contemplaba. Estudio, trabajo, crianza, vejez breve, muerte. Ese guión ya no alcanza. Y cuando se cae, uno queda en la intemperie.

Yo tengo 74 años. Cuatro hijos, ocho nietos. Y confieso que conozco esa intemperie de primera mano: el foco de la atención se desplaza abruptamente del futuro al presente. Las proyecciones se desvanecen. Y ese presente, al principio, no contiene nada. Básicamente aburrimiento.

Ahí empieza el aporte real del libro.


Del hacer al habitar

Andrews distingue entre transitar el tiempo y habitar el tiempo. Habitar es presencia: permanecer realmente en lo que se vive, sin la urgencia de lo siguiente. Es también no-utilidad: leer sin apuro, caminar sin destino, recuperar experiencias que no necesitan justificarse por su rendimiento.

Dejo de ser lo que hago y paso a ser el ser que soy. Un territorio algo desconocido, todavía por conocer.

Esa frase la anoté mientras leía, y no la suelto: habitar el lenguaje es habitar la casa del ser. Qué potente. Porque si habitar el lenguaje es habitar la casa del ser, entonces cada conversación que tengo, en esta etapa, es una forma de construir dónde vivo.


El cuerpo como forma de comparecer

Otra idea que se me quedó pegada: el cuerpo no es un envase, es la forma en que comparecemos ante otros. No hay guión externo que te diga cómo estar presente a los 74. Uno tiene que diseñarlo.

Y ahí Andrews propone una tríada que me parece exacta: aceptación (no resignación, sino reconocer que el mundo se abre de otra manera), gratitud (por lo irrepetible de cada momento) y esperanza (la convicción de que algo valioso todavía puede emerger, y que puedo contribuir al florecimiento de otros).


Nadie habita bien el tiempo completamente solo

Esta frase de Andrews conecta directo con algo que vengo sosteniendo hace años en mi propio trabajo: la conversación no es intercambio de información ni defensa de opiniones. Es el espacio donde aparece algo inesperado.

El aprendizaje, dice él, es una forma de estar en el mundo, no una etapa juvenil. Y aprender exige una disposición: dejarse transformar. Con humildad para aceptar la ignorancia, con riesgo para equivocarse.

Una vida puede envejecer antes que el cuerpo, si pierde la apertura a lo inesperado.


Exploradores de un territorio virgen

Andrews cierra con una imagen que me parece justa: la actual generación de personas mayores actúa como exploradora de un territorio virgen. No hay mapa. Cada uno lo va trazando.

Y ahí quiero volver a algo que le escribí a Bernardo: disfruté especialmente la dimensión personal que puso en el libro. Cuando llegó a Santiago y fue el taxista quien lo llevó a la Escuela de Ingeniería de la Chile, donde terminó estudiando. O cuando en México intentó modificar el ADN de la Stevia que producía. Esos detalles le dan cuerpo a la tesis. No es solo filosofía de la longevidad: es un ingeniero, como yo, tratando de entender qué hacer con las décadas que le sobraron al guión.


La pregunta que me queda

Al habitar el presente, dice Andrews, las cosas recuperan profundidad. Podemos reconectar con partes de nosotros olvidadas. Cambia incluso cómo conversamos: mejora la escucha, la acogida, atendemos mejor a nuestros propios sentires.

Yo le agradecí a Bernardo por abrir ese territorio en la conversación pública. Un tremendo aporte, a mi parecer.


¿Y tú? Si ya cruzaste ese umbral donde el guión tradicional deja de sostenerte, ¿qué has encontrado del otro lado: aburrimiento, o algo que todavía no tenía nombre?


lunes, junio 29, 2026

Libro La política se metió conmigo de Carolina Tohá

Quería conocer a Carolina Tohá. Leí este libro, y lo logré, para mi entero gusto.


La hija de José Tohá

Es hija de José Tohá, el verdadero brazo derecho de Salvador Allende en su gobierno. Ocupó el cargo de ministro del Interior, y luego, tras una acusación constitucional que lo obligó a dejar esa cartera, pasó a Defensa. Llegado el golpe, lo apresan y lo llevan a la isla Dawson, donde sufre y se debilita, hasta que en estado grave lo trasladan al Hospital Militar de Santiago. Ahí muere, aparentemente estrangulado.

con su padre
Carolina tenía solo ocho años cuando todo esto ocurrió. Una semana después, ella, su madre Moy de Tohá y su hermano menor José parten al exilio en México. Allí vivirán, creo, hasta que ella cumple los dieciséis. Va al colegio y hace amistades no solo mexicanas, sino de varios países, con quienes compartía esa condición de exiliados. Es sensible a las diferencias culturales entre México y Chile, y queda fascinada con esa cultura.


De vuelta en Chile

Vuelve al país y estudia Derecho. A los cuatro años deja la carrera y se va a Italia a estudiar Ciencia Política, donde vivirá otra temporada.

De niña queda alucinada con Nadia Comaneci, la gimnasta olímpica que admira sin límites. Confiesa que ella misma quería ser Nadia Comaneci, y que durante varios años fue con frecuencia al gimnasio a intentarlo.


Sin odio, con una crítica suave

En el libro no hay odiosidad ni resentimiento por la muerte violenta de su padre, aunque debe haber sido durísimo perderlo así. Si acaso, lo culpa un poco por haber ido a La Moneda el día del golpe, a acompañar a su amigo Salvador Allende, cuando él ya no era ministro ni formaba parte del gobierno. Por eso mismo terminó preso de inmediato.


Su vida personal

Tuvo varios pololeos en su juventud y tiene dos hijos, cuyo padre no nombra en el libro. En la actualidad es pareja de Mario Marcel, exministro de Hacienda del gobierno de Boric.


Lo que no quiso callar

Cuenta que, siendo niña y luego joven, sufrió abuso sexual por parte de un adulto cercano a su entorno; un abuso que se prolongó por un tiempo y que la marcó.

Quiso dejar este capítulo fuera del libro, pero el tema surgió en la conversación con el entrevistador, Daniel Hopenhayn. Ella piensa que es algo que le pasa a muchas mujeres, y que merece ventilarse.


La política, de la que aprendo poco y retengo menos

Buena parte del libro se aboca a reflexiones sobre la política contingente, tema en el que yo voy básicamente aprendiendo, pero con poca retención. Lo fundamental que se me va quedando es la persona de Carolina Tohá, que me va pareciendo inteligente, moderada, hábil, experimentada, respetuosa, generosa, valiente, amplia de criterio, reflexiva. Alguien a quien me gustaría conocer personalmente.

En suma, un libro instructivo sobre la historia de Chile, sobre la persona de la entrevistada, Carolina Tohá, y —no podemos dejar de decirlo— sobre la calidad y la capacidad del entrevistador, Daniel Hopenhayn.

¿Y tú? ¿Has leído algún libro que te haya cambiado la imagen que tenías de alguien de la política?



jueves, junio 25, 2026

Símbolo y significado, la frontera de la IA

Cuando alguien te dice "te quiero", ¿qué te llega primero: las letras de cada palabra, o algo que esas palabras apenas logran contener?

Esa pregunta, tan simple, es la puerta de entrada a una de las ideas más perturbadoras que he escuchado últimamente. Viene de Federico Faggin, el ingeniero que inventó el primer microprocesador y que, después de toda una vida construyendo máquinas que procesan información, terminó dedicando sus últimos años a entender algo que ninguna máquina puede tener: significado.


La información no es lo que crees

Faggin hace una distinción que parece sutil pero no lo es: la información es apenas el envoltorio. El símbolo. Lo que de verdad importa —el significado— no está en el símbolo, sino dentro de quien lo recibe.

Una palabra en un idioma que no hablas es pura información sin significado. Ruido organizado. El significado aparece solo cuando hay una conciencia ahí, viviéndolo desde dentro.

Y aquí viene lo que más me hizo detenerme: ese significado no es una propiedad del cerebro. No está guardado en ninguna neurona, en ningún circuito. Es una propiedad del campo de conciencia que somos.


Lo que la ciencia no puede medir

Faggin habla de "qualia": la experiencia interna, lo que se siente sentir (o el sentir sentido). El rojo de un atardecer, el dolor de una pérdida, el alivio de llegar a casa. Nada de eso se puede medir desde afuera, porque no es un fenómeno externo. Es vivencia pura.

Si esa experiencia interna estuviera realmente grabada en tu cuerpo, en principio podría copiarse, como copiamos un archivo. Pero sabemos que eso no es posible. Nadie puede vivir tu dolor ni tu alegría por ti. Eso, dice Faggin, es la prueba de que somos un campo que controla un cuerpo, y no al revés.

¿Te has preguntado por qué, después de tantos años de coaching, lo que de verdad transforma a una persona nunca es la información nueva, sino el momento en que esa información se vuelve significado propio? Yo me lo pregunto seguido. Y creo que la respuesta está exactamente ahí.

Para qué estamos aquí

Esto es lo que más me interesa compartir contigo: Faggin sostiene que el significado nace del aprendizaje de la experiencia, y que ese aprendizaje busca, en el fondo, una sola cosa: conocernos a nosotros mismos.

Y de eso se trata la vida.

No es una frase bonita. Es, según él, el foco de todas las experiencias espirituales de la historia humana. Cada tradición, cada camino contemplativo, cada búsqueda interior, apunta hacia lo mismo: un campo de conciencia que quiere conocerse.

En coaching le decimos autoconocimiento. En filosofía, le han dicho de mil maneras distintas. Faggin simplemente le pone un nombre cósmico: es el universo mismo intentando saber quién es, a través de cada uno de nosotros.

Compartir significado con amor

Hay una frase de Faggin que anoté y subrayé dos veces: si compartimos el significado de los símbolos con amor, resonamos con los otros.

Piénsalo. Dos personas pueden decirse exáctamente las mismas palabras y generar resultados completamente distintos según el significado y la intención con que las cargan. La información es igual. El significado, no. Y ese significado, cuando se entrega con amor, no solo informa: conecta. Hace que dos campos de conciencia resuenen entre sí.

Esto es, literalmente, lo que pasa en una buena conversación de coaching. No transmito datos. Ayudo a que la otra persona encuentre el significado de su propia experiencia, y en ese encuentro, algo resuena entre los dos.

El libre albedrío que nadie nos puede quitar

Faggin va más lejos todavía: la conciencia y el libre albedrío son fundamentales, no derivados de la materia. Cuando un electrón "aparece" —cuando la función de onda colapsa— eso no es azar puro. Es, dice él, el resultado del libre albedrío del campo cuántico que lo sostiene.

Si esto es así hasta en la física más elemental, ¿qué nos queda a nosotros, que somos campos de conciencia mucho más complejos? Nos queda elegir. Una y otra vez. Esa es la propiedad fundamental que Faggin pone en el centro: el libre albedrío no es un lujo humano, es una propiedad del ser.

Co-creadores, no espectadores

Y para cerrar el círculo, Faggin propone algo que me parece hermoso: aprender un saber es traer a la existencia algo que ya estaba ahí, en el vacío potencial infinito al que todos tenemos acceso.

Eso nos convierte, dice, en co-creadores del universo. No estamos solo viviendo la realidad: la estamos trayendo al mundo, cada vez que aprendemos algo de verdad, cada vez que el significado nace dentro de nosotros.

Estamos hechos, dice Faggin, a imagen y semejanza del Uno. No como una metáfora religiosa vacía, sino como una descripción literal de lo que es la conciencia: un campo que se busca a sí mismo, una y otra vez, a través de cada uno de nosotros.

Te dejo entonces la pregunta que me ronda desde que escuché esto: ¿cuánto de lo que haces en tu día es solo información circulando, y cuánto es significado de verdad, vivido, sentido, compartido con amor?

Porque si Faggin tiene razón, esa diferencia no es un detalle. Es, ni más ni menos, el sentido de estar vivos.



domingo, junio 21, 2026

Entrevista a Federico Faggin por Essentia Foundation

El sirviente que se cree rey

Hace algunos meses escribí sobre Federico Faggin y su puente entre materia y espíritu. Volví a sus ideas esta semana, con notas más densas, más filosas. Y algo hizo clic distinto. No quiero repetirme. Quiero ir a un lugar específico: la relación entre el Ego y eso que Faggin llama el SATI.


El Ego no es el jefe

Dice Faggin que el Ego es la porción de nosotros que cree que somos el cuerpo. Solo eso. Una porción.

Y agrega algo que a mí, como coach, me dejó pensando varios días: el Ego es un sirviente del SATI. No al revés.

El SATI eres tú, el que de verdad eres. Una unidad de conciencia que emerge del vacío cuántico, parte del todo, con una perspectiva propia, única, irrepetible. El Ego, en cambio, es el que administra el cuerpo, el que negocia con el mundo material, el que se asusta, el que compara.

En mis sesiones veo esto todo el tiempo. Personas exitosas, capaces, gobernadas por su Ego como si fuera el rey. Y el verdadero rey, el SATI, esperando en la antesala, mandando señales que llamamos intuición y que casi nadie escucha.

¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a tu intuición antes que a tu Ego?


Somos holográficos

Otra idea que no me suelta: cada célula de tu cuerpo contiene la información de todo tu cuerpo. Y el campo cuántico que somos, dice Faggin, funciona igual. Contiene el todo.

No estás separado del resto. Esa línea que separa el rojo del naranjo no existe en la realidad, existe en tu percepción.

La física cuántica lleva décadas diciéndonos que nada está separado, que todo está entrelazado. Y seguimos viviendo como si cada uno fuera una isla compitiendo con las demás islas por los mismos recursos.


El libre albedrío que colapsa el mundo

Esto es lo que más me voló la cabeza. Una partícula no está en un lugar fijo, está en una nube de posibilidades. Y cuando colapsa en un punto específico, esa decisión no es azar.

Es libre albedrío. El libre albedrío del campo al que pertenece.

Si esto es cierto, hasta un átomo decide algo. ¿Te imaginas lo que significa eso para nosotros, que somos campos infinitamente más complejos que un átomo de hidrógeno?

Significa que tu vida no es la suma de lo que te pasó. Es, en gran parte, lo que decidiste que colapsara desde el campo de posibilidades. Yo soy responsable de mi vida. No como frase de cartel de oficina. Como descripción literal de cómo funciona la realidad.


El mal no existe, ontológicamente hablando

Faggin lo dice así: el mal es falta de bien, como la oscuridad es falta de luz. No hay un interruptor del mal que alguien enciende. Hay ausencia.

No existe el ser malo. Existe el ser que perdió contacto con su SATI y dejó que su Ego, asustado, gobernara solo.

Pienso en esto cada vez que un cliente me describe, con vergüenza, alguna decisión que tomó desde el miedo. No eran malos. Estaban a oscuras.


Por qué la inteligencia artificial nunca podrá ser inteligente

Esta es la idea que más debería inquietarnos a todos los que usamos IA todos los días, yo incluido.

La IA opera con símbolos. Nosotros operamos con significados. Los símbolos son apenas el gatillo del significado, no el significado mismo. El significado del amor no es replicable. No es copy-pasteable. Todo lo que hay dentro de una máquina de IA, sí lo es.

Por eso el término "inteligencia artificial" es, para Faggin, un error craso.

Y viene la advertencia que más me importa: la IA puede hacer más inteligentes a algunos y más idiotas a otros. Los que no distinguen qué les aporta la máquina y qué ponen ellos mismos, están fritos.

Yo paso mis días enseñando IA a ejecutivos y profesionales. Y esta es exactamente la línea que trazo en cada taller: la herramienta amplifica, no sustituye. El que no sabe quién es, la IA se lo come.


De la competencia a la colaboración

Si de verdad somos un campo que contiene el todo, parte de un ONE que se quiere conocer a sí mismo a través de cada uno de nosotros, entonces compito contra ti, en el fondo, es como competir contra mi propia mano.

Pierde sentido. Lo que adquiere sentido es la colaboración.

Imagínate una economía, una empresa, una familia, construida desde esa comprensión. No desde la escasez y el más apto sobrevive, sino desde la certeza de que el otro es, literalmente, otra perspectiva del mismo todo que tú eres.

Darwin nos dejó la mente obnubilada con esto. Y quizás ya es momento de soltarlo.


La pregunta que me queda

No necesitamos drogas ni retiros exóticos para vivir esta experiencia, dice Faggin. Solo necesitamos querer tenerla.

Yo la quiero tener. ¿Y tú, qué parte de ti gobierna hoy: tu SATI o tu Ego?


Referencia: la entrevista a Federico Faggin