Recuerdo el libro de la historia de las cruzadas desde el punto de vista de los musulmanes. Esta es la historia de la pacificación de la Araucanía, desde el punto de vista de los mapuches.
Habían peleado por largo tiempo y llegado a un tratado de paz y amistad en el tratado de Tapihue en 1825, en que Chile reconoció la nación mapuche con territorio entre los ríos Biobío y Cautín.
Este libro comienza en el año 1859 y termina con la batalla de Temuco en noviembre de 1881, con la derrota mapuche en el gran Futa Malón de todas las tribus unidas finalmente.
Los mapuches eran vistos por los civilizados chilenos, como un pueblo bárbaro, sin lengua escrito, sin edificaciones que destacar, prestos para ser conquistados y civilizados, como había sido la historia de la humanidad hasta esa fecha.
No siempre fue así. Los bárbaros conquistaron al civilizado pueblo chino, no una vez, tres veces.
Los bárbaros germanos conquistaron al imperio romano.
Los mapuches contaban a sus guerreros por lanzas, su armamento principal, al principio de esta conflagración. Los chilenos tenían unos rifles, que se demoraban en cargar cada nueva bala, lo que permitía a las consecutivas hordas de mapuches, tener cierta ventaja.
A medida que avanzaba la guerra, llegaron los rifles a repetición, luego los cañones y finalmente las ametralladoras.
Ninguna posibilidad.
En esa última gran batalla, él sabía que moriría y que serían derrotados, pero por honor, debían pelear. Un pueblo noble, guerrero, poseedores de una de las tierras más hermosas del planeta, no podían entregarlas al invasor sin más.
Una historia que uno sabe cómo terminará, lo que le hace dura de leerse, pero muestra cómo en realidad debe haber sido su gente, cómo vivían y sus valores y principios.
Los excesos abundan en la tropa chilena. Pero donde los excesos no tienen límite, es con los lleulles, que son este gentío que sigue de cerca a la tropa, prestos para abalanzarse sobre los despojos, saqueando, rematando, violando, arrasando.
A veces andan bandas de lleulles solos, que atacan poblados, como el de Pedro Bórquez, matando a su amada mujer, mientras corría a esconderse en el bosque, mientras padre e hijo enfrentaban a más de una docena de maleantes.
No matamos mujeres, se defiende uno de los asaltantes, matamos indias.
Significativa es la presencia de amigos de los mapuches en territorio chileno, que informan, comercian y al final reciben a hijas y nietos, para que se críen a salvo, en territorio chileno, bajo el cuidado y sostén, en parte, de ellos.
Los qué logran conocer a los mapuches, mantienen relaciones sólidas con ellos, pues los valoran y aprecian.
El resto del mundo chileno está contaminado por los medios de prensa, que no hacen más que hablar de un pueblo bárbaro de muy malas costumbres. Guillermo Parvex, basa todo este libro en un acucioso estudio historiográfico, en que aseguró que lugares, personajes y fechas son fieles a lo que de verdad aconteció.
Un libro duro, necesario, para tener una posición más informada de las decisiones que hoy se toman.













